sábado

Can you feel my love buzz?

En ocasiones percibo a mi chica como la poseedora de las llaves de mi ataúd. Supongo que en ello intervienen varios factores y que el primero es que, salvo la que disfruto con ella, he abandonado todo rastro de vida social. Supuse que sobraba en mi vida, pues es cierto que su compañía me colma y que sería coronado por la dicha si tuviera la ocasión de vivir con ella en una isla desierta.

En ocasiones enciendo cigarros en la oscuridad y el humo me rodea encadenándome. Apenas veo y me imagino chiquito gritando a una montaña con el mal guardado de provocar una avalancha de nieve. A veces entre esa nieve, que en el entorno que nosotros manejamos, es urbanita, se cuela por debajo de la puerta y pueden percibirse en ella tonalidades de sangre (es tan sólo lo que imagino en la oscuridad). En la oscuridad trato de hacerle el amor salvajemente, procurando prendarme de su oscuridad en un tiempo en que ella se prende de la mía en lo que vendría a ser una porción del amor que ambos sentimos hacia el otro y que describió muy bien Burroughs en sus diarios como una mezcla de sexo y sentimentalismo. En mi oscuridad yo vomito sobre su pelo mientras revientamos nuestras cositas mientras nos decimos la palabra sí. O no. Quizá todo eso sea una invención. Me veo pequeño para su sexo. Lo percibo como la cabina de aquella película en la que se quedó encerrado el protagonista de una famosa película española.

La verdad es que necesito reflexionar. Si recuerdo la película aquella apenas recuerdo que su protagonista se encontraba en un desierto, que es lo que para mí, desde que ella se encuentra en mi vida, simboliza el resto del mundo. Si decido entenderlo de otra manera consigo entrever un monstruo de tres cabezas transparentes. En ambas tres estoy yo. En la primera en un desierto como el nombrado anteriormente dormido bajo la ilusión de un oasis, o quizás muerto (lo mismo que siento cuando visito un lugar como el Fnac o El Corte Inglés), en la siguiente hay fauna e intento esconderme de esas bestias que podrían largarme de un zarpazo poniendo también cuidado en serpientes o, qué sé, escorpiones. En la tercera está la belleza que encuentro en muchos Réquiems (como los entonados por L. Cohen en su último disco, que es el que tengo puesto en la pletina), alejado de ella y de mí, pues ese sonido nos va separando de la vida misma. No dejo de pensar entonces dónde estará su mano. No dejo de pensar la belleza que es esta mano abierta con sus curvaturas y ríos, el hecho de poseerla a instantes y salir a dar paseos al Retiro (quién sabe la razón por la que he decidido realizar un escrito a ella en ciudadano y no en poetastro). Luego está su carne abrazando mi cabeza, calentando el resfriado que poseen mis agujeros, por los cuales no sale ninguna luz. Intento saber sobre qué escribo. Si sobre mi oscuridad o la que queda reflejada en ambos cuando somos un individuo solo y ciego (o en un mundo ciego, o en un mundo en que ambos están ciegos, mundo e individuo), es decir, cuando no hay bajo el cielo alegría alguna a la que aferrarse.

Esto último la convierte a ella en emotividad. Una fiera a la que hay que agarrar bien fuerte y domar, pues el exceso de sentimentalismo roba belleza a las cosas y magrea a la realidad con besos falsos, que sólo pueden saber a algo en el paladar de un… bueno, hay de todo.

El resto es la yugular que necesitaría morder para encontrar una mordedura en la mía y concebir en el tatuaje propio fe de vida. Aquí quería llegar para enlazar con el inicio, es decir, lo que es ella en cierta mirada mía actual y empijamada: la poseedora de las llaves de mi ataúd.

Luego salgo de mi pijama porque al día siguiente siempre es uno nuevo. Y vuelvo a buscarla. Reconozco que mi adicción no tiene nada de tibio. Ella caminando por el cielo de mi mundo, mandando en sus edificios, ejecutando ciertos elementos de mi vida inmunológica. Percibo en eso la belleza. Sin ella estoy en un permanente entierro o bebido. Me explico: Hoy no puedo dormir: necesito su luz. Esto lo enlazaré con cuando dije que encendía cigarros en la oscuridad.

El humo me atrapa como cadenas. Después sólo estoy yo. Dentro, sin la posibilidad de que venga a desatarme (sólo ella me conoce) y… lo que quiero decir es que cuando este modo de revestir lo que siento ocurre es esta noche presentada como todas las noches. Y no puedo saber si escribo dormido o despierto, pero sí que quiero poco al mundo, a las personas y a las plantas, que me quiero poco a mí. Aunque luego se pase, ya me entiendes.


PD día 2: No existe ningún problema.
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