domingo

El canto y la ausencia, la vie

A lo largo de mi vida he salido a menudo cerrando bares, casi inconsciente, peleado con unos camareros que escupían en mi cara mientras yo les amenazaba en vano. A lo largo de mi vida he sido follado por pellejos abiertos de bestias y he hecho como si el dolor de su pija no fuera conmigo, sonriendo inútilmente a una pared. a lo largo de mi vida he pasado largas estancias en centros donde la enajenación reinaba de la mano del caos. A lo largo de mi vida se ha acabado. Dentro de muy poco tendré 36 años y, entre la gracia y el cielo que enseña el llanto, elijo el camino del amor, el camino de la verdad.

Vengo del cumpleaños de mi prima, que también ha resultado algo parecido a una oficialidad de su eterno noviazgo con Guillermo. He comido, lo que viene siendo raro en mí. He acariciado a los dos perros. He bebido tres copas de sidra y dos limoncellos a pesar de mi condición de abstemio. He cantado rancheras, contado chistes, fumado medio paquete de tabaco como mínimo, echado de menos a Cecilia. Durante un instante me he levantado para ir al baño y echaba de menos su presencia en el espejo junto a la mía. Le he escrito un mensaje y he vuelto a la mesa.
He ahuyentado los mimos de mi tía pensando que para algo estaban allí los perros. Últimamente tengo la lágrima fácil. La vida ha venido a mí, en forma de actitud, pongamos, a través de una mujer, y muchas veces esa vida me parece un objeto con el que no sé hacer nada. Termino echándolo al suelo a ver si bota. Luego lo vuelvo a coger, lo acaricio. Me han pedido que vuelva a cantar, pero mi silencio era la justicia que reinaba en mi cerebro y me he excusado. He dicho que me dolía la cabeza. Ay, la sidra. Mi tía me ha dado un espidifen. Luego hemos marchado, después de dar abrazos a todo el mundo.

Llego a casa. Ella tampoco está. Selecciono en el youtube el Caruso interpretado por Pavarotti. Pienso que si dos chicas japonesas se lanzaron por la boca de un volcán activo a la muerte de Rodolfo Valentino ¿Qué no hacer por esta voz? ¿Qué no morirse? Si Cecilia estuviera se lo contaría y mi dolor quedaría plasmado en la fotografía que tiene por cerebro, la sacaría de la ranura de su brillante cabeza y la romperíamos juntos. Bailaríamos alegres y el vino volvería a correr por las mesas, como durante la infancia de un Rimbaud siempre joven y viejo, siempre eterno. Un guiño de Cecilia es aparecer en Charleville, como si usásemos una máquina del tiempo. No quiero jamás desaparecer de ella. No quiero verme dudando sin una manzana, tecleando incoherencias venidas de un planeta que no existe. El único planeta posible está dentro de ella. Sonríe en él fijando mi destino con la facilidad en que, en un día de sol, se fija una sombra en el patio de los antiguos colegios donde, ahora que mi único colegio sale de su boca, jamás retornaré. No volveré a esos castigos. Prefiero cantar en una fiesta:

“De tu puerta a la mía hay que poner una caña
para que corra la leche de mi polla a tu castaña”

Como hice hoy ante la estupefacción de los padres de Guillermo. Sé que es muy bruto, dije cuando me di cuenta de mi provocación, apenas inconsciente, pero es la única jota que me sé. Y es la verdad. La única jota que me sé es esa. No haber pedido jotas. Yo soy un mono que canta lo que le piden dispuesto siempre a satisfacer paladares que se conforman con una voz algo pastosa, cuando no rota.

Cecilia se lleva mi seguridad cuando permanece fuera de mí. Sólo puedo escuchar Caruso, escribirlo y encender cigarros. Ella tiene copias de mi alma en cada bolso. Sabe lo que sueño cuando yo no recuerdo lo que sueño y me lo cuenta detalladamente. Me conoce mucho mejor que yo y, por ello, sin ella pierdo el conocimiento de todo.
Regreso al primer párrafo de esta nota. Recuerdo quién quiero ser en esas palabras y pienso que dormiré hasta que vuelva pues, sin ella, el mundo es una naranja puesta en mi cabeza y debo mantener demasiado el equilibrio para que no caiga y me enseñe la pena que es haber perdido las simples cosas que habitan en un sencillo zumo de nueve de la mañana.

Pájaro con motas grises cerca del pico, yo te necesitaba antes de nacer.
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Ya sólo sabe escribir de amor (3)


 " No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre,
que cada cosa cruel sea tú que vuelves..."

Julio Cortázar.



Querida Cecilia,

Releo a todas horas las copias de mis cartas a sabiendas de que tus ojos han atrapado las mismas letras. Después saco las hormigas de mi tarro de la suerte y dejo que corran a través de las palabras para aplastarlas en cuanto bordean tu nombre. Respecto al mío, sin ti sólo queda impreso en un carné de identidad que siempre sospeché falso. Y es que todo lo que no te rodea son alucinaciones, verdades a medias que buscan su otra mitad en una simple cáscara de plátano tirada al suelo, resbalando sinsentidos. Más palabras. Más leña en el fuego de las imaginaciones. Nuevos cariños hacia ti. La vida sin ti es la cocina, el fumeque, el café, el loro, todo sucedáneos de la mujer que imagino en las figuras de humo que voy formando.

Releo te quieros como soles vendidos al buzón amarillo que, en mi calle, adorna los días de lluvia. Hoy llueve. Veo en las finas gotas mis te quiero, cayendo sin remedio a un suelo que se secará en cuanto llegue un día en el que haga bueno. Mi infierno eres tú haciendo vida mientras mi no-vida no para de recrearte y, hoy domingo, escojo erigir otra carta por si acaso mañana despierto sin manos. Todas esas cosas caben en un día en el que tú no estás. Babosas entran por mi puerta para fundir su costado en mi pensamiento. Abrazan la mujer que eres en mi imaginación y luego caen, tras haber vivido el cielo, irremisiblemente al resto de mi cuerpo que, sin ti, es un precipicio más del vacío.

He escupido al mundo que era yo para que tú aparecieras y, devueltos o no, sus escupitajos hacia mí son una sombra que hoy no está proyectada en la pared del cuarto desde donde te escribo esto. Esa sombra tuya tapando la mía o fundiéndose nomás que justificaba mi existencia en otra carta reciente.

En la mini-cadena suena el Miles Smiles de cuando Miles Davis formó su quinteto. Le acompañan Wayne Shorter al saxo y haciendo arreglos, Ron Carter al bajo, un jovencísimo Herbie Hancock al piano y Tony Williams a la batería. Siempre he tenido un amor y odio a los discos del quinteto. Hoy procuro fundir mi sensación con el universo que eres tú y de vez en cuando visito el baño para vomitar flores.

Afuera continúa lloviendo. Te imagino lejos y cerca de esta casa. Un poquito más y salgo en tu busca. Sólo necesito vestirme y saber que llegue donde llegue ese no será ni mucho menos el palacio de una locura que ya poseo y donde tú, desde la torre, diriges todas mis vías lácteas.

Voy a tomar otro café. Intentaré no quemarme por el camino. Tan sólo el hecho de bajar unos simples peldaños de una escalera de madera con su barandilla bien puesta supone un reto para mí si no estás. Bajaré, pondré la tele, me conformaré con la película que haya y luego cogeré el teléfono. Si no lo coges esperaré otra hora. En mi mundo, aunque no estés, yo sigo alimentándome de la presencia en forma de comida que me tiende tu suave mano, vendedora de fieras, ángel de mi resurrección.

Te quiero, 
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sábado

Vida y muerte de una frustración

Alberto Masa (autobiografía): un loro, una cocina, café, tabaco, un libro que da igual cuál sea y un amor a veces ensangrentado. El resto sigue siendo silencio mientras el loro, que dice lo que sabe y no sabe lo que dice, dice: Paz, más paz.

Tu ángel pasa a mi lado y yo lo escupo, lo vejo. Le digo que muero por su carne antes de quitarle las plumas de las alas y ver cómo, incapaz de subir camino de su hábitat, se ahoga. Yo soy el poseedor de las llaves negras que capaces son de abrir mi pecho lleno de murciélagos que mueren por salir y finalmente chocan con fuerza contra mi pecho provocándome un regusto a dolor sano. Es ese mi sentimiento. Deseo que cada orgasmo de lefa negra que ha salido de mi pene tenga un hijo invisible con la almohada, que no es ni la imaginación de una vida que quiere fumarse a sí misma con la ansiedad por volar de las amas de casa.

Llevo a ese niño a jugar a los columpios y huyo cuando se despista. Veo cómo lo recoge el hombre de la gabardina y lo conduce hasta su casa llena de sugus. Río. Y de mi risa salen los animales que entran por la puerta de mi casa a follarse mi amor verdadero, apenas un charco al lado de la puerta de mi cuarto, lleno de sapos y, cerca, una araña bordando su nombre de incansable cazadora de mierdecillas con las que sobrevive.

Llevo el tatuaje del silencio en mi cerebro. Me divierto asesinando insectos. Cuando visito el bar de mi pueblo y tomo un vino con el pastor río por dentro su inocencia de que he follado el pellejo de todas sus ovejas mientras él dormía.

Mi ternura es una espada quemada en los hornos de la desesperación. En mi garganta, cada vez que imagino a mi amor verdadero, dice su último pío-pío un pájaro a punto de ser tragado y, mientras escupo sus plumas, me digo que he de escapar de mí mismo para no ser el que soy: Un mesiánico líder en el cascado claustro de las muertas berenjenas.

Ella me habla de frustración. La frustración es una vida que no sea ser tú, porque yo sólo soy la cáscara de un alma chorreando pus a borbotones para que la coman mis desamores, hartas de escupir mi cara, que no se cansa de ser la que forman sus propios escupitajos escurriendo hasta mis pies formando, así, también toda mi osamenta vestida de pantalones pitillo y camisa años 80.

Necesito un chute de heroína. Ver, a través de la droga, la belleza de todo lo que ocurre mientras mis ojos se cierran diciéndole adiós a todo el tejemaneje de sensaciones que construye la fluidez de una existencia recreada, en ese final, en todo su vacío. Y vacío es el lema de donde provienen los “descanse en paz”, que dicen todos esos hipócritas en las cafeterías de los tanatorios, entre los que me incluyo yo antes de estar en la habitación del final rodeado de las coronitas de flores de mis madres, que lloran desconsoladas el cuerpo de un niño que ríe por dentro.


PD: Días después de esa simple y vana muerte, sus numerosas madres encontraron una carta en la que copió las palabras de Brian Jones: Por favor, no me juzguéis demasiado severamente. A lo que añadió con letra de 4 añitos: Simplemente no supe vivir.
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viernes

C.

 Voz

Tu voz contra el atardecer.
El viento empuja
                             sobre el cristal
las ramas de los altos encinos.

Tu voz llena el espacio.
Y no hay instrumentos
                             para tu canto.
Tu voz dibuja signos en el viento

La noche 
va bordeando en silencio
                            ese núcleo
donde la luz se detiene todavía
mientras tu voz,
                           tu voz sola
borra el instante. (Elsa Cross, 2003)

Llevaba días buscando tu nombre completo en papeleras públicas a sabiendas que, a la vez que tu nombre, me encontraría con la vida. El resto era una cocina, un libro (pongamos Orgía de Pasolini) y un pájaro hablador. Humo. Fumaba como en un reclamo y el humo que salía de mi boca no dibujaba tu nombre. Quizá lo intentaba, pero terminaba dispersándose en el aire quedándose en una especie de cuadro futurista. Un día, cansado de no encontrarlo y con ello el significado a esa vida de humo y nada más, salí al barranco francés en busca de restos de animales. Cargué una bolsa grande de restos de ternera, de huesos y órganos. Al llegar a casa los coloqué sobre la vitrocerámica y te vi. Luego vino mi erección. Recuerdo colocar la polla junto a la calavera de un ternerillo chico y moverla. Recuerdo que no sentía nada y me rajé una mano llenando esa calaverita de gotas para lubricarla. Mi erección iba y venía y al final sentía frustración. La frustración de que el tamaño de mi verga fuera el indicativo de que, además de tu nombre, existieses tú o no, en algún lugar. Escondí todo en el frigorífico al oír las llaves del garaje. 

Mi padre no notó el olor a putrefacción de la cocina y yo le pregunté qué tal estaba. Me dijo que necesitaba un café y le dije que se pusiera cómodo, que se lo serviría yo. Me dijo que sólo echase cucharada y media de azúcar. Claro papá, como siempre, dije. Como siempre, repitió y marchó hacia el salón. El cuenco de café temblaba en mi mano derecha y derramé un poco que a continuación limpiaría con la fregona. El brick de leche también temblaba en mi mano. Los nervios sostenían todo mi cuerpo y, quizá, gracias a ellos no perdía la fe y de buenas a primeras, desesperado como una burra en celo, me mataba. Al servirle su café con su cucharada y media de azúcar ya removida notó el tajo que me había hecho en la palma de la mano. Le dije que habían intentado asustarme, pero que al final todo había sido un lío y que no pasó nada. Me dijo si los conocía. Le dije que ni les conocía ni quería conocerlos.

Antes de irme a acostar, mientras mi padre dormitaba en el salón, cogí los órganos y huesos de animal y los bajé al sótano. Ya escondidos recogí un hígado del tamaño de mis dos manos juntas. Lo sostuve y le pregunté si era ella. En mi oído podía sentir que sí. Yo te quiero, le dije. Y yo podía sentir que ella también me decía que me quería. Más que a nadie, dije yo. Y oí repetir: Más que a nadie. Luego dije: Más que a nada, y lo mismo. En la cocina rajé el hígado y me lo metí en mi polla que, una vez sentido el frescor, se puso gorda. Me metí en la cama y empujé mientras dedicaba una oda a mi amor. Lo que yo oí entonces es: No sabes mi nombre completo. Sólo me faltaba eso. Me corrí como un pavito dentro del hígado sin apenas sentir nada de fuerza en la corrida y luego intenté tirarlo por el váter, pero no lograba deshacerlo ni siquiera con la ayuda de la escobilla. A continuación introduje las manos en la taza y lo saqué. Parecía un trozo de mierda invencible.
Al salir del cuarto de baño me topé con mi padre, que iba hacia su dormitorio. Me preguntó qué llevaba y dije que era basura. Noté su mirada extrañada, pero la supe vencida por las ganas de dormir. Luego salí a la calle y eché ese hígado en un contenedor público no sin antes asegurarme de que en ese contenedor no podría caber tu nombre. Al volver saludé a mi pájaro, que nunca duerme. Me puse un café para mí y recordé los tiempos en que, además de mi padre, tenía una familia grande y el vino y la salud recorría una mesa llena de risas, paz y alegría. Lloré en silencio. Pensé que mis lágrimas tal vez fueran ella y, cuando paré de llorar, intenté continuar el llanto sin éxito para averiguar si mi pensamiento rozaba realidad alguna. Noté cómo el aire que entraba por la ventana de la cocina secaba lo pegajoso que esas lágrimas habían dejado en mi cara. No supe qué hacer. Miré al techo y recé una oración. Después de eso saqué a mi loro de la jaula y me lo coloqué en el hombro. Me dio la cabeza en señal de que necesitaba mis caricias. Mientras lo acaricié pensaba que esa era exactamente mi vida, que esa era exactamente mi muerte. Entonces casi logro saber su nombre. O eso me pareció. Después de agarrarme a esa sensación como a un cofre lleno de luz, cerré los ojos. Comprendí que, fuera lo que fuera lo que era yo, algo era.

PD:  Todos mis escritos son un derramamiento de sangre a favor de tu voz.
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jueves

Una simplísima cucaracha

  "Siento que en vano he conocido aquello que te nombra, que no tendrá un cauce mi dolor acumulado. Te amo como al esplendor de cada día, y he visto desgarrarse la quietud que anticipa tu presencia." (Elsa Cross)


Tengo un recuerdo chiquito que a veces se convierte en la bola del mundo. Viajo como una cucaracha a través de la bola, que se encuentra quieta. Al final te he encontrado y no me has pisoteado sino que me has llevado a casa. He encontrado cobijo en tu coño. Paso los días allí rodeándolo. A veces lo impregnas de miel y yo la absorbo en tu clítoris. Entonces cierras las piernas y tengo miedo de que me aplastes al tiempo que oigo a través de un gemido tuyo el indicativo de mi existencia.

Finalmente me he introducido dentro. He viajado a través de tus centros hasta llegar a tu cerebro, donde saboreo tu vida neuronal a sabiendas de que el viaje ha sido largo. Acaricio tus neurorreceptores. Me he convertido en tu placer y eso es mucho más de lo que esperaba de mi vida. Si fuera hombre cagaría líquido encima de ti dentro de una bañera y esparciría esa mierda entre tus tetas como si fuera barro deshaciéndose mientras con la otra mano te dedicaría un dildo. Mientras, puedo ver cómo la liquidez de la mierda se abre en dos meandros al llegar a tus pezones, que se encuentran duros de rabia.

Finalmente volví a mi vida de niño que acaba de tomar la comunión y me fui a jugar a la plaza. Quería encontrar a la niña que fuiste tú, pero me reconociste y no eras ninguna niña. Me llevaste a tu casa y me dijiste si quería un poco de queso ¿Cómo iba a negarme? Entraste en la cocina y saliste desnuda con el trozo de queso en la mano. Luego esparciste en tu coño un trozo de membrillo y me preguntaste si quería algo dulce para acompañar. Lamí. Tú cogiste mi cabeza e hiciste que mi inocente lengua de niño que aprende a conocer el pecado se metiese más y más adentro. Luego te corriste y me dijiste: niño, como le digas algo a tus padres conseguiré que tus maestros, que son mis amigos, te pongan un cero en todas las asignaturas.

Hoy soy un post-adolescente que bebe solo en el bar del pueblo. A veces alguien viene a hablar conmigo, por ejemplo, de música rock. Intento convertirte en ellos para lograr que alguna palabra salga de mi boca. Ya sólo sé pensar en ti. No sé dónde estás. No sé la edad que tienes. Ni siquiera puedo calcular por la velocidad de los latidos de mi corazón si te encuentras cerca o lejos. Recuerdo que saqué dieces en todo aquel año en que comí membrillo de tu coño. Me he alejado de todas mis pretendientes. Sólo quiero queso y membrillo, pero a tu manera. El tipo que se encuentra enfrente mía en el bar finalmente dice: Hendrix es dios. Yo digo: Sí, sí lo es. Luego desaparece y pido otro irish. El barman me mira dudando si servirme más. Vamos hombre, le digo, sólo es el quinto. Me sirve. A la mitad del ancho vaso voy a vomitar al váter. En mi imaginación es sobre tu pelo donde vomito. Te amo tanto.
Al salir el barman me dice con una ironía demasiado manida si algo me ha sentado mal. Le digo que cuánto le debo y veo que tengo justo para pagarle. Luego cojo un taxi. Le digo al taxista que me lleve donde quiera, pero no le desvelo que no tengo dinero. Cómo mola tu radio, le digo para romper el hielo. Dice que ya no las hacen como antes. Le digo que coja la siguiente calle. Por un momento me parece que no se fía de mí. El solo pensamiento hace que vomite de nuevo, esta vez sobre el asiento. El taxista se enfada. Dice que le he jodido la carrera para toda la noche. Jódete, le digo. Y luego digo: Pero buen rollo, hombre. Paz y esas cosas. Le digo que le voy a sacar en el blog de culto La semejante criatura y que no tengo dinero para pagarle, que sólo quería entrevistarle. Su pronto me obliga a salir corriendo camino de ninguna parte antes de que me rompa la cabeza. Finalmente me tropiezo y puedo notar profundas raspaduras en ambos codos y en la mano derecha. Me quedo quieto en el suelo. El taxista, a dios gracias, no me ha perseguido. No reconozco la calle de Madrid en donde me encuentro y permanezco tumbado hasta que unos bomberos que se encuentran por allí se acercan e intentan levantarme. Me preguntan si me encuentro bien. Yo digo que sí y sigo mi camino hacia delante de esa calle que no conozco. Es entonces cuando veo una cucaracha que tal vez fui yo pasar por delante de mí a la altura de una farola. La persigo como si, por un momento, me fuera a enseñar el camino a casa. Finalmente lo olvido. La cojo con la mano derecha y puedo notar cómo en principio intenta huir pero, una vez que se encuentra atrapada, lame de mi herida como si tal cosa. Aprovecho para acariciarla con la sensación de que esas caricias me sean devueltas. Le digo que la quiero. Finalmente cierro el puño y lo aprieto. Al abrirlo me veo a mí mismo acabadas todas las jornadas del mundo. Ya no hay una bola que represente el planeta. Ahí está mi cadáver. Me pregunto si enterrarlo o dejarlo en un sitio donde probablemente vaya a pasar ella.
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Un zumo

 La fuente nos enseña que las palabras que no se dicen son las únicas que fluyen en su motivo con la transparencia de lo que él mana. Es una frase de An. A veces dice estas cosas cuando, en la plaza, tomamos algo -¿Para qué más?- y añade – Todo lo que necesito para la vida es una fuente que eche agua todo el rato - Me mira. Le digo que está guapísima y, sin embargo, sigue construyendo las mismas preguntas, a veces imágenes, y me las dice, sabiendo como sé que lo suyo no es que necesite un cómplice, sino que uno le va sirviendo de espejo, y en eso se quedará hasta que se rompa. Deberíamos dedicarnos a inventar palabras todo el tiempo, así -dice- todo sería más... Espera que uno le diga la palabra que viene a continuación, que rompa el hechizo y punto, pero uno no es más que de nuevo aquel espejo suyo, uno de tantos que espera no ser roto y nada más, en el que poder verse tranquila mientras bebemos cualquier cosa. Acuerda que el silencio se agradece pero insiste: Deberíamos hablar de cosas más normales ¿He dicho normales? No sé, me refiero a  como por ejemplo ¿Cómo te ha ido el día? ¿Qué tal los niños? O ¿Viste el partido de ayer? – Le digo que el sol está bien y, de nuevo, lo guapa que es y, añado, más que la fuente esa que dices; pero ella insiste en que quedan preguntas, palabras, razones... Como corresponde a su condición, dice los cantares que uno espera escuchar de las hadas que se inventa; fabrica el rato, es ejemplar y desaparece al pedirle la cuenta al camarero. Se debe lo de siempre. Después de coger lo que sobra y de dar las gracias, uno vuelve a la casa, el trabajo de funcionario o las horas extras – Quisiéramos ser gusanos de verdad – hubiera dicho An, de no haberse marchado a recoger a los niños – pero somos esos de papel charol que hacíamos en el cole y, luego, explicábamos en casa que eran de seda.
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martes

Dueña del oro y de las bombas

Antes de que me conocieras yo sólo era alguien que escribía cada noche tu nombre a ver si, en base a insistir, aparecías. No sólo apareciste. Me devolviste mi sitio en el fango de la humanidad. Allí los soldados me dieron un teléfono y un tal Sr. X llamaba para decirme en qué parte de tu cuerpo se encontraban las bombas que debía desactivar. Fue un trabajo nuevo para mí. Obtuve una medalla al principiante menos serio y fui calificado de "baboso putrefacto pero con algo bueno dentro de él".
Al volver de la guerra estabas viva. Te recuerdo en paraguas a mi vuelta de Beirut. Me preguntaste si era yo y dije que sólo recibía órdenes. Entonces, recuerdo, nos fuimos a comer unos rollitos al restaurante chino de Plaza de España. Recuerdo que, al sentarnos a la mesa, te dije que ahora me dedicaba a ir de una penitenciaría a otra a firmar autógrafos. La ventana que daba a la calle estaba infectada de cagadas de pájaros y la lluvia era tan fina que atravesaba las manos. Bostecé y casi te trago sin querer. Me disculpé, como si fuera posible haberte tragado. Entonces sólo fue la primera vez que nos vimos. Bebí la sangría con nerviosismo. Tú me dijiste que conocías la receta, que un día podrías hacerla para mí. Entonces soñé despierto durante unos minutos y, cuando volviste a abrir la boca, yo ya formaba parte de ti.

Porque yo he hecho para el mundo los goznes de las puertas que se me han cerrado.

Mi casa te sorprendió por ordenada e hicimos el amor por primera vez en el suelo. Yo dije: hay una señora que viene a limpiar estas manchas.
Ahora quiero hacerlo otras cien mil veces contigo, por mucho que en aquella primera vez estuviesen contenidas esas cien mil veces.
Te dije que andaba algo flojo de la cola. Fui a especialistas que me dijeron que no temiera. Al lado de mis pelotas el prepucio parecía una más. Sólo les faltaba bailar a esos tres conguitos. Te hablé de los desastres amorosos que colmaban mi vida. Dije nombres al azar y, desde sus pupitres, algunas niñas de 35 años levantaban la mano.

Hoy te escribo con la ilusión de ser vuelto llamado a filas para regresar a la misión de tu cuerpo. A esos artefactos que hacen boom y que están, la mayoría, en tu cabeza, cercanos a primaveras que no acaban nunca y, en el horizonte, alguna que otra promesa de arco iris. El sol me ciega los ojos mientras no dejo de extraer el oro donde se refleja de cada bomba.

Me diagnosticaron unas gafas de abuela y después me contrataron para dar clases de literatura en una universidad privada. Allí enseño a leer a Felisberto, a Cortázar, a Arreola, a Beckett y la pasta con la que está hecho el Ulises de Joyce.
No hay alumno que, después de clase, no se acerque a preguntarme cómo van mis avances contigo. No considero sea bueno comprendan mis heroicidades en la guerra, aquellas por la que me dieron la medalla a la baba más limpia, y digo que hace mucho que no sé de ti, que soy feliz leyendo a Shakespeare a la sombra de los cipreses acompañado de una manzana los sábados en que hace bueno.

La siguiente vez que te vi te habías quedado dormida en el mar Muerto.
Recuerdo esperarte a la orilla.
Me pregunté qué tipo de sueños habrías estado soñando. Entonces del centro de mi cabeza brotó una flor. No le he dicho al peluquero que me la corte no vaya a ser que tus sueños dejen de crecer dentro de mí.
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domingo

Matanza y bienvenida

En sus manos está mi corazón chorreando sangre roja casi negra en un barreño que se podría llamar mi vida. Si la conocieras querrías que tu corazón también estuviera en esas manos.
Yo pido permiso al manipulador de las olas para seguir sujeto a su corona, un conglomerado de espinas, alas y crisantemos. Sus ojos adquieren diferentes tonos cuando la miras y es la mujer única en quien los surrealistas franceses fabricaron la convulsividad del sexo también único.
A veces una lágrima suya se mezcla con el barreño que contiene mi vida llenándolo de quimeras que bien podrían provocar que saliese un humo con olor a incienso e invadiese todo hogar del mundo, que yo a veces llamo casa, al menos, si es a su lado.
Desde la tranquilidad absoluta sólo me queda confiar en un soplo de locura de sus manos para que mi corazón muera y me deje muerto al fin o sea acariciado por ellas que, también, son una prolongación de las mías, de lo único que quiero en esta vida cuyo argumento es una sucesión de todo lo que su mano, libre como una pradera, hace con mi corazón. La mano de la única dama que he conocido en mi larga y anodina vida de sapo.
En la charca acaricié cuerpos de distintas ranitas cuyo abuso era la putrefacción. Ella vino y me devolvió a mi cuerpo de hombre y es desde ese cuerpo desde el cual al fin escribo, sin cansarme, ya que es ella la única mirada de mis tristes cartas hoy contaminadas por la deseosa llamada del otoño. Es en el otoño donde vuelvo a presentarme a su estatura y le digo que hoy es el día primero, que gire su mano para que empiece. Porque si supiera hacer el gesto para que el verano terminase lo haría a pesar de no saber jamás en qué lugar despertaré. Como si es en la Conchinchina, me dice la locura de ella al otro lado de la línea y nos permitimos una risotada en la rectitud que ha de poseer cada momento presente. Al igual ella podría llevarse a su boca de cereza este corazón y morderlo con la fuerza de una manada de lobos. Si deja de latir la invisibilidad del corazón que los médicos creen en mi pecho también seré loado, pues el acto es el de ella y su voluntad es la vía láctea.
Aceptación.
Muchas porteras en teoría vivas mueren barriendo portales, atendiendo a maridos que jamás les dirigen una sola mirada...
Yo he descubierto mi vida a unos kms y ella me mueve hacia vida o muerte, cielo e infierno. El limbo es lo que no existe. Sólo el caballo que trota a través de la ciénaga definitiva en el libro de Manganelli.
Ya no hago magia a través de las palabras, intento dibujar mi vida donde se encuentra, alejada de aquí, de este teclado donde vuelco mi pensamiento que, desde luego y al igual, muy alejado se encuentra de las letras. Por eso pido perdón por la mediocridad de mis pobres imágenes. Yo he recibido las llaves del cielo y las he mezclado con las del trastero.

Permíteme decirte, desde aquí, que sigues siendo tú el mapa del mundo de mi infancia y la primera pistola de verdad que sostuve entre mis manos, la de mi tío el policía. En esa ocasión, como en mi vida actual, el mapa señala el lugar donde desaparece la bala. Allá voy yo a parar en busca de tu cuerpo sentado seguramente en la terraza de un restaurante italiano (permite este sueño). Allí nos volvemos a besar. Volvemos a pensar que el tiempo que pasamos juntos no admite conjuras de necios ni erecciones de ahorcados. Yo te veo sola y, en mí, eres la persona que ha abandonado su soledad para concederme una importante parte de su espacio. Allí me muevo hasta que el corazón se pare, chocando con paredes que son tú, mi vida.
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sábado

lo que podría haber sido y no fue

 "Amor mío,
sé bien que no te escupirá mi sueño y que tu cuello no será sajado
por el filo último de mi sueño,
que no te insultará el hiriente corazón de mi sueño,
porque si duermo ya no te querré.
Sé bien que busco encima de mis heridas
el escorpión de oro de tus heridas.
Sé bien que encima de mis heridas sólo habita
la imagen escalada de mi muerte.
Y por ello voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbitúrica
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para mí la pesadilla y el bostezo,
amor mío, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.
Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los niños,
para mi último caballo, oro, sobre asfalto celeste y el hule astral de abril.
Sé bien que golpearé en negro
porque negro es el color de los sueños,
negras las manos de la intimidad,
porque las espuelas son el poder, la aberración, estrellas de tijera y abismo"

de El sueño oscuro, por Blanca Andreu (Hiperión)


Tú, mientras miras mis ojos doloridos de legañas, lágrimas que se quedaron impregnadas en los alrededores de la entrada a la cueva fruto de la evasión al amor a favor de un jamón cocido manoseado en una leprosería, sostienes el cofre de las lágrimas derramadas y me miras dudando entre la compasión o el delirio, si es que no es suficiente delirio la propia compasión.

Yo permanezco derrotado ante ti diciendo incoherencias de rodillas. Tú eres el alma, la reina, el coño, la última decisión sobre si he de matarme. Tienes el indulto en una mano y a veces ojeas la otra, donde hay una piedra que bien pudiera ser la calavera de Hamlet.
Tú la última estrella, mi pérdida de fe el día de la tormenta un batallón de ángeles negros mordiendo de mi corazón. Tú la flor del desierto, que es lo único necesario para la vida, cortada malamente por un ciego que creyó estar ante el interruptor del desierto.
Le rezo a tu nombre y maldigo la talla XXXL en la que un día me introduje para mirar una duda en forma del espejo que me devuelve la mirada del último cobarde que he sido y que sigo siendo en tu ausencia. Un deficiente devoto de la nada mezclado con el whiskey rancio que sale de la boca de una vulgar gorda a quien, como mucho, podría estar cansado de follarla el pellejo de su perro.

Tú mi gato arañando mis sentidos, mi perdón a mí mismo el ovillo de lana con el que juega ese gato cuando despierta de la inutilidad que soy, del pequeño cerdo primordial que habita en mi alma de simio, un simio que suda sangre y moriría por una canción en el oído que sea igual que las que yo te he cantado.

Yo el niño que canta, el imitador de voces de mi infancia, el creador de teleñecos asesinos. Tú la última gota de agua del grifo, el motivo por el que no duerma pensando en escribirte como lo hacía en la cárcel aquel que, privado de su pluma, se cortaba para poder registrar los acontecimientos de su alma con su sangre.

Tú la orden que necesito para dormir de una vez, yo el árbol de la vida descuajaringado por un hacha ante mis ojos. El carcelero se me acerca para ofrecerme un cigarro como última voluntad y yo le digo que quiero que sea una colilla usada por ti mientras, como dije, repasas cuando caes en ello mi posible indulto.

Porque yo he sido la madre pez que ha dejado al descubierto de altamar los huevos de sus hijos. Tú diciéndome ese fragmento del Anábasis de saint John Perse en traducción de José Antonio Gabriel y Galán que dice: “Hasta el lugar llamado del Árbol seco: y el famélico rayo me asigna esas provincias del Oeste. Más allá están los grandes ocios, y en un gran país de pastizales sin memoria, el año sin vínculos y sin aniversarios, sazonado de auroras y de fuegos. (Matutino holocausto de un corazón de oveja negra).” Poco antes del sonar de los disparos y mi cuerpo convertido en un juego de buitres. Porque la estrella es de quien la trabaja y yo, tras labrarla en ti, dejé su brillo al descubierto de la boca negra de una fulana escapada de una mala imitación de un Rubens. Tu Bocaccio, el aliento que me da a creer en la vida. Cuando ríes una gracia mía sonríen los ángeles y en sus manos sostienen rebaños de ovejas que encuentro al abrir la nevera en esta casa en la que sólo habita el alma del injuriador de bellezas.

Yo la última prueba del cerebro enfermo con doctores examinando el mal de mi cráneo y curándomelo, cuando desaparecen, con el haloperidol como si fácil fuera que esa droga que propicia llanto me alejara a un tiempo de él para acercarme a ti desde la serenidad de una duda en el pecho de un hombre indultado por su soberana, única en las especies de este mundo, juego de sombra y certeza, Maquiavelo reiría tus chistes a la mesa como al joven y pícaro amante de Leonardo.

Sin ti me queda la protección de la no-vida y confiar en tu palabra de no jugar a distancia con los líquidos de mi cerebro. Yo te ofrezco, mientras, en mi inocencia, cine y pizza. Sencillo sería sacar del cofre este sueño si no hubiera meado encima de la velocidad a la que se rompe de una quijada un esqueleto recién nacido.

Los pájaros comienzan a buscar otros cielos en octubre y yo sigo aquí en una silla desde donde escribo mis ganas de dormir y que aún no sé si es eléctrica o a qué metal tuyo pertenece. Porque eres a quien escribo en honor a la verdad del sexo, que es también verdad del sol y ya dijo Blake (recordado acá tantas veces por Umbral) que si el sol dudase un momento se apagaría.

De repente sabemos lo que le ocurre al ciempiés al que le da por pensar por una sola de sus patas mientras camina y es en el rastro que deja su paso por la arena donde aparecemos uno ante el otro para decirnos gracias por lo que fue y, de ser indultado al fin, de lo que podría llegar.

En un segundo plano queda un eructo del alma, quieto entre nosotros y el recuerdo del asco como único recurso con el que mirar la vida. Yo asco de mí y tú asco en mí. Lejos de eso soy un recién estrenado en el amor, un pardillo que llegó del pueblo a provincias y sale por ahí solo a ver danzar cuerpos gloriosos mientras su cuerpo de jamón digiere cerveza para pasar después a otros alcoholes en el bar de la gran ciudad, legendaria de neones de perdición.
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viernes

Balada del injuriador de bellezas

"El amor es la puerta de la devastación" (Un sabio hindú)


Escribo desde el lado de la casa que no tiene puerta ni ventana alguna. El parqué está levantado de tal forma que alguien hubiera estado anteriormente aquí y, con algún tipo de artilugio, hubiese estado excavando para lograr salir de este laberinto de cuatro paredes amarillas afectadas por la lepra.

Escribo con un pájaro muerto en una mano y, en la otra, un ramillete de flores secas.

No hay nadie a cien kms a la redonda, pero se oyen las voces de quienes desaparecieron sujetos al mismo precipicio en que me encuentro procurando elevar el pájaro a la vida, procurando la viveza de estas amapolas muertas.

En una ocasión encontré en la basura una pistola cargada. La llevé a mi casa y examiné, sorprendido por su peso. Coloqué su boca en cada parte de mi cara y luego la dejé sobre la camilla. Pensé que mis razones para vivir, aunque invisibles, eran suficientes. Comprendí, de hecho, que la belleza de las cosas está en las cosas invisibles y que, gracias a ellas y su invisibilidad, podemos percibir el resto de cosas visibles, por mucho que no sean, a menudo, tan bellas como las otras. Y pongo por caso mi dolor que, de hecho, es esta habitación amarilla lepra sin puerta ni ventanas.

Anteriormente me recuerdo recluido en los subterráneos de un psiquiátrico en unas condiciones similares sólo que con una puerta acolchada y una ventana en el techo, a seis metros de mi cabeza. Recuerdo que me desvistieron y me dieron unos calzones algo manchados tras quitarme la camisa de fuerza. Yo me los puse y a continuación me metieron una botella de suero y drogas en vena. El resto sólo fue sueño. Cuando me levantaba, adormecido, daba golpes a la puerta cerrada. A veces abría un bedel, me quitaba la ropa y me ayudaba a mear con el sonido del grifo. Luego me duchaba con una manguera. Recuerdo un extraño en su sonrisa y poco más, hasta que me subieron a la locura que era la salita principal del centro, donde yo, salvo en mi cabeza, dormitada por el haloperidol que hoy uso deliberadamente para retornar a esa adolescencia en la que cabían muchas menos culpas que en la actualidad y, curiosamente, el mismo llanto, había ganado en libertad de movimientos. Es decir, había conseguido un pasillo, un piano roto y gente.

Hoy ese sería un recurso para separarme y acercarme a la felicidad. Porque yo he manchado la flor del desierto con escupitajos de alquitrán.

Enciendo otro cigarro cuando recupero a tientas mi lugar en la oscuridad. Telefoneo al lugar en donde mi tranquilidad vive y me ofrece la vida de su pensamiento mientras el monigote de la canción mexicana fuma, fuma y fuma sentado en el umbral dejándose llevar por el sonido del viejo organillo, que en mí es la ternura, el intento de comprensión de su voz.

Luego llega la hora de dar vueltas en una cama. Las drogas hacen efecto. El mundo no ama cuando uno duerme. Los sueños llegan como con el retraso del tren de las tres y, bajo la almohada, encuentro una carta escrita por la mano de dios padre en la que dice: Hay que seguir viviendo pese a todo. En el sobre no pone mi nombre. He supuesto que escribe a cada persona la misma frase. 
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jueves

Carta abierta a mis padres

Recuerdo vagamente un tiempo en el que éramos felices. Yo corría de la mano del abuelo y la abuela y venía de la guardería de Móstoles con mamá, escondiéndome a la llegada de los edificios. Era nuestro juego favorito. Sé que echáis de menos esos tiempos de amor en familia y que hemos quedado vivos muy pocos y que tú, mamá, sacaste un domingo de la jaula el canario amarillo, que había dejado de cantar por las mañanas. Echamos mucho de menos a los que no están y no guardamos rencor a los que han decidido marcharse por voluntad propia de esta casa que acogió los últimos años de la abuela, en la que hizo todo cuanto quiso. Recuerdo una noche de san Juan en que escribimos nuestros deseos en casa de Carlos y Miluca. Ella pudo venir. No destapamos su deseo hasta su muerte: Unión de mi familia y que mis nietos me quieran. No se refería naturalmente a mí (ni tampoco a mi prima Aran) sino a los que por entonces habían desaparecido de su vida. Una vida llena de energía cuya muerte ya expuse acá durante los días de duelo. Aquellos en que mi cabeza fue intervenida por los ángeles y, tras un grito de cinco minutos, asumí que había fallecido de un infarto con naturalidad y apoyado por todos vosotros, mamá, papá, Aran, incluso el pobre Nico, que luego tuvo una muerte de la que no sé si he sabido recuperarme, por entonces estaba por allí, tía Pepa, tío Jaime.

Fui lo último que vio cuando cerró los ojos ya dentro de la ambulancia de traslado si es que, como creo, no volvió a abrirlos. La tía Maripaz, a esas horas ¡la vida! llegaron las culpas de cinco años de desaparición, deseó estar a su lado en esos momentos donde sólo podíamos entrar uno y, supongo, lloró a su madre como ella merecía sin que, la pobre, ay, ya se enterase de nada. Porque ella era la revolución de la gaseosa y la viveza llana de los muebles. La trabajadora de la casa y la cocinera irrepetible. La mujer y su viudez, con la de lutos que hubo de guardar desde pequeña.
Ahora estamos aquí. Yo me encuentro muy confuso y sé que nada podría hacer sin la ayuda de vosotros (tía Pepa, mamá, papá, amigo Jose, Jaime, Aran). Sé que habéis pasado todas mis enfermedades a flor de piel y sobrevivido a ellas antes que yo. Ahora que es el amor en mí una enfermedad sólo quiero deciros que, si me pasara algo, sí sé que en la vida supe del amor, escasamente y finalmente abordado mi vida hasta una plenitud que procuro llevar sin caerme y sin tirarla, una mujer que nunca pensé pudiera aparecer en mi vida y que la colma. Si ahora muriese no hubiera sido todo lo inútil mi vida, papá y mamá.
Sé que estáis cansados, a veces enfermos, y que poco podéis contar con mi ayuda, ya que me dísteis una educación de señorito con la que hubiera soñado cualquiera, aunque truncada por mis entonces visibles brotes psicóticos. Quiero deciros hoy en mi blog, a todos los que estáis conmigo, que sin vosotros no sería capaz de nada y que os debo la vida, una vida extraña a veces, pero en la que jamás me habéis faltado.
Por favor, aceptad un abrazo que incluya todo el cariño que quizá en momentos no he sabido mostraros.

Os quiere siempre,
Alberto.
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miércoles

Una cuestión de sexo

"Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor" (Samuel Beckett)


Con ella he descubierto el sexo de la flor que, repentina, te redime en base a saber que estás bebiendo, en realidad, del árbol de la vida. A medida que comía su coño y veía dilatarlo no podía evitar morder tan severo manjar y dedicar a la especie un orgasmo prematuro venido de sus manos, que luego se llevaría a su carita de ángel obligándonos en un beso a beber ambos la leche que había salido hacía diez segundos de mi verga de animal. Siempre supe que ella me enseñaría el sexo de verdad y no las vacaburras con mohín grotesco y tetazas de abuelona con las que había estado, celulíticas incluso cerebralmente. Aquella decía no ser persona sino un animalito sin más y yo lo follaba como tal olvidando a la mujer que ahora he encontrado. Salir, entrar de su coño prieto me ha devuelto a todas las edades, a todas las mujeres con las que estuve sin estar, por mucho que lo pareciera.

Descubrí el sexo noble en la puta, animal noble por naturaleza, de donde salí llorando en busca de una copa tras un importante tiempo sin darle al drinking. Ahora río, celebro fiestas en la jornada en que el amor se cruza conmigo y, en lo que se corre ella, yo beso su limpia oreja llenándola de babas, pues ejerzo de babosa ante la perfección de su cuerpo.

Mientras fumamos un cigarro hablamos de la luna y del sol, de la verdad de los planetas, de la gravedad de ciertas quimeras aparecidas en algunos libros. Y luego le cuento cómo es el primer sexo que conocía, en una segunda embestida que la mujer agradece dejándose llevar por un leve espasmo que noto y me obliga a continuar en un sinfín de trotes. A veces ella me golpea y yo le llamo mala puta. Luego nos morimos en un beso y volvemos a resucitar cuando nuestros cuerpos tocan, de nuevo, la luna juntos.

¿Que quién puede ser esa? Reímos mientras nos bebemos los alcoholes del minibar. Sí, reconozco que parece un ser siniestro. Seguramente lo sea, dice ella. Yo noto cómo vuelvo a ponerme cachondo otra vez y le suplico que me la chupe. Nunca había conocido en alguien la sutilidad de una lengua, la habilidad de, con el solo roce, hacerme sentir que ya estaba a punto. Luego ella me pone el coño en la cara y mi nariz nota el estruendo de toda esa humedad. Le suplico que mee en mí y, mi niña, me dice que en cuanto la venga. 

Le cuento que poco antes de que Leonard Cohen escribiese su poema La canción del cornudo seguramente encendió un cigarrillo y, desde el piso de un hotel bien con un pequeño toque de destartalado, miró a la ciudad con sus apenas luces apagadas: otra noche más en NYC. Le cuento que recuerdo una época a profesorados en donde no podía existir maldad antes que razón y una buena colleja era la justicia corriente. Todo eso lo recuerdo antes de que un profesor del que siempre guardaré nombre y cara me dijo desde su más plena convicción: Masa, tu destino natural es el suicidio. Luego rió y yo, idiota entre idiotas, acompañé su risa procedente de una soledad que aún no albergaba en mí. Ella saca una cereza de su coñito y me la pone en la boca. Entonces mastico como para poner fin a todo. Claro, antes de dormir toda una noche abrazados.
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martes

De un mundo raro


La fotografía fue tomada por mi padre en su casa de Móstoles y yo daba mis primeros pasos a gatas en la vida tras pasar dos meses en una incubadora (período durante el cuál los médicos, hoy comprendo la razón, dijeron que no saldría adelante) 

 
He salido a por tabaco y, al regresar a casa, he tenido miedo de apretar el timbre no fuera a ser que fuera yo quien me abriese.
Finalmente he dado con las llaves, que estaban en el bolsillo menos pensado y, al abrir, he mirado hacia un lado y otro. El teléfono sonaba y no estaba, en un principio, dispuesto a cogerlo. Finalmente, tras lo que he supuesto una insistencia, lo he cogido, admito, con cierta desgana.
Al otro lado de la línea un hombre latino me explicaba las nuevas ofertas de Jazztel. Le he estado escuchando durante diez segundos, a continuación he dejado el auricular en la mesilla y permitido que siguiera hablando solo mientras yo bajaba a por una cerveza sin alcohol al sótano. Al subir he dejado el teléfono en su sitio, me he sentado en el sofá y he respirado. Luego, tras encenderme un cigarrillo, he dicho en alto: ¿Quién quiere paranoia alguna cuando la perfección de la vida es esto?
Entonces el teléfono ha vuelto a sonar y me ha dado por sonreír. Al cogerlo yo, por supuesto, esperaba una voz distinta a la mía o, al menos, no idéntica. La voz se ha despachado a gusto conmigo y yo he procurado la tranquilidad absoluta. Hay mucha gente sola, que sólo llama para molestar. Lo único que me ha chocado ligeramente era una voz que reconocía como mía en un hombrecillo que de inicio se presentó como el único Alberto Masa del mundo, ingenuo de que existen muchos Albertos Masa. Lo he mirado en google, donde salen entre otros un corredor de maratones, un sanitario de obras públicas, un tipo que hace guiones para videojuegos, un escritor de blogs, un jugador de ajedrez etc... Yo solamente, al menos por esta tarde, pensé, seré para el mundo el que bebe cerveza sin alcohol fresca tumbado en el sofá al tiempo que da caladas a un cigarrillo.
Al acabar el cigarrillo he encendido otro y ha sido en ese momento cuando me he dado cuenta de que al ambiente le faltaba algo de música, así que he ido a mi habitación y elegido un doble CD con Curtis Fuller al trombón sin siquiera fijarme en la contraportada en los músicos que lo acompañaban. La música que sale de un trombón es la soledad que necesitaría cualquier perezoso para subirse a un árbol por el simple placer de huir de la nada, el hábitat natural de uno de esos animalejos de brazos largos, antes de ser devorados por una mala bestia. Mi corazón no late. Esto es cierto. Supongo que el perezoso que mora en él ya fue tragado. ¿Ha visto usted cómo trata de librarse un perezoso del hambre de un tigre? Empieza a escalar un árbol hasta su confín. Lo juro. Lo vi un día en los documentales de la dos. Entonces el tigre que, pobre, tiene hambre, empieza a zarandear el árbol tras intentar subirlo y habiendo fracasado tres veces en su tesón de lograrlo. Una vez que ha conseguido que las ramas del árbol empiecen a favorecer su salto, en una labor digna de elogio, el tigre finalmente da caza a ese peluche con vida y, una vez en el suelo, le revienta el cuello. Eso le pasó, sospecho, un día a mi corazón y yo no me di cuenta. Desde entonces nada me importa. Ni siquiera lloré en el entierro de mi abuela, que fue una madre para mí en vida, donde todo el mundo había asistido para ver cómo me derrumbaba. Aunque he de reconocer que he tenido atisbos de corazón sé que sólo es un animal menor dentro del orden de la naturaleza y que fue masticado por un tigre hasta que se cansó y dejó que las hienas y los buitres acabaran el trabajo.
El disco de Curtis Fuller está genial, he decidido y he dado a continuación otro trago a la cerveza. Cerveza, cigarrillos, sofá y notas de trombón ¿Quién da más? Estaba tan contento que, después de un mes sin mirarme al espejo, lo he hecho y he reconocido a alguien hermoso. El placer lo he sentido cuando he notado a mis lágrimas caer hacia adentro. Por un momento me hacen pensar que todo era como antes, cuando vivía plenamente la vida y mi corazón acompañaba sus pasos mientras aprendía primero a montar en bici y luego en patinete e iba a por el pan con la sonrisa del niño que era, antes de ser sustituidos sonrisa y niño por la única mujer del planeta.
A ella le digo: Devuélveme el llanto de las personas normales que atiborran las calles de sonidos de felicidad, lo que es lo mismo que decir, devuélveme a mi patria, devuélveme a ese niño acariciado en el ascensor por aquel buja del segundo que siempre iba peinado con la raya en medio, acompañando su expresión de caído unas gafas de culo de vaso que se torcían sin remedio ante la belleza de las simples cosas. Y luego: A cambio te doy un corazón que no tengo porque, y aquí vienen las risas, un día, sin darme yo cuenta, el tigre se tragó al perezoso.
Acompaño su risa y bajo a por otra cerveza. Hace bien poco compré de las de sin alcohol para tener para, por lo menos, diez días.
Quizá con el tiempo he intentado comprender en vano que el corazón de ella se convierte en el que a mí me falta y que eso es suficiente para la vida, que es algo que eres tú y, de vez en cuando, llama por teléfono para insultarte mientras tú, como a los de Jazztel, no le haces ni puto caso.
Mírame, le dije ayer a mi hijo, yo que tanta gente he sido, y le repetí: Mírame ahora. Artaud escribió de sí mismo algo así como que era su padre, su madre, su hijo y él mismo. Baudelaire dijo que muchos pájaros vuelan en busca de su propia jaula. Si vieras lo que acontecía en la cabeza del niño para elegir entre una de las dos respuestas. Finalmente me dio un abrazo y oí su inexistente corazón latir cerca del inexistente mío. Después vino ella, que nos abrazó a ambos y, tras llorar como posesos durante horas, batidos sin duda por el miedo, nos empezó a entrar la risa floja, que se fue contagiando de uno a otro. ¿Me entiendes? Al fin y al cabo estábamos allí vivitos y coleando ¿Qué era, entonces, el miedo? Una vez tuve un maestro ñoño de Taichí o algo así que me repetía “El miedo hay que acariciarlo” Pero melón ¿Qué animal es el miedo sino el vértigo al vacío? Sin embargo nunca se lo dije. Entonces yo no hablaba. Tan sorprendido estaba con sospechar de vez en cuando que quizá todavía tenía corazón... No he conocido nada puro en la vida, sólo cosas que se han acercado a la pureza. Lo digo yo, que soy un ser que roza la putrefacción. Mi aliento aún huele a sangre, y es que he tenido que tragar quina muchas veces.
Las horas han pasado, no sé cuánto tiempo hacía que el disco de Curtis Fuller había dejado de sonar. Y es que lo malo de los discos es que hay que escucharlos. Cuando no lo haces, en serio, no tienes ni idea de lo idiota que te sientes por haberlos comprado. Entonces he dado al play de nuevo, aproximadamente en el cigarrillo número doce. El teléfono ya no sonaba. Lo que daría porque volviese a llamar el de Jazztel, sentir su voz rodeada por mis brazos amigos. La noche cayó y, cuando despierte el mundo, mis padres dirán que si no me da vergüenza llevar esta vida al revés en la que no vivo y que vaya de nuevo a la ONCE en busca de trabajo. Les diré que seguiré tanteando editoriales o algo así por mucho que sepa que no se vive de la buena literatura y sí pueda vivirse de la regular o incluso de la mala, y en esto incluyo a casi todo el periodismo también.
Luego llamo a mi amor otra vez. Ya se ha despertado. Su vocecilla de gacela me dice que está desayunando y a mí se me dibuja en el rostro la cara que sopló las velas de mi sexto cumpleaños. Recuerdo que mis primos estaban a mi lado, y también dos amigos del colegio. Recuerdo la vida que establecía por regla la falta de frontera alguna y un mapa redondo que yo hacía girar a sabiendas de que el mundo se movía a su ritmo. Le di un beso y ella me dio otro. Luego colgamos. Dijimos que faltaba menos para vernos.
Recuerdo una pandilla de amigos de acampada y el ácido rulando de uno a otro. En mí el ácido era religión. Nada que ver con el divertimento con el que veía otros se lo tomaban. Sobraban alegrías ante el respeto por un renacimiento de los sentidos. Tomé y tomé sin cansarme hasta que podía ver mi mente viscosa en medio del planeta, deshaciéndose en el interior de un termómetro que marcaba 40 de fiebre. Entre la fiebre y el termómetro yo observaba, bien deshecho o aplaudiendo, el fundido entre ambos tres. Después llegaba a casa y toda mi familia estaba allí. Recuerdo poner cuidado en no decir que casi, como acababa de pasar, me había atropellado un coche por cruzar en rojo. Simplemente dije que estaba cansado y me metí en la cocina. Reconocí el agua fría de la pila cayendo gracias a su sonido y bebí de aquel veneno natural que me curaría, pensé, para luego despedirme de todos con un estoy muy cansado, ya que no dormí ayer. Para mi sorpresa conseguí dormir y para mi relajo quizá fue allí, en el feliz e insensato mundo de los sueños, cuando el trombón de Curtis Fuller se acopló con el bajo a la perfección, devolviéndome a este amanecer donde no hay nada, sólo yo, cerveza sin alcohol, cigarros ¿Alguien da más? En cuanto llame el cartero para traer mi paquete le abriré y como siempre me dirá ¿Qué tal anda, don Alberto? Le diré (lo de siempre) que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado.  
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viernes

La Siempreviva y el hombre dormido

El hombre dormido expulsa su saliva y eso es hoy lo que me escribe. Vengo de dentro de su rota laringe a pedirte perdón por ser lo que escribe, a pesar de no ser lo que escribe. En los sueños del hombre dormido yo te tecleo a ti, Siempreviva y temo sólo formes parte de los rodeos que dan mis letras en su afán por encontrarte. Hoy te he encontrado mal. Me he encontrado mal en ti, amor mío, demonio absolutista que invade a diario mi imaginación, que es un trasto que bebe de tus palabras y come cualquier cosa que tengas en la mano.
Hoy pensé que morir por ti quizá no fuera suficiente. Que quizá un arco iris en medio de la noche fuéramos ambos traspasando un horizonte donde apenas se vislumbra un ser humano. Y luego otra vez tu enfermedad, seguramente provocada por mí para dolerme yo, por el mero placer de sentir algo.

Momentos en los que tras regresar de la boca del que duerme me levanto a comerte y llevarte junto conmigo adentro de ese ser deleznable que pide limosna a los ciegos que pasan por la Gran Vía. No pasa nada. Todo se le perdona, pues está dormido.
Sus ronquidos son el ángel del perdón. Rezo plegarias que dicen: Vuelve. Regresa. No me olvides nunca. Y luego ronco al lado del hombre dormido como si tal cosa, como si el primero en despertar también lo fuera en morir.

Reconozco mi patria en cada caballito de mar que guardo en el bolsillo. Sólo eso soy yo. Un mago y su pobreza donde la pobreza se come al mago y, de paso, a los caballitos de mar. A propósito del suicidado Vaché dijo el ayer desaparecido Cristóbal Serra “Escribir con la máxima penuria de medios es tanto como morir”. Ese soy yo delante de las teclas, ese soy yo delante del espejo. Tanto teclas como espejo son tus ojos y yo los oigo llorar a menudo, como salvajes grillos capaces de devorar un águila y la limpieza de su vuelo a un tiempo.
Tú, lo dije atrás, eres la Siempreviva. Y eso quizá supone una redundancia de la muerte.

Me enseñas que la belleza de las cosas puede desaparecer a manos del sonido que emite una mosca al chocar contra el cristal de una ventana.

Te diría que sólo el reflejo de tu sombra en la pared merece el hecho de mi existencia.
Te pediría que no sintieses ese dolor, que aceptases mi mano en la enfermedad. Porque yo he conocido mundos donde es aceptada la sanación por parte del espíritu. Aparte quizás el hecho de que tu espíritu y el mío probablemente sean el mismo.
Tú, luna y sol, yo un investigador de lo que se oculta en medio de nosotros, sé, en cambio, que la ceguera hipnótica del sol y las figuras agrias de la luna son la única verdad que se encuentra sobre este planeta. Poco más habría que decir de ambos.

Pero llega el momento en que despierta el pájaro negro y, al descubrir sus alas, chorrea alquitrán. En el suelo, sobre la gravilla, se escribe la palabra que nos atrevemos a pronunciar y, después de esa palabra, un jarrón vacío se muere dentro de nosotros.

Siento vergüenza de mi verdad, de mi incapacidad, de mi pasado, de tu risa y de tu llanto. Lo digo ahora en donde sobrevive algo de nosotros en el jardín de las cosas que no perecen. Allí el hombre dormido despierta y menea un árbol. Quién sabe si la hoja que cae somos tú y yo dándonos un abrazo o, al menos, la promesa de un abrazo.
Al caer el suelo yo le digo a mi otra cara: Sé libre y nunca, bajo ningún concepto, te acuerdes de mí.
De fondo se oyen las carcajadas del hombre dormido. A través de tu fruto conocí eso que llaman amor y que son dos follando sin parar hasta que amanece y, dentro del hombre dormido de donde procedo, encuentro la quietud y la belleza me es devuelta en forma de nada, que es lo que el mundo aprecia de mí mientras puedo imaginar a la otra mitad de mi hoja volando sola a través de mares donde finalmente cae y descansa flotando a la búsqueda de otra isla desierta.

Lo que quedará de mí será una imaginación que eyacula Cristos en tus brazos, basura planetaria que se come al sol y especies de murciélagos cuya sangre mezclada con el semen de los asnos, comentaba el maestro, capaz era de hacer la bomba por antonomasia. Sobreviviré. Y, como tú, que aún eres presente y futuro, nunca miraré hacia atrás.
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martes

¡Cecilia responde!

Esta carta la pudo escribir el gallo que canta en los amaneceres donde no nos encontramos. Y mientras picotea en el teclado letras para su serenata; la mujer que tiene al lado permanece sobre el diván confesándole sus pecados al dios de la enajenación. Dirige sus plegarias al techo desdibujado donde garabateábamos los mapas de nuestros sueños.

Se corta la primera oración, justo en la esquina de tu lengua, con la que me abriste los labios aquella primera vez y cae un chorro de pintura negra sobre mi rostro tan blanco.
Un rizo de mi melena oculta mi oído, que un día escuchó lo que necesitaba oír. Sólo eran palabras dichas por el genio de la lámpara, aunque tuve que invocar a Sésamo frotando tres veces el móvil. Entonces tu cueva de Alí Babá estaba abarrotada y tú gritabas desde el interior buscando la salida en agujeros que prometían luz hasta descubrir otro laberinto oscuro. También entonces buscabas el orificio de mi oreja para eyacular cofres sin tesoro. ¿Recuerdas, amor?
En aquellos días no había techos que dibujar, ni más joya que la noche (que podía llegar a consumirse en lo que nos contábamos un par de anécdotas en las que quedaba resumido lo esencial del motivo por el que no podíamos dejar de escucharnos).
Eran los días en que éramos cachorros de osos y jirafas en una selva sin horizonte, en la jauría de la vida corriendo riendo y, de vez en cuando, parando para llorar solos el uno de la mano del otro.
Nos mirábamos desnudos a sabiendas de que no habíamos crecido lo suficiente para jugar con nuestros cuerpos más allá de un beso al llegar a la sabana y volver a sentirnos igual de perdidos que antaño, en los mapas imaginados de nuestra verdadera niñez.
En una carrera a la velocidad del calor del verano chocamos con la ciudad y oímos juntos por vez primera sirenas de ambulancias, neones señalizando entradas sin salida en calles asfaltadas.

Nosotros también quisimos civilizar la emoción y le buscamos alimentos envasados al vacío y un techo para trazar la corriente de sus estrechos ríos de sangre.
Tapamos nuestros cuerpos con pieles de otros animales que, en la venganza de la ofensa, nos enfermaron en la dolencia de una duda crónica.

En los lares en que no teníamos cubierta alguna un Kierkegaard envejecido nos recordaba aquello de herir de muerte a la esperanza terrestre, pues sólo así nos salvaría la esperanza verdadera.
Te propongo volver a ver el cielo desde una atalaya en la que observarnos tú y yo a solas.
Te propongo una epístola más escrita por el gallo que ama y canta, mas no necesariamente por ese orden.

PD: Quiero follarte hasta que te sangren las orejas.
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lunes

Los alimentos


(1)
Dejó sus prendas y se volvió loco como sólo él sabe hacerlo. Por otra parte, de la manera más ejemplar que he visto, extrovertida, después de haber dejado su ropa sobre la cama, tirando un jarrón que, por otra parte, era normal y corriente, al suelo de la habitación reacia en la que convivía conmigo sin hablar, porque él no hablaba apenas y siempre respondía a mis impertinentes preguntas que nunca venían a cuento, con monosílabos, y el resto no sé, no sé o cállate que se me enfría el melondro, y terminaba puntualizando ¡Coño!
Walter tenía esa forma de ser, así como yo intentaba comunicarme con los demás pacientes del internado en el comedor o en la salita con sillones y con la televisión y con un órgano que no funcionaba en una mesa que sostenía el órgano roto.
 Antes de Walter, yo compartía habitación con un señor mayor que tosía mucho, y que roncaba, al que se le llevaron a otro lado y ya no volví a ver. Nada sé de si moriría mejor, o por lo menos, no delante de mí ni del resto de enfermos que poblábamos el internado.
El internado tenía, creo, más de cincuenta habitaciones, y en cada una dos personas enfermas, y una zona que llamaban la de abajo que era solamente para trastornados. Creo que a Walter fue donde se le llevaron después de romper el plato.
No preguntaron nada, entraron y nos miraron a los dos y yo estaba tranquilo sentado en mi cama un poco sorprendido por los acontecimientos, y cogieron a Walter igual que podían haberme cogido a mí y se lo llevaron, pero antes le dieron un manotazo bien dado para que se calmase, y a mí no me preguntaron nada y me dejaron en mi cama porque creo que decidieron que yo no tenía que ver en el conflicto del plato o que no existía, por eso o por cualquier otra cosa. No lo puedo saber. Después de que se llevasen a Walter anoté sobre mi cuadernillo la peripecia, unos minutos antes de que la enfermera simpática y de mejillas sonrosadas, Claudia, o la otra, Norma, viniese con esos medicamentos que me vuelven inútil, hacen que me tiemblen las manos y me obligan a dormir hasta la hora del desayuno. Me relaja mucho cuando me convenzo de que voy a soñar con mamá.

(2)
Mi hermano Immervoll es un caso. Siempre he de estar cuidando de él. Hace un poco me he despistado. Mi madre, Norma, y mi tía Claudia son iguales. Se creen que tengo que estar todo el rato pendiente del pequeño Immervoll. No comprenden que tengo que hacer mis cosas. Tengo que obligarme a escribir al menos un cuarto de hora diario. Me lo propuse hace tiempo. Ellas deben de saberlo. A veces me despisto. Immervoll y yo compartimos habitación. Ahora él ha roto el platito. Siempre está jugando con las cosas. Algo así tenía que pasar, tarde o temprano. Immervoll apenas sabe hablar. Se le da mejor romper cosas. Hace un poco ha roto el platito que hay en la mesilla que separa su cama de la mía. Si me hubiera dado cuenta de la gravedad de la situación, hubiera dejado lo de escribir para cuando mi tía Claudia se llevase a Immervoll a su casa. Allí hay un piano y a Immervoll le encanta pulsar las teclas. Se entretiene mucho, y mi tía le anima y le hace fiestas, y él se lo pasa bomba haciendo soniditos con mi tía al lado. Ahora, después de romper el platito, mi padre ha entrado en la habitación y se le ha llevado del brazo, y el nene lloraba, y yo no podía hacer nada ni por papá, ni por el nene y tampoco podía hacer nada por el platito. Seguro que poner ahí el platito fue idea de mi madre. Una idea poco afortunada, teniendo en cuenta cómo es Immervoll, y el hecho de que yo no puedo estar todo el rato encima de él. Papá no me ha dicho nada. Se ha llevado a Immervoll sin preguntar, y le ha dado un azote, lo que a mí me parece muy mal. Y aquí estoy yo oyendo unos pasos que se acercan. Me percato de que es mamá cuando abre la puerta. Me apresuro a relatarle la historia, a decirle que no puede ser, que no puedo estar al cuidado de Immervoll todo el tiempo. No parece enfadada, trata de tranquilizarme y me enseña esas malditas pastillas que no me dejan escribir, que me vuelven idiota y estúpido. Le digo que no, que no tengo la culpa. Insiste de nuevo. No pasa nada, hijo, ahora tienes que tomarte esto para poder descansar y mañana se lo contamos al médico. Lo he anotado todo, más o menos.

(3)
 Ya no dejo huellas en la nieve. Nada sé del peso del cadáver y aun así lo arrastro, sin más, con la rotundidad con que inicia una ola su proceso.
Porque yo hice para el mundo los goznes de las puertas que se me han cerrado.
Hoy estoy en la habitación del castillo de mis ancestros, de los que nada sé. Siquiera si ciertamente existieron. Y desordeno la sustancia de una mandarina que me comeré yo solo.
Afuera hace ya el frío que vendrá a verme. El porvenir se adelanta acá, se zanja con su noticia.
He perdido las luchas porque las he creado e intuido las propias en lo ajeno, a cambio del apego hacia mi nombre. He probado sus razones -las del nombre-, sin embargo, y llegado a saber que no se estiran hasta abarcar ni una mesa ni los retratos de los familiares desaparecidos que acá pueblan todas las paredes menos una.

 No he hecho tiempo de volver a lo negado ni batido a unicornio que no sepa de lo sutil de su filo. No hice demencia ni tampoco supe dotarla de semilla.
 Arrastré al muerto hacia acá y lamí la mano del cadáver que hasta hace poco era mi dueño. Luego me moví hacia el plato y no esperé ninguna orden.
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domingo

La Siempreviva y el hombre de las teclas


"Un cristal no es menos frágil porque en él esté representada la cara de un rey; ni un rey es menos frágil porque Dios se represente en él" (John Donne).

Agachaste tu cabeza y un chorro de sudores cayó en mis manos. A continuación bebí de él y el resto lo esparcí en mi cara. Eso es lo que queda de tus fotos en bikini Siempreviva Cecilia. El resto soy yo cosiendo y descosiendo botones mientras espero tu septembrina llegada, envuelto en un albornoz amarillo, algo encorvado, notable la panza y mis barbas cayendo puntiagudas y fuertes acariciando mi nuez, que no sé usar para hablarte. Yo sólo soy lo que te escribe. El resto de mi vida, llegué a pensar, estaba compuesta por ti, pero hoy, envuelto en un sudor que no sé si es el tuyo o el mío, no me paro de repetir que la Siempreviva se me muere. Yo no puedo darte más que textos que me doy a mí mismo y, cuando consigo hablarte, con una nuez prestada, eres la sirena de la piscina donde das largos indiferentemente de si está lloviendo. Coges el móvil (alguien me dijo que debería sentirme afortunado tan sólo de que me cogieras el teléfono). Me dices Hola y no sé si mis lágrimas son de alegría o provienen de ese proceder de mi cerebro que me dice que no te tengo, que no te tendré jamás. Decía Cristóbal Serra en Péndulo y otros papeles, aparte de la cita de John Donne con la que inicio este texto y que queda inmortalizada allí, de nuevo, por el genio mallorquí: "Los pocos textos que he dado a conocer, que escribí porque tenía que escribirlos, no sé quién me los dictó. Sólo sé que, cuando los escribía, era como un pájaro sobre las aguas, volaba sobre el papel como una mariposa. Me hubiese sido imposible reconstituirlos si hubiese extraviado la primera versión. Ello indica que lo que escribo una vez de un tirón jamás lo retoco. Me entra por eso verdadero pánico al tener que escribir de nuevo. ¿Y si no me dictaran?, me pregunto.". Al igual que el genio, pero en mi eterno papel de novel conocedor e intocable de la mafia verde, cuando no tristón o soporífero, leve en cualquier caso, mundillo literario madrileño en cuyas aguas usó como remos la herencia toda de su abuela a cambio de un puesto de bedel (con quien era un placer hablar) que no le daba ni para el transporte público. Aquí estás tú, al tiempo que en la guapa Altea, diciéndome a ratos la vida (la muerte en cambio me la dictas). Ahora que soy tu servidor no sé si aspiro a ser nada más eso o libaré de la flor de este desierto cuya esencia te contiene más que al café de mediatarde (y sabedora eres de lo que implica en mí el café de mediatarde). Si me viese en tus ojos sabría quién soy y ya podría acabar con esta vida de la que me ha salvado el exceso de humillación cometido por los otros para ser alguien. En cambio el espejo del baño sé que no refleja quién soy y, como procuro verme con tus ojos, no sé evitar una milésima de segundo en que mi cuerpo y cara no cambien. En ti sería uno, eso es todo. Y lo sé porque en ti lo he sido hace tantos años como entre los dos sumamos. A veces soy positivo. A veces entiendo que mientras te doy unas palmaditas en tu culo respingón obtengo un beso de medio minuto. Pero al rato marchas, y nunca podré saber, Siempreviva, en qué lugar del mundo estás, ni quién sostiene esa piel por la que ya he muerto. Sólo soy los dedos tecleantes, medio pensantes y medio cansados de la tragicomedia que es llamada vida en el mundo natural. Estoy cansado y me abrazo a mí mismo a menudo sabiendo que en ese apretón contengo, imaginariamente, tu delgadez. Vomito mi inútil corazón, que no sé si ha sabido amar a lo largo de la vida, y lo observo en un charco donde crece el excremento, lleno de alquitrán. Lo dejo ahí hasta que de a un rato se pudra y me voy al bar. Allí tengo todo lo necesario para tres días más de vida.
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sábado

Fado de la pesadilla y el juego del amor eterno

Yo le di mi corazón. Ella lo chupó como si se tratase de un Farias. El humo me dio en la cara y sentí frío. Abrí el armario, pero todas las gabardinas estaban hechas de sangre.

Explicaba el maestro Cristóbal Serra que "Blake estuvo siempre fascinado por esa dualidad que subyace en todo. En un poema de los Cantos de inocencia y experiencia, revela precisamente toda la dialéctica oculta de la dualidad. El poema "El terrón y el guijarro" contiene estos versos esclarecedores:

El Amor no trata de contentarse a sí mismo
ni tiene para sí cuidado alguno,
pero, para el otro abdica de su bienestar
y construye un cielo para desesperación del infierno.
Así cantaba un pequeño terrón de arcilla
que las patas del ganado habían pisado
mas un guijarro del arroyo
"

Continúa Serra con Blake "Murmuró estos versos justos:

El Amor busca sólo su propio placer,
y somete a otro a su deleite,
goza al ver perdido el bienestar del otro
y construye un infierno a despecho del cielo
".

A mi manera de ver Cristóbal Serra atina en la esencia de lo que gustaría de explicar a mi hermoso sueño (y digo “mi” porque, al menos en estos escritos yo trato de mi sueño y no de otro que bien pudiera ser también como él mismo, ya que es un gorrioncito suelto volando mientras visiona a sus hermanos de pluma descansar sobre los cables de luz). Intento reconocer el amor en el poema de Blake, en la dualidad de Blake. Al ser la persona una dualidad y juntarse a otra dualidad, bajo pretexto el amor como dualidad, digo yo, algo dará que extraer este macabro juego en el que a veces una luz certera entre cuatro ojos (reflejándose los unos en los otros) lo anula todo. Enciendo mi corazón y me veo desaparecer en forma de humo. Una parte de él vuela hasta su nariz donde sus fosas nasales lo acogen como si de incienso se tratara. Luego estornuda y mi vida queda impregnada en la alfombra que oculta el parqué manchado del salón. Ella se va a volar hacia otro lado y yo, al haber sido desposeído de la voz, sólo sueño:

Días antes unos vándalos forzaron en plena noche la puerta de nuestra casa. Al oírlo me levanté de nuestra cama y fui golpeado por una barra de metal en la cabeza hasta caer al suelo y volver a serlo hasta prácticamente quedar medio muerto. Desde mi posición de muerto oía los gritos de mi amor y veía cómo uno de los vándalos le encañonaba con la boca de una pistola y bajaba sus braguitas para a continuación violarla salvajemente. Intenté levantarme ya sin fuerzas y volví a recibir un golpe de la barra de metal. El mismo tipo que me golpeaba acercó una silla y me ató con un cable telefónico para que contemplara todo lo que él quería. Tras ser violada por un primero entre gritos, un segundo se abalanzó y volvió a violarla. Pasaron quizá veinte minutos en uno solo y así sería cada siguiente. Al violarla el tercero y último, el mismo que no había dejado de golpearme, pidió al primero la pistola. La mirada de ella, perdida, se juntó en algún lugar intermedio con la pérdida de la mía y, al segundo, le fue dado a mi único amor en la cabeza el tiro de gracia. A mí me dejaron vivir a cambio de ver aquello. Mi catatonía, al despertar hacia esta nada, es capaz de abarcar todos los universos juntos.

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