lunes

Perversiones y belleza (Symphony nº 3 op. 90 de Brahms)

Estoy en mi cuarto de los libros, con la luz apagada (apenas se ve el capullo del cigarro), escucho recostado la sinfonía nº 3 de Brahms mientras veo, en la carretera, a través de una ventana, a una niña andrajosa que no debe superar los 14 años. Se sube la falda, se baja las bragas y echa su chorrito. A continuación consigo ver una rata acercarse a probar del amarillento líquido. Apenas una farola blanca les alumbra. No veo la luna por ninguna parte. A continuación observo cómo, con un dedo, la niña empieza a girar su chochito. Después acierta a coger la rata, que no se le escapa a la muy viciosa. La pone en posición con tal de acercarse el rabito, que gira nervioso mientras la rata procura escaparse. Podría pasar un coche, pienso. Enciendo otro cigarro. La sinfonía nº 3 de Brahms acaba. Vuelvo a ponerla pero, antes, bajo a por una cerveza sin alcohol. A mi regreso doy al play y vuelvo a mirar por la ventana. La niña ahora está hablando con un viejo, en la misma posición que antes y aún con la rata en la mano. El viejo le da un billete y, a continuación, la niña se mete la parte trasera de la rata por el coño, despacio, sin prisa. En la cadena, recuerdo de vez en cuando, suena la 3º sinfonía de Brahms.
Doy sorbos a la lata y observo el momento en el que el viejo se saca la pichurra que admito no poder acertar a ver desde mi posición. La niña se saca la rata y la deja en libertad. Entonces empieza a lamerle los huevos al viejo. Yo estoy tranquilo. La situación no me provoca ni risa ni pena. Yo sólo oigo cómo de la cadena sale la 3º sinfonía de Brahms ¿Existe mayor belleza? Enciendo cigarros, doy algún que otro sorbo a mi cerveza sin alcohol. El viejo a continuación agarra la cabeza de la niña y le mete entera, o me parece que entera, la polla en su pequeña boca. Puedo ver cómo mueve el culo mientras la sostiene unas veces del pelo, otras del cuello. La niña vuelve a mear. Esta vez, admito, casi ponerme cachondo. Finalmente, me digo, todo está en orden. Estoy en mi habitación de los libros, rodeado de Shakespeare, de Dante, de Hölderlin, de Hegel, de Homero, de Tucídides, de Pascal, de Dostoievski, de Faulkner, de Gógol, de Kavafis, de James Joyce... La música vuelve a pararse. Insisto en la misma sinfonía. Qué belleza, me digo, mientras doy el último sorbo que le queda a la lata. Miro de nuevo a través de la ventana. El viejo le soba el coño a la niña, le dice algo mientras. A continuación la niña, forzada, o al menos eso creo, se quita las bragas y las pone en la boca del viejo, que inmediatamente eleva su cabeza hacia el cielo, tanto que la gorra se le cae descubriendo una coronilla inmensa. Me concentro de nuevo en la sinfonía nº 3 de Brahms. Estoy a gusto dentro de mi pijama. A ratos tengo erecciones debido a lo que percibo abajo, en la noche, a la luz de una triste farola. El viejo eleva a la niña con los brazos, luego la tira hacia atrás en el suelo. Veo cómo saca otro billete de su cartera, lo arruga y lo pone en la boca de la niña. Él sigue sin su gorra y con las bragas de ella puestas en la boca. Enciendo el quinto cigarro. Madre mía, me digo, todo se acabará con el cáncer de pulmón, incluida la sinfonía nº 3 de Brahms. Bajo a por otra cerveza sin alcohol. Al subir miro de nuevo el panorama. El chaquetón del viejo me quita toda visibilidad pero le está dando fuerte por detrás. Veo cómo la niña abre muy grande la boca, quizá grita, aunque no puedo oír nada. La sangre termina por salir. Por un momento pienso que jamás en la vida se me ha ocurrido llamar a la policía o a la guardia municipal. Miro el reloj. Son las tres y media de la madrugada. Pongo de nuevo la 3º sinfonía de Brahms y abro la lata de cerveza sin alcohol mientras acomodo mis piernas en la silla que reside al lado de en la que estoy sentado. En la mañana recuerdo haber abierto los poemas humanos de Vallejo y leído: Un albañil cae del andamio, muere y ya no almuerza / ¿Innovar luego el tropo, la metáfora?
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Jumping Jack Flash (diario de un chavalín)

Habíamos llegado a Santiago sobre las once de la mañana. No se veía mucho que hacer excepto conocer a los colegas de Fran (mi compañero de andaduras por aquella época, hoy padre de tres niños residente en Florencia). Al llegar al piso donde compartiríamos cama, birras y algún que otro peta me saludaron calurosamente. Mi aspecto era el de un Ecce Homo, pelo abultado que, al tiempo, me tapaba un tercio de cara (el tercio que no me tapaban las barbas ni las gafas de sol, que empecé a no usar, a ser posible jamás, tras ese viaje). Pregunté si tenían priva y me dijeron que quedaba algo de orujo y toda la cerveza que quisiera. Qué coño, recuerdo decir, un orujo sería estupendo. Eran tres tipos la mar de majos de cuyos nombres no me acuerdo. Uno me pasó un porro. Dije que iba algo colocado del coche, que gracias, que luego. Me senté y casi me duermo, pero abrí los ojos y además de una buena copa de orujo tenía un café solo. Te lo puse solo, no sabía cómo te gustaba. Genial, tío, respondí. Y me eché azúcar. Fran me había presentado como dibujante, poeta y novelista, así que me preguntaron sobre qué iba mi obra y les dije que estaba haciendo una novela que, básicamente, iba de unos tarados que secuestraban bebés para ahogarlos y aliñarlos luego con vino blanco, hojas de romero, pimienta y todo eso y comérselos. Joder, dijo uno. Es una mierda, dije, pero he metido algo de historia. Sale, seguí, Mao Tsé Tung de vez en cuando y, cuando no sabe qué hacer con el pueblo, agarra un crucifijo y reza. A continuación se bebe una copita de vino español junto con una buena loncha de jamón exportado de Huelva. Es que, continué, en esa época le iba España a Mao Tsé Tung y quiere gobernarla y tal. No creo que triunfe. Dentro de poco la acabo. No sé. Quizá no me haya salido muy lineal. Sólo tecleo, me justifiqué, porque cuando lo hago me creo dios, si no pasaría de historias. La poesía la hago para ir a recitales y mirar después si puedo tirarme a alguna tía que viva sola. Los tíos eran amables que te cagas. Después de darles mi charla se pusieron a hablar sobre las expectativas que tenían del concierto y no sé qué. Uno de ellos notó que me bebí el orujo casi de un trago y rió. Tenías que ser colega de Fran, dijo. Me gustaban porque no me juzgaban para nada y así fue los tres días que permanecí allí. Dije que no creyera que intentaba alguna machada, pero que tenía la laringe dormida. Era sólo eso, añadí. Le dije que, sin embargo, sí había notado cierto cloc no recuerdo si en el cerebro o en el estómago. Al poco Fran y yo nos despedimos. Me dijo que fuéramos al casco antiguo, que me iba a enseñar unos garitos. Recuerdo que me costó levantarme, pero qué carajo. Aquellos sí que eran tiempos de energía pura y dura, alterados por alcohol y drogas, pero enérgicos como qué sé yo.

Bebimos cerveza y, poco después, nos encontramos a la tía de Fran y a su novio finlandés. Esos sí que eran jipis de verdad y no yo, que sólo aspiraba a ser un híbrido entre la Creedence y Frank Zappa, al menos en apariencia, algo más bajito también, he de aclarar. Hicimos buenas migas. Vaya si las hicimos. Comimos por 600 pesetas en un sitio la mar de elegante (mejillones al vapor como no los he vuelto a probar en mi vida), y luego un licor café. O dos. Probablemente tres. Primero chupito, luego en vaso ancho. Aquello me enganchó que lo flipas. Fran me dijo que si me apetecía pillar un ajo. Yo lo maduré. Luego le dije que él sabía de mis problemas mentales (los de por aquel entonces, me refiero)... que... le dije que lo pensaría y que si él quería para él que pillase. Me dijo que yo tenía razón y que era una tontería, que se le había pirado la lengua. Para entonces su tía y el novio de ella (que no entendía ni papa de español) ya se habían marchado, pero quedamos para luego el concierto. Monte do gozo (creo que a las 21:00, teloneros: Los suaves, creo).
En Lugo (de donde procede el grueso de la familia de Fran) una amiga suya que me flipó me había estado media hora hablando de Boris Vian. Yo, por aquel entonces, no había leído nada de él aún, aunque me sonaba. Le dije a Fran que si conocía por allí alguna librería y me dijo que esas estaban más por las afueras, cerca de la casa donde nos habíamos instalado. Yo quería devorar toda la obra del tal Boris Vian y, al tiempo, se me ponía dura pensando en la amiga de Fran (no es que no intentara ligármela, quizá anduve algo tímido, sí, definitivamente). Hay polvos donde caben muchas pajas, le dije a Fran. Y pilló a qué me refería. Le había estado dando el coñazo en el coche con la paisana.
Se hizo la tarde a medida que yo me pasé al ron y Fran, Fran no recuerdo a qué se pasó. El maldito ron, con el tiempo se convertiría en uno de los licores que más aborrecería, pero entonces (verano de 1998) lo bebía bien con cocacola, bien con unas gotitas de agua.
Nos encontramos con la tía y su finlandés, que fumaba porros como un auténtico cabronazo. Llevaban una buena y nosotros estábamos contentos porque por fin íbamos a ver a los Rolling. Tampoco es que nosotros fuéramos muy serenos. Entonces, no recuerdo muy bien cuándo llegó el momento, nos pusimos a andar, como buenos samaritanos, hacia el Monte do Gozo. El concierto, dijo alguien, ya debía haber empezado. Les dije que yo tuve una piba con la que íbamos a ir a verlos a Málaga, pero que caí enfermo y le di las entradas a mi madre para que las vendiera. Tenía en casa todos los putos discos de los Rolling (y, aunque actualmente no a la vista, los sigo teniendo, rarezas incluidas, como un total de sesenta y algún vinilo que otro).
Me flipó cuando la tía de Fran se bajó las bragas en medio de la procesión de gente y se puso a mear. Yo me descojonaba mientras hablaba un popurrí de ruso y mongol con el novio, que siempre iba pedo de cáñamo, absolutamente toda su puta vida. Se le veía en la camisa. Admito que bajé un poco la cabeza con intención de adivinarle el coñito. Dios mío, si había algo que allí sobraba eran coñitos. Me preguntaba, no obstante, si iba lo suficiente pedo y a ratos me venía como respuesta que demasiado. Y lo que quedaba.
Al entrar en el recinto requisaron la petaca a la tía de Fran. Nosotros pasamos como si tal cosa y, mientras los Suaves, creo que eran los Suaves, terminaban, vimos que no había sitio. Pero había chiringuito (justo en la parte más alejada del escenario). Sin dudarlo nos pedimos unas copas (qué tiempos aquellos y no ahora, encima tampoco eran excesivamente caras). Ni siquiera nos dimos cuenta de la entrada de los Rolling. Hubo un estruendo de fuegos artificiales y ruido a cargo de los asistentes, pero nosotros estábamos hablando de algunos pequeños tomos sobre la interpretación de los sueños del Dr. Freud. De los casos que recordábamos. Había para dar y tomar. Luego le dije que en la clase a la que iba de electiva me pusieron como examen una sola foto a comentar. Se trataba de la puerta de la consulta de Freud. Le dije que rellené el folio y la hijaputa me puso un ocho (hoy no, pero en aquel entonces yo estaba convencido de que merecía la matrícula). Fran creía en mi talento. Me dijo que yo era un provocador y la cagaba. Y tenía razón. Pedimos otra tanda mientras a lo lejos unos enanos Rolling Stones arrancaban con... no recuerdo con qué canción arrancaron por mucho que me suene Jumping Jack Flash. Allí estábamos ambos, tomándola frente a la gloria natural del apóstol Santiago y la soberbia de los Rolling, la sociedad del espectáculo y todo eso, dispuestos, o bien a comernos el mundo, o bien a bebernos la vida. Le dije a Fran que los paletos que había allí no se sabían que existía un escenario pequeño donde cantaban, para los que -como nosotros- habíamos llegado más tarde, tres o cuatro canciones y nos fuimos hacia allá con los vasos, en primerísima fila.
Y llegaron. Y tocaron Route 66 y Midnight Rumbler y Like a Rolling Stone mientras yo procuraba llamar la atención de Ronnie Wood (cosa que no conseguí) y Fran intentaba liarse lo que le quedaba de hachís (que se le cayó al suelo). Mientras, un fundamentalista empezó a empujarme diciendo que le iba a quitar la capa a Mick Jagger porque Mick Jagger era dios. Mira, le dije al chalao, te comprendo, pero deja de empujarme o se la voy a quitar yo y te la voy a meter por el culo. Hizo como que no me oía hasta que le agarré de la pechera y le solté: Lárgate de aquí, puto cocainómano. Entonces Fran se coscó e intentó separarme. Me di cuenta de que el tipo buscaba algo por el suelo y pensé que sería algo para atizarme, entonces le solté una patada en el culo que, más que nada, resultó un empujón de patio de colegio. No hubo más problema. Y el tipo pasaba, en parte, de mis advertencias de tío duro. Esto es lo que le está haciendo la farlopa a la juventud. Luego pensé que me sacaba tres cuerpos y quizá algunos años, ya de camino al chiringuito. Mientras nos dirigíamos al ron con cocacola y lo que fuera que bebiese Fran oíamos que los Rolling empezaban Simpathy for the devil en el escenario grande. Habían llegado antes que nosotros esos hijos de puta. Bebimos. Caímos. Volvimos a beber. Teníamos hasta ganas de que terminase el puto concierto y ni rastro de la tía de Fran y su novio. Tras un largo rato sin hablar, mientras me caía, le dije a Fran: Hoy deberíamos echar un polvo. Él, que estaba más o menos tan muerto como yo, estalló en una risotada y dijo: Luego vamos.
Cuando el grupo de enanitos desapareció me jugué 5.000 ptas con él a que volvían a salir otra vez a tocar exactamente: Satisfaction. En realidad él se lo quiso jugar conmigo (y yo tenía la ventaja de haber leído en el periódico una crónica sobre el repertorio que habían hecho en Londres poco antes). Le gané las 5.000 y nos las gastamos en priva por ahí. Antes de eso el autobús que llevaba al centro tardaba en salir y yo, que no podía aguantar la vejiga, me la saqué y meé. Un niñato me regañó y le dije que procurara contentar a la chica que le acompañaba o me ocuparía yo. Que terminaría y, en vez de subirme la bragueta, se la metería por la puta boca para que se callase -y mirándola: aunque estoy seguro de que tú debes de ser de las que te la muerden, eh ratoncita). El pibe, no le faltaba razón, iba a venir a por mí que, reconozco, en ese momento, no tener ni media ostia. Luego me gritaron de otros asientos hasta que la cosa se sofocó. Mis palabras me produjeron auténtico miedo, joder. Pero luego se pasó e hice que todo el autobús cantara: Viva nuestro conductor. Estuvo bien. No ligamos. Tampoco recordamos demasiado a partir de ahí (yo al menos). Recuerdo que llegamos a la casa y los colegas dormían. Le dije a Fran que un café estaría de puta madre tras salir de vomitar del baño. Hay que hacerlo, me dijo. Joder. Eso sí que era una putada. Nosotros habíamos nacido para beberlo pero ¿Para hacerlo? Nos acostamos sin tomar el café. Nos dijimos buenas noches mientras nos descojonábamos de nosotros mismos o de algo parecido: nosotros mismo aquella puta noche. Luego nos dormimos cada uno para su lado. (El mañana sería otro día. Y lo fue, creo).
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La oscuridad clara del sótano y sus recurrentes flashbacks

Bajo al sótano. Es una forma de vivir, bajar al sótano. Te quedas allí, en la clara oscuridad sostenida por la rendija que da al garaje y te preguntas por la eternidad. Si consiste en un pestañeo o no. Al rato Cecilia vuelve a mi mente. Está sentada en su despacho. Su jefe le habla. Yo espero y, mientras, o bien estoy en el sótano o bien estoy tecleando. También es una forma de vivir, el teclear, sólo que quizá menos pura, menos hedonista también, que entregarse a la oscuridad repleta de telarañas del sótano, a la posibilidad de ratas entre los cartones, cerca de las botellas de vino sin etiqueta (así es, las lavaron para quitarles el moho, así que es una sorpresa cuando abrimos una por Nochebuena y ha habido veces en que hemos detectado un Vega Sicilia por el olor una vez abierto para compartir con aquellos que nos han arreglado la chimenea por un precio excesivo y seguramente menor que el del vino que degustan). La cocina es otro estilo de vida que se reduce a leer y hablar con Charly, el loro, preparar café y fumar como en un reclamo. Una vez hecho el café me preparo una taza y subo a teclearle a ella, para cuando llegue: Tienes en el pecho como una rosa que, a veces, tiembla de frío. Pongo mis manos entre medias de tus senos y trato de cogerla con la suavidad con la que se coge a una cría de cuervo, abrigarla con mis manos y devolverla, templada y tranquila, a su lugar natural, donde todas las mariposas y abejas de tu cuerpo paran a libar un poco, mientras yo te doy el dulce beso de las siete de la tarde. Es un beso anochecido, que reclama un flash en el sótano y su, a esas horas, total oscuridad a veces profanada por el abierto del frigorífico de cara a coger un par de cocacolas, una para ti y otra para mí, mientras me cuentas tu día, del que está compuesto parte de mi vida visceral, parte de mi sueño en vela. Procuro concentrarme, aclarar la violencia de mi yo. A veces te acaricio el pelo y me respondes. Juego a desenredártelo. Juego a buscar tu boca, aunque no quisiera, y lo haga, interrumpir tu relato. Yo, cuando hemos acabado de sobarnos, caso de que no acabemos en la camita, te muestro la carta del día (que a veces son cinco o seis) y tú valoras el resultado. A veces me dices que soy un genio. Otras que me olvide de los desastres de mi vida y que exponga a quien soy ahora: Alguien alejado de enfermedades mentales que vive de su equilibrio, también alejado del alcohol, de las putas, de la playstation. Le digo que mi vida es ella y nos besamos de nuevo. Saboreo el cielo de su boca con la lengua provocándole cosquillas en el paladar y noto cómo me dejo llevar hasta tocar la corriente del río, aquella donde los osos polares procuran dar caza a los pececitos. Sonreímos. Queda mucho día por delante aunque nos hayan dado las ocho. Le digo que por un whisky no pasa nada y llegamos al acuerdo de un par de carajillos, que a ambos nos encantan. La botellas de whisky que hay guardadas responden a la marca Chivas, que son las que a ella le regalan sus superiores. Le digo que recuerdo beber unas cuantas de esas en mi pueblo, mientras ponía los dientes largos a mis invitados para ver películas muy desconocidas para ellos (les chifló David Lynch, les gustó Sam Peckinpah; también recuerdo que cuando provocaban cierto tedio en mí les ponía una de Angelopoulos o Kiarostami -para que se jodiesen-). Eran los veranos de una Valseca perdida, que nace en estos días por medio de recuerdos incompletos, inoportunos como flashbacks de ácido que, sin embargo, comparto con Ella y el teclado. Recuerdo un día llegar el último a la presentación de mis dibujos. La gente me aclamó y los elogios del alcalde resultaban a un tiempo de justicia como excesivos. La gente se lo tomó todo al pie de la letra y a continuación me otorgaron la palabra. Recuerdo pensar que no había amor, pero que qué más se podía pedir. Levanté los brazos con una sonrisa y mostré mi incredibilidad (que, quizás, era fingida) y mi gratitud que, esta sí, supe tan cierta como efímera. Los aplausos formaban una banda ruidosa pero llena de elegancia. Yo también aplaudí. En este momento lo hace mi cabeza, mientras la espero en la oscuridad del sótano, tomando un carajillo que, a buen seguro, llegado el momento de cada día, compartiré, entre palabras de cariño y otros mimos, con Ella. 
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viernes

La vida dulce (3)

Es la hora de dormir y olvidar (mientras se duerme no se ama), pero mi frío es tan profundo, mis ganas de morir son avalanchas que no llegan al suelo. Las drogas que he ingerido revolotean en el interior de mente y estómago provocándome paz a la vez que un estado nervioso que no se contenta con su contraria ración. Mi amor ha desaparecido. Mi corazón late al ritmo de un Réquiem. Mi preocupación es la de alguien que ve cómo dos tuertos procuran como negocio sus ojos ciegos. Son yo, que no soy. Al menos en esta noche no soy. Mi hígado es una esponja acabada y llena de pelambre. Mi páncreas es un limón podrido que descansa en una nevera en la que sólo habita él. Una buena representación de mi cocina. De mi cadena se deja escuchar la suite para piano de juguete de John Cage. Mi cuerpo son esas notas y también el silencio que habita entre una y otra. Mi imagen de Ceci ha salido volando en una escoba hecha de espinas de rosal. No sé si va a volver. Mi imaginación es una bañera llena de sangre. Unos días después me he cortado allá las venas y mi cadáver exhibe una sonrisa malévola mientras mi madre llora al contemplarlo todo. Mi loro Charly también llora, desde su jaula de espigas. Quiero abrirla, mostrarle que volar no es ningún pecado, sino tan sólo su naturaleza, remota hoy, casera, parlanchina, amistosa.

He abandonado a mis amigos, pienso. He abandonado a mis amigos y ella no está. ¿Será esto el berrinche de una noche? Mi intuición, quizás negada, me dice que no. Imagino el psiquiátrico perfecto. Sus paredes son de cristal y la gente que pasa por allí puede vernos a todos los pacientes paseando en pijama al ritmo que fabrica la medicación que nos han asignado a cada uno.

Me gustaría que hubiera un solo huevo en la nevera para enseñárselo a Charly, mi loro. Me gustaría explicarle el por qué de este mundo necio, díscolo, cuya embarcación soñada se llama libertad de pensamiento. Le digo que el capitán les engañó a todos, que la flota no se sostiene cuando el mástil de la vela cae con toda su fuerza, partiendo por la mitad a la tripulación. El capitán ríe en su camerino mientras se deshace el mundo de los sueños. Y cierro mi parrafada diciéndole que en eso nos parecemos él y yo. A continuación miro el techo, que merece una buena pasada de pintura blanca y le digo al dios que hay colgado de la lámpara que quiero ser yo quien le haga el amor cada día de nuestras vidas. Veo que junto con el barco también se ha partido la tierra dejándonos a ella en un abismo y a mí en otro. Sé que me quieres, digo con escasa convicción. La grieta cada vez se hace más grande y llega un momento en el que no podemos oírnos. Ese momento es hoy, la noche en que, de nuevo, me suicidé. Tú eres mi vida, grito a sus lejanos oídos e intento leer sus labios, pero están demasiado lejos para verlos bien, más aún para descifrar su movimiento igual de lejano. Por suerte sé un secreto: La muerte no existe. Sólo existe la de los demás. Tras recordarlo vuelvo a casa, a la casa que es mi pijama eterno y, una vez metido dentro, sé que no he salido de él, por miedo, en momento alguno, no sé los meses que hace. Miedo, desolación, ruina. Me proyecto en una estatua de arena a la que el viento se le ha llevado su perfecta cabeza. Ángeles caídos danzan a mi alrededor. Sajo mi hipotálamo y lo dejo ahí mientras me alejo del corro. Sigo mi camino hacia la nada, hacia el vacío que ya tengo y que es nada, al igual que la esquizofrenia. Un momento de dolido ocio desembocado en la pérdida de temperatura. Tan sólo existen tus cinco sentidos metidos en el horno donde las cosas bellas terminan por escaparse y tú te quedas dentro, ves cómo echan la llave y cedes a la catatonía. Entonces viene un doctor y te pregunta a qué día estamos. Tú tratas de recordar cuánto tiempo hace que compraste el abono transporte y de qué mes era. Luego dice: Nos vamos. Y tú comprendes que has perdido el norte mientras te colocan una camisa de fuerza y te suben a una ambulancia. Pero ya viví todo eso, yo era demasiado joven y peludo, flaco como un triste fideo extraviado de la olla. Si lees esto: Pienso en ti, quien quiera que seas. Muero por ti, quien quiera que seas. Sufro.
Ha llegado el crepúsculo y veo cómo un borrador de pizarra gira en torno a las estatuas en los museos que no visité. 
Padezco, a mi triste pesar, la falta de noticia. Sólo quiero continuar despierto. Ofrecer verdad a este grado adquirido de locura.
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La vida dulce (2)

Tras ingerir unas cuantas grageas de buscapina regreso a la paz y termino buscando la dosis de amor necesaria, ese inmenso relajo que acaricia las costillas, en los mimos que le hago a mi loro que, tímido, saca la cabecita por la rendija de la comida. Sus pupilas se vuelven diminutas mientras yo sigo acariciando y, puedo notar, se me cae la baba. Pienso en permanecer la noche entera acariciándolo. Después me preparo un café solo y echo una cucharada bien cargada de azúcar en un vaso alto (a lo americano). Enciendo la televisión y puedo notar cierta mansedumbre al agarrar el mando (ni un solo atisbo de tembleque). Debe de estar durmiendo, me digo. ¿De dónde vienen estos infundados celos? Es más ¿De dónde procede mi yo celoso? Observo los jarrones vacíos de la cocina entendiendo la respuesta que ofrecen. Vuelvo a pensar en los panes con alas de Magritte. No sólo me representan a mí. En este momento representan al mundo entero y, sobre todo, a los inalcanzables sueños de las cinco de la madrugada. Mi oficio es seguir despierto, mi oficio es seguir tecleando qué soy mientras la espero. Mi oficio es una fábrica cuya música que sale de sus máquinas no tiene sueño y, caso de tenerlo, con nada soñaría. El papel de los diarios está calentito al salir y yo, aquí, en una viñeta sin bocadillos del fabuloso tebeo “Jimmy Corrigan, The smartest kid on Earth”. En la siguiente viñeta de mi cabeza sale una nube: ¿Estás preparado para el siguiente vómito? Dice.
Sigo leyendo los diarios de Tolstoi que, como los grandes diarios, no se terminan jamás. En ese saco meto los de Leon Bloy, Kafka, Musil y Gombrowicz.
En el frigorífico hay paella de anteayer. Saco todo lo que ha sobrado y, sobre el tupperware, vacío el zumo de medio limón para después rellenarlo de cebolla caramelizada. Como. Mi loro me mira, o quizá mira el tupperware. Tardo, según el reloj de la cocina, 4 minutos en comérmelo todo. Después me subo a la báscula. Todo está bien, me digo. Abro una lata de tónica marca Hacendado y la bebo de un trago. Enciendo cinco pitillos a la vez y los doy caladas por turnos mientras tecleo. Me concentro en ella y minutos más tarde me viene a la cabeza el extracto de un cuento de Sam Shepard: Ella había tomado un afrodisíaco muy potente. Su compañero, que es el conductor, sale a tomar el aire en una gasolinera que encuentra en mitad de una especie de desierto. A su vuelta se la encuentra desangrada a través de la vagina mientras su cadáver permanece sentado en el cambio de marchas.
En vez de buscapina esta vez me echo agua y la acompaño con veinte gotas de haloperidol más sus benzodiacepinas, que uso como reguladoras de posibles efectos secundarios. Hoy me desperté a las once de la noche y me negué a sujetar las estrellas, todas y cada una compuestas por el brillo residente en sus negros ojos, negras aceitunas expuestas al flash de una cámara, al sol del verano, a la vida dulce en cuyo cuerpo de cristal me muero por residir a la manera de un gusano en una botella de mezcal.
Mi cuerpo es intercambiable, me digo. Y, al tiempo, no sé a qué mundo pertenezco. Ayer, durante la manifestación, las manos de los desconocidos se unían a la vez que sus gritos. Cada energía pasaba a ser la del otro. Dentro de cada estómago la felicidad hervía. Y uno quería imaginar la imagen de los poderosos con las piernas temblando. Uno era capaz de creer esa utopía. Pero hoy es hoy. Y ella no da señales de vida.
Vuelvo a acariciar la cabezuela de mi loro y siento su placer en mí, lo intento. Intento amodorrarme y encontrar en ese desajuste de la atención la paz contenida en los verdes del paraíso de El jardín de las delicias de El Bosco. Pero no es posible.
Se me ocurre meterme en la cama y matarme a pajas, pero no me apetece. Paso otra página de los diarios de Tolstoi. Río con alguna de sus ocurrencias, de sus persistentes dudas acerca de lo humano, de su manera de retratarlas y, consecuentemente, retratarse.
Huyo al Edén. Ella no está. Quizá el mundo entero me espere allí, junto con ella. Rezo a la máquina de discos de un bar que nunca he visitado. Elijo una canción de los Chichos. Voy a tener que emborracharme, sí, de nuevo.
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La vida dulce

Me sumerjo, tras meses de abstinencia, en una nueva botella de Irish (marca You need job) y nado en su busca a la par que mis ojos se van cerrando. Me tumbo y todos mis fantasmas se congregan en torno a mi cuerpo que apenas responde. Sé que quieren congraciarse con mi lado oscuro. Que quieren que sujete por ellos esas estrellas que, hoy, no deja ver el nuboso cielo. Me levanto hasta llegar a la cadena y pongo un disco al azar. No es una mala elección, me dicen. Yo les digo que se vayan a tomar por culo. Cecilia no responde mis llamadas. Unas veces se está solo, otras esa soledad se convierte en un ahogado en las profundidades del alcohol. Miro la botella y observo que todavía queda el culo. La abro y lo bebo a morro. Luego procuro esconderla para que mi familia no la vea. Pienso en que me ha abandonado, a mí, al hombre cuyo esqueleto no existió jamás, cuyos órganos fueron devorados por el oso que representa mi cuerpo en baja forma. Miro el reloj. La 1:59. Me quedo mirando los números hasta que se convierten en un 2:00. Luego tecleo, pero apenas veo las teclas. Es la razón por la que aún me quedo más seguro de que de mis dedos en ellas saldrá algo brillante. Tecleo procurando adoptar la postura de Monk ante el piano. Mi intención ante las teclas, antes de abrir el whiskey, era la de escribir notas acerca de los maravillosos cuentos de Eudora Welty pertenecientes a Las manzanas doradas, por mucho que en mi memoria apenas residan un par. Beso la pantalla, el folio falso que representa world, como besando mi ebriedad, el yo falso que me representa a mí. Escribo: Vivimos en un mundo de representaciones. Trato de describir la realidad como un defecto residente en nuestros sentidos. Luego lo tacho. Me acerco al baño a vomitar. Vomito una fuente de calamares. Qué lástima, al mediodía me supieron tan ricos (por un momento pienso en la posibilidad de recuperarlos del fondo del váter y volver a llevármelos a la boca). Escribo: El amor es la ausencia de infortunio, la desaparición de toda virtud en beneficio de una no-vida. Puedo notar la fiebre que, decididamente, no sé si me ha provocado el whiskey o su ausencia. Noto el ardor de mi frío en la frente. Debo andar por los 38º y, a la par, estornudo. Un virus, quizá, como suele decirse. Bajo a la bodega porque vagamente recuerdo haber escondido otra botella, pero no la encuentro.
Una vez arriba de nuevo, me veo rodeado de libros. Casi me ahogan. Se los regalaría todos a Ella y estoy seguro de que los leería uno a uno. Yo he perdido la capacidad para leer. Escribo como quien desea finalizar un Sudoku. El resto de los pasajeros del metro están a lo suyo, a esas vidas inmundas de las que nada sé y que seguramente sí guardan sentido, al menos en sus propios hogares, porque ellos sí tienen hogar. Regreso a mi pieza, me pongo el pijama, enciendo un cigarro, lo que me lleva a vomitar de nuevo. No me da tiempo a llegar al váter, por lo que después paso una fregona a todo el lavabo. Regreso al ordenata mientras adivino el amanecer en el canto de los pájaros. No obstante, en el ordenador pone que son las 3:00, con lo cuál supongo de dónde proceden esos cantos y ese amanecer. El interior de mi cerebro los proyecta a través de mis nervios, que ven maná en cada destello de imaginado sol. Imagino que abro la jaula de mi loro y me meto dentro. A punto estoy de aplastarlo. Luego compartimos alpiste y pipas. Él me dice que ya es suficiente, que me vaya. Mierda ¿Dónde estará esa bastarda botella de whiskey?
Bajo de nuevo a la bodega. Abro el frigorífico y cojo una tónica marca Hacendado.
Oigo las gotas de lluvia procedentes de afuera. O quizá sea de nuevo una proyección mía. Quizás donde llueve sea dentro de mi cuerpo. De todas maneras, me siento sobrio. Decido escribir un poema titulado Necesaria ebriedad, pero cuando escribo el título desaparece todo el chorreo de imágenes que, por fe, deberían estar guardadas en mi cofre ideístico, del que noto en esta noche un brillo falso. Cierro los ojos para verlo de cerca y observo que alguien ha cambiado las joyas por monedas de chocolate. Papel manchado de mierda, me digo refiriéndome a un tiempo a las monedas y a la representación de un folio que aparece reflejada en la pantalla del ordenador. Cierro los ojos en la silla del ordenador y noto cómo mi conciencia se pierde en una bruma. Por la bruma circulan, con la cara tapada por una soberbia manzana de color verde, los personajes pintados por René Magritte. También aparecen, en ocasiones chocan contra mí, sus panes alados. Qué bonita imagen para representarme un pan con alas. El pan que quiero y que no alcanzo. Todo lo que necesito cuando Cecilia no está. No puedo saber ya si la tecleo a ella o a mi noción de egoísmo. Por fin una barra de pan se posa en mi hombro y le doy caza. Abro los ojos y como con ansia ese mendrugo inexistente. Como sabor obtengo mi afán de necesidad, mi Ella, mi incapacidad, en ocasiones, para la coherencia, el abandono de mi fiebre en el andén del tren de las 4:00. Espero su llamada mientras la imagino dormida. Me invaden celos definitivamente innecesarios. Escribo un whatsapp en el que pongo: Te necesito. Pero a la hora de enviarlo no sé si se lo he enviado a ella o a otra persona. Por un momento el pan casi se me escapa de las manos. Le quito las alas. Si no fueran tan pequeñas, pienso, me las pondría yo. Luego me digo ¿Y para qué las necesito? Y vuelvo a comer del mendrugo mi afán de necesidad. Mañana iré a arreglarme melena y barba para que no me sigan confundiendo, papá y mamá, con un mendigo dentro de un pijama de 60 Eu, si es que puedo levantarme, claro.
La forma de mis sábanas me recuerdan a la cara de Jesús, al que llaman el Cristo. Lloro en un vaso y a continuación bebo mis lágrimas para ayudarme a tragar unas cuantas benzodiacepinas. Mis padres duermen, la calle, a través de la ventana, se ve en paz. Estoy metido en cuatro proyectos y medio y escribo una media de nueve horas al día. Cuando me meto en la cama y me abrigo en posición fetal pienso que creo que mi edipismo arrastra un rastrojo de sangre. Es una sangre que puedo percibir en cada charco cuando salgo a la calle en esta temporada de lluvias tanto dentro como fuera de casa, tanto dentro de la casa como dentro del cuerpo. Me levanto corriendo al váter y vomito de nuevo. Esta vez el vómito lo componen mis sesos. En mi postura arrodillada digo en susurro que he vuelto a ser alguien y doy las gracias a un dios que quién sabe si existe en algún sitio, aparte de en los bancos y los supermercados.
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La senda del héroe

He llegado a Madrid y la escribo un whatsapp: Ya he llegado. El AVE Madrid-Valencia es la mano izquierda de dios. Tú resides en la derecha con el ramo de flores que quiero regalarte cada día.
Nada más llegar a casa me he acostado, pero antes he escondido los libros de Deleuze de cara a la visita que he recibido hoy por parte de mis editores, a los que han dado permiso para salir del psiquiátrico en que residen para hacer la visita a su autor de culto (yo).
Han llegado sobre las doce de la mañana. Inmediatamente pienso sobre la posibilidad de que se queden a comer y está a punto de darme algo. Les digo que si quieren un café, pero insisten en que ellos sólo toman whisky. Les digo que mis padres tiraron todos los licores por el retrete. Y es la verdad. Que si quieren un vinito bajo a la bodega. Dicen que por favor. Una vez que vuelvo a subir, les abro una botella de vino de los que guarda mi padre. Cuando ya no tiene remedio uno de ellos (el jefazo) mira la etiqueta de la botella y lee “1978, Gran Reserva”. En ese momento pienso que habré de deshacerme del casco antes de que llegue mi padre para no despertar en él ganas de asesinarme. A cambio de mi regalo me dicen que soy el mejor anfitrión que he conocido y, una vez repartidos los vasos (de chupito), procedemos a hablar de mi obra, es decir, del negocio disfrazado de colegueo que hay en juego.
Antes el jefazo de la editorial (Cognoscible Cristo de la cabra ed.) advierte: El jefe de nuestra distribuidora se pegó ayer un tiro en la sién. No pudo superar la muerte de su canario.
Realmente esta vida es triste, se me ocurre, y procedo yo también a echarme un chupito de ese vino tan extraordinario.
La mano derecha del jefazo, que escribe críticas en La codorniz, ataca la oscuridad de mi obra. Dice que nadie la entenderá. Inmediatamente establezco un paralelismo entre el Nadja de Breton y El innombrable de Beckett. Me explico ante su acusación citando de memoria Nadja: Eso es lo que ocurre con esas sensaciones electivas cuya propia dosis de incomunicabilidad constituye una fuente de placeres sin igual. Y continúo: Al margen del relato que he expuesto ante ustedes –anuncio que sigo con el Nadja de Breton- no tengo más intención que contar los episodios más determinantes de mi vida tal y como puedo concebirla al margen de su estructura orgánica. Me refiero a en la medida en que depende de los azares, del más o menos insignificante, en que, oponiéndose a la interpretación tópica que pueda ocurrírseme para entenderla y, añado, incluso, comprenderla, me introduce en el prohibido mundo de las repentinas proximidades. No es un mundo realmente prohibido, añado. Y paso a El innombrable, que en mi memoria se encuentra más fresco, en referencia a la obra que defiendo, mi yo novelístico, diarístico, lo que sea: He aquí, y señalo el manuscrito, a uno que no es como yo no sabré nunca dejar de ser. Y continúo: Sólo yo soy hombre y todo lo demás es divino. Beckett dixit, añado, y les explico: de eso trata la voz, que es la novela. A continuación cito a Umbral en Un ser de lejanías: Soy un vendedor de estilo.
Tras terminar mi larga cita de citas, probablemente desestructurada en mi memoria, observo cómo la mano derecha del jefe anota en su Moleskine, seguramente para su próxima crítica en La codorniz. Vaya mundo. Inmediatamente se ponen a hablar del Real Madrid. Pues Alberto es del Atleti, dice el tercer habitante, que me introdujo en esa editorial y al que podría considerar mi agente de cara a ellos, aunque mejormente amigo (lo que implica que no va a sacar ninguna tajada del asunto ¿No tendrá suficiente el muy mamarracho con la priva?). Les digo que tengo aceitunas negras. ¿Son buenas? Dice el jefazo. Las mejores, digo, como si volviese a defender mi manuscrito. Las echo en un plato y, mientras echo mano a una, me acuerdo del ojo izquierdo de Cecilia. Mastico despacio imaginando que saboreo el lado oculto de la luna o, quizá, su sombra. Voy a estar unos días sin verla sólo por la visita de estos subnormales. Bueno, dice el crítico, no es que me parezca excesivamente oscura la novela pero, quizá el postmodernismo... Interrumpo: postmodernismo, postmodernismo, ya Plutarco inuguró el postmodernismo hace muchos siglos con Las vidas paralelas (hasta hoy sólo le conocía de Facebook, es decir, de nada). No atiendo el final de su discurso. Pienso en Cecilia mientras las aceitunas se acaban. Luego el jefe se levanta y dice: Sólo tenemos permiso del “centro de salud” hasta las dos y media (suspiro hacia adentro al comprobar que no se quedarán a comer y dibujo una sonrisa amistosa). Les doy la mano a todos. Cuando finalmente se han marchado, escribo un whatsapp a Cecilia: Me arrepiento de haberte dejado sola estos días. Los de la editorial ya se han ido. Menuda mierda.
Me responde: Lo importante es que tú estés bien.
Mi siguiente mensaje tiene un punto de broma: Ya sabes. Sigo la senda del héroe.
Ella no responde con un diplomático “ja, ja”. Me dice que descanse y que, como siempre, me esperará.
La envío un beso y abro el paquete de tabaco. Advierto que sólo queda un cigarro.
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jueves

De qué pasta está hecho Facebook (2): Refranero personal sobre la dieta

Admito colgar estos estados, cuyo valor para mí es discutible y donde me arriesgo a caer un poco en el ridículo, porque le gustan a mi padre, a quien envío un beso: (Pertenecen al día de verano en que se casó mi prima Noelia, poco antes de ser yo ingresado en un centro de desintoxicación)


"Voy a hacer la dieta de la cucaracha: cortarme la barriga con un hacha"

"Preparo la auténtica dieta del cucurucho: Me sajo la tripa con un serrucho"

"La dieta del helado: No me como el cucurucho porque estoy cansado"

"La dieta del pecador: vacío el saco al salir del orador (para volver a llenarlo luego, se entiende)"

"La dieta del melón: me como una raja en medio de un calentón"

"Trabajo la dieta de la piscina: me mojo cuando pienso en Chicholina"

"Trabajo la dieta del alma: me la meriendo mientras la palma"

"La dieta de la semidesnatada: Corro con ella un kilómetro y ya la tengo empalmada" 

"La dieta de la ensaimada: yo me lo como todo y él la deja embarazada"

"La dieta de las campanadas: me como solamente las uvas que están peladas"

"La dieta del sueño triste: me meto en una jaula y empiezo a comer alpiste" 

"La dieta de Cervantes: me leo todos los libros que ya me he leido antes" 

"La dieta de Paolo Futre: comer salchichas es cutre" 

"Hoy he dado un paso adelante en la dieta del empacho: "Por favor, tía Pepa, para ya de hacer gazpacho"

"La dieta de Fernando Alonso: No me quites el Ferrari que te pego con el bolso"

"La dieta de la paella: yo me como un grano y el resto se lo dejo a ella"

"La dieta de la boda: después de cada whiskey les digo que le echen soda" 

"La dieta del matrimonio: tú me gritas y yo, mientras, pido una flor de estramonio" 

"La dieta del no durmiente: abro los ojos y pido un whisky caliente"

"La dieta Danone: comer yogures me pone"

miércoles

Un saxo de fondo


Imagino tu cara, tiene en este momento la edad que le pertenece mientras escuchas a un joven preocupado porque se le está empezando a caer el pelo. Quiero ser él. Estar frente a ti ahora mismo. Hablar del llanto de las langostas cuando las echan a cocer vivas.

Mi imperio, ahora mismo, reside en el cenicero que hay al lado del teclado. Echo un vistazo en su interior por si te encuentro, pero el reflejo me devuelve mi imagen y es entonces cuando me pregunto, imaginando que soy tú, de qué va la vida, te digo que, por favor, me sientes en tus rodillas y me lo cuentes todo.

Oigo tu voz diciéndome que fabrico imágenes como gotas de una lluvia ácida. Luego me rindo a tus pies. Te digo la verdad que sé: Todas te pertenecen a ti.

Intento trabajar, pero a veces me despista el incansable ruido de la calle. Pongo más alta la música de la cadena. Suena un saxofón meloso y por un momento me pregunto si se trata de Ben Webster, de Coleman Hawkins, de Ike Quebec. No sé dónde estoy. Definitivamente es un disco más de ahora. Oigo que los coches se paran para dejar paso a una ambulancia. Imagino a los camilleros descubrir el breve cadáver que se oculta tras un manto de color azul turquesa. Un niño está allí parado con los ojos fijos en el logotipo de la cruz roja.

Te llamo, por mucho que sepa que estás ocupada. No puedes cogerlo, pero es un manjar para mí que veas mi llamada, por si te apeteciera devolvérmela. Luego te escribo un whatshapp: A ser posible nuestro amor sobrevivirá a nosotros.
A continuación escribo otro: A veces tengo dudas, me pregunto qué es el sol aparte de helio, qué es el amor aparte de nosotros mirándonos a los ojos durante las noches en vela.
No recibo respuesta.

Te sé postrada, concentrada en el aburrimiento de un nuevo paciente. Te sé amable. Tus nervios son los míos en cualquier día de fiesta. Necesito fiestas, sacarte a bailar entre la multitud, beber un chupito de ginebra y susurrarte al oído que me muero de ganas por hacer el amor contigo delante de toda esta chusma que nos rodea, a lo suyo, atónita, apenas visible, al menos en el Edén al que he ido a parar en ese momento.

Debería controlarme, me imagino explicándote, mi obsesión por la literatura es una losa muy pesada, pero en ella están grabadas las notas de mi réquiem. Para eso escribo. Es lo qie pongo en un nuevo whatsapp. Me alegra recibir como respuesta: Tranquilo Albertito, en dos horas comemos juntos. Un abrazo.

Lloro sin lágrimas. Mi planeta emerge. Los patrulleros desaparecen de mi mente llevándose las señales de stop. Regreso al baile. Sé que me he peinado antes, que me he puesto mi mejor camisa para ti, amor mío. Mi sombra y tu sombra, cuando juntas, representan las oraciones de toda una vida.

Poco a poco me olvido de mis pasados e inacabables vómitos, me olvido de cuando, en mi habitación de los libros, lancé mi reloj casio al espejo en el que estaban grabadas las líneas de Ecce homo, provocando en él un roto donde muchas veces adiviné mi cara. Cruzo las piernas. Me es dulce la espera cuando se trata de ti, aliento, pipa de toda mi paz, brasa de una hoguera plagada de serenidad e incluso de hipnotismo. Tu hogar es el mío... perdóname si me equivoco. Me he equivocado tanto. El dolor viene a mí cuando recuerdo mis equivocaciones. Cuando recuerdo lanzar cantos a los lomos de los perros, cuando me recuerdo sin civilizar aún, por mucho que algunas abuelas de mis amigos de faena me colocasen como ejemplo de estudioso ante sus nietos. Después de eso, mi compañero sacaba la escopetilla y visitábamos, en la noche, los corralones, intentando acertar a todas esas ratas que huían ante la llegada de los pasos, de la luz, del miedo. De día eran los pájaros, que iban a parar al apetito de Mora, una gata algo regordeta, negra con una gran mancha blanca alrededor del cuello. Recuerdo mi mala puntería y una vez en la que corría gritando mientras un amigo mío me perseguía con la escopetilla apuntándome y disparando aire comprimido. Recuerdo clavarle a Diego (él sí tenía buena puntería) un dardo jugando a la diana en la cabeza del sobrao de su primo Julio. Se lo quitó. No salió ni una gota de sangre. Yo pensé que lo había matado. Recuerdo, recuerdo y olvido.

Ahora sólo, de aquello, quedan tus hermosas caderas, el rictus de tu sonrisa imitando su contoneo cuando te pones tacones. Queda mi desgracia y mi cura a mi desgracia. Queda dedicarte toda mi vida y talento, si tuviera. Queda escuchar ese saxofón que cité antes y no saber de dónde procede ni quién lo toca, mientras hago la percusión a base de teclear y teclear pensando en tu mirada y capacidad para comprender cada pequeño matiz, imágenes que, al fin y al cabo, quién sabe si junto con nosotros, termina llevándose una ventolera.
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Das lied von der erde

“Inmensos susurros y toses de vastos
espacios con órgano ceñudo y lleno de domingo
preceden al correteo de la batería, el himno,
y el estrépito de volver a sentarse. Entonces se inicia
el gimoteo de los violines:
pienso en tu cara entre todas esas caras...”
(Philip Larkin. Primeros versos del poema Retransmisión. “Las bodas de Pentecostés” Trad. de Damián Alou).

No puedo conciliar el sueño, así que me levanto, aprovecho para escribir un par de capítulos de mi novela y a continuación leo a la par los dos últimos Bukowskis de Anagrama (Fragmentos de un cuaderno manchado de vino y Ausencia del héroe). Se me ocurre que sus páginas constituyen lo que sería un gran blog, algo gamberrete, de actualidad, por no remontarme, claro, a otra cosa-mariposa, los Ensayos de Montaigne, que no dejo de leer, al menos, durante un día a la semana. Escojo párrafos que a veces ya sé leídos y regreso a ellos como al pan de cada día, recién salido del horno o del frigorífico. También, si pudiera elegir otro libro para lo que es el llamado género blog, escogería, sin duda, otro al que, muy de vez en cuando, también echo buenos vistazos. Me refiero a las columnas de Gilbert K. Chesterton recogidas en Acantilado bajo el título de Correr tras el propio sombrero. Y las crónicas de Roberto Arlt, cómo no, editadas por Fondo de cultura económica argentina, que, además, cuenta con un estupendo prólogo de Ricardo Piglia. Tampoco me olvidaría de los fragmentos de mi idolatrado y recientemente desaparecido Cristóbal Serra y, para un blog de cuentos, me quedaría con Ignacio Aldecoa y Juan Eduardo Zúñiga. Mi idea era citar a más. Es mi manera de vender el tiempo a un diablo que también participa de mis ojos. Sigo esperándola. Ahora está de nuevo en el trabajo. No sé qué vida llevamos juntos. En ocasiones estamos, otras no. Alguien escribió en verso que siempre se está solo, pero que a veces se está más solo. Recuerdo haberla dado un beso al despertar en la noche y luego amanecer solo, como digo, sin haber conciliado el sueño (aunque cabe la posibilidad remota de que sí haya logrado conciliarlo en pequeños períodos que no recuerdo). En cualquier caso lo he intentado. Mi literatura pública fue mi primer paso hacia su brazo. Hoy me insiste en que no regale, en que termine mi novela sobre Marcial Hdez. Le digo que me he estancado en la página 50. Ella me mantiene, salvo mis vicios, que los paga el ministerio de sanidad (me refiero sólo a tabaco), yo me ocupo lo que sé de la casa y, despacito, voy aprendiendo a cocinar. Echo de menos sentarme en mi silla de la cocina, plantar en el hule un libro de Lawrence Ferlinghetti y devorarlo. De cara a estos diarios, precisamente, como un investigador de citas menos buenas. Estos diarios y sus caras, y su cara, cuya protagonista es Cecilia y, quizá también, la imagen literaria, la literatura, yo, que no existo, y mi vanidad, que existe a la par que yo. Abro las Memorias de debajo de Leonora Carrington y, un cigarro después, lo abandono como a un perro rabioso. Quisiera escribir uno de esos maravillosos cuentos, pienso por un momento. Luego me digo para qué. La llamo. Está en consulta, me dice. Le lanzo un beso y le digo cariño, ella dice simplemente “Adiós”. Doy un puñetazo en la mesa. Luego paso la fregona por los lavabos. Una vez muy cerca del espejo puedo ver en mi cara un surco enorme de acné. Quiero meterme dentro de él y desaparecer. Ya no te quiero, digo en alto, y sé que se lo estoy diciendo a mi existencia. Luego me corrijo. Intento coger al vuelo a una mosca para abrazarle y darle cariño pensando en Ella. Tiene mucho trabajo. Hoy iba derecha a la huelga y le han obligado a hacer servicios mínimos. Imagino a mi pequeña con un altavoz dirigiendo el paso de la gente de la calle, sus oídos. Muchos paran y dicen: Esto es lo que esperamos de los médicos jóvenes. Ella lleva su bata de especialista. Está tan bonita. Acaricio su pelo imaginado en la felpa que hay junto a la cama. En la cadena suena La canción de la tierra de Gustav Mahler. Recuerdo mi niñez en el pueblo, gobernando el Edén desde los hombros de mi abuelo. Medias altas y una bolsa de pipas, el sol de verano y la inmensa alegría de no pertenecer a una familia rota, a la familia que tengo ahora, que me han robado mis estancias en el pueblo con la naturalidad que se murió abuelo, de cáncer de pulmón, a la edad de 62 años. Junto a él daba paseos hasta el campo de fútbol. Recuerdo que en aquel entonces las porterías estaban hechas de madera y el larguero de ambas hacía una uve. Recuerdo mi primera imagen de la muerte encontrada en un gato atropellado en el camino durante uno de esos paseos. Se ha dormido, le dije a mi abuelo, que me dijo que sí. Recuerdo la sangre mezclada con la arena que había salido de su boca. La canción de la tierra está en repeat all. Leonard Bernstein dirigiendo a la filarmónica de Viena. Aún no sé qué preparar para comer. Seguramente me haga un bocadillo. Recuerdo haber comprado salchichón en el Eroski. Sostengo que la idea de un blog es estupenda. Mientras las entradas antiguas desaparecen de la vista de la pantalla parecen hacerte, al fin, libre de su autoría, de tu responsabilidad de padre mientras su existencia se pierde en los buscadores. Cecilia, mientras, es mi madre, mi esposa, mi hija y yo. La espero. Mi oficio consiste en eso: en esperarla. Me gustaría dar con las teclas para que no existiera un momento de nuestras vidas en que no supiéramos darnos felicidad el uno al otro. Pienso en el vino de Oporto. Observo las estrellas pequeñas que lucen más allá de la fuerza del sol. Son las 10:53. No sé si he dormido. El ordenador me dice el día, la hora y el mes en el que estoy. Es mi salvación, y también mi perdición. Imagino la posibilidad de unos pies en la tierra. Ella los tiene. Me habla, cuando estamos juntos, de estrategia. Yo le hablo de libertad. Ella es estratega y libre. Yo no existo. Le dije que creo que un semáforo participa de manera crucial en los destinos de la gente. Le dije que no creo en el destino. Le dije que sólo creo en ella. Intenté darle un beso en la frente, pero estaba tan cansada. Le dije que me alegraría tanto que pudiéramos cenar en un japonés. Y añadí: por tomar unos sakes. Ella ha llorado levemente. Le he dado en mi abrazo todo el calor que sé, pero no he podido frenarle. He acariciado su cara, lamido sus lágrimas. Ya es otro día, aunque para mí sigue siendo el mismo. Busco mi cofre abierto y reluciente en mis tristes palabras. Encuentro mi hogar en su cara, en su cara y en La canción de la tierra de un Gustav Mahler que regresaba a su hogar, aclamado tras el desahucio, dispuesto para el trabajo que acierta a ver el sol, cuando no tapado por la sangre de algunos primeros difuntos que llegarían tras su llegada a Berlín, en viejos y asesinos tiempos, cargados de papeles y maletas, bombardeos y gritos. En esos tiempos se mezclaría la ópera en un búnker, a la par que el jazz americano de los años 30. Hoy la España que deseo está en huelga. Hoy los jóvenes españoles que saben qué hacer con sus vidas aprenden alemán.
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martes

Innocent when you dream

Mi vida es una margarita a la que voy deshojando de pétalos que no se acaban jamás. Hablo con Ella y me permito cometer un ligero error. Me dice que no todo va a ser literatura. Por un momento pienso que no entiende que si mi vida es eso es sólo debido a ella. El “juego”: convertirme en algo con sentido para la vida pero, sobre todo, para ella, que es mi vida. Entiendo su lucha, su coherencia al tocar temas de actualidad, su rebeldía ante un sistema tocado por la varita de un dios perdido. Amo todo eso en ella porque quiero la vida y pasa por comprender sus nociones que reconozco no poder abarcar en su conjunto precisamente porque la vida no lo es todo, así como tampoco pueden justificar mis teorías una antigua tesis que hice sobre la figura de Engels, perdida en el tiempo y en mi estupidez juvenil, de la que ella está a salvo, a dios gracias.
Me siento en la cama y doy gracias al pez que nada dentro de mi cabeza. Es rojo, con una línea gris que le llega desde el medio de los ojos hasta la cola. La pecera la pago yo. Duermo y me veo leproso como la pared de mi habitación del barrio. Mi piel se cae y en ella encuentro pequeños yoes que avanzan desde el suelo hasta habitar el teclado donde escriben todo lo que sale de la memoria del citado pez. Yo me estrujo la cara. La moldeo. La cambio. En el espejo no encuentro nada más que barro. El hijo de dios viene a verme, como siempre, en moto. Me dice que me va a curar, pero yo sólo creo en ella. El espejo del baño es un acuario de sangre cuando despierto, y ella aún no ha venido. Deshojo de nuevo la margarita del principio. Mis palabras ante cada pétalo caído son: Existo / no existo (o, lo que es lo mismo: Ella / no ella). Sólo Cecilia tiene la respuesta. Sólo ella es mi religión. Realiza preguntas utópicas al universo y a cambio recibe una paz que, en su mejor versión (si es que tuviera una menos buena) me transmite. La espero. Sólo quiero ponerle una sonrisa y decirle que pronto llegarán las navidades. El tiempo es una mecha que finalmente encuentra su goma 2. ¿De qué otra cosa están hechas nuestras vidas? ¿De qué otra materia están hechos nuestros sueños?

Despierto de nuevo. No recuerdo nada. Quizás estaba a punto de besarla, pero quién sabe. Me preparo una tortilla francesa y pienso en sus dos caras. En una veo a Artaud y en otra a Genet. Bato poesía. Finalmente la tortilla sale espesa y, mientras la como, sé que tengo que escribir algo para cuando por fin llegue ella. Cuando llevo la tortilla a la mitad la llamo, pero es imposible contactar. Mañana a la tarde hará huelga y estará conmigo, al fin. Podré hablarle de mi creencia en esos corazones dibujados con un palo en la arena mojada por las olas de la playa. En la belleza surgida de su desaparición al subir un poco la marea. Preguntarle si sabe cuántos de esos corazones viven en los océanos del mundo. Abrazarla. Sentirla. Obtener en sus respuestas la dicha de ser demasiado humano (yo, que me acabo de levantar en el desierto, que me siento un electrodoméstico en medio de una duna inamovible).

Me lanzo de nuevo al tecleado. Me digo que es a lo que me debo y lo hago sobre aquellos pensamientos sobre Artaud y Genet que cruzaron por mi mente mientras buscaba la sal. Los escribo como las dos caras de una misma moneda, o una misma tortilla. Escribo que el precio de la moneda, su esencia básica de bronce, es la poesía. Escribo que si metes esa moneda en una máquina tragaperras obtienes como premio una flor rota. Escribo mi intención de escribir el Van Gogh (el suicidado por la sociedad) de Artaud en la lectura que de él hizo André Breton. Escribo el cuerpo sin órganos (ayudado por la irremediablemente espesa publicación que de ello hizo Slavoj Zizék) y el enemigo declarado que son ambos, en traje (color rosado, según El diario de un ladrón, por el que María Teresa Gallego Urrutia recibió el premio a la mejor traducción del año pasado) de prisión, bien en camisa de fuerza. Escribo sobre mi creencia en la bendita inocencia destrozada de Santa María de las flores. Después me preparo un cigarro de liar y vuelvo a marcar el número de mi amor inigualable, incomparable, único, aquel que tiene mucho más mérito que mi llegada a la vida. No hay cobertura. Enciendo el cigarro cuyo humo sale de mi boca dibujando el contorno de sus caderas, la uve de sus piernas, el ángel de su mirada, si posible. Le escribo un whatsapp en el que le digo que la quiero, por si llega a recibirlo. Le escribo uno nuevo en el que cito el Ómnibus de Edward Lear aparecido en Traducciones / perversiones de Leopoldo María Panero (muy bien editado por Visor en Edición de Túa Blesa): “Hubo una vez una joven cuya historia / Fue para todos un misterio; / Sentose en una cuneta / (Nadie supo nunca en cuál) / Componiendo allí un tratado sobre su enigmática historia”. Cierro el whatsapp diciéndole: Eso somos nosotros, existencia mía. Espero de nuevo. Quiero salir con ella a recorrer los pasos del día anterior mientras damos abrazos a los árboles y cálidas bienvenidas a los pájaros que se posan sobre su mano. A continuación nos parece que viene a cuento cantar a coro el estribillo de Henry Lee, cual Nick Cave y Pj Harvey. Nos sentamos en una terraza. Hablamos de la inexistencia del frío, de la eterna infancia de las ardillas y las teclas de órgano de iglesia que son sus dos dientes. Por un momento me veo regresar a la vida, a ella, a las letras, a la calidez de los platos de sopa que preparaba mi abuela durante mi infancia y a los que me era permitido echar un chorrito de vino para que se enfriase y embadurnarlos de migas de pan. Rezo a abuela. La veo joven en su vejez, como viva aún, explicándome la sabiduría del caído, el gracejo de las cartas que se escribían antes los enamorados. Me abrazo al cuello de un pavo real inventado en una almohadilla del sofá del salón. Procuro reavivar mi gratitud a mis padres por darme la vida y, consecuentemente, acercarme a ella. Cierro los ojos y no sé si recuperaré el sueño del resto de los días siguientes. Pero mi intención es hacerlo.
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Un cuento de navidad

   Si lo piensas; luego no existe pero, como sabes, puedes volver a pensarlo de nuevo para que vuelva a no existir y, cuantas más veces no existe, más vuelve y se parece a una niña en la silla de un columpio que, cuando al final se para, pisa el suelo y no puede sujetar las piernas porque es una anciana a la que se le ha olvidado andar y que ha llegado hasta allí porque, cuando movía hacia delante, abría mucho la boca y le entraba el suficiente suministro de aire fresco. Algo así es lo que me ocurre con el propósito del cuento. Siempre he querido hacer uno, aunque no sepa por qué. Así como tampoco sepa la respuesta a que esté dándole a la niña con ello, sentada sobre el columpio, un primer empujón. A veces es mi hijita. Otras, cualquier otra niña o una sobrina. Aunque a veces es un niño, pero no mi hijo, sino un niño cabrón cualquiera.
 Con todas estas cosas quiero decir que los días pasan, a pesar de todo. O no quiero decirlo aunque lo diga ahora. Tengo un amigo que, al ser místico, no entiende nada de esto, aunque no lo diga, pero la causa de no decirlo, también he de decir, se debe únicamente a que se trata de un amigo místico.


 Tuve en un día, hace tanto tiempo que no puedo recordarlo aunque se lo jure una y otra vez a mi hijita del columpio, un ratón muerto cogido entre los brazos y, recuerdo, quité el pellejo con una punta y lo abrí con las manos, porque era un regalo. La niña se entera a medias de mi historia y de mi regalo porque sólo me oye cuando la sillita del columpio se me acerca para que vuelva a empujarla. Así que creo que me entiende sólo las mitades de las frases hasta los puntos y seguidos y, cuando hay un punto y aparte, no oye nada de nada porque, al hacer yo la pausa, ella también la hace, porque me quiere, aunque luego vuelve y yo he retomado una historia diferente, aunque sea la misma y ella lo sepa pero, con fortuna, oirá, aunque contadas de otra manera, al ser otras historias, las otras mitades de esas otras historias que son la misma que la anterior.

 Le dije que abrí el regalo y que dentro había caramelos pero que, al ser de menta, no me gustaban; porque los caramelos de menta siempre han sido cosa de gente vieja.
 Le dije que aquel día, antes de llegar a casa, me monté en un columpio y me comí mi regalo que, aunque era un reloj bañado en plata, sabía a sugus amarillo. Y desde entonces, cuando pasa el tiempo, cago baños de plata.
Le dije que abrí el regalo y salió un conejo que se llamaba Dasbid y me contó un chiste que no me gustó y, entonces, decidí envolverlo de nuevo con muchas ansias durante días enteros; tantas que, en un viso, al rehacerlo, el ratón que lo envolvía recuperó la vida y se fue a vivir a una ciudad que le gustaba, y entonces me quedé sin mi regalo que, al irse, mostró que era un regalo que sabía que no era un regalo, al menos para mí, aunque yo lo dejara marchar con cara de tonto y algo imbécil.
 Le dije que abrí el regalo y era un montón de sangre putrefacta, también, que olía mal, a asco, y que salió un bicho que es lo que creo que es una larva desde entonces. Le dije también que no temiera; que era malo.
 (Luego rectifiqué acerca de las palabras probablemente malsonantes e imágenes desagradables de la última de las historias y, a la venida de la sillita, mencioné la similitud del interior del ratoncito con las amígdalas y expliqué sobre las cuales que son referidas a “aquellas que da la amiga”, al igual que hice lo propio con “asco”, que limité a llamar “cosa”, así algo que huele a cosa puede ser cualquier olor, pensé y de seguida concluí en “larva” pues no era aquello, le dije a la venida de su oído, cosa distinta y no necesariamente olorosa a “lavar” y expliqué “como mamá la ropa”. Ella es muy lista y entiende “para que no huela mal”. “Ropa” me llevó a dar, debido al estado de nuestro atuendo, otro sentido a su palabra y convertirla en “proa”. Esto gustó a la niñita, que entiende de todo ello y gusta de competir en nuestros juegos de las sopas de letras que mamá sirve, de haberlos, cuando los hay, los jueves de mañana; le gustaba, repito, ante la situación que ella vivía en el columpio, aquello de la proa, pues debía ser el mismo columpio a su vez un barco en el cual ella permanecía oyendo las historias de papa en la popa a su gran capitanita, mientras ella se distanciaba a la proa -hacia delante la silla-, a conquistar todos los mares posibles y que cupieran en un empujoncito cualquiera o varios). 

 Cuando por fin bajó del columpio ya no era la mujer vieja que no tenía manera de sujetar las piernas, sino que era una anciana muy sabia que conocía de mis trastornos e historia del mundo y me enseñaba los misterios de la respiración tántrica. Estoy seguro de que se debe a ello que siga vivo, aquí, aunque no coma más que hojas secas y cuente chistes como aquel del que va una niña que, sentada en un columpio que iba y venía de aquí para allí surcando el aire, se le acercó un ratón a darle un regalo y se puso a abrirlo con las dos manos justo cuando tocaba el empujón siguiente.
 Dasbid me lo ha contado, y también que no se lo diga a nadie. Esta tarde vino y se puso serio, más de lo habitual. Me ha dicho que sólo cuenta chistes sin gracia porque de pequeño le comió un ratón y no le dio tiempo a aprender otros que fueran mejores.

 Fui, hace tiempo, alguien que daba empujones en los columpios, a mi hijita y otros niños, incluidos malos. También fui alguien que quería escribir un cuento, y también fui la persona que sigue viva gracias a las hojas secas de las que me nutro aquí, dentro del interior de un ratón muerto que está, el pobre, esperando que alguien lo vuelva a confundir con un regalo.
 (A veces como ahora, en cambio, sólo soy alguien que escucha los chistes que Dasbid aprendió antes de poder aprender los que le hubiera gustado poder contarme. He pensado, aunque luego no exista, que soy una especie de psicólogo suyo. Incluso hago que anoto lo que me cuenta, le diagnostico traumas y firmo recetas de medicaciones cuyos nombres me invento, las cuales, le digo, son para recuperar la vitalidad.
 También he pensado que soy mi hijita en el columpio y Dasbid es mi padre empujando la sillita por primera vez. Claro que lo he pensado. Mucho.)
 Ella ha venido muy arregladita porque es fiesta y me ha preguntado si hay algo que sea más mentira que un ratón muerto sentado en un columpio. Le he dicho que sí, aunque tampoco sepa por qué, ni tampoco de dónde ha podido sacar una jovencita cualquiera o joven, sobrina, hijo o animal de siete o dieciséis años, una cosa de tan poco sentido en general, y tampoco común para nada, desde luego.
 Le he dado un caramelo que no le gustaba porque era de eucalipto, y me dijo que a ella le gustaban más los sugus amarillos. También añadió que no le gustaba la historia de la anciana aunque fuera sabia y que ella no iba a ser anciana, pero tampoco vieja ni nada seguramente nunca, al no serlo ahora, en este momento, tampoco y sobre todo. Luego insistió en los sugus. Pero no tengo, -dije- porque me los comí todos mientras pensaba en escribir un cuento de pequeño. Me preguntó de qué era el cuento, si de navidad o de gente desnuda, de gusanos o de qué otra cosa, pero no le respondí. Y luego he mirado el reloj que estuvo bañado en plata, el que cuando tengo hambre suena. Era más tarde que todos los anteriores días. Al decírselo a la pequeña para que nos fuéramos a casa y, en el caso de que fuera jueves de mañana, comiéramos sopa de letras, me ha dicho que todo absolutamente eso, es como Dasbid y como mamá, o sea, que no existe, que es mentira, -y añade- antes quizá no, pero ahora sí y seguro. Aunque los cuentos sí que existen, porque son bonitos, -dice- algunos.
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Intervista (sobre la basura, mundillo literario conocido)

Mi amigo Roberto Salas me propuso ayer participar en unos vídeos sobre escritores, “a ser posible vivos”, que, junto con una especie de colectivo, está juntando en una web. Le dije que sería un honor participar, pero que en breve he de salir de viaje y que aún no sé para cuándo será mi regreso ni, la verdad, me apetece calcularlo. Mientras tanto, se me ha ocurrido preparar un escrito que represente mi presentación en la página, por si yo no pudiera llevarla a cabo. Así que le pasaré el enlace a mi colega si definitivamente me sale algo decoroso, o indecoroso. La verdad que aún no tengo clara la postura en la que colocarme. Así que, como plantea Castaneda en Relatos de poder, el cuarto libro de la tetralogía que nos hizo soñar a algunos durante una adolescencia en la que las pesadillas invadían nuestra dicha aún por realizar, me propongo a lanzarme a ese vacío que, como sostiene el maestro: no existe en una existencia donde ese vacío y su supuesto no-estar son la vida misma en comunión con el mundo. Ahí voy:

Me llamo Alberto. Nací en el hospital clínico de san Carlos. Me crié entre Valseca (provincias) y el barrio de Aluche en Madrid. Tuve una buena infancia. Viví con mis abuelos hasta su muerte, y también con mis padres. Mi familia fue grande, hasta que el cuento se deshizo y el peso cayó sobre mí bajo la forma de distintas enfermedades, entre ellas una esquizofrenia que no padezco. He escrito panfletos de tono, digamos entre comillas, revolucionario, en los que no creo, pero menos aún en una coherente distribución de ellos. Fui borracho por influencia de mis mayores, amigos en quienes, durante lo que duró mi borrachismo, creí. Todo antes de salir a ostias con ellos. En realidad me estoy refiriendo a cabezas visibles (mafias verdes) del mundillo literario madrileño, quienes me abandonaron cuando dejé de servir para levantar sus pretenciosos negocios cuyos eslóganes eran: Escuela de ideas, Recuperar el placer de la lectura y chuminadas por el estilo, en las que, si acaso, puede llegar a creer algún adolescente burgués que se ha tragado a un utopista que había metido su madre en el plato de sopa.
Todas esas aventuras, entre las que destacaría participaciones cruciales para proyectos editoriales que se venden en librerías de toda España y donde no sale mi nombre. Tampoco, en relación con lo que me importa, me está de más anunciar que me pagaban en negro un sueldo que, con suerte me daba para el transporte público, y eso incluía comerme marrones y humillaciones que, según creo hoy, día en que me he hecho un poquito más mayor y quizás ya no merezca el título (tantas veces ofrecido -por otros, claro está, entre los que se encuentran egregios de nuestra lengua- tras la palabra genio, en la que sólo creo cuando la pronuncia mi niña, de “joven promesa literaria”). Añadir sobre la inmundicia literaria que recayó sobre mí: Rechacé un renombrado premio literario a nivel peninsular por considerarlo de una moralidad baja (en cierto momento tuve ocasión de comentarle mi “heroicidad” a Raúl del Pozo, quien me dijo al respecto, con buen ánimo: Tú eres el niño Jesús. Antes de ello un editor de pacotilla me propuso editar un libro de cuentos por encargo. Tardé un par de meses en hacerlo. Cuando lo hubo leído me dijo que lo publicaría si quitaba de en medio mi “cuento de Navidad”, que pronto publicaré en este blog. Como mi intuición, mientras me comía un bocadillo de anchoas con tomate, me aseguró de que su posición real era la de darse importancia le dije que se metiera el resto de relatos por el culo, a pesar de estar en juego, por ese proyecto, quinientos eu (muy necesitados para mí en ese entonces) que, por otro lado, a saber si ese malqueda me hubiera pagado. Nuestra amistad, a pesar de todo, continuó. Prescindí de ella en defensa del tipo que me ofrecería un año o dos más tarde el premio (del que él era jurado). Luego lo aceptaría otro buen amigo mío (el pacto incluía, como en los buenos negocios, que el 70% del dinero obtenido por el galardón fuese para quien lo ofrecía). Lo digo a pesar de que creo firmemente en el talento de mi amigo, el que aceptó el premio, y que terminó plagiando mi vida, al menos en aquel círculo. Yo finalmente, a diferencia de con el editor, salí a ostiones (pelea de patio de colegio) con el jefe (enchufado del poeta Juan Carlos Suñén, de quien hoy no dudo de su honestidad, aunque malograda tristemente por su aficción al alcohol; añadir que a diferencia de otros: tiene talento para la poesía y, dios santo, para la crítica, mucho, y lo sigue usando, a veces regalando) a quien había defendido posturalmente de cara al editor de pacotilla, y no volví (con la salvedad de un día, completamente borracho, en el que me pidieron, por las buenas, que me marchase. Y lo hice). Debería haber hablado de otra cosa. Ahora sólo tengo la tentación de enviar este texto a la papelera de reciclaje. Al fin y al cabo la equivocación de participar en todo aquello fue elección mía, por tanto: Mea culpa. En realidad debería hablar de esto:
Todo ha redundado en mi felicidad. Imagino danzas en las que rodeo mis huesos, mi chica me quiere, mi única adicción seria es el tabaco, creo en el amor de algunas piedras y adoro la naturaleza (que no veo por la televisión) y creo en la vida, mis personas, la sobriedad y mi equilibrio casi constante. Me rodeo de gente que sabe más que yo, amo mucho y como de pm. Respecto a la literatura añadir que he sido traducido por un colaborador de la UNESCO en París de cara al ministerio de cultura francés, donde me ha costado algo de esfuerzo sacar guapa a la gente del mundillo literario del que he hablado, cosa que he hecho, quizá porque, muy en el fondo, tengo mucho de sentimental, de idiota. Aunque quizá eso no sirva tampoco para nada. Vanidad y vanidades. Antes le doy un abrazo a mi chica, la más hermosa del mundo, y me bebo una sin.
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Castles made of sand

 (A falta de la fotografía en la que aparece el ojo izquierdo de mi chica, la foto elegida para el post ha terminado siendo la del funeral de Hendrix)

Dibujo la curvatura de tu ojo izquierdo sobre la mesa, con el índice, mientras no hago nada. El día pasa e insisto con el dibujado de la curvatura. Si estuviese provisto de un bolígrafo ya hubiera llenado 30 folios en una original obra de expresionismo abstracto. Sea lo que sea es la curva de una carretera que he de recorrer hasta mi muerte, a ser posible a su lado.
El accidente de Pollock, artista paleto, borracho, triste y legendario, viene a mi mente. Una de las dos chicas con las que iba al salir de aquel tugurio en el que se pusieron de alcohol hasta las cejas sale con vida del accidente, abre la puerta trasera, pide auxilio y allí estoy yo parado, observando la breve muerte del arte norteamericano, que pasaría a dejarse enredar por otro asunto. Para aquel entonces ya habían estallado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. También las presencio (al ritmo de El cisne de Saint Saents). Mi corazón se para a momentos y ella ha desaparecido. Inicio un nuevo dibujado de la curvatura de su ojo. Ella no está para observar el movimiento perfecto que, esta vez sí, atina a dar mi muñeca. Dejo la marca con la uña sobre el hule, que desaparecerá como yo, como ella, como nuestra colección de jazz, como tantas otras cosas.
Nos imagino disfrutando del movimiento hippy en la Isla de Wight. Puedo ver cómo, 17 días antes de su muerte, Jimi Hendrix se encuentra entre bastidores con Miles Davis y llegan a un acuerdo para realizar el proyecto del que ya habían hablado. Luego veo la foto de Miles en el entierro del otro. Va acompañado de dos jóvenes muy atractivas. La impresión que dejaría en sus memorias (de las que es co-autor Quincy Troupe, autor también de la quizá más pretenciosa Miles y yo) es que el cura ni siquiera conocía quién era el genial guitarrista, ese lobo flaco de la guitarra al que habían traicionado la mezcla de alcohol con anfetaminas. Ese hombre energía, bruma morada, sol naciente. Luego Miles piensa que va a dejar de comprarse la ropa en la tienda donde solía comprarla Hendrix. Dice: Qué pena, un joven tan lleno de talento, de genio. Cecilia y yo estamos ahí también, por un momento. Luego ella vuelve a su trabajo de doctora, yo a mis teclas, a mi paga extra, a mi café con leche y cucharada y media de azúcar acompañado de un par de buenos cigarros.
Recibo una llamada telefónica. Es ella. Me alegra oírla. Me pregunta si he avanzado mi nuevo proyecto. No le digo que he dedicado toda la mañana (desde las siete de la madrugada) a dibujar con el dedo la curvatura de su ojo en el hule de la mesa de la cocina. Le digo que no estoy inspirado. Me dice que lo esté. Y tiene razón. Le pregunto a ella qué tal va el día y dice que con cierto nerviosismo. Nos enviamos un beso. Colgamos. Echo mano de los cuentos completos de Roberto Arlt que, junto con sus artículos (incluso añadiría el resto de su obra), suelen servir para abrir mi apetito delante del capítulo X, página en blanco. Enseguida me decido a que mi protagonista hable sobre un gato ciego. La ceguera del gato está tan llena de luz como la aceituna rellena de miel que mora en el ojo de Cecilia. Abandono el teclado y me pongo un coñac seco. Me digo que va a ser un gran día, que seré el escritor que quiero ser, que faltan cuatro horas para que ella llegue y comprobaré que aquí estoy yo, que soy más serio y, al tiempo, más alegre que yo mismo. Visito el espejo del cuarto de baño y simulo una mueca de felicidad inmensa mientras imprimo un capítulo decididamente lastimero, que tampoco ayuda para nada a la arquitectura de la novela. Irá a la basura y yo seguiré sonriendo, pensando en que Ella llegue de una vez para salvarme, para matarme, para hacerme el amor y la paz.
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lunes

De qué pasta está hecho Facebook (sección: un poco de cultura)

"Me encantan los pimientos rojos con un chorrito de aceite" (Ludwig Wittgenstein)

"La vida es muy chula, aunque a veces me recuerda a los pétalos de ciertas petunias. Admito que la ciencia aún tiene mucho que decir" (Sid Vicious)

"A veces me canso y entonces me invade cierta... qué coño, agarro y me meto en la cama a dormirla" (Karl Popper)

"La poesía es el AVE Madrid-Valencia" (Tom Waits)

"Se me está infectando una roncha que tengo en el pie" (Aldous Huxley)

"Pienso, luego voy a llamar a un taxi" (Andrés Pajares)

"Pienso, luego voy a cogerme una cogorza" (Fernando Esteso)

"A mí lo que es los calamares me gustan sin pellejo" (Winston Churchill)

"Soleee, en que te vi a dar con el mechero" (Alfonso XIII)

"Voy a aprovechar para meterle el morro a Massa" (Fernando Alonso)

"Me pican los ojos de tanto partir cebolla" (Carl Gustav Jung)

"Joder, la vida al final va a ser verdad que es como una caja de bombones" (Tucídides)

"Puestos a fastidiar, se tira la sartén con el aceite dentro" (Cicerón)

"¿Quién me ha puesto la pierna encima que no levanto cabeza?" (Arthur Schnitzler)

"Mi vida puede resumirse en un ataque frontal al capitalismo. Necesitamos nuevos genios del avance, una nueva economía. Mi perro mismo muere de hambre cada día" (Jon Manteca Cabañes "El cojo Manteca")

"Caracol col col, saca los cuadernos al sol" (Boris Yeltsin)

"Más cornás da el hambre" (Policarpio Díaz "El potro de Vallekas")

"Pinto paisajes, pero he de admitir cierta resignación santa hacia el body art" (Tejero)

"Admito que mi pasión por la obra de Schopenhauer, en especial su noción de egotismo, ha mejorado mi pensamiento y, consecuentemente, mi ritmo de mi vida" (Belén Esteban)

"Mi obra está muy influida por los autores del imperio de los Habsburgo, en especial por Bernd Schuster" (Farruquito)

"Los gases, otra vez" (Abraham Lincoln)

"¿Alguien tiene un almax?" (Marcel Duchamp)

"Un hombre en la cama es un hombre en la cama" (Ramoncín)

"A veces me hago un lío con los condones de los zapatos" (Álvarez Cascos)

"Me toca los cojones que se me caiga el pínfano" (Harpo Marx) 

"Has plagiado a Fulkner, con lo que queremos a Fulkner en este pueblo" (Paul Auster a Coetzee, Correspondencia, Mondadori)

"No creo en los Me gusta de Facebook" (Alejandro Magno)

"Me voy a acostar, que llevo toda la noche alternando curro con hacer el bobo en facebook, exhibicionismo barato y teatro fantasmático, soledad y mucho de trasnochado incluido" (Alberto Masa)


PD: Publicado a "petición" de Beti Mármol, fan mía, según dice con no poca socarronería y adaptándose al lenguaje (que sabemos algo bobo) del programa, de mi muro de Facebook.

 

Love will tears us apart

Me pongo a escribir nada más regresar del váter. Esta vez he cagado un Piet Mondrian con marco y todo (por cierto, muy sobrio el marco, he pensado, lo suficientemente adecuado para la obra que ha salido esta vez de mi ano). He pensado si llevarlo a la casa de subastas por si saco algún dinerejo para tomar un té en la plaza, además la dueña es amiga mía, pero finalmente he abandonado la idea al considerar que queda a demasiados pasos de la casa desde donde escribo esto.

El sábado visité las zonas que me gustan del foro e imaginé que Cecilia estaba conmigo mientras bebía una media de dos cervezas sin alcohol por hora. Éramos los únicos clientes del bar que estaban usando la terraza porque viene haciendo un frío de demonios, pero lo que sea con tal de echar un cigarro de vez en cuando. Por cierto, hace un cuarto de hora me quedaban tres. He mirado la hora y comprobado que hasta dentro de tres horas no abrirían el estanco y como, he pensado, no sé racionalizar, he encendido los tres cigarros (que, como ya habrán calculado, daban a uno por hora) y me los he fumado a la vez mientras tomaba el último café de la noche. Eso es todo. Ahora voy a la conversación con Cecilia, a los puntos de la conversación, a sobre qué hemos hablado, a lo importante, a lo siguiente:

-    De dónde procede el silencio de algunos pájaros.
-    ¿De qué lugar de su cabezuela procede la confianza de las golondrinas que se posan en tu mano? La he preguntado. ¿De dios? Ha dicho ella, que no cree en dios, aunque sí me ha confesado verlo en el paño que usa para llevar la bandeja el camarero (un progre) que viene a servirnos. Qué casualidad, he dicho yo.
-    De nuestra admiración por la gente que habla de haber sido abducida por ovnis con la facilidad que otros hablan de fútbol, de las nuevas leyes del gobierno o del último modelito que se han comprado.
-    De las oraciones que desciframos en los ronroneos de los mininos.
-   De nuestra obligación de acariciar a cada tejón muerto que vemos en una cuneta y rezar por la salvación de su alma el resto del viaje.
-    De que tenemos que ver juntos la trilogía de Batman de Christopher Nolan.
-   De la soledad que padecieron las dentaduras metidas en agua de nuestros abuelos, ya desaparecidos, durante las noches.
-    De la elegancia de las gacelas y la belleza consistente en un tigre desgarrando la yugular de una de ellas hasta que su corazón deja de latir y su vida molecular regresa a la tierra donde nació todo su árbol genealógico haciendo, quizá, crecer alguna flor.
-    De los ciegos que se compran una bicicleta con intención de usarla.
-    De que no soy esquizofrénico realmente. (Sobre esto hemos discutido un poco, pero he terminado concediéndole toda la razón).
-    De que no necesito los neurolépticos para vivir (bis)
-    De que cuando ella desaparezca mi musa volverá a ser el alcohol. (discusión).
-    De la frágil belleza del cuello de los cisnes.
-    De los ojos de trastornados de los encantadores de serpientes.
-    De la sordera sabia de las cobras.
-   Del himno de Ugarit y su capacidad para conducirnos al reino de los sueños, así como al nacimiento de Nefertiti y a la tristeza actual de Siria.
-    De la estúpida muerte de W. G. Sebald y de que le tengo que regalar Austerlitz, su más celebrada obra y también la que menos entiendo, para ver si a ella le pilla el asunto.
-    De nuestro queridísimo Vonnegut como máximo gurú del humanismo en la historia de la literatura norteamericana y de que, cuando lo termine, me va a prestar el inencontrable Hocus Pocus.
-    Del perfume embriagador de los bebés que nacen muertos.
-    De las bombillas por las que, de vez en cuando, gira una mosca durante toda su existencia y de que, a veces, coincide su muerte con el apagado de la bombilla.
-    De que no nos gusta la marca Chanel ni la ropa cara.
-   De que, por mucho que lo niegue, siempre será la mujer más bella del mundo, quizás junto a mi madre y mi tía Pepa.
-    Del atractivo del cuerpo ajado de Gandhi y sus sarpullidos.
-    Del derecho de los ratones a encontrar la nevera de la casa en que residen a escondidas y su astucia inédita.
-    De los conejos encerrados en jaulas más pequeñas que ellos.
-    Del dolor indiferente que reside en las sirenas de algunas ambulancias.
-   De la miga de pan que lleva en la boca la mamá de las bebés golondrinas. Quizá en algo parecido consiste nuestro amor, le he dicho. Me ha dicho que posiblemente.
-    De la laboriosidad de los sombreros de paja de los agricultores.
-    De nuestra concepción del prisma de dios, al que concedemos la bella forma de una colmena.
-  De que hace poco escribí un artículo sobre Cristóbal Serra, uno de los más raros y geniales escritores españoles de todos los tiempos, una hora antes de enterarme de su muerte.
-    De que el único éxito que he conseguido y trato de seguir consiguiendo en esta vida es ella y sólo ella.
-   De la pintura llamada taoísta como una bendición tramada por el casi existente aroma de las flores artificiales.
-    De aquello del Tractatus de Wittgenstein sobre sólo hablar de lo que se conoce.
-    De la casi absoluta brevedad del minuto de silencio anterior a los partidos de fútbol.
-    De la constatable maldición de los taxistas que han leído a Pushkin.
-   Del óxido de los arados antiguos que llevan más de cuarenta años abandonados en la misma era sin cambiar de posición.
-    De que mi loro, Charly, maneja un humor ocurrente, a veces negrísimo.
-    De los besos en el parque que se dan algunos ancianos.
-    De que nos gusta el funk.
-    De las maravillosas carcomas que se alimentan de los asientos de muchas iglesias.
-    De nuestro convencimiento acerca de la inigualable vanidad de los camaleones.

Luego ella marchó. Yo pedí otra cerveza sin alcohol y volví a imaginarla en el asiento de plástico de al lado, pero esta vez no hablamos, nos dedicamos sólo a mirarnos a los ojos. Bonita, dije. Yo también te quiero, dijo ella. Yo respondo que las sirenas de hoy en día cantan, entre susurros que parecieran chirridos, la canción Love will tear us apart de Joy Division y que el Ulises del siglo XXI es cualquier perro abandonado de la calle, por no decir cualquier mecánico o electricista o ebanista cansado de su trabajo. Ella lo sabe y calla. Sonreímos y le reconozco, ahora que leo que mi encuentro con ella fue imaginario (aunque ambos sepamos que no, en el fondo) que antes jamás volvía la mirada hacia lo escrito. Hoy y ayer retoco con la voracidad de alguien que ha perdido la cordura. Antes de dar las gracias a la gracia de crear, doy las gracias a la reparación que provoca el sueño. Ahora toca comer un par de huesos de pollo. Mojaré pan hasta que mi paladar se convierta en un hada. Un desayuno estupendo, sí señor.
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