sábado

Room full of mirrors

A Jose Antonio Lorenzo, (la mano amiga que busco para huir de mi cobardía)
 
La verdad es un tipo sentado en su cuarto, encendiendo un cigarrillo tras otro y preguntándose por qué no está muerto. El sanatorio le devuelve la mirada desde el paso del tiempo, en cuya cabeza hay una corona de plástico. El cuarto está lleno de espejos desde donde él se refleja. Porciones de yo le amenazan. Si con algo quisiera acabar es con el yo. La idea de dios simplemente es aburrida. Aturde hasta la extenuación. Aparece igualmente multiplicada. Sus añicos es el alimento del pobre carroñero que aparece en uno de esos espejos. El resto es alguien que no se quiere dejar matar más que por mano propia. Nociones como el amor se pierden en juegos de juventud donde un espejo le devuelve la imagen del rechazo de cada mujer. El no de sus pupilas le despioja. El único pensamiento posible antes de dejar la habitación (más allá se encuentra el último paso del pensamiento y también, cómo no, de la imaginación, pongamos, la belleza) es el dorado que va cayendo sobre un hielo roído por ratas (el pensamiento al que me estoy refiriendo es el uso de la garrafa). Ni siquiera es estimulación suficiente. Se concibe en otro espejo más tarde podrido en la cama esperando que la daga llegue. Pero la daga no llega. Los espectadores que siguen la historia están rígidos como ante un semáforo en rojo. La basura es el cobijo idóneo. Recoger los trozos restantes en bolsas y echarse al cubo, del que terminan ocupándose camiones oficiales. España va bien. El esquizofrénico sólo es una cría de cuervo que abre el pico para que los enfermeros coloquen el medicamento. El aturdimiento provocado, ese vegetalismo, es una manera de vida propia donde, por mucho que socialmente ni siquiera la zoología te aceptase como parte de su mundo, uno respira. El complemento ideal es un ideario que respira también, pero mucho más lejos. La idea de mujer como máquina desértica. Aquí ya no aparece la fruslería de la llamada flor del desierto como virtud demónica (o fruto del esfuerzo de la gloria divina). Máquinas deseantes interfieren desde su calidad de fantasma. La ruina se ha apoderado del siglo. El siglo como nada y la sordidez como máquina actuante. Viene a ser un retorno a la habitación poblada de espejos. Espejos con rotura de telaraña. Un trozo de España en uno de ellos. El filo perfecto para poner fin al acuerdo en la bañera. El ego sustituye a la belleza y es sabedor de su caída al vacío. Ahí la sangre participa con un papel que va más allá de lo esclarecedor. Puede verse la eternidad en su brillo. Es la obra de arte perfecta, una gota de sangre deslizándose lentamente por la parte exterior (color blanco) de la bañera (siglo XIX). Es completamente necesario el retorno a la oscuridad donde la imagen permanece vacía. El precipicio no se ve. El inicio y final del pensamiento es presocrático. Tras de eso viene el debacle. Los signos de interrogación culminados por el chiste del Tractatus de Wittgenstein. El hombre se viene a sí mismo en una serie de coordenadas construidas para poner ruido a cada paso que da. La esperanza aquí es el hombre encerrado de Pascal, aquel que se ahorra los problemas por no salir de casa. A falta de cigarrillos ese maniático empieza a sentir pequeños espasmos de necesidad que se convierten, con la llegada del esperado invierno del ser, en alegría. Aquí, y he de declarar mi respeto hacia esas máquinas de escribir y los monos que se encargan de su funcionamiento, el hombre, probablemente despojado de sus reflejos, ha perdido completamente la noción de comunidad. Atribuyámosle una familia, también es una identidad que ha perdido. La interacción podría ser considerada como un avance hacia eso. Queda ya a estas horas desterrado el norteamericano obeso que avanza por la acera con una de esas gorras de la cocacola que tienen un tubo que se inserta en la boca. Queda sólo como imagen perfecta de la necesidad de la gasolina para el coche entremezclada con la pérdida de los cigarros del personaje del principio. La muerte de dios es el reconocimiento de una negativa a la serie de pasos adecuada. No hace mucho me referí a mi fe exponiendo mis necesidades que, antes de perder actualidad, avanzan a un sinsentido donde estas actualidades se multiplican e incluso triplican, no sabiendo el individuo por dónde coger al carnero en que sus ojos, ya espaciales, se ha convertido. La necesidad de un cencerro es aquí aberrante, pues el pastor puede verse como la figura del eterno borracho desdentado. Los ojos de ese despojo humano llamado hombre del siglo XXI ven a su espectro intentar atraparlos sin éxito para devolverlos a unas cuencas que tampoco están ahí. Pensemos por un momento a dónde llegaría en este caso el interés, pongamos, en los derechos humanos. Deteriorado el valor de las cosas la víctima que saborea caviar desde la cubierta de su yate no es muy diferenciable de esos niños que mueren de hambre cada 50 segundos en el mundo. El yo pasará a la historia sólo a través del sueño. Y ese sueño es el de un hombre en una habitación rodeada de porciones de sí mismo que tal vez sean la realidad. No hay interés. Despojado de sí mismo regresa al cigarrillo perdido para poder expulsarse a sí mismo por la boca y verse desaparecer, aunque reconozco que en este texto me fui a un futuro donde no había tabaco me sirve como excusa ese último cigarro precisamente por ser el último. Y aquí: El último hombre como última bocanada de humo. El hombre perfecto como isla desierta donde existe otra existencia (también propia) que se pierde en esa isla. ¿Hablar pues, entonces, de la belleza del Réquiem de Verdi? No, claro. He imaginado al hombre como un yo fabricador de yoes, todos y cada uno forman parte de un pueblo (asumido en cada yo), la historia de ese pueblo reside en cada defecto del pensamiento. El resto de habitantes de ese pueblo simplemente estaban cegados por el brillo de la vida. Este yo amañado intenta salvarse y en esos intentos consiste su respiración, influida por las bocanadas de humo de un cigarro llamado último. Y es aquí donde quiero traer a un difunto llamado Ángel. Perfecto esquizofrénico que pululaba por mi existencia y, de vez en vez, era invitado por mí a café. Es la imagen donde el resucitado de la habitación, ese cadáver andante en lo que me he convertido y que no puede ser considerado persona bajo ningún concepto, se muestra excelente sabedor de que la belleza de la vida reside en la necesidad y que necesidad y poder son una misma cosa. Como es natural, Ángel, el esquizofrénico de verdad y no la imagen literaria y estúpida en la que uno de mis yoes se ha convertido, me pide para otro café. Ahí le entiendo. Quizá fui la única persona que lo hizo, porque yo ya había sabido en mis carnes de ciertos efectos secundarios provocados por el haloperidol. Luego, más allá, está la separación con Ángel debido a su evidente mono trasladado a una manera actuante extremadamente agresiva. No te conozco es lo que este señor honorable que soy es lo que vino a decir a matojo de nervios humano Ángel antes de que este último se despidiera del mundo. ¿Cómo calificar el pésame a su señora madre? Mis maquinaciones de suicidio responden a todo esto que desvelo en este escrito. (Por alguna razón intento encontrar una mano amiga que lo comprenda, escribiéndolo y compartiéndolo). Yo llorando ante C. Otra versión más. Yo llamándole mi vida a C. Otra más. Yo como los pasos que da otra persona para convertirse en una humanidad que ya es. Los componentes son humanos. Simple y llano. La soledad es una imposición muy agradecida. Todo lo escrito antes que esto son sinsentidos por fabricar una vida activa donde tienen o podrían tener cabida elementos como facilidad o talento en pos de una belleza que la paciencia de ningún yo merece. Porque no hay esencia. Porque no hay yo. Porque tampoco hay justicia. Porque la realidad creada por mí de un entierro de juguete trae confusión a la propia muerte de uno, y la diferencia entre ficción y realidad es una quimera para un yo que se ha despojado de toda proyección. No future, decían esos caballeros de pelos de pincho mugriento ingleses. Cómete a uno. Saben a yo. Y luego está yo con 15 años en un poblado perdido cercano a Malabo dando cocacola caliente a unos niños que se matarían el uno al otro por una gota de ese oro. Dormir es de cobardes. Escribir también. Intentar ser comprendido, eso pasó. Pero todo intento filosófico que se precie (y de ahí que Las investigaciones filosóficas de Wittgenstein sean una obra humorística) debe estar basado en una sola base: Quejarse es basura, joder.
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