jueves

Trasgu, ella y yo


 A ella, con un cariño que no imaginará jamás


Tengo una imagen de ella abriendo las piernas ante mi precario desnudo. Su habitación es de color amarillo y procuro calcular que mi erección es buena mientras observo sus ingles llenas de pústulas. Con el tiempo las mordería y mezclaría la infección con el jugo de su purulento coño para comer de ahí hasta que amaneciese otro día más en que tendría que coger un autobús para regresar a casa (la mitad de esto es mentira, sólo licencia literaria). La verdad es que no recuerdo nada. Intenté razonar con ella al igual que intento razonar con el perro de mi tía, que ha convivido conmigo cinco días. Recuerdo que estábamos sentados en un banco hablando de que, según ella, no podía ser y sugerí que cada uno se fuera por su lado, dijimos que estaría bien seguir siendo amigos y nos dimos el abrazo que se dan los primos lejanos en los aeropuertos. Dijo que no podía vivir intensamente bajo la presencia de mi mente, ese viejo Buick con el cenicero lleno de colillas y viejos casettes rotos por el suelo desatornillado que, si existiese un mecánico capaz de hacerlo andar, allá se lo llevaría, por mucho que antes del milagro tuviera que deshacer todas las piezas. Lo he comprendido hablando con Trasgu (el perro). (Tener perro es guardar la pensión amorosa de un loco). Hoy se lo he llevado a mi tía y no quería quedarse con ella sino regresar conmigo. Yo no sabía hacerle comprender que me quitaba la libertad de elaborar mis diarios porque confundía sus ganas de dormir con las mías, y su versión podría haber sido la del perro que por fin ha encontrado a su ermitaño, al fin y al cabo alguien que de vez en cuando le da trozos de salchicha y le saca para que marque territorios y corretee mientras, a voz en grito, maneja la intención de sus pasos que finalmente culminan en la casa donde él y yo hemos convivido, él con mi silencio y yo con su cabeza bajo mi silencio, no a disgusto, salvo que, cuando nos mirábamos a los ojos, yo no estaba seguro de quién de ambos era yo. ¿El de la esquizofrenia o el otro? Aquello me traía la imagen de la chica y, mientras, he mantenido mi casa sin barrer y tampoco he podido dedicarme ni a la lectura ni a la escritura, que son los aparatos con los que mi cáncer respira. Lo cierto es que no sé dónde he vivido y me ha dado por pensar que quizá la mejor opción fuera la chica, aunque ya no esté. Lo claro es que la mejor opción es teclear y ahora no hay un alma a quien telefonear para contarle al otro nuestras existencias, sea quien sea, pues da lo mismo. Todo es fruto de la misma mente que la chica del principio no podía soportar. Quizá rezuma un olor al que yo soy inmune. Lo cierto es que, ya lo he dicho, es un cacharro apenas roto, una reliquia para según qué número de compradores esbeltos o el osito ya usado de la tómbola por el que hay que acertar a tirar unos cuantos bolos.

He sacado al perro por penúltima vez con cuidado de no encontrarme con el del vecino. Aquí lo que sucede es que yo podría matar al vecino, pero el perro del vecino podría matar a Trasgu y el orden de los elementos no aumenta la cantidad de lágrimas ni de tumbas al sol de este mes que se acaba, o que empieza (no sé a qué día estamos). Recuerdo a la chica. Su simpática inseguridad, sus manos como de recoger fruta, ese pequeño detalle del sexo anunciado al principio del texto. Recuerdo bailar con ella y darle besos en el cuello el día que nos conocimos y cómo todo ha quedado irremisiblemente atrás mientras hoy, Trasgu, duerme al fin con mi tía y no conmigo. En mí descubrió quizá que dormir es una opción contra la estupidez que uno siente cuando no sabe qué hacer cada día, bien sea tarde o mañana, pues la noche queda reservada a excavar ese pozo que añadió Kafka a la Torre de Babel y que, de vez en vez, suelta mugre que se eleva y hay que cogerla para hacer con ella otras palabras, estas de hoy noche, por ejemplo, que no son nada y sin las cuales la humanidad seguiría siendo exactamente la misma. Hace una semana dormí agarrado a ese amor efímero que odiaba a su pesar mi mente enferma y yo me preparaba para volver, casi tímido pero con algo de dinero en los bolsillos (tampoco demasiado). Y volví y el chucho me esperaba y todo se acabó. No sé en qué mente he vivido esta semana, si en la suya o en la mía, poco importa. Yo era el dueño, simplemente, de las llaves de la casa a la que terminábamos acudiendo. En uno de los paseos aspiró una espiga y le causó una pequeña infección. Jose me acompañó al veterinario. Fue una rutina. Luego regresamos y me despedí de Jose. Juro que estuve mirando al chucho en la cocina hasta ser tragado por uno de los agujeros de su nariz y que al día siguiente sólo había sido ese el resultado de un sueño agradable. Limpié algo de sangre del suelo, porque la espiga le había inflamado una de las fosas nasales y le dije que era hora de dormir, no mi hora, la suya, que era también la mía, y ese es el motivo por el que he pasado cierto tiempo sin escribir y apenas leer novelas que tampoco es que llegara muy bien a asimilar. Mi concentración huyó y no le pregunté a mi más reciente ex (apenas el amor -¿Qué será eso salvo follar y ya está?- nos ha durado un mes) si viablemente podía encontrarse en uno de sus bolsos de dulce chiquilla. Hemos quedado como amigos -al final, la humanidad es así- el chucho, ella y yo. Y miro al cielo y veo grabados los hologramas de la gente que a estas horas duerme, como si también hubiesen participado de esa fiesta tragicómica donde nadie gana ni pierde ni todo lo contrario de ambos términos. Digamos, veo a través de la persiana los hologramas de la vida misma, las caras de aquellos que ahora sueñan y que quizá el día de mañana lean estas palabras, la vida misma, con sus inocentes grandezas y simples abalorios, mi mente, confundida con la de un perro que hoy no dormirá a mi lado, que no intentará subirse a la cama a eso de estas horas para despertarme -caso de estar yo dormido, que lo dudo- y tener que regresarle duramente a su mantita. La verdad, no sé qué quiero decir en este escrito. Supongo que, a mi manera, intento convencerme de que la vida sigue, pero esta, en la que, alejados el chucho y la flor, soy libre de nuevo con el oxidado cencerro de mi mente aspirando el aire acondicionado de los coches nuevos y con el depósito de gasolina otra vez a medias. Ay, eso debe de ser porque es primavera. O eso me imagino. Porque si me dicen que es noviembre, me lo creo.
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martes

Una de esas noches en vela esperando la alegre visita de un espantapájaros cansado de estarse quieto

Una de las noches me quedé solo en el sofá del asilo y vino un joven bedel de cuyo nombre no me acuerdo a decirme que era hora de retirarse a la habitación. Me acompañó y una vez allí le dije si podría encenderme un cigarro (No nos permitían tener fuego) y me dijo que mirase la hora (a partir de las doce estaba prohibido encender cigarros). Apenas han pasado diez minutos, dije. Ya, dijo. Le pregunté si era nuevo y dijo que sí. Le dije que me encendiese un cigarrillo, que, naturalmente, quedaría entre él y yo. De veras necesito ese cigarro, le dije. Pero él dijo que las normas eran las normas. Le pedí que se sentase, si quería, y que le contaría una historia mientras ese cigarro que no me había encendido se consumía. Le expliqué: Durante el tiempo en que tuve puesta aquella camisa de fuerza no podía mirar el reloj. El tiempo eran los movimientos que dejaban ver los niños en las aceras tras los cristales de la ambulancia. Reconocí que era mi barrio (Aluche) de milagro. No sabía que hubiera un sitio cerca de casa donde acogiesen a mi mente enferma. Pero no estaba loco. La pregunta fue en qué mes estábamos y yo procuré recordar el abono transporte. Sólo me equivoqué por dos malditos meses. Insisto en que no estaba loco. Mientras, los dos hombretones de la ambulancia hablaban de fútbol. El mundo se escapaba por un agujero y, lo digo por tercera vez, yo no estaba loco. Él me dijo que tenía que irse. Yo le dije que esa era sólo la primera de mis historias y le pedí fuego de nuevo. No accedió a dármelo, pero sonreía e intentaba excusarse para escabullirse de ahí. Le dije que le dejaría marchar si me encendía mi cigarro, pero ni con esas. ¿De veras crees que para mí tendría sentido contar por ahí que el bedel X me encendió ayer un cigarro pasadas las doce de la noche? Luego le dije que el humo que salía de mi boca era la única manera en que yo podía calcular el espacio de mi habitación, contaminado apenas a la cuarta bocanada de cigarro. Asumía la habitación y ello me tranquilizaba de cara a coger el sueño. Me dijo que si necesitaba alguna droga me la daría en recepción y finalmente marchó. Mi cigarro apagado continuaba estúpidamente en mis dedos y, antes de guardarlo, le di una calada por ver si se había obrado una especie de milagro en ausencia del joven bedel que, por lo visto, había oído, y de momento asimilado, que las normas debían de cumplirse. Intenté escribir en mi cuaderno, pero sólo salían palabras vacías. Intenté después dibujar, pero de seguida observé que, al igual que las palabras, mis líneas estaban abarrotadas de silencio y falta de talento. Maldije los nuevos neurolépticos que me daban en aquella estancia. A continuación escribí, recuerdo, que la jerarquía primordial de la vida era psiquiátrica, para a continuación tacharlo. Salí de mi habitación y me encaminé hacia recepción, donde estaba el joven bedel que no me daba fuego. Le dije que sentía el peso de mi corazón, algo que iba más allá de la angustia. Le dije que, cada vez que bombeaba, caía un poco empujando hacia abajo los órganos que se encontraban en el piso inferior. Que quizá un cigarro me curase. Esta vez sonrió. Me preguntó mi nombre. Creía habérselo dicho antes. A continuación hizo una llamada delante mía y preguntó si podía darle medicación extra al paciente Alberto Masa. Dijo de acuerdo y, tras colgar, se metió en una sala botica para aparecer con un dormodor y un vaso de agua. Me lo tomé, pero le dije que eso no me hacía nada, que necesitaría dos. Me dijo: Esto es lo que hay, Alberto. Me fui a mi habitación y no le volví a ver en mi vida. Mientras permanecía sentado en la cama con todas las luces encendidas intentaba oír los latidos de mi corazón, ver si podía intuir en ellos una flor marchita. Recordé a mujeres, chicas y no tan chicas, que habían rondado mi vida. Recordé el día de mi niñez en que vi el coño de mi cuidadora, que no llevaba bragas. Yo estaba a sus pies mientras ella pasaba un plumero por encima de un mueblecito y, al ver aquello, metí mi mano hasta que noté que dos de mis dedos eran engullidos hacia adentro. La cuidadora tardó más de dos segundos en quitarme la mano. Fue el primer contacto que tuve con un coño, ese sexo de la mujer que era capaz de tragarse a un niño que colocase dos dedos sobre él. Me tranquilizó saberme completo, aunque mi yo lo concibiese fragmentado y, en cierta manera, como que habitaba un tiempo distinto que el de las manecillas que tenía en el reloj de la muñeca. A veces el tiempo se frenaba y permanecía congelado como en aquella noche donde recordé a mi cuidadora y la realidad, sin embargo, hablaba de que en la calle caían cuatro gotas, incluso había gente que a esas horas en el centro de la ciudad, seguramente, sacase sus paraguas. Leí a Genet. Por un momento me alegré de que los nuevos atípicos permitiesen cierta comprensión de la lectura. De vez en cuando sacaba un cigarro apagado y lo aspiraba, lo que me hacía pensar en hacer otra visita al bedel, que finalmente no hice. Miré en mi reloj las cuatro y me dije si podría permanecer despierto hasta las siete, hora en que volverían a darme fuego aquellos secuaces, interminables caras nuevas de bedeles, enfermeros y enfermeras, pero finalmente cerré los ojos, los abrí de nuevo y fue para cerrar el libro y apagar las luces. El día siguiente era soleado como pocos. Oí cantar a unos gorriones, luego comprendí que el canto me venía de la ansiedad y supe que había llegado al final del camino. Me duché y salí a que me encendieran un maldito cigarro, que fumé en mi habitación mientras decían que el desayuno estaba listo al tiempo que golpeaban cada puerta. Así fue. Luego desayuné y vi a Dios ahogándose en mi vaso de leche mientras los enfermos que había en mi mesa nos mirábamos los unos a los otros, con caras agrias, vacías, indefensas. No le di importancia a mi visión y, cuando vino la chica, le pedí un bizcocho. Había que procurar mucho cuidado porque, si te dejabas llevar por los consejos de los médicos y enfermeros/as, los días podían pertenecer al diablo tanto como las noches. El desayuno huyó rápido, Dios no se quejó de su ahogamiento. Poco quedaba que esperar, pero aquel día, recuerdo, eché de menos mi libertad, libertad para soñar a deshoras sobre todo aquello que, a salvo, no me inquietaría ni en la mayor de mis pesadillas. Lo recuerdo porque procuraría escribirlo durante la noche venidera y no podría. Todo ese odio sin voz y sin talento está registrado en mis diarios de verano del año 2011 y allí permanece, sobre la página, como un pollo descabezado al que creo: lo mejor sería darle muerte. Lo haría si no estuviese convencido de que la incapacidad para escribir bien (siempre mi derrota, por otra parte, también la editorial) también soy yo.
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viernes

Un borrador sobre el demonio

Cada día, en cuanto noto que el azul del mar se entrelaza con el negro de la noche y el viento empieza a silbar con más calma, me aseguro de que hay cerveza y cigarrillos y, tras proveerme, me dispongo a teclear a ver qué sale. Recuerdo las ancianas del último asilo mental que visité. En las tardes en que yo no dormía, tras la merienda, a la que solía asistir indiferentemente, me decían que me sentara con ellas y les hablara de lo que tenía que hablar. Siempre les advertí que mi tema era el demonio. Les conté que, en realidad, era el único tema de interés al que el ser humano podía aspirar. Recuerdo introducir al demonio como el hombre común que no sólo había probado el árbol de la ciencia, sino que bien habría escupido a gusto sobre el árbol de la vida, cosa que en verdad hizo, para a posteriori inventarme unos versículos y citar la palabra Génesis. Así él era nuestra saliva cuando la tragábamos, pues sólo la primera vez que la tragamos probamos nuestra verdadera saliva. Ellas siempre querían que empezase a contar mis aventuras, inventadas o no, sexuales, pero yo necesitaba que escuchasen con atención antes de dónde venía el mal y quería que considerasen mis depravaciones como uno menor, tan sólo la libertad de un alcohólico al que en alguna ocasión se le levantó a base de bien y que, precisamente, se encontraba en ese tugurio para reformarse de su afición a ciertos licores. Empezaba el demonio a usar nuestra lengua, la pasaba a continuación por unos dientes que, de seguida, pasaban a pertenecerle y luego, al fin, tomaba nuestra voz. Era el ventrílocuo favorito de todas las cadenas mundiales y a través de su voz hablaban también las edulcoradas voces de las señoritas de los noticieros. El mundo era el paraíso custodiado por dos ángeles de alas rojas que veían en nosotros al demonio que éramos ¿Y qué era el demonio? Era meramente un actor, el actor que había interpretado en cada uno de nosotros todo tipo de papeles hasta el punto de saciarse y encontrarse cansado de sí mismo en nosotros mismos. Bueno, lo reconozco, ya me he enculado a todas las enfermeras de este lugar y les ha gustado, pero lo del demonio es más importante ¿No creéis? Entonces reían y mi monólogo se iba por otro camino. Si hubiera sabido mi pene lo necesario para recobrar la líbido quizá aquellas ancianas que me escuchaban podrían haberse considerado víctimas de algo. A continuación mi show se marchaba y ellas echaban mano a las barajas, a las que les faltaban cartas, y jugaban igualmente, sin conceder importancia a que las jugadas, eligieran el juego que eligieran, fueran imposibles. Le pedía a un bedel que me encendiese un cigarro y, mientras degustaba varios, en mi habitación leía a Genet, que no dejaba de acabarse hasta que mi padre me traía otra de sus novelas. Mi atención era pobrísima, pero disfrutaba de esa lírica tan bien traducida por María Teresa Gallego Urrutia, y me sentía yo también un alguien o un algo de la raza de los acusados, como dijera Cocteau quién sabe si pensando en Genet al mismo tiempo que en sí mismo. Por supuesto, no me apetecía pedirle perdón a nadie, salvo al Dr. Ramos que, en sus consultas, me daba marihuana.

He escrito lo anterior a este punto de un tirón, sin darme cuenta que el azul del mar ha dado paso a un azul tímidamente bañado por el sol oculto tras un caserío que hay por estos pagos, he abierto la cerveza y me he dicho que no estaría de más hablar de... no, mejor no, mejor simplemente disfrutar de otro cigarro. Apenas tendré horas para dormir si mañana quiero llegar a Madrid en la hora en que quiero, pero la salubridad en estas noches pasa por el hombre que teclea que, no me engaño, viene a ser la versión con manos del diablo con el que introducía a las ancianas a mis aventuras sexuales, la mayoría ficticias, a diferencia de las que aparecen en mis diarios, que ojalá lo hubieran sido.

Puedo apreciar la chimenea de enfrente, cuya sombra contrasta con el tímido azul que acierta a pronosticar un día soleado. Hoy, de la mía, han salido tres pájaros. Dos machos y una hembra. Al parecer cayó la hembra y los pájaros, que quizá se encontraban peleándose por ella, la siguieron a ese infinito del que sin ayuda de mi padre no hubieran salido vivos. Otra lección que me enseña, a estas alturas de mi vida, la naturaleza. Y es que hay mujeres que quizá sean todas las mujeres.
Doy un nuevo sorbo a la cerveza. De la cadena sale el Miles in the sky y yo lo daría todo por convertir este escrito en el paraíso que no es, que no me permitirá dormirme pensando que he dado algo al mundo, que es un simple amanecer, como lo son cada día hasta nuestra muerte donde, bajo tierra, nos convertimos en polvo y nada más. Es la muerte que hemos elegido al haber elegido al demonio como padre de todos los oficios de la vida e incluso del no oficio. Una vez muerto, los ángeles custodios tachan una raya más de la pared que adorna las puertas del paraíso y el gran sueño de Prometeo se vulnera junto con nuestro don de abrirnos puertas hacia el éxito.
El éxito es esta música que sale de la cadena, sin olvidar a aquellas mujeronas que jugaban con barajas a las que les faltaba una carta, dos o tres, como si nada, haciendo como si la vida continuase y, a nuestros ojos fuese, lo más normal que pudiera sucedernos.
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martes

Bajo la atenta mirada de un semidormido hombre gris que no existe

Apenas siendo la flor salvaje que habita en el cerebro de un niño ocurrió que yo seguía a gatas los grandes lazos bordados en la alfombra de salón de la casa del barrio donde convivía con mis abuelos. Aquellos lazos dorados se extendían hasta el final del marco de la alfombra pudiendo intuir mi mente cómo continuaban bajo el suelo de parqué y llegaban hasta todos los rincones de la casa. El resultado de esos lazos eran cuerpos de serpientes que golpeaban fuerte con sus insospechadas cabezas, pero insinuadas en mi imaginería de niño, al suelo de arriba (en ellas techo) procurando salir a la superficie. En ocasiones prefería dormir entre mis abuelos con tal de protegerme de la ilusión de una serpiente liberada que avanzase hacia mi cuello para darme, con su veneno, la muerte que a mí se me antojara, pues era para ello para lo que eran construidas las imaginaciones y, a raíz de ellas, los cuentos que, en las noches, me contaba mi padre acerca, en parte de su niñez entre ovejas y cabras y en parte de la fantasía que compartía con mi mente, pues entre las dos, en aquellos momentos de comunicación el ente hablador personificado en él era la magia. Y yo, ya lo he contado, guardaba un secreto por el que temía y, a veces, iba a dormir con mis abuelos, que tanto me quisieron desde el principio de la mía hasta el final de sus vidas.

Sospeché que iniciaría esta entrada en mi diario bajo la perspectiva de una carta a una chica recién inundada de mi vida, donde mi idea de mí mismo comienza a escabuirse entre todos los hombres con sombrero de hongo que se acumulan en los intermediarios de El proceso de Kafka, otro soltero que es, quizá, El soltero. Me quité mi boina y crucé las cuatro calles que hay hasta la panadería, compré el pan de cada día y, al salir, vi que caían pequeñas gotas. Supongo que es en ese preciso momento donde concedí cierta precisión a mi idea de diario, alejándolo de sentencias que, a ratos, padezco sobre mí mismo y que sólo pueden ser concebidas por un ser que no está, es decir, mismamente yo que, si acaso, aguardo apelotonado entre estas líneas que voy dejando en unos diarios que empezaron hace ya bastante tiempo y han sido el sol y la tiniebla que me han acompañado en salidas como la que he nombrado a comprar el pan, aparte trabajos remunerados o no, que he ido teniendo.

Hace un año, una amiga me invitó a cenar. Yo me dije: Bien, parece que vas a triunfar esta noche, y procuré evitar el ascetismo en todo momento. Tras cenar y bebernos un par de botellas de vino me contó que había prestado dinero a un amigo negro para ayudar a su bebé y que, a cambio, sin ella darse cuenta, deslizó unas dosis de crack en la mesita de la entrada. Convenimos en que era mejor tirarlas, pero terminamos echando mano a ellas y las fumamos. El sexo resultaba terrorífico y el calor de esta época del año parecía diluirse en nuestra mente para terminar execrando la esencia de esa mierda que nos habíamos fumado. Me pidió que la pegara durante una de las penetraciones y recuerdo hacerlo mientras miraba el reloj y descubría en él las 3:11 de la madrugada. Luego se levantó expulsando violentamente mi polla de su vagina. Mientras yo pensaba en el sonido que esto había provocado ella había ido en busca de un cuchillo y empezaba a apuntarme con él moviéndolo frenéticamente. Yo estaba nervioso por la situación de excitación interior, pero me serené y, durante dos segundos de lucha, conseguí extraerle el arma. Entonces ella lloró y me dijo que iría a por otro, lo que al final no hizo. Convenimos en que esa sustancia era pésima. Le pregunté si estaba segura de que era crack y me dijo que suponía que sí. Recuerdo contar la anécdota el sábado mientras otra chica y yo, en nuestra relación probablemente inundada, nos bebíamos un refresco en la plaza de mi pueblo. Acto seguido, durante esta noche, he apagado el televisor. Ellas seguirán dando un beso a la llegada de sus novios al andén. Yo contemplo la escena como el cucaracho ese de Kafka (de nuevo), dejándome caer desde varias posiciones, procurando controlar la marea de patas y diciendo adiós (que se oirá en la realidad como una especie de pitido breve) durante la agonía, en el momento en que ellos se disponen a hacer planes de futuro. Afirmaré en un aparente silencio que en esta sinuosidad de pijama donde llueve barro a través del ventanal y la imaginación sale del preparado de una pipa, desbordante y camino de lo ajeno, no saberse leído es estar enterrado, pero, al mismo tiempo, también me sabré no leído. Irán lo leído y lo extraviado caminando como si yo hubiera conseguido en ese aparato ilegible mi matrimonio perfecto y la Ley (de nuevo Kafka) no será cosa de los hombres, sino de un Dios nunca nombrado que a muchos lectores les ha hecho pensar en el vacío. Como bien sabía el mismo Josef K. todos ellos podrían ser sustituidos por un verdugo. Es una noche atónita en mí, llena de energía y, al tiempo, en mis recuerdos se me hace viva la idea de cuando yo buscaba a gatas la serpiente atrapada, puedo sentir la dulce picadura y la inmensa alegría de no tener a un médico cerca. Me curo de mi esquizofrenia en mi botica, llena del consuelo que cualquier loco podría desear. Sin embargo, me mantengo cuerdo. Mi día a día es detectar moscas en los cristales para pegar cerca de ellas una mancha de miel y ver cómo se acercan a comerla. Hablo mis palabras hacia mí mismo con Charly, mi loro, la única deidad del mundo que se acercaría a mi juicio en mi juzgado que son esas palabras, unas veces más amables que otras, tanto hacia él como hacia mí. En cualquier caso dejo que sus gestos hagan de juez y gracias a sus movimientos sé de mi condena. Aplasto la mosca que se encuentra comiendo mi miel, limpio lo pegajoso del cristal y me digo a mí mismo que no volveré. Pero sé que terminaré volviendo. Charly, mientras, no puede evitar reprimir una risa violenta. Es la imitación que hace de la risa de mi padre, juez también y Dios a su manera en la literatura de Kafka (Véase América), incansable amigo mío a quien amo más (a mi padre, no a Kafka, que también), desde luego y junto con mi madre, que a mí mismo.
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