martes

Señores y señoras de esta especie


Recuerdo la belleza de dos trozos de rata separados y moviéndose tras un atinado sartenazo de la abuela Bastiana. Ahí estaban ante mis tempranos ojos una mañana de verano, a ambos lados de una cocina antigua que contenía, en su fondo, la amplia sonrisa de mi abuela la Bastiana. Luego íbamos al río. Había serpientes y sapos. Una tarde me caí por el llamado Cerro al aire y los chicos mintieron al decirle a mi abuela que había sido mía la idea de lanzar nuestras bicis por ese terraplén que era todo cuesta. Yo sólo recuerdo que se me torció el manillar, haciendo ambas ruedas un derrape y que caí de cara llenándola de heridas que salían de la mayor, sito en la frente. Me llevaron en moto hasta la Bastiana, que me acostó llamándome de todo. Si todos me vieran ahora, el arte con el que no soy nadie. Una persona vestida con un traje de bibliotecario gris marengo ante un cielo gris marengo, perdido entre los edificios del cielo de Madrid y dando alguna que otra señal de humo proveniente de un cigarro de vez en cuando. Llevo tres años sin beber, para lo que hube de recuperarme en un hospital donde mezclaron una enfermedad remota mía como la esquizofrenia con el hecho de beberme una botella y cuarto de whiskey al día, lo que tampoco es mucho para algunos que he conocido. Dejé el trabajo consistente en atornillar cosas (otro trabajo que me dura menos de 4 meses, pensé) y dediqué mi vida a la salud en un tugurio donde yo era el único que no quería ser nada en esta vida (me viene a la cabeza un buen amigo que quería ser eremita y contestaba a todas las preguntas que le hacías con retazos de El Credo). Más tarde me dediqué al fulaneo y luego fue cuando Cecilia acarició mi corazón con la palabra (qué fácil es agarrar el amor de un agudo de Miles traspapelado a la partitura de un bajista y convertirlo en un pensamiento dedicado a ella, a la que quiero por siempre). Quien no la conoce no sabe quién deja ciegos, mirada con mirada, a los hipnotizadores de los elefantes.

Con ella preferiblemente vuelvo a esos pueblos perdidos de la mano del Señor donde aún se apedrean a los gatos. Con ella preferiblemente voy a los sanatorios donde la mano del Señor es sustituida por la batuta de unos dictadores en ocasiones humanos.

Escucho el Monk´s dream de Thelonious, escucho el Bass on top de Paul Chambers, escucho el Big Fun de Miles Davis, escucho el Largo de Brad Mehldau, escucho el Soultrane de Coltrane, escucho el Portrait in jazz de Bill Evans, escucho el From to soul de Joe Lovano, escucho el The new Tristano de Lennie Tristano, escucho el Juju de Wayne Shorter, escucho los standars de Clifford Brown, escucho el Stereo de Chet Baker, escucho el disco que hicieron a la par Ben Webster y Coleman Hawkins... y todo me devuelve a Ella. Con ella…

Recuerdo deslizarme por un pozo y subir como si nada, pero quien me vea ahora, alejado de efebismos, con tripa, tarareando Bird on a wire, dirá, seguramente, no te aceptaremos para este trabajo.

He perdido, lo reconozco, tanto con las mentes enanas como con las mayores. He sido la mente. Ni siquiera eso. La verdad es que sólo he sido Alberto, Albertico, Albertillo…

He servido canapés a gente que no tiene ni puta idea de lo que es dejarse las tripas escribiendo (En las cabeceras de muchos autores debería advertir junto a su fotografía "Este libro se lo debo a una mamada". Nos haríamos mejor idea del mundo donde vivimos y todo lo que podemos encontrar en susodicho libro que con una reseña de the new york times). He sido un artista del hambre. Cada cosa que he escrito se lo he debido a un estómago enfurecido, que ruge sin parar por la serie de injusticias que es la persona que muevo de un lado a otro (Y luego sé que no seré yo quien escriba un nuevo Los detectives salvajes o El cantante de Gospel o Filosofía a mano armada). Pero lo cierto es que hay mucha gente que anda así, así pues, lo suyo es dejarse de quejas y seguir escuchando (algo se aprenderá ¿No crees?).
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