viernes

Las aristas del diamante

En ocasiones le hablo a un diamante sin pulir y mezclo con la probabilidad de su futuro brillo mis palabras. Son palabras de dolor y frustración venidas como de una oración sin ídolo ni belleza alguna. Manejo con el pie las arritmias de mi corazón hecho de platillos de batería, procurando atinar con la exactitud de mi oído, que tan sólo trajo algunos alejandrinos en la época en que, a solas, reía a carcajadas los hallazgos de los cantautores famosos. Recordaba las palabras de Juan Carlos Suñén que decía acerca de los poetas de su generación, aquello de que un poema era en cierto modo evitar el parecido con una canción de Paco Ibáñez y, de darse, lo mejor era tirarlo a la basura. En un momento de mi vida creí ese tipo de fraudes y bebí de ellos hasta llegar a casa, hoy poblada de muertos, algunos vivientes como es mi caso y teclear acerca del amor, la muerte y otras frivolidades. Reía con la locura del viejo Giacomo Casanova encerrado por siempre ya en una biblioteca donde los ratones rasgaban los despedazados libros y la osamenta pobretona del viejo seductor ya convertido en un manojo de carne similar a un Francis Bacon sumada una barba que llegaba hasta el suelo y cuya punta con su ladino beso incapaz era de encender en esa caverna alguna vela a la que quedase un poco de cera. Después llamo a Cecilia, no le digo mi dolor, ella lo intuye. Al colgar los pájaros buscan nido en otro sitio y la voz que hizo de sol convierte mi voluntad en la suya, que en el momento de teclear siempre es pasado. La mía apenas me daría para escribir estas palabras y, si volví a ellas, fue porque en ella vi mi patria y mi patria exigía de mis escritos. Mis escritos son la nada andando sola bajo el frío de los otoños resumidos en un domingo por la mañana cuando papá sale a comprar el periódico sumada su estúpida tarde de fútbol y, con suerte, un par de tazas de café caliente. Rechacé las visitas. Mi visita sólo habrá de ser Cecilia a partir de este momento. Si la conocieses entonces me entenderías y quedaría en paz con el mundo, esa cosa que es tan sólo mi pasado y adonde me dirijo exclusivamente para traer acá diarios como este que, repito, son nada. Esta nada ha sido plagiada por otros. Incluyo mi vida, que es también nada, ella también ha sido plagiada por otros. Y en medio estoy yo con mis percepciones a flor de piel viendo lo que ambas dos vidas que proceden de la esencia de mi nacimiento hacen por ahí, percibiendo la indiferencia con la que, a estas alturas, me tratan. Comparo el dinero que he dado con el recibido. Comparo mi sudor con el del resto de yoes. Al final vuelvo a llamar a Cecilia. No le hablo de mi dolor. Ella, he pensado, quizá ya lo lleve consigo como una maldición cualquiera. En mi mosquitera un día unas abejas hicieron su casa y alguna vez veo tropezar a la reina en la misma mosquitera haciendo por salir al sol de la calle. Intento ayudarla inútilmente. Las simples obreras enseguida ven el agujero que les abro, pero las reinas... su vida sigue dando vueltas a la mosquitera y yo no sé qué hacer. Hablo con ella, pero no me escucha.
Cuando me doy por vencido toco mi dolor, no sin dudar antes si se encuentra adentro o afuera de mi cuerpo. Después me llevo una mano a la cara a ver si mi tacto me reconoce. Palpo algún surco de acné y sigo sin saber si soy yo. Rezo a Cecilia. Quiero morir dentro de ella cuando venga. Me explico su dolor en el mío y sólo logro llegar a la conclusión de que ambos debemos desaparecer de este mundo. Ayer dejaba el tabaco mientras hoy enciendo uno tras otro. Mi ruinoso barco badea puertos insomnes y la luz del faro es una discoteca donde los vivos de hoy consumen caipirinhas. Cecilia conoce la alquimia capaz de trasladar ambas cosas, aparte el dolor de ambos, a una misma luz y yo cierro los ojos. Sólo quiero darle un beso. No es exactamente que después quiera morirme, pero lo intentaré. No le contéis nada a ella. 

PD:  Yo iba vestido con unos andrajos, sin duchar. Estaba allí por ella. Después de que el marqués trinchara el pavo y procediera a reclutar a los mayordomos para que sirvieran di un puñetazo que me dolió en la mesa y dije para mis adentros: Confundís el éxito con la belleza. Luego me explotó la cabeza y ella tuvo mi cuerpo en sus brazos durante unos diez segundos. Luego se fueron. Y ella los siguió mirando de vez en cuando hacia atrás.
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lunes

Mientras el ángel descansa

Sé que ella duerme. En realidad todos duermen. Cierta brisa entra a través de la ventana de mi cuarto de teclear. Yo enciendo el último cigarro del tercer paquete del día y noto cómo la primera bocanada deja en mi paladar sabor a sangre. Doy una segunda bocanada porque quiero más y, sin darme cuenta, he consumido el cigarro entero. Me pondría un whiskey con hielo si hubiera alcohol en casa. En lugar de eso recurro, como ya es mi costumbre, al café. Medio vaso de café relleno de leche. 1:10 de microondas y azúcar. Hablo con mi loro o, en ocasiones, hago por hacerlo callar. A veces su disquete cerebral se atrofia y repite frases que se cuelan por cada agujero de mi mente. Eso me destroza. Y al tiempo sé que ella no está. Recuerdo en que en cierta ocasión me enamoré de un maestro de escuela. Me situaba cerca de su asiento no perdiendo detalle de cada gesto que hacía con la mano, de su elegante manera de colocar cada hoja en su pupitre, de la inteligencia que desprendía su voz, salida de una garganta acariciada por las espinas de una rosa probablemente marchita. Con el tiempo he observado esa inclinación por la elegancia en un hombre como una particular imbecilidad. Recuerdo, ya digo, verlo con un elegante traje que incluía el propósito de un ligero descuido y su melena hacia atrás, mostrando una frente marcada por profundas arrugas. Después fui él durante un tiempo, al menos en los ademanes. Y luego me perdí y volví a ser el esqueleto que le escribe a ella a todas horas mientras fuma bocanadas de sangre y procura juntar en ese ella el resto de ellas del mundo aunque, la verdad, no logro encontrarle un parecido con ninguna. Me recuerdo probando por primera (y única) vez el Lagavulin. Alguien me explicaba algo sobre la cualidad de ese malta para crear una especie de figura de cristal sobre el último hielo del vaso. Luego lo bebí como si fuera trinaranjus. No hombre, no. Aprecia el sabor, me dijo el maestro de esa ceremonia. Pégalo a tu paladar y déjalo ahí el tiempo que puedas. En cierto modo haría eso con su coño ahora. Me siento solo, tengo frío y siquiera llego a oír los habituales en esta época sonidos de los grillos. Selecciono el Monk´s Dream en la minicadena y cada nota es tragada por sus sueños. Pienso que ella sueña y yo, inútil, tecleo como quien sabe que su vida está en una marisquería al tiempo que permanece en albornoz una sobremesa de invierno ante medio consomé.
Escribo como lanzando papeles de avión por la ventana con la esperanza de que alguno se cuele en su ventana y, al abrirlo, descubra mi corazón moldeado a la imagen de su cara. En el papel del avioncito simplemente pone: Tq.
En la cocina, cuando Charly calla, aparece Lucifer enfrente mía y me invita a una fiesta. Es el impulso de salir hacia la vida dejando de lado mi pensamiento inmerso en ella. He perdido la habilidad para permanecer leyendo toda la noche. A cambio escribo avioncitos de papel. En una ocasión el maestro que yo secretamente amaba se dirigió a mí con una pregunta y yo me limité a señalar al cielo quién sabe si emulando el gesto del efebo de Muerte en Venecia al final de la película mientras el mundo se descompone a ritmo de la quinta de Mahler. No entendió nada, como es natural. En la vida, aunque a partir de ahí, como ya he dicho, empezaría a ser él, no asistiría más a su clase. En mi mente su forma de sentarse era una flor que le envío a ella en este presente en el que no hay aula donde arrodillarse ante un pupitre y decir en alto: Déjame que la consiga. Y a continuación: Pero en este mismo momento, dios mío.
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sábado

Como quien pide permiso para destapar de un tarro el secreto de su esencia

Ella se encuentra enferma en este día en que yo relleno cafeteras de agua y me sirvo. Ahora se encuentra durmiendo y yo espero su llamada. Se encuentra con sus amigos que, más o menos secretamente, la aman, quiero pensar que no tanto como yo. Y, por otro lado, me encuentro feliz de que esté rodeada por ellos. Te preguntarías si soy idiota si no la conocieras. A lo mejor lo soy pero, escúchame, ella es el borrador que elimina los números en la pizarra que tengo por sesera. Todos esos números rodeados de incógnitas formando resultados y torres. Si la conocieras sabrías que en su mano todo ese tipo de problemas son una nube donde los amantes de quimeras morirían por construirse una casita con vistas a un sol construido por sus ojos que sin duda les dejaría ciegos al primer vistazo.
A veces voy de su mano y confundo cuál de las dos me pertenece. Salimos a la noche y olvido mis pasados problemas con el alcohol bebiéndome cada palabra que salga de su boca. He observado muchas inteligencias que vienen a ser esa lavadora oxidada fácil de encontrar en un estercolero. De su cabeza, en cambio, sale luz, a veces en forma de orín, y yo me llevo ese manjar a la boca saboreando nada más que existencia en estado puro.
Mi torpe deseo hace a veces que mira hacia otro lado mientras mi pensamiento es el volcán que ella ha construido dentro de mi pecho. He dejado de comer desde el día, ya no recuerdo cuál era pues en ella el tiempo pasa estando quieto, en que observé su don y vi cómo me tragaba no dejándome otra opción que comprender a fuerza de ser tragado que, de su mano, las respuestas que pudiera contener el universo son dadas, sin más, sin necesidad de significado.
Durante mi infancia dediqué parte de mis horas de ocio a examinar cada pequeña cosa que encontraba a través de un microscopio que me regaló mi tía Pepa por mi séptimo cumpleaños. Es con la excitación con que esperaba cada forma la misma con la que espero su cuerpo mientras mi familia me observa sentado tomando café y hablando con Charly, mi loro, sobre esos misterios del universo que descubro en ella y que nombré algún párrafo atrás.
Después, cuando despierte, me llamará o quizás sea yo quien llame, le contaré sobre la aceptación de sabio que maneja mi loro ante tanta respuesta que no tiene pregunta. Si acaso la pregunta sería pedirte permiso, reina mía, por medio primero de una oración, para conservarte por siempre. Me sirvo otro café y observo los insectos de mi infancia guardados en un tarro de cristal. Esa hermosura que tienes tú mientras duermes. Me veo destapando el tarro como si de ese ayer escapara tu esencia y, al escaparse la cucaracha, araña o lo que sea, puedo verte libre en mí, por fin, diciendo mi realidad a no sé que estrella venida de tu corazón arrítmico, que es: libre en ti, amor mío. Muerto en ti ¿Qué más da? Prepararé otro café mientras la eternidad se detiene en espera del momento adecuado, del momento de tenerte, como quien dijera, otra vez.
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jueves

Trastorno (Leves giros sobre el inicio de Suicidio, de Levé)

Pongamos que terminamos siendo felices, casados, con un hijo. Imagina por un momento a dos triunfadores y un pequeño roedor al que de vez en cuando recogemos, un día uno, un día otro, de un colegio bilingüe. No importa en qué ciudad nos encontremos del mundo. Imagina por un momento que la vida se compone de esos tres seres. Entonces un día de otoño decidimos ir a dar un paseo por la playa y, qué sé yo, parar en una heladería. A los tres minutos que llevamos caminados yo noto que he salido muy fresco y os lo hago saber a nuestro niño y a ti. Os digo que me esperéis en lo que voy a casa en busca de una chamarra. El niño me dice que también traiga el balón para que juguemos y yo le digo que por supuesto. Avanzo a pasos de gigante hacia nuestra casa, donde nuestra asistenta se encuentra en su día libre y, en vez de dirigirme al armario de nuestro sobrio dormitorio, mis pasos se encaminan hacia el garaje, abro la caja de herramientas donde guardo la pistola que heredé de mi tío el policía, la cargo y me pego un tiro en la sien mientras continuáis esperándome el pequeño y tú.

Pongamos que pasan unos diez minutos más y decidís que es raro que no haya vuelto, te veo entonces cogiendo en brazos a nuestro pequeño, mi amor, encaminando los pasos en mi busca. Al llegar te encuentras la puerta abierta y empiezas a gritar mi nombre. Pongamos que pasa cierto tiempo mientras me buscas por toda la casa y telefoneas al móvil. Es entonces cuando suena la musiquita que guardo en él y, poco a poco, te diriges hacia ella mientras continúas gritando mi nombre, entonces entras en el garaje y ves mi cuerpo tendido en el suelo, la cabeza en un charco de sangre y mis sesos esparcidos por la pared.

Te llevas la mano a la boca en un grito ahogado mientras el niño no sabe qué hacer y viene hasta mi cuerpo preguntando: ¿Papá?


PD: ¿Qué es el miedo a hacer mía tu piel a cambio de hacer tuya la mía, amor mío?
PD (2): ¿Recurrir a esa ocurrencia de Neruda que acabo de ver en facebook que dice "Entre las nubes había un pequeño agujero, y por ahí se cayó?
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I´m your man

"Ahhhh pero la luna brilla demasiado / la cadena aprieta demasiado / la bestia no se va a quedar dormida" (Leonard Cohen en I´m your man)


"Yo nací sola. Tengo esta copa de caña y este arco iris, por ahora." (Marosa Di Giorgio)


Acabo de colgar. He abierto una tónica y pensado en tus ojos al otro lado de la línea. Tiemblan como luciérnagas dudosas en su camino hacia el estercolero. A veces ese estercolero vive en mi corazón. Esa es mi bestia. El primer estadio que habita en mí. Apesta a las ganas de pudrirse que tienen esas alegres luciérnagas, inquietas de dar con el oasis adecuado en este desierto lleno de grupos de gente con idiomas diferentes que mataría por una gota de agua. Una gota de agua es mi sudor cayendo de mi frente mientras tú, por teléfono, me hablas acerca de mi atracción por la muerte. Tú no sólo eres la vida, sino también esa atracción disfrazada por un pulso que acabas ganando en mitad de una taberna llena de moteros pasados por agua, pijos, ilusos y súperguays como los del pueblo donde vuelvo a esperarte. En ti soy ese puente que hay en Valseca por cuyos bajos existe la tranquilidad del agua turbia estancada sumada alguna meada de gato, ese pequeño puente en el que jugaba de niño a pesar de que la resistencia de este era precaria y no dejaran de caer amenazas en forma de arenisca. En ese ambiente irrespirable trazaba juegos y, al salir por fin hacia el fulgor del sol, este me daba en plena cara con la misma intensidad que cuando diriges una mirada fugaz a esta barriga. Me muero por llevarte allí, bajo los restos de ese puente, y jugar a los siete años, qué más da si a médicos o a piratas. Saludaremos a la araña mientras crea su casa y al salir lo haremos de la mano mientras ese sol nos ciega de felicidad pura. Inevitablemente mi muerte estará observándome por el ojo de la cerradura, al acecho. Yo le llamaré vieja puta y sabré que me estoy injuriando a mí mismo sólo para ganarme tu confianza de una manera definitiva. Observo cómo coges el coche y me convierto en Dj, te canto cursiladas y me veo amando eso mientras no le quitas ojos a la carretera y tampoco deja de salir un chorro de luz intacta de tu risita. Pero ¿Lograremos reírnos del demonio? Yo lo he tocado en ti con una mezcla de miedo y fingido control sobre mí mismo. Al día siguiente cerraba la puerta del baño y no dejaba de llorar como un bebé hasta que pasaban un par de horas, me lavaba y salía a verte. Tú estabas tomando el sol en el jardín. Yo decía ¿Te pongo un café? ¿Dónde estabas? Decías tú. En la ducha, mentía yo mientras tú sabías que algo me había ocurrido porque mi aspecto, desde luego, en tus ojos, que son los del cielo, no veías a un hombre recién salido de la ducha, que también es vida en su sencilla manera. Lo dejábamos pasar. Mirábamos el cielo en busca de aviones mientras yo dudaba si poner mi mano en tu pierna extendida. Acabado el café, yo decía ¿Un helado? Y tú ¿Por qué no salimos por ahí, hombre recién duchado? Yo me decía para mí que necesitaba regresar a la bebida si era vida lo que quería, es decir, remedarla un poco con la muerte en una desesperada busca de ella, en cuyo reflejo sólo te veo a ti, maestra Cecilia. Vale, decía yo torpemente, me voy a duchar. Y tú reías. Pido un whiskey tras siete meses sin probarlo. Imagino en él la clave de acceso a un beso en los labios. En el tercer whiskey descubrimos que, desde aquel entonces, sólo hemos permanecido juntos mirándonos el uno al otro. Yo te pregunto: Imagina que se acaba y sólo quedan estos pocos escritos mezclados entre el desastre que son mi diario eterno. Y tú me lo perdonas con un gesto. Esto no acabará nunca, me justifico, y me explico intentando darte la palabra sobre mi vida. Siempre estará, digo, sin parar de sentir dentro de mí una horda de monstruosos caballeros guiados por la batuta de un fanático. De repente voy al baño a vomitar y me digo que eso, en mis cálculos, era lo peor que podría ocurrir. Lagrimeo y me limpio tres veces. Al salir te pregunto si se me nota algo pedo. Tú procuras cambiar de tema. Nos vemos felices hablando sobre libros. Luego uno de los dos paga la cuenta y nos vamos a sentarnos en los bancos del parque. Puedo sentir el aliento de mi boca abordado por la pota y apenas me atrevo a abrirla. Procuras que me sienta bien. Yo digo ¿Y si yo fuera maricón? Tú ríes mis inseguridades. Me arrodillo ante ti y te digo que me sugieres la palabra “casa”. Es algo así como una historia que no me atrevo a acabar, por si se acaba. No sé. A veces, creo entender, puedo confundir mi vida con la locura. La locura no se ha dado en mis años de muerte. ¿Será de eso de lo que me protejo? Tampoco se ha dado la felicidad ¿A qué loco se le ocurriría protegerse de ella? Sabemos quiénes somos. Imagino que meto un par de dedos en tu coño y este empieza a tragarme como si no fuera más que líquido para uso de otros. Haría el sacrificio, sin duda. Sería morir a cambio de un minuto de volver a la vida, de que la vida pregnada de locura que hubo en mí se muestre ante mis ojos como dicen les pasa a los moribundos. Contigo no hay el limbo que es la muerte, sólo cielo y sólo infierno. Veo tu actitud así y saco mi juego de dados para preguntarle quién soy, si es que definitivamente no soy tú. Para mis adentros permanezco sin embargo frívolo, pensando: Una resaca menos. 
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domingo

El amor en los tiempos del cólera

Calculo que hará siete años y medio de mi viaje a Tánger, aproximadamente. Al parecer ya por aquel entonces temíamos por la crisis en que se ha visto involucrada España desde un tiempo a esta parte. La idea por parte de mi madre, reconozco, era bastante visionaria e incluía una responsabilidad para mí que me hubiera librado de vagar por el mundillo, extremadamente clasista e hipócrita, de la literatura madrileña, donde a pesar de todo no podría hacerme una idea de las veces en que fui llamado genio. La responsabilidad surgía de un nuevo negocio del que habría de ocuparme aprovechando un espacio comercial con el que mi familia contaba en la calle La Oca, Carabanchel. Cosas sobre pieles, alfombras y contactos. La cosa de mi viaje era tratar en spanglish con un inglés afincado allí. En un principio fue amable. Recuerdo que cuando se presentó en el restaurante del hotel donde habíamos quedado para comer reconocí enseguida que la cosa, a mi inocente manera de ver, podría llegar a buen puerto. Fui tanteado a conciencia, mientras yo también ponía de mi parte y el trato fue bueno. Recuerdo pedir un plato que vi en la mesa de al lado. Él no sé qué ostias pidió. Debía de llevar viviendo allí bastante tiempo y dominaba el idioma. Abordamos el asunto con sutileza y me convenció para dar un ok en el supuesto contrato, aunque, claro, le hice entender que primero debía comunicárselo a mi madre, que era la auténtica promotora de ese negociete.
En cuanto me despedí de él telefoneé a mi madre y le hablé entusiastamente. Orgulloso de haber llegado a buen puerto. Todo se desmoronó cuando le dije la cifra con la que habría de contar mensualmente. Con el tiempo he comprendido que efectivamente era inevitable rebajar mucho esa cifra, pero mi entusiasmo me llevó a hablarle que podría tantear el tema con el inglés a ver qué se podía hacer. Me dijo que no me metiera en nada y que, si acaso, ya se ocuparía ella a través de otro intermediario, pero que volviese a contactar con él y le comunicara lo que había.
Al día siguiente quedé sobre las cuatro de la tarde con él en una tetería que había descubierto la noche anterior y que él conocía. Fui al grano y se comportó como un grosero el muy cabrón. En ese momento recuerdo querer a mi madre más que a nada en el mundo. Hizo caso omiso a mi invitación a que se sentara y vi que con gente tan de esa manera no se podía trabajar ni negociar ni nada de nada. Me bebí toda la tetera en lo que él se iba en medio de insultos pronunciados en inglés. Recuerdo que sus formas me dieron igual y le dije que su padre era un cabrón cuando definitivamente salía por las persianas del local camino a no tropezar de nuevo con mi vida. Permanecí unos instantes dedicado a mis cigarros y el té, a gusto, sintiéndome extranjero. Luego telefoneé a mi madre, le conté lo sucedido y me dijo que no me preocupase, que cogiera el avión al día siguiente. No había ningún problema salvo que pudiera crearme yo alguno y decidí que buena falta me haría una ración de sexo. Respecto a la ciudad presentía que con lo visto ya la conocía lo suficiente. Al tiempo que entendía el encanto que allí había, concebía cada calle como una repetición de la anterior. Efectivamente optar por una tarde de sexo era una buena idea y lo que en un principio se convirtió en mirar cuerpos de mujeres, luego mi atención quedó prendada de un morito de aproximadamente doce años. Le expliqué mi idea de lo que quería y le di un dinero que pareció no haber tenido en las manos durante toda su vida. Me acompañó a mi hotel y pasamos a la acción. Quizá en ese niño descubrí que la sensualidad estaba más allá de los cuerpos gloriosos. Le desnudé y no dudé un momento en atender a su polla, primero con las manos y después con la boca. ¿Quién podría estar tan loco para rechazar el humilde pene de un morito de doce años? Acaricié sus pechos y el cabello corto negro. Creía que no se empalmaría nunca. Yo tenía la polla erecta desde que el azar me llevó a él y tras quitarme los calzoncillos le invité a que me la endilgara por el ano mientras yo me masturbaba. Al principio costó que el niño atinara hasta que de repente solté un graznido de dolor. Mi tensión se volvió loca y, en lo que le invitaba a moverse, yo conseguí llenar toda la cama de esperma. Ni idea de cuánto tiempo había estado domeñando ni esperando un momento así. Me hubiera gustado que él también eyaculara, pero se la saqué en un espasmo y a continuación besé sus labios llenos de costras. Entonces se tumbó en la cama y comenzó a masturbarse. Le hice saber que no tenía por qué y busqué en mi cartera una cifra suficiente, aproximadamente el doble de lo que le había dado. Le coloqué esos billetes en el ombligo mientras no perdía detalle de cómo se la meneaba. Todo lo que yo le daba era demasiado dinero para él. Intenté explicarle que lo había ganado humildemente y que lo compartiera con su familia, para comer. No creo que me entendiese nada. Dejó su polla quieta y le di un ducados que no fue capaz de encender bien y le hizo toser mientras yo me fumaba otro sentado al otro lado de la cama. Recuerdo que se fijaba mucho en mi reloj, el mismo casio que llevo ahora. Intenté explicarle que no me importaría dársele si no comprendiese que lo necesitaba. Comprendí que quería regalarme más, hacerme compañía, y no es que me disgustara, pero le hice saber que había hecho bien y que se fuera a jugar, que no malgastase el dinero. Y se fue. Me sentí muy solo a continuación y, en efecto, me arrepentí bastante de haberme librado de su compañía. Quité la sábana llena de esperma y adopté la postura del edipo. Pensé que mi madre, a pesar de que no éramos ricos, intentaba que saliera ese negocio para sacarme, en cierto modo, adelante. Luego terminé trabajando en una tienda de ropa, recuerdo, en la que duré tres meses. Para el momento de mi viaje a Tánger ya había pasado por ser un dibujante de cierta fama en pequeños ámbitos que incluían a estúpida gente de glamour y famosillos de la tele. Había abandonado todo eso y, cuando me vi en el mundillo de la letra, pude ver el desprecio hacia una obra que nadie de allí tenía idea de lo que había volado. Incluso en mi lugar de confianza, donde trabajé un par de años, y ayudé como ninguno a levantar un negocio basado en el trigo sucio y la mafia verde, aparte el desprecio a quien yo era y mi obra.
En la actualidad, aunque a veces me viene a la cabeza aquel morito e incluso lo que fue el desengaño de Tánger (tanto para mi madre como para mí), estoy enamorado de una mujer clara, preciosa, inteligente que, sinceramente, no merezco. Hoy he pensado que sería buena idea revivir ese tipo de países. Ha sido ella quien me ha abierto los ojos hacia el posibilismo. Quiero decir, el mundo es mi casa, mientras me deje llevar por su mano. Otras veces pienso que estoy demasiado alegre... A veces me pierdo. Siempre basta una palabra suya para ser real.

pd: buenas tardes, soy una licencia literaria!!!
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viernes

El pan está sobre la mesa y todo parece tranquilo mientras te espero

Siempre he encontrado deficientes mis escritos porque, los pobres, al ser sólo letras juntas, no follan. Qué más quisiera yo que cortármela a veces como el Torete y que de todos estos diarios se reuniera un falo enorme que rasgara esa vagina que según los surrealistas era la de la mujer única. En el movimiento bretoniano el amor debía ser loco (a ser posible nunca correspondido) y la belleza convulsa. Tu belleza, amor, me es el ángelus de Millet en el juego que Dalí guardaba de ese cuadro. Percibo las tumbas que él idealizó como besos imposibles. Lo que quiero decir es que tu belleza en vez de traerme la muerte, que quizá algún día me la traiga, lo que me trae son ganas de vivir. Ojalá pudiera forzarla sin tener en cuenta nada. Ponerla de cara a la pared y penetrar sus agujeros como cuando, entre un salto y otro acompañado siempre de un gemido, follaba con saltamontes en el pueblo. Su camino natural era el cementerio viejo, pero yo eyaculaba antes y luego aparecía en la tasca y el vino corría por las mesas en una elegante alegoría de la pobreza donde siempre a la puerta esperaba una cosechadora roncando con sus llaves puestas. No voy a rajarme. Voy a intentarlo hasta el final. 3 meses de celibato no interrumpen las Confesiones de san Agustín y tampoco, aunque haya presumido de ello, me voy a ir a vivir a una cueva ni a hacerme amigo de los osos como el idiota aquel de la película de Wenders.
Cómo decirte que tú eres mi superación y cielo más que con esas mismas palabras. Hoy inventaste una historia fabulosa donde un abejorro hacía parpadear su cuerpo debajo de una lengua que, pensaba, podría ser la tuya, abría tu labio superior y tú no le dejabas. De algún modo él entendía que debía de respirar. Ese es el respiro que yo le he dado a mi ansiedad, que siempre fue brutal.
Y aquí lo brutal es perderte.

Recordarás aquellos fabulosos versos iniciales de Una temporada en el infierno, que decían:

“Un soir, j´ai assis la Beuté sur mes genoux. –Et je l´ai trouvée amère.- Et je l´ai injuriée”

En mí contienen la esencia del mártir que acabó siendo el gran poeta de la segunda mitad del XIX. Quiero ir a Charleville contigo. Ver en la plaza de ese humilde pueblo su estatua desfigurada por el paso de las tropas alemanas. Y seguir contigo, rodando a tu par por este despeñadero que no acaba mucho más tarde, en el amanecer resuelto de la muerte. Todo podría resumirlo en paciencia, pero pedirte eso a ti no se me hace justo. Tampoco me cuadra con mi vida. No somos Pedro y Heidi tampoco. No quiero pronunciar las malditas palabras del Amor loco de Breton que resumían el libro a su manera “Te deseo que seas locamente amada”. Te acompaño en ese viaje habiendo sentido un escalofrío del que no tengo constancia, pero que me ha cambiado. Qué sé yo si para siempre.
Si el samaritanismo alegre y el amor correspondido me convertirán en un injuriador de bellezas no lo sé. Siempre pisé toda cuanta se juntó a mi alrededor. Cuando iba en busca de otra para hacer lo mismo giraba la cabeza hacia la última y sacaba la lengua a su carne muerta ya rodeada de moscas, putrefacta. Y sin embargo he buscado mi belleza sin descanso rozando casi el reflejo del agua, que me devolvía un movimiento en el que yo percibía la cantidad de vidas que podría tener una simple cara.
La verdad es que te quiero en el mismo grado en que confío en tu querer. El resto ha de correr a cuenta de los dos, pero deja que ponga la mano en tu pecho para adecuar el segundero de mi reloj según los latidos de tu corazón. Ese bombeo que acabará deshecho en mi boca tarde o temprano, amor mío.
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martes

Ya sólo sabe escribir de amor (2)

Mientras te escribo esto no alcanzo a saber quién escribe y, no creas, procuro detectarlo. Imagino que si continúo la carta las palabras inevitablemente desvelarán qué parte de mí habla. Acabo de colgarte. Lo que escribe no es muy distinto a tu nombre en mi sección de favoritos del teléfono móvil. Escribo deprisa. Deprisa te veo en tus fotografías. Cada una desfila ante mí a una velocidad que termina siendo la de una película. Tus caras en mi memoria son la voluntad de un malabarista. No sé escribir despacio. A veces, en las mañanas en que la noche no ha permitido mi sueño, te llamo, en un estado de desesperación, y en ese momento eres el oasis que atisbo de lejos en el desierto y que sin duda calmará mi sed. A veces doy con que tú tampoco has dado con el sueño y, sin embargo, no puedo evitar verte íntegra, sin los miedos de mi cansancio convertidos en más allá, en el equilibrista sin red en que mi mente aprende a convertirse y que ha dado de mí al mundo todo lo que no encuentro en ti. A menudo, en las noches, termino el padrenuestro y le digo a dios: mantén mi deseo, como si no supiera del peligro que es hacer de ello tu vida. Evito que me regalen bonsáis. Los amo y sé que me duran apenas tres meses. Una vez que están muertos procuro resucitarlos. Lleno de agua esa tierra que ya no sirve para nada e invento ante el lavadero palabras mágicas. Así es como digo tu nombre tras rezar a un dios al que a veces utilizo para quitar de mi boca el resto de las comidas. Uso tu diminutivo indiferentemente e imagino mis miembros esparcidos junto a las letras que lo forman. Yo no sé de amor, me disculpo. No sé de morir por ti ni de ver tu cuerpo sin vida. Sé que respiro una eternidad que sólo responde a este paisaje donde cuento los días que faltan para que regreses. Quiero darte refugio y verdad en el refugio y la verdad que tú ya eres en mí. Perdóname que esta carta sea demasiado corta. Nada me vislumbra con qué hablo. Unas veces imagino que es el corazón, el egoísmo, la polla. Pero solamente eres tú. Vives dentro de mis letras. Siempre he imaginado el mundo a través de ellas y te encuentro tapándolo. Claro que, a cambio, me recibe la belleza de todas las cosas que en mi vida he sabido imaginar, no hablo sólo con mi cabeza sino con todas las cabezas que me han rodeado, en ocasiones servido. Simplemente veo en ti el camino. El resto de la historia sé que sabrás escribirlo tú. Yo me dejaré hacer. Mientras, seguiré rezando delante del plato de sopa recalentada.
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Ya sólo sabe escribir de amor (1)

Al final, tras lo hablado, he decidido que lo mejor que puedo escribirte es la historia de un hombre desnudo en su caverna de cuero sentado al lado de la flor que hay a la puerta de su casa. El hombre, trastornado de la oscuridad en la que se encuentra habitualmente, comienza a hablarle a la flor y, por momentos, en sus alucinaciones, la flor le responde. Esa, según yo lo veo, es nuestra historia.
La flor, que coincide en apariencia con la que en sus sesos guarda el hombre de la caverna amueblada, eres tú. El hombre a veces duda si cortarla y guardarla en su bolsillo para siempre y así lo haría si se conformase con el recuerdo de la flor cuando aún vivía.
Hoy el hombre, hombrecillo si prefieres, se encuentra tecleando con la convicción de que la flor crecerá un poquito mañana cuando lea su escrito. En su inocencia cree que es el riego que necesita. Pero en la caverna de cuero no hay música y sabe que su flor se encuentra a demasiados pasos.
Pasemos de flores y de hombres de las cavernas ahora. Imaginemos las tristes vacaciones de un escritor que ha sido abandonado hasta por la comida que acaba de disfrutar. Si sale fuera de la casa hay grillos, pero todos le devuelven tu voz. Se necesita ser idiota para traer una bolsa llena de libros y ni un miserable disco. El hombrecito imagina la portada del Lady in satin de Billie Holiday, como si eso fuera suficiente. Como si no lo necesitase sonar para evocarte mejormente. Como si en su imaginación tuviera colocadas todas las notas. En el nuevo ordenador las teclas son menos hondas e incapaces de producir la música a la que se ha acostumbrado. Él y yo vemos la vida en la mujer que nos dice que no paremos de escribirle al mundo, inconsciente de que para nosotros el mundo es ella y nada más.
Me siento como si aún no hubiera sido capaz de escribir una sola línea. Me parece que voy a empezar por el principio. No me inventaré nada. Sólo diré la verdad.
Querida Cecilia, salga lo que salga de este intento de carta, quiero que sea para ti. No quiero que pueda ser para más gente y, sólo si tú reconoces que puede servir para algo, la retocaré y la enviaré al pozo donde no veo fondo en el que se ha convertido mi blog. Enciendo el primer cigarro. Los cigarros son una buena compañía a la hora en que te quedas embobado mirando una carta cuyo destinatario dirige los pasos que ha de dar tu cerebro para hallar el bien.
¿Qué es la literatura? Le preguntaron en cierta ocasión a Goethe y vino a decir que era lo difícil y el bien. Contigo tengo el bien. El resto tiendo a verlo como difíciles, porque sé que si veo algo como imposible el castillo de arena donde convivimos se cae y nos entierra dejando luego que unas ocasionales olas se lleven nuestros cuerpos al interior del océano.Por otro lado también recuerdo haberte dicho que me transmites que contigo nada es imposible. Como ves me surgen paradojas y sé que a ti, amor, también. La verdad es que se me olvidan cuando nos dedicamos simplemente a hablar de la vida. Siempre que detecto una risa tuya no venida del nerviosismo en el que te encuentras a veces, sino dedicada a alguna chaladura mía, pues a estas alturas reconoces ya para bien a mi payaso (me refiero al sobrio) también veo algo parecido.
Esta carta, descubro frente a lo último que hemos hablado y donde te la he prometido, la hago sin inspiración, pero veo que a veces me crezco. De mí, quizá, tengo que sacar tu oficio. Y no he conocido a alguien tan indisciplinado, pero no puedo parar de escribirte porque a mis ojos, mientras lo hago, estás a mi lado cogiéndome de vez en cuando el brazo izquierdo. Me recuerdas a cuando se murió mi abuela y fui intervenido por los ángeles. Entonces cambié la foto de mi escritorio por una de unas amapolas. Puedo volver a ese momento y sentirme en casa, en una casa que jamás creí pudiera tener sentido sin mi abuela. Desde entonces creo en que hay algo más allá de la vida ¿Sabes? Te lo dice alguien a quien el demonio le cogió por banda un diciembre de 1996 y consiguió deshacer su mente en bolsas de azúcar de caña rancia a base de señales erróneas y acabando dentro de una camisa de fuerza. En mi inconsciencia he de decir que alguna parte de mi cerebro mantenía consciencia y me hacía verme a mí mismo como un héroe.
A veces pienso que todo lo que te escribo, quizá llegue un día, en que lo rompas y olvides. Sé que los ángeles pueden hacer lo que quieran y no me molestaría. Mi recuerdo me devolvería a quien soy, que, ay, no es nadie, pero es también una vida a la que me puedo acomodar fácilmente. Bastante te han idealizado, yo he decidido frenar eso. A cambio obtengo una felicidad en la que camino sobre una cuerda floja, sin red abajo. Todo lo que quiero eres tú. Incluso en la literatura, donde tanto me he encontrado con mi hipotética como escondida hermosura, tú me sostienes a ciegas bajo la penumbra que yo he conocido de primera mano.
En otro aspecto tú me das respuestas más auténticas incluso que las que me ha dado la literatura, única pasión que produce cierto brillo en mí antes de que aparecieras. Te confieso que no sé los pasos que ha dado mi mente. Tampoco la tuya. Así que a veces me puedes sorprender hablando de magia.
A menudo se dice que la vida es lo único que tenemos, que nos cuidemos de la muerte. En este sentido tú eres la belleza de las cosas, lo que me ha resucitado, incluyendo una neurosis que a ratos padezco.
Me había acostumbrado a crearme la belleza en soledad y disfrutar del talento de los otros, en hablar con mi loro y ahora, que la vida ha aparecido, me hago mil preguntas e ideo hacia ella en lugar de recurrir al arte. Pero mi niña ha aprendido a confiar en mí no sé si antes o después de en mi arte. Y yo quiero que ella viva esas luces a través de mí. A cambio le pido la vida, que no es poco, claro, la vida o una flor en la puerta de mi casa. ¿Sabré darle cada día el agua que necesita? Y, por otro lado, ¿Sabré ser la máquina que soñé de niño en lugar de un niño soñado por una máquina?
Te juro, amor, que te transmito mi pensamiento como es y que tus respuestas también son mi vida.
Hoy el beso creo que toca en la frente, siempre después de abrazarte todo lo fuerte que sepa.
Te quiero. No voy a releer este escrito hasta mañana, cuando lo leas tú.
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viernes

Retazos de barrio, niñez y adolescencia

Recuerdo haber contado en mis diarios cosas de mi niñez como cuando perseguía en mi bicicleta a las niñas extendiendo hacia sus cabezas el cadáver de una culebra mientras corrían despavoridas engreídas al tiempo que llorosas de que podían correr más rápido que mi bh azul con llantas de plástico. Recuerdo la vez en que asusté a unos primos míos diseccionando un ratón con un palito y mostrándoles en mi mano de qué estaban hechas aquellas entrañas que ya olían a rayos. Esos son cosas del pueblo. Me recuerdo más claro y castigado en el colegio donde alternaba a menudo el rol de chico travieso que aguantaba sin chivarse broncas que debían estar destinadas a otros con el de niño bien apreciado por su actitud creativa ante las cosas. Cuando alguien veía eso en mí, por ejemplo, aparte de mis amigos, algún profesor, yo me sentía de veras endeudado con él puesto que suponía todo un halago para mí que entre esa gente mayor y, sobre todo, esos profesores que, por cierto, no se andaban con tapujos a la hora de darte una buena serie de capones en los que sostenían el índice con el pulgar, esa gente de antes que guardaban en sus trajes beige como de Colombo un insoportable olor a naftalina pudiera sumergirse en cualquiera de los cómics o historias que yo escribía y apreciarlas (también me pasaría lo contrario, incluso recuerdo ocasiones en las que mi inocencia me obligaba a hablar sobre políticos poniéndoles en actitudes que hacían que mis amigos se carcajeasen, llegando a ser censurado y echado de clase). A veces, al comprender que todo aquello se debía a mi creatividad y ganas de agradar (tenía la suerte de una familia buena y trabajadora que lo entendía así) chocasen con la mente cerrada de algún capullo que podía llegar a destruir tu universo con un gesto, me costaba dosis de llanto. Al menos me constaba la desaprobación del público, compuesto de mis más atrevidos compañeros, ante ese gesto y la solidaridad que muchas veces me mostraron en la intimidad del patio). Enseguida, al fin y al cabo, me acostumbré a ser un chico carismático. Luego murió mi abuelo y me silencié durante unos meses pero, en casa, no paraba de dibujar. No era raro que llamasen mis amigos para ver si podíamos, por ejemplo, echar un futbolín y que mi abuela les dijera que me encontraba dibujando. Con el tiempo supe que ellos en un principio no podían aceptar esa respuesta, pero, también con el tiempo, la aceptaron. Se debía a que no compartía mucho mis partituras con los chicos del barrio. Leí una especie de entrevista a un escritor famoso (creo que era a Paul Auster, que me encantaba sobre todo durante mi adolescencia, aunque creo que, a diferencia de otros, tampoco es que haya dejado de gustarme), en fin, leí que le preguntaban qué recordaba sobre su niñez y que él respondía que algunos tendían a recordar más el barrio y otros el colegio. No recuerdo su opción. Creo yo que las mías eran el colegio y el pueblo, pues expandían mejor mi mente y, aunque conservo recuerdos del barrio, no son hasta la adolescencia, en la que me di a algunos divertimentos algo oscuros, donde percibo, entre nubarrones, ese conglomerado de gentes y cosas que era mi barrio donde no llegué a brillar más que como el sempiterno nieto de mi abuelo, que era conocido allá donde iba por su elegancia, inteligencia y virtud de pillastre, además de buen negociante. Recuerdo los días en que, en lugar de ir al colegio iba a cosas como a hacerme análisis y mi abuelo nos acompañaba con la maleta para después irse a hacer negocios por el centro. A veces, después de que me sacaran sangre me iba con él y recuerdo que me daba indiferentemente angulas (que no he vuelto a probar) u ostras (que tampoco) porque se las regalaban en los bares a cambio, supongo, de favores que le debían. Esa era la persona en que yo me proyectaba y en quien vi por primera vez lo cercana que podía ser la muerte, que yo no sospechaba llegara a poder con el gran hombre. Incluso, con la edad, en tiempo de mis brotes psicóticos, viviendo ya en otro lugar visité los bares por los que paraba que aún se mantenían en pie (hará de esto quince años, hoy en día ya no queda, que yo sepa, ninguno) preguntando a los dueños cómo era. A veces me aceptaban y otras se hacían los locos. Sé que los que se hacían los locos lo hacían por una fama que yo había cogido en el barrio unos años antes y que bien era debida a mi orgullo, pero sobre todo al aspecto que mostraba, a mi pelo desgreñado y sucio, mis camisas roídas y la provocación de la que, en cierta manera, fui muy víctima. Simplemente yo no estaba de acuerdo con la burocracia, el poder establecido y seguramente la propia democracia. Creía que con mi aspecto y mi provocación aportaba a mi edad el granito de arena correspondiente a lo que yo pudiera dar de sí sobre una voz a la que, pensé, hasta que definitivamente se me quitó de la cabeza no sin conocer antes los efectos secundarios de ciertos psicofármacos, así como psiquiátricos, necesitaba abrirse el mundo. Los dueños de los bares que sí me hacían caso me hablaban de la habilidad natural de mi abuelo para conocer las cartas o fichas de dominó de los demás y, a veces, me dejaban ir sin pagar la caña. A veces me entero por boca de mis padres de la muerte de alguno. Así son las cosas. Yo, de pequeño, veía en mi calle algo inmenso y, cuando he vuelto, he comprobado que se puede recorrer en tres minutos, que lo que antes era gente que venía de provincias hoy son latinos y que se ve menos gente de la que antaño paseaba. Una versión que supongo paranoica, aunque quizá me equivoque, acerca de esto último es, según he oído, que hay demasiada chusma. Yo siempre he conocido demasiada chusma en mi barrio y podría dividirla entre cobardes y buenos chicos que se desbocaron. En cuanto pude me dediqué a lo mismo de siempre, hacía experimentos: por ej. Hacía cómics en los que contaba una historia en seis viñetas, a continuación procuraba contarla en cuatro y el siguiente paso era contener el resultado en una sola ilustración. Podía haber triunfado como dibujante. Reconozco que no era ni de lejos el mejor, pero al menos sí recibí cantidad de apoyos. Mi literatura parece un esqueleto del que se habla en círculos pequeños con respeto pero que nadie se atreve a tocar por miedo, a lo mejor, a que se levante. A lo que iba es a que volví a lo mío y mis brotes psicóticos se acabaron. No hubiera podido seguir viviendo sin eso después de que me traicionaran mi primera novia y todos mis demás amigos. Y ahí sigo, madrugada tras madrugada, disparando bolas de nieve a una avalancha que cada vez está más cerca de mi ventana. Cuando definitivamente me entierre vendrá algún primito por fin con la excusa de visitar mi cuerpo congelado para arramblar con todos los libros y música que pueda y dar cerrojazo a esta existencia.
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