viernes

63 años, 47 cotizados

Corríamos hacia las afueras de un pueblo que sólo parecía tener de eso, La Calera, su pueblo y el mío, un pueblo en el que Buñuel podría haber rodado Las Hurdes con mayor propiedad que en Las Hurdes. Al salir a esos caminos yo recogía cantos rodados para estrellarlos contra las telas de araña y te preguntaba: Papá ¿Quién ha puesto tantos cantos aquí? En el pueblo apenas teníamos ni cuarto de baño, La Bastiana hacia migas o pollo y cagábamos en el campo limpiándonos con los mismos cantos (se buscaban lo más grandes posibles para esta ocasión) o revistas, periódicos del pueblo de al lado. Yo era un crío en tu ilusión, papá. A mi edad tú ya eras pastorcillo, en el monte, y la vida te devolvía en forma de eco las palabras que una tribu antigua había dejado inscritas en árboles en los que, leyendo, aprendiendo a leer, te refugiabas del frío, en su corteza, las palabras, la verdad, los lobos acechando. Yo te pedía que me contases todas esas historias de crío para dormir y tú inventabas cuentos que, en verdad, los habías vivido. En la ducha: Papa, ¿por qué yo no tengo pelos? Aparecías en el colegio para arreglar una valla y a mí me parecía extraterrestre verte mezclado entre los demás chicos. Me sentía el centro del mundo. La Nava, lo que te aprecia la gente que conoció al abuelo Teodoro. Mi fumeque actual y mi café actual. Tu Yo no tenía a nadie que me lo dijera. Yo asiento, me enfado, comprendo tu razón. Sin ti no habría hecho nada para el mundo. Tecleo con rabia. Hiciste bien, aunque a veces lo dudes, de dejar el pueblo. Allí hoy tendrías muchos más años que los que hoy cumples. Te imagino en el curso que has realizado esta semana rodeado de catorce alumnos más jóvenes, en el momento de decir que tú llevabas trabajando desde los siete años. El cachondeo. Los años en que conducías para el abuelo Nicolás y luego terminabais de parranda. Mamá y su mando de la televisión y su peluquería. Tecleo con rabia. No sé a veces quién soy y, al mirarte, encuentro en ese lugar que es tu cuerpo, la respuesta mayor, la primitiva esencia, la esencia de las esencias que ha de encontrarse en una madre antes, para luego dejarla despejada en nuestro parecido, en tu fuerza, de la que yo presumía en mi niñez ante los compañeros de juego. Tú y yo tirando soldaditos con una pelota, soldaditos que colocábamos en el umbral de la cocina, el barrio, Móstoles, las mañanas de sol y las tardes de fútbol en Valseca, el Atleti, la radio sonando en esas caravanas que no parecían acabar nunca. La vez que me llevaste por vez primera al Vicente Calderón. Atlético de Madrid-Groningen Berger. El bocadillo de tortilla francesa y, luego, volver a casa en metro. Qué metro más bonito el de Madrid. Cómo ha cambiado el metro. Adjuntaría una foto de nosotros y nuestros cambios. Hoy cumples 63 años, 47 cotizando. Yo me pregunto, papá, por qué no te han dado un premio Nóbel. Sé que yo te le daría ahora. Me da igual de qué. Un premio Nóbel al trabajo y las Humanidades, a la persona. Miro al cielo. Lloro sin lágrimas. El sol me da en la cara. Sólo tú sabes de mi eterno fracaso, de mi felicidad, de mi zumo de naranja, de mi nadería. Te aseguro que en mí también existe la lucha. Y es la que tú me has enseñado.

Feliz cumpleaños, papá.

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