jueves

Una lección maestra


Era noviembre de 2010 cuando una egregia profesora de grado en español me invitó a dar una clase magistral sobre creación literaria. Entonces, después de dejarme ser presentado, propuse a los alumnos (a quienes traté de ustedes) que cogieran un folio en blanco y escribieran en él una narración sobre el sabor del ajo. Como veía que algunos se atrevían a iniciarlo dije que no quería una narración de besos en la boca, que quería el aroma de ajo, sentirlo en el papel, así, como si fuera posible. Hubo manos levantadas. Yo dije: Soy basura. Pueden ustedes hablarme cuanto se les antoje en el orden en que se les antoje. Ninguna de las preguntas merece una mención vaga salvo la que hizo una chica gordita y tímida a la que seguramente no hubieran follado en su puta vida: ¿Es eso realmente posible? No, coño, no. Te has ganado chupármela, estuve a punto de decir. Podéis probar también con el aroma de las lentejas, de las judías, de los tallarines ¿Alguien de aquí odia la comida china? Como todos callaron intuí que me habían cogido miedo. Qué clase de loco es este, debían de preguntarse. Y entonces me senté en la mesa y les dije que mi único pecado era beneficiarme a su maestra. Que no se lo contaran a su marido. Lloré. Grité. Les dije que en la actualidad de 2012 mi novia y futura madre de mis hijos se llamaba Cecilia y que quería congelar esa actualidad. Les dije que temía que esa actualidad se viera interrumpida por un marido celoso y una pistola o… ¿Se me entiende? Luego les dije que cerraran los ojos y se tocaran las caras los unos a los otros si querían saber algo de literatura. Les dije que no hicieran ni p caso al profesorado con el que se entrometieran en esa p facultad, incluida la maestra que acababa de presentarme y marcharse, creyendo que les haría a ustedes sentir un orgasmo con mis palabras de joven y viejo detestable y hecho mierda. Les dije: Yo, si falla lo de mi Ceci, terminaré en 2015 en una villa con pavos, gallinas y cerdos en Toulouse. En efecto, heredaré la finca del tío Jean Pierre y no saldré jamás salvo a talar árboles. Cuando pase el tiempo suficiente entonces empezaré a cargarme con la misma sierra de las talas a todos mis animalitos (no sé si antes o después de follármelos, aclaré) y después empezaré a hacer visitas a los vecinos y cuando ya haya muchas cabezas cortadas la policía vendrá a detenerme. Habrá periodistas y tele. Me preguntarán por qué lo he hecho y yo, sonriendo a la cámara, diré: Es que soy así. Y terminé mi clase maestra diciendo ¿Veis cómo hay que concederle al aroma del ajo una oportunidad? Los aplausos fueron interminables. Después hice entrar a la maestra y les dije a todos: esta señora es una santa. Aprended mucho de ella. Recogí mis bártulos y me fui a la calle. El resto del día lo pasé buscando un banco lo suficientemente cómodo como para poder dormir.

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