sábado

Helpless child


 
 
Hace mucho tiempo de aquello. Por suerte o desgracia ha quedado registrado en mi data-sistema.

Si abro la puerta lo primero que veo es a una buena cantidad de borreguiles amigos pasándonos cáñamo en los momentos en que el ácido ya ha empezado a hacer efecto. Estamos alrededor de una fogata. Yo me concentro en la llama y puedo ver a María allá donde estuviese. Un chirrido sale de mi boca, pero lo que digo no tiene sentido.

Uno de los chicos está enfocándome con una cámara y yo digo unas palabras acerca de Mariano José de Larra, a quien en ese mismo momento quizá estuviese confundiendo con Diógenes Laercio.

Subo a un cuartucho (efectivamente para ello he de superar una oscuridad grave) y me veo rodeado por dos amigas de entonces, que hoy no tienen cara. No quiero que marche ese momento. Quiero detenerlo. Reímos mientras uno de los montañeros duerme a nuestro lado. Suponemos que escucha nuestras risas, dedicadas a él. Nos apretamos y, en cierto modo, tocamos, aunque nada siento. Nada parece de este mundo. Les propongo si prefieren ver o vivir y coinciden en vivir. Quizá no he expresado bien la pregunta. Quiero verlo todo, les digo, lo que no nos acerca para nada al acto sexual. Les digo que puedo intuir lombrices bajo sus medias, pero que sólo son imaginaciones mías, realidades interrumpidas. Ríen. Se puede estar a gusto conmigo.

Afuera abro una lata de cerveza. Me cuesta enfrentarme al hecho de que esté caliente, pero los hielos se han acabado. Entablo una conversación acerca de Stevie Ray Vaughan con uno de los larguiruchos. Disfrutamos del sonido. El ambiente es lo suficiente sano. Nos confesamos nuestras visiones, que parecen un emparedado de risas. Parecemos andar en la misma frecuencia. Bailo de alegría, por un momento.

Fotografías en blanco y negro. Allí estoy delgado. Las chicas del pueblo me quieren. Yo llevo una cresta de flores en el pelo y una chaqueta de ante. Supongo que en un momento dado debí despreciarlas.

Poco después empezó a oírse la vieja sierra. El montañero estaba empeñado en gastarnos una buena broma a todos. Finalmente, aplicando un giro en señal de poder, se destroza una bota y de ahí empieza a salir un chapapote de sangre. Ninguno estamos en condiciones de acercarle a un médico pero lo intentamos y finalmente damos con el sitio. El corte ha sido lateral. Hay que frenar la hemorragia. Las luces blancas descubren nuestras pupilas como las de unos chicos majos, humildes y drogadictos.

Alguien se empeña en llamar a la policía. Decimos que el montañero sabe dónde encontrarnos en caso de que haya que rellenar algunos papeles, pero que en nosotros es prioritario dormir.

Cuela.

El resto de la historia es más o menos exactamente: Jajajajjajajjajajjajajjaja.
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