sábado

Sobre el ángel negro, una carta en agradecimiento por algunos de los solos de Paul Chambers

Estimado amigo, Dr. Gervasio Ramos,

Le escribo para agradecerle haya conseguido hacerme llegar, a través de mi padre, el disco que pedí. Se trataba de algo más que de un capricho. Es el Bass on top de Paul Chambers (en nuestro par de sesiones no hemos hablado de música y desconozco cuáles son sus preferencias). En el caso que me ocupa logro distinguir en el calor de estas tardes los ruidos que me son reproducidos de noche, cuando intento dormir, de mano de los solos de contrabajo de Paul Chambers. Es una estrategia para tratar de eludir la noche, pues no siempre la medicación brinda el efecto hipnótico deseado y, en esa soledad convulsa, oigo ruidos de hornos y puertas, los niños de mi infancia en Valseca están allí gritando, como una estridencia del bajo al que me he referido antes de dar lugar al solo maestro de You´d be so nice to come home to. Efectivamente mi pasión por el jazz me viene de la aberración por el ruido. En ocasiones me levanto de la cama e intento vislumbrar a través de la ventana algo que no sea mi propio reflejo. Sólo hay una farola que permanece encendida en el aparcamiento. Bajo ella imagino sombras, pero no sombras de gente, imagino, para serle claro, las sombras que emiten los fantasmas que soy aquí dentro, entiéndame el plural. Todo se pluraliza en estos momentos, no sólo los ruidos de los que tenía intención de hablarle. La armonía que me permite el disco que me han traído hace mejores mis tardes y me sacan de la noche que podrían llegar a ser, y la noche que podrían llegar a ser son esas a las que me he referido, donde los hipnóticos tardan en hacer efecto y, dentro del colchón, ardillas invisibles roen una nuez también invisible, pero que, cuando se abre, a veces soy capaz de desearla, quizá con la misma premura en que alguna vez deseé una mujer pasada la adolescencia. Yo, sin embargo, me veía en la penumbra como aquel que debía de traducir las palabras de un dios imaginario que, en cierto modo, no ha dejado aún de vivir dentro de mi mente. En Valseca, si bien podía respirar, la habitación que le era otorgada a mi entrega al jardín de los sueños era demasiado pequeña como para no agarrarse fuerte a una espiga y procurar que el empeño que uno pusiera en ese agarre fuera suficiente para no salir volando por la diminuta ventana por la que tantas veces miré en busca de un alma y, como mucho, en su traslado, algún camión cargado de marranos me decía adiós dejando también allí parte de lo que era el olor de un pueblo dedicado en su mayoría a la agricultura y la ganadería. Me gustaría compartir el disco con usted. Entienda que no imaginé la probabilidad de un amigo que se hiciera cargo de la intensidad con la que puedo sufrir el oneroso silencio del resto de animales que convivimos entre los ruidos de la noche. A veces no puedo más e incluso olvido la portada del disco y mi aparato para oírlo. Es cuando abro la puerta de mi celda y me dirijo a los celadores del turno de noche. Siempre se han atenido a las normas y jamás me han encendido un cigarro en el tiempo donde lo que manda es el cuidado que produce el sueño al paciente imbuido de pesadillas en el día a día que es también este hospital. Sin embargo me han dado psicofármacos que, en alguna ocasión, han producido que el negro piano de la noche se silencie, a cambio de dejarme a solas con mis sueños, que jamás recuerdo, salvo que en ellos mi aspecto no tiene cara, algo que procuro aprender cuando despierto y, mientras el bedel examina las heces del día anterior, me visto para encaminarme al desayuno. En ese comedor procuro que la comisura en el aspecto que la tristeza genera respire con la suficiente sanidad e intento, quizá en vano, diferenciarme de un alma muerta, pues tal es así como veo a mis compañeros. A veces, en lo que esperamos a que todo el mundo haya terminado, y le aseguro que a veces es un tiempo lo bastante exagerado como para echar una cabezada, una mujer se refiere a mí como a su niño muerto. Lo ha hecho en varias ocasiones, también en otros horarios. Con el tiempo la paciente me contó que su hijo, en un viaje de ácido, se tiró por una ventana convencido de que podía volar. Yo le dije que existía un colibrí en mi mente. Y no es mentira, doctor, sé cuando está alegre según cómo son los tonos de la canción que interpreta. Besé la mano de esta señora y le dije que le prestaría mi colibrí si pudiera sacarlo de donde se encontraba, y noté que, a partir de ahí, dejó de llamarme hijo aún sin retirarme del todo una palabra que por mí da igual que se ahorre o no. Mi intención era calmar su dolor a través de la imagen literaria de un loco. No lo logré. Desde entonces ella sabe que una mampara de cristal cubre mi cuerpo y quizá sea esa mampara que ella presupone la que me salve de no acabar con todo a la manera de su hijo, en un nubarrón de una mente sempiternamente ilusionada e ilusoria. Le hablo sólo de cara a la galería, pues soy un animal social, y usted que dice haber leído mis informes llegados de otros hospitales en los que también he residido, por lo menos los de aquellos que hayan visto con buenos ojos cederlos a sus ojos, bien sabrá. He sido una rata muerta entre un par de rocas que ha recobrado a la vida por vara de la mano de unas amistades. Solía juntarme con ellas en el bar del pueblo y siempre tenía la sensación de que ellos o yo hablábamos un idioma diferente, y terminaba conformándome en ese ellos, por vulgar que parezca, ayudado por la botella de licor que presidía la barra como un firme monumento a la dicha de un dios verdadero, único y reunido en la fraternidad dudosa que mis amigos de barra y yo representábamos. También había mujeres. También soñé con alguna chavala. Apenas se podía respirar en la pequeñez de mi cuarto y quizá sobreviví en la respiración de la ilusión de alguna de ellas. Entienda doctor que por esas cosas hemos pasado todos. Más tarde me preguntaría qué es el encantamiento y la pregunta desaparecería nada más formularse junto con todas aquellas mujeres que con el tiempo “estarían en lo cierto”, pues colmarían de hijos sus vidas. Yo no he hecho, como bien sabe, nada de eso. Y le aseguro que observé mi papel entrados los 17 años, así de pronto, entendiendo en un principio que el papel era de soltero, cuando en realidad sería a la postre el de alguien sin patria. Mi abuela por entonces, los días en que se acostaba después que yo, subía a mi pieza a darme un beso en la frente. Hoy, que yace muerta y su cadáver es polvo y sus huesos son roídos por insectos y, a pesar del movimiento de La Tierra y lo perecedero, continúan, más allá de la muerte, envejeciendo, veo la verdad de ese beso en el que yo solía hacerme el dormido y vuelvo sobre la capital de mi vida, que no es sino la espera de su vuelta. Le aseguro que en los nuevos sonidos me identifico con esa vuelta por mucho que apenas sea la mitad de una sombra. Han venido a verme amigos que se han sincerado conmigo y dicho que, de gordo, estoy irreconocible y también ha venido el dios Pan. Yo traduzco sus palabras en la carta que le envío y le deseo lo mejor debido a cómo me está tratando. Sin usted aquí este sitio en mí habría naufragado, por no mencionar las ganas que tengo de volver a probar esa yerba con la que me agasajó durante mi primera visita. Son estas todas las pistas que tengo acerca del ángel negro. Usted, con su interés, ha vuelto a llamarlo. Yo he dejado de ser el niño al que le examinan los excrementos en busca de oro por alguien que intenta escribir cartas aún con la cabeza perdida de nuevos neurolépticos y toda esta basura farmacéutica que me cura y también mata. El ángel negro, le diré, es un manojo de nervios cogido a una cuerda que no para de moverse de un lado a otro. Si tira uno de ella, y me remito a los tiempos en que fui monaguillo en Valseca, la campana de la iglesia suena y termina por congregar un pueblo. Ese pueblo también es el ángel negro tal y como yo lo veo. Es sólo un suponer.
Reciba un fuerte abrazo de su paciente,
A.

(Insisto en las gracias por haberme hecho llegar el disco de Paul Chambers; si no lo ha escuchado, le invito a hacerlo -puede hacerse una copia del mío- en vista de disfrutar de su serena melodía cruda, elegante pero sin el sobrante plumaje de otras obras en mi opnión menos sinceras y también menos representativas de los sonidos de la noche -esos malditos ruidos que acá, en el disco, son arte-).   
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viernes

El ángel negro

(Últimamente tengo demasiados huecos para escribir. El nuevo proyecto trata de unos cuentos en los que procuro no descuidar una posible cartografía de mi alma, lo que quiere decir: la relación que la verdad tiene con mi pasado y, sobre todo, el reencuentro con mi "verdadera" manera de vivir la realidad, también la de una enfermedad que, socialmente, me ha destruido).

Me sorprendió que el bedel encargado de examinar mis heces estuviera de buen humor conmigo esa mañana. Me habló de fútbol mientras me vestía e incluso me preguntó si no sería buena para mí una ducha, a lo que respondí que ya me había duchado la noche anterior. Él dijo que consideraba mucho más sano ducharse por la mañana pero que cada cuál era muy libre de mantener su higiene a las horas que considerase oportunas siempre y cuando, claro está, la mantuviese. Era un tipo  aproximadamente diez años mayor que yo que, provisto de guantes de látex, examinaba excrementos. Me hizo notar que cada vez tenían mejor aspecto. Luego en señal de que le chocase los cinco (ya con los guantes fuera) dijo: Te estás curando, chaval. No tuve problema en chocarle esos cinco. Tampoco era natural que de repente un día me tratase como si yo fuera humano. Llegué a pensar si cabía la probabilidad de que me estuviese poniendo a prueba. El caso es que no llevé más allá ese tipo de pensamiento y me limité a hacer que, en ese momento, era solamente un paciente que acababa de despertar en su habitación del centro médico, y eso es lo que era. Por algún sitio hay que empezar, y con esto me refiero a cada día de la vida.
El desayuno fue bien. Tan sólo una enfermera me hizo notar que era preferible que me presentase en el comedor peinado. El pelo crece aquí más rápido, parece, dije. Me sirvió un sobre de descafeinado y me dijo que el Dr. Ramos me esperaba en su consulta a las doce, que ella se encargaría de conducirme hasta allí. Luego dijo ¿Qué tontería es esa de que el pelo crece más rápido aquí? El chiste trataba sobre que mis tres compañeros a la mesa del desayuno eran calvos. Rieron. Yo no entendí la broma hasta haberme comido, al menos, tres galletas. Mis compañeros idos entendían los chistes más rápido que yo ¿Qué mundo era ese? Y les dije: Estáis sonaos de cojones. Y volvieron a reírse. A nuestro lado una enferma cantaba una canción de Lady Gaga y un enfermero le decía que se callase o la enviaba a su habitación y la ataba. Lady Gaga se quejaba. Decía que no era justo. Decía: No puedes hacerme eso sólo porque yo sea alegre y los demás no. Yo, la verdad, prefería que aquella enferma dejase de cantar. Estaba a favor de que se la llevasen y atasen al menos un par de días, eso pensé, sí señor, con un esparadrapo en la boca. Su canción era arrastrada por los efectos de la medicación y la letra bailaba al compás de una partitura infernal, una especie de infierno para niños como su mente, a los que el globo se les había escapado definitivamente en busca del cielo. Atarles, sin duda, era la mejor solución. A otros, en cambio, nos obligaban a cagar en una palangana para poder examinar nuestras heces en busca de larvas. Cada centro es diferente, he estado en muchos, y en cada uno imperan unas reglas distintas.
El centro donde me encontraba era producto del bolsillo de una famosa congregación religiosa cuyo líder, de vez en cuando, visitaba el lugar rodeado de fotógrafos y gente bien vestida, posiblemente gente dedicada a la política. Terminé el café pensando en el asco que me daba todo. La regla era esperar a que terminase todo el mundo y luego ya podías pedir fuego a uno de los enfermeros para poder echarte un cigarrillo (varios en realidad, pues usaba las chustas para encender nuevos) en la habitación mientras un par de señoras gordas, las mismas de siempre, se encargaban de limpiar a conciencia y perfumar la pieza del único jovencito del mundo en cuyos excrementos se escondían diminutas pepitas de oro, aparte las larvas o como las llamasen los entendidos.
Debido a la cita con el doctor de la que me habían informado tuve suerte y me libré de los ejercicios matutinos a los que había que asistir obligatoriamente cada mañana. La profesora que los impartía era una imbécil integral. Eso me parecía a mí, sí, un macho alpha en toda regla y el resto de mis compañeros vivían en un globo perpetuo. Era imposible comunicarse. Yo intentaba ver la luz en cada chica joven. Les decía cosas bonitas en un principio hasta que me cansé.
La enfermera llegó puntual y a las doce me encontraba en el despacho del Dr. Ramos, quien de entrada me dijo: Por fin tengo aquí a nuestro chico de oro. Le dije que iba a hacer cuarenta años. Me dijo que quién lo diría (y tenía razón), acto seguido me invitó a sentarme y dijo que era muy importante para los de arriba que me sincerase con él, que me haría preguntas de todo tipo y que todo lo hacíamos por mi bien (usó efectivamente el plural). La conversación empezó hablando de frivolidades. Le seguí el rollo y le dije que me gustaba que las persianas de mi habitación fuesen grises. Más tarde sacó un porro hecho de la bata y me dijo que cogía la marihuana del hospital, explicó, para que me hiciera una idea de que era de buena calidad. Se encendió el porro y, tras dar un par de caladas, me lo pasó. No esperaba eso, la verdad. Acto seguido me dijo que qué era lo que me importaba. Chupé del porro y dije que mi cuerpo estaba cambiando, que sospechaba que la medicación que me daban me producía ese tipo de ansiedad que hacía que no dejase nada en el plato y... me cortó: sabrás que morrearse con una paciente es suficiente justificación para que te traslademos a otro ala. Dije que no lo volvería a hacer, aunque tampoco me importaba que me trasladasen. Añadí que desde que besé a esa tipa notaba un sabor de boca a gasolina en el esófago. Me dijo que continuara acerca de mis preocupaciones. El porro se había apagado y el doctor no tuvo reparo en encendérmelo de nuevo en cuanto se lo indiqué. La verdad es que esta maría es única, le dije. En fin, yo me estaba empezando a notar demasiado gordo, incluso evitaba mirarme al espejo. Sólo llevaba un mes allí, pero mis cachetes se habían reproducido. Le expliqué que yo había sido un chico bien parecido al que las chicas no era raro que se le quedasen mirando y cosas así. Luego le enseñé un sarpullido que me estaba creciendo a la altura del bazo. Le dije que al principio sólo era un moratón y ahora parecía una lengua rodeada, como pudo comprobar, por granos, un par de ellos purulentos. No es nada, Alberto, dijo, puedes bajarte la camisa. Le diré a la enfermera Victoria que te restriegue una pomada todas las tardes, empezando por hoy mismo. Lo anotó en un papel. Luego dijo que le interesaba una teoría que le había llegado acerca de mí llamada del ángel negro. Le dije que no sabía cómo podía saber eso. Dijo que leía mis historiales de otros hospitales. Ahí me caló. Bueno, es una tontería, dije. No, no creo, insistió. En los momentos en que sientes que el mundo entero te ha subestimado y no tienes una buena botella de Irish (o Chinchón) a la que agarrarte, en esos momentos, es muy productivo trasladar todos tus procesos mentales a la polla, que los metaboliza de una manera mucho más transparente y, seguramente, creativa. Si consigues contener la erección para que mear te sea cómodo puedes sentir cómo la basura sale en el amarillento líquido, contaminado de medicamentos que el cerebro ha fabricado por sí mismo (se sabe que es un triste laboratorio donde trabajan ONGés que no son tú). Eso es el ángel negro, a pesar de que yo citase el Apocalipsis: "Yo conozco tus obras: que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o hirviente!
Mas porque eres tibio y no frío ni hirviente, yo te vomitaré de mi boca" Él dijo: 3, 15, 16. Sí, dije, supongo. Entonces me preguntó si no pensaba dejar que él se encargara de matar el porro. Le dije que lo sentía, que me había venido bien y se lo tendí. Joder, dijo el doctor, casi me obligas a tener que cogerlo con pinzas, y dio una última calada. Me dijo que mi paranoia había tenido especial sentido otras veces, pero que me había resbalado con la idea que acababa de proponer acerca del orín, también me dijo que no tenía ninguna necesidad de nombrar pollas ni nada así. Le dije que me entendieran. En cuanto entraba en un centro lo primero que hacían era hacer desaparecer mi líbido, pero que me sentía aún más idiota cuando las tomas empezaban a ser altas y que tenía miedo de perder el globo. Me sentía idiota y, en las noches, procuraba arrancarme la piel antes de que las pastillas dedicadas a hacerme caer hicieran efecto. ¿Por qué yo? Dije. Me dijo que qué quería decir. Yo dije ¿Por qué mis heces? Él me dijo que era mi proceso. Poco después estaba fuera de allí sentado en la palangana. Aquello podía o no podía tener final. Uno de los días me dijeron que venía a visitarme mi padre. Mi alegría fue total, pero cuando por fin entró en la habitación era incapaz de conocerle. Sin duda era su voz pero ¿Por qué habrían de haberlo cambiado por otro? Aún con ese pensamiento primordial devanando mi cabeza lo primero que hice fue darle las gracias por enviarme cigarros, y le enseñé dónde los escondía de otros pacientes, la mayoría unos gorrones. Me dijo que yo era su chico, toda una mina, un genio. Le sonreí. El centro te dejaba bajar a la cafetería del lugar cuando ibas con una visita. Bajamos. Me dio para sacar un sándwich de la máquina expendedora. Me dediqué a mirarle mientras me decía lo orgulloso que estaba de mis avances. Me dijo que estaba encantado con el doctor que me trataba etc etc... ¿No me notas cambiado? Le dije. No, dijo, pero yo noté cómo tragaba saliva. Le dije que no le reconocía. No le dio importancia, dijo que le habían explicado los efectos secundarios de lo que yo tomaba y que cosas así eran normales. Me dijo que preguntaría al doctor si pronto podríamos obtener un permiso para salir, tomar una horchata en un sitio elegante y, quizá, cortarme el pelo. Dije sí, mientras rebuscaba en busca de algo en mi bolsillo, que estaba completamente vacío. Él me tendió una servilleta de papel y me dijo: Límpiate las migas de la boca.
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Anything goes

La conversación telefónica había empezado mal y cuando comenzaba a llegar a su cenit ella dijo que no podía amarme porque yo era tan bueno ¿? Menuda mierda de conversación. Dije que no era bueno, que era un cerdo y que la próxima vez se la iba a meter hasta que se desangrara por las orejas mientras le hacía repetir esas palabras. No contestó de inmediato. Al rato dijo: Antes, cuando decías esas cosas, te tenía miedo. Yo respondí que antes no me importaba una mierda. Qué coño estaba haciendo con otros tíos podría traerme sin cuidado, pero no era así. No lo mencioné. Me recordó el día en que un jefe mío de la literatura que me pagaba una mierda por mi trabajo intentó meterla mano a mis espaldas y terminó emborrachándose como una cuba y entonces yo, que había bebido lo que ella o más, le llevé prácticamente en brazos a su casa, que estaba a tomar por culo. Se rió y me dijo que me recordaba pelándola naranjas o mandarinas o lo que aquello fuera y exprimiéndolas en su boca. Le dije que al día siguiente el jefe que había intentado meterla la lengua en la boca me llamó a ver qué tal había ido todo. Yo ya no vivía o vivía sólo para recordar. Ella me dijo que siempre leería mis diarios. Me toca los cojones, dije. Luego dije: Te necesito. No, dijo ella, no me necesitas. Sí, coño, dije. La verdad es que la necesitaba porque no sabía qué carajo podía necesitar. A lo mejor ella tenía una pista de lo que necesitaba. Me imaginé en su cama metiéndola y sacándola, le dije que la tenía dura. Nunca llegó a decirme algo parecido a que no le atraía sexualmente, pero podía ser así. Respecto a ella yo no podía pensar en una mujer que no me atrajeran sexualmente en ese momento. Colgamos y un día después tenía una cita medio a ciegas con una de un programa de internet. En la foto parecía algo, pero era una flacucha con dientes y cara de caballo por la que ningún tarado pagaría dos euros por una mamada. Pensé que no tenía por qué tratarle mal y hablé de libros con ella o de lo que surgió y la invité a una caña y café. Cuando yo terminaba de decir algo recobraba su mirada del suelo y miraba con una sonrisa de putilla engreída que casi me devuelve a una realidad que implicaba que yo era capaz de follar con ratas, cosas parecidas recuerdo de las juventudes de Valseca y las de un colegio de pago donde nadie me quería si no era para intentar colocarme algo. Terminaron por apreciarme porque yo no era un chivato de ningún tipo. En aquella época lloraba con facilidad. Mis viajes al conocimiento de la basura estaban a punto de iniciarse y miré esos años mientras la tipa que estaba enfrente sorbía de su café y soltaba la perlita: Yo nunca invitaría a un hombre a tomar algo. Me daban tantas ganas de mandarla a tomar por culo. Y, al mismo tiempo, qué clase de persona hubiera sido... porque yo estaba muy dispuesto a pensar en qué tipo de persona podía ser y a lo mejor, en el peor de los casos, era solamente el buen chico a la que se refería la del teléfono, ese posible amor en el que hoy pienso, si es que pienso, quizá no amé jamás. Yo amaba a una chica que olía a colonia y estaba dispuesta a sonreírle coherentemente a un vaso vacío. María o algo así. Una desconocida, al fin y al cabo, que se rió de mí, pero que al menos sabía, por ejemplo, quién era Trotski. La estúpida del café me dijo que le gustaba un escritor que resultaba... era un escritor que conocía mi desconocida obra y la adoraba, supongo. Era un tío que me había escrito un correo diciendo eso, al menos, y al que no repondí por considerarle un plomizo y un trepa, aunque la realidad es que en nuestra relación quizá era yo el que podía trepar sobre él, pues él, al fin y al cabo, era algo conocido. Nunca he trepado, no soy de esos. Lo he dado todo, incluso por gente importante y hasta me he involucrado emocionalmente, pero no he sido un trepa, igual que no fui un chivato en la época del colegio donde se reían de mi llena de costras cara. Volví sobre la conversación del escritor que le gustaba a la chica huesuda como si no fuera conmigo ni toda esa vorágine de incongruencias hubiera cabalgado por mi mente en tan sólo dos segundos. Bueno... no conozco mucho de lo que hace, dije y no mentí. No dije que me leía, no dije nada. Ya era hora de que ese saco de huesos presuntuoso se fuera de mi vida. Le acompañé al metro sintiéndome, con justicia, un caballero y me fui a la tienda de discos, donde me tomé un par de cañas con Montse. Me preguntó qué me pasaba y le dije que estaba pensando en escribir una especie de cuento en el que el narrador veía en la luna llena un conjunto perfecto de esperma gobernando la noche. Montse nunca ha leído nada mío porque lo suyo es la música y, quizá, como yo, no lee a amigos más allá de los fantasmas de Miles, Billie o Art Pepper (ese jodido libro de culto llamado Una vida ejemplar, una de las mejores cosas que me he visto leyendo). ¿Qué hacer con el personaje que mira la luna? ¿Le convierto en un superhéroe, un tipo Charles Bronson o termino haciendo lo de siempre y contando mi vacío existencial a través de él? Compré un disco del trío de Brad Mehldau y, también, recuerdo, la biografía de Laurent de Wilde sobre Thelonius (que aún no he leído) y después de despedirme de mi amiga me fui andando camino de la nada que puede ser el metro de Tribunal. Mi gabardina me protegía del resto de paseantes, usuarios del transporte público. Al llegar a casa volví a llamarla (a la chica del principio, se entiende). Las dos primeras veces no lo cogió. A la tercera sí. Le dije que necesitaba echar un kiki. Me dijo que no estaba para hablar y matizó que menos aún conmigo. Le dije que yo era un cabrón. ¿No veía ella que yo, por fuera de mis diarios, no tenía vida alguna? ¿No veía que sólo era una coraza contra el dolor que procuraba guardarse a estas alturas hasta de la bebida? Lo peor era que sí lo veía, casi lo veía con la intención que yo, pero sin intensidad alguna. Decía quererme como medida para confiar en sí misma como una persona con principios, buena, sensata, con un pequeño toque de divina que en persona se realizaba mucho más, aunque a mi entender su carisma residía en el olor de su coño, la verdad. Pero tampoco, yo estaba también intentando a mi manera concederla un sentido. No era sexo, nunca lo había sido, lo que nos unía. Era otra cosa. Una comunión como de hermanos mongoloides que no decían no nunca al paripé que se ofreciese. Olvida lo del kiki, yo te quiero, ya me conoces. Me dijo que en verdad prefería escucharme a leerme, aunque seguiría en su vida para siempre. Tú a tu manera sigues también, dije, y luego ya no teníamos más que decirnos. Creo que no somos nada guapos y eso es lo que nos pasa. Si fuéramos guapos seríamos, no sé, guapos, podría haber dicho, pero me callé. Seguimos hablando, me contó algo sobre su trabajo y luego nos despedimos durante varios meses sin saber nada del tiempo que pasaría.
Miré a mi alrededor y no reconocía mi casa. Recordé otra perlita de la chica con la que había quedado: Un hombre nunca se podrá comparar con una mujer. Añadió: Sencillamente somos mejores. Lo hubiera entendido si eso hubiese salido de los labios de cualquier otra, lo reconozco. Borré su número del móvil y volví a mirar la habitación como sin saber qué era eso. Al rato me acerqué a la ventana y recordé la imagen de la luna llena compuesta de semen, pero, ay, desde mi ventana no se veía la luna.
Pensé en cerveza y en otras cosas. Eché mano del haloperidol, que nunca falla. Apenas había bebido dos chupitos de tequila y un par de cañas y notaba mi estómago girar como una centrifugadora. Vomité la tortilla que me cené mientras estaba al teléfono hablando con mi amor o lo que eso sea, destilando las últimas anotaciones de Burroughs en su diario: Amor, el mayor analgésico que existe... Los trozos de vómito quedaban estupendos bordeando la parte baja de mi barba mientras me contemplaba en el espejo con los dos ojos llorosos por el esfuerzo de la vomitona, a la que había ayudado de alguna bocanada a un pitillo. Yo no era un hombre. Quizá lo fui una vez o dos. Sólo por eso escribiría ese jodido cuento en que no había dios que pudiese mirar desde la perspectiva en que se encontrara una luna llena hecha del esperma de la humanidad rodeada de maravillosas estrellas supurando alegría, fé y sobras de maná que caían como confeti en las cabezas de los asistentes a un partido de fútbol en homenaje a algún pavo real o una paloma.
Me encantó el disco.
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lunes

El trono

 Alguien dijo que hay extraños seres que penetran como oxígeno en el cerebro y se ponen a vivir ahí, se adhieren como sanguijuelas a la piel de ese contorno y se asemejan a las personas y se les supone capacidad para hablar y respirar, aunque pasen, debido a su aparente inocuidad, desapercibidos e incluso confundidos con iguales o los otros. Son, creo recordar, el vecino; pero la calle está vacía y el timbre de mi casa quedó gastado del uso.

 Era a la hora en que el vecino sacaba la basura, cada noche, en que veía al gato aparecer pidiendo de lo suyo. El cuenco de leche lo tenía entonces medio lleno y se lo daba como hubiera dado una mitad de mi sangre a una palmera.

 Las palmeras que hay en el barrio las trajeron de Hollywood un día que fueron a rodar los chicos. Son una pandilla de enormes y desgraciados que ejercitan su bondad eliminando cucarachas, porque cuando eres parte de una pandilla también hay que hacer algo con el tiempo; aunque ya no les veo, sé que están ahí, tras los cubos de basura mismo, escondidos de mi vecino, que es un hombre que saca la basura en esta hora cada día sin hacer apenas ruido y casi con intención de paseo. Un día le abordaré, le diré que buenos días, que el cielo está nublado pero que quién sabe si irá a llover. El gato se fue a su vuelta, es parte suya. Yo, en cambio, he de ver a mi mujer y callar a lo que se me diga. Los martes quedamos en ir al restaurante que nos gusta. Ella come pollo y yo cuscús. Cualquiera diría que es una mujer que desaparece cuando cierro los ojos. A veces la confundo con un timbre y oigo voces que me vienen de ella como si no supiera que provienen del cencerro que la puse para reconocer si está cerca. Cuando apaga, quedo ciego y la penumbra no la hace, sino que la deja resuelta en un tintineo de tolones que no van a ninguna parte y respetan que la ordeñe, sentado en el salón, algo de leche al cuenco para que la beba el gato. Le he puesto Prisa, al gato. Es marrón y gris a la luz, pero de lejos es el mismo gato que son todos los gatos. Y mi mujer que me apaga y se deja ordeñar es una pobre chiquita, pequeñita como los dorados que conozco, que son los que me dejaron ciego al cambiarse ella y ser la vaquita que hoy me deja y a la que canto rancheras en las tardes en que veo. El vecino es, en cambio, una persona, diría, con la que hablar, por ejemplo, algún rato, pero al que sólo noto de noche, cuando va a sacar la basura adonde los cubos y viene tranquilo Prisa, que no sé si es macho o hembra o si le fabrica al respirar mi mujer, que es una rareza de sitio entre muchas otras cosas y habla en los martes sin parar de un hijo que tenemos y que, dice, está con los chicos de la pandilla esa que un día se fueron a rodar una película muy famosa en Hollywood en la que él no debió salir porque siempre la están echando y no aparece. Aparecen, en cambio, riéndose todos los demás hijos dotados para coger cucarachas que apenas pueden caminar porque no tienen carne en las patas. Cuando mi mujer se apaga, me las meten, ya cadáveres, en la boca cuando duermo y las dejan que se sequen para aparecer convertidas de mañana en alguna flor siniestra que le regalaré a mi vecino cuando salga a abordarle a la calle y le diga que hace bueno, que es un día estupendo y que así brille todos los días, por mucho mosquito que se queje.

 No reconozco a nadie que lea una revista sentado en mi sofá y si no oigo el cencerro al mover el brazo para pasar las páginas, elijo en la penumbra que no es ella. Cuando me pongo a pintarla me sale un cuenco de leche que se tiene que llenar con algo.
 Pinto porque en la televisión siempre están echando una que ya he visto.

 Mañana será martes y pasado, probablemente, también, pero haré como que no estoy o es otro día. Saldré a la calle y abordaré a mi vecino, pero antes miraré que no están los chicos de la pandilla porque, como bien saben las cucarachas, son mis niños y pueden asustarse. Sortearé alguna palmera. Cada una es como una idea a la que le ha crecido el pelo. Revuelto, este se contonea en los días en que viene el aire. Yo he tenido una de esas por la que donaría la mitad de mi sangre a cualquier enorme y desgraciado chaval pobrecito de la calle.

 Mañana será martes y dejaré a mi vaca sin ordeñar, no evitaré el hambre de Prisa por la noche ni habré venido de comer del restaurante que nos gusta a mi mujer y a mí. Mi mujer es un timbre y sólo hay que apretarlo para que todo un establo se abra y dé rienda suelta a su humanidad. He decidido que es una buena idea ver qué ocurre si lo hago. Una idea por la que cogería una de las seis palmeras y llevase al lugar donde crecieron en un barco.

 Ahora que es martes, se escucha el ruido y lee revistas un hijo retrasado sentado en mi sillón, y la vaca le quiere más que a nadie. Yo salgo con el cuenco y espero que sea de noche, luego de burlar a Prisa me escondo tras una palmera y me veo, como cada día, tirando un gato muerto a la basura.
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sábado

La a veces insensata tranquilidad del hogar


"No guardes en tu cabeza aquello que puedas guardar en tu bolsillo" Alberto Einstein


La pila estaba llena de cacharros durante la tarde. A veces había visto en ella una vía láctea o una antigua ruina rellena de esqueletos erguidos de dinosaurios, pero esta tarde sólo veía vasos, platos, cucharas, tenedores... Apenas me he molestado en gastar el jabón necesario. Al apretar el estropajo el sonido resultante parecía proceder de mis sesos. Me he tomado un gelocatil. Tenía muchas ganas de tomarme un par de copas, pero no había nada que se pareciera a eso en toda la casa, ni siquiera cervezas y yo no iba a quitarme el pijama. Es un pijama deportivo que esconde el cuerpo de un anciano de 35 años, ex esquizofrénico y con olor constante a tabaco. He adoptado la manía que ya tuve en la veintena de volver a olerme las manos. Son un desierto despoblado cuyos surcos separan capitales sin nombre. El olor no procede sólo del tabaco, también existe el olor de mi pija y de algunos lápices de madera. Muchas personas me han dicho que son las manos de un artista. Pero ya fui un artista, y me cansé en seguida, coincidiendo con el momento en que empezaba a irme bien. He recordado estar en un hotel de Roquetas de Mar con gripe, diciendo: sí, puede pasar a hacer la habitación. Recuerdo la cara de aquella lavandera, toda surcada de arrugas que, a la luz, parecían trincheras. Me habló, pero casi no podía responderla. Cuando se fue vomité y noté que, al mismo tiempo, al sonar el nubarrón de mocos, todos eran burbujas de sangre. Cuando mis padres venían de la playa me preguntaban si seguía igual. Yo estaba muy jodido. Lo decía y mi padre se cagaba en dios. Luego volvían a irse porque habían quedado para cenar. Me decían que si querían que me trajeran algo. Les dije que dejasen la puerta semiabierta para que entrase la luz del pasillo y, nada más oír que se metían en el ascensor, me masturbé a conciencia pendiente, al tiempo, de la posibilidad de la sombra de alguien a través de la puerta. Por aquel entonces sólo había pasado por un brote psicótico y, a pesar de la medicación, culminé bien los estudios de cara a la universidad, por lo que eso del brote pasó a ser una anécdota antes de llevarme otro por delante y a mis padres les daba igual que bebiese o no (tampoco me habían detectado todavía un virus C). Recuerdo tomar tres copas con mi padre una noche, ya repuesto, en una terraza. Yo estaba muy feliz (recuerdo que el libro que acababa de empezar era Las pesadillas del Marabú, de Irvine Welsh, que me encantó). Antes que salir con mi prima y otras chicas prefería gastarme el dinero en cañas en la piscina del hotel. Mientras tomaba una tras otra y fumaba mis buenos cigarros no paraba de escribir sobre lo que sucedía alrededor. Cosas como: Acabo de ver unas tetas impresionantes. Mis poemas siempre han sido algo así como esa frase. Si tuviera que separarla en versos, seguramente optaría por: Acabo de / ver unas tetas / impresionantes. ¿No te gusta esta poesía? Me decía a mí mismo. Bien, y hacía otra que no necesariamente mejoraba el primer resultado. Había una chica alemana con su familia que estaba buenísima. Nos cruzábamos de vez en vez y nos echábamos miraditas. Pensé en dirigirme a ella, pero no tuve valor. Uno de los días que estaba sentado escribiendo ella entraba y salía de la piscina. El resto era todo ruido. Dibujé muchas líneas moviéndose y titulé al dibujo: Chica alemana entrando y saliendo de la piscina. Yo aún no conocía el Desnudo bajando una escalera. Procuraba verle los pelillos del coño entre lo apretado del bañador, pero estaba demasiado lejos. Volví a mi cuaderno y escribí: “Acaba de tirarse de cabeza, ahora sale y se echa el pelo hacia atrás. Nos imagino con 50 años viviendo este mismo instante”. Pero yo tenía 20, había pasado junio estudiando y cortando hierro, el invierno metido en una camisa de fuerza y, a pesar de todo ello, mi cara hablaba de que mi edad apenas pasaba los quince. Si me servían cervezas es porque ya me habían visto tomarlas con mis padres y sus amigos, supongo. Esta tarde hubiera follado el pellejo de la señora que entró a limpiar aquella habitación en la que yo estaba tendido por una cerveza fresca. Tras lavar a medias la bacanal de instrumentos de comida, colocarla en su sitio y tomar un gelocatil me he puesto un café que, junto con la medicación psicótica y los cigarros, es lo que uso para mejorar mi ansiedad. Luego me ha venido una tristeza. Era un viento visible que trataba mis labios como si fueran ramas débiles, fabricando cortes con sólo rozarlos. Una simple corriente que luego he arreglado. Sólo había abierto las ventanas para que se fuera el humo, pero una vez cerradas noté que el humo seguía ahí. He tardado en darme cuenta que salía de mi cabeza y luego me he sentado cerca del teléfono, como si estuviese esperando una llamada que al final no me hizo nadie. Me he serenado. El haloperidol en pequeñas dosis es muy importante en mi vida y su serenidad me ha proporcionado lectura hasta entrada la madrugada mientras en la pletina se repetían esas constantes seis notas del 6/4 jam de Jaco Pastorius. Probablemente representan la velocidad a la que tecleo esto. Al final me he dado cuenta y he quitado el disco, y ha pasado un buen rato hasta que dejaran de repetir su eco en mi sesera. He conseguido reunirlas y lograr que se ralentizaran hasta que una a una iban mezclándose con la primera dejándolo todo primero en un acorde sonoro y luego en la nada que pueden ser los huesos del propio Pastorius, ese genio consentido y difícil, que manejaba el mástil de su bajo a la velocidad de sus vidas, que transcurrían todas en un mismo tiempo, y que pueden leerse como una sola en la maravillosa biografía de Bill Milkowski bajo el subtítulo de La extraordinaria y trágica vida del mejor bajista del mundo. A estas horas tengo la persiana bajada. Los ojos abiertos sólo simbolizan la visión de un azulejo roto que mi imaginación repara. Estoy feliz de estar en casa y no en un centro de rehabilitación o similar. Encenderé otro cigarro y me despediré a soñar con cigüeñas o bichos que se les parezcan, Steven Seagal, palomitas de maíz, un coche caro...
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jueves

Flores en la tumba de un mono más gracioso que el mundo

Recuerdo con especial intensidad los días en que superaba la adolescencia y daba en mí la bienvenida a la locura, -aún hoy escribo cargado de haloperidol, sustancias elegidas por mí como el rohipnol y, en contadas ocasiones, whisky. Recuerdo seguir señales de barcos que naufragaban al lado de los autobuses de Madrid donde yo viajaba camino de los estudios, que eran una mera excusa para consumir LSD y colgaduras por el estilo que, en momentos donde quiero, como cuando tenía cinco años, volver a morirme, me parecen dignos de, al menos, una mínima seriedad.
Los barcos perdidos estaban, en su mayoría, destrozados y yo descifraba en mi recorrido hacia mi vida de falso estudiante los verdaderos pasos que me acercarían a la consecución de un tesoro antiguo. Vi dorados bailar ante mis ojos mientras yo abría los libros que leía por aquel entonces, compuestos de Burroughs, Bukowski, Raymond Carver o Henry Miller y apenas recuerdo avanzar en mis lecturas porque los fantasmas que me acompañaban en esos autobuses no admitían despiste alguno y habría de levantar la mirada tantas veces que, en ocasiones, al volver al texto este era ya otro. Entonces mi mente era abiertamente alucinada hasta el punto en que, poco después de detectar una ideología en la que no cabía el sueño dentro de mi cuerpo, fui atado con una camisa de fuerza y llevado por dos hombretones contra los que, en mi catatonía, no opuse resistencia, al manicomio de mi barrio, que yo desconocía y cuyas aventuras están narradas en estos diarios, en ese entonces destinados a una columna de la revista Culturamas. Hoy en día es todo más ñoño. Fascista, hoy día, es simplemente una persona meridiana entre la libertad de su expresión y el ramalazo del prejuicio, y el Facebook del megalomaníaco Zuckerberg continúa hablando lo seriamente que sabe de nosotros. Pero los recuerdos, hoy en día, padecen sólo la intensidad de la inmediatez, una especie de querer correrse antes de tiempo. Aquel entonces era diferente y es donde yo me hice escritor. Sólo los más grandes conocen mi despreciada obra (no me refiero a la pictórica, que escribe una leyenda por sí sola que, sin embargo, yo consideré menor), loada de boquilla en la mayoría de los casos. El ingrediente principal es la honestidad. Sólo por recurrir a ella como subrayado recurso literario yo debería ser un santo literario en este país, y no recluso en oficinas de comisarías ni integrante de centros de desintoxicación y, ya he dicho, psiquiátricos. Y luego está la familia y su inminente final. Yo era muy salao de pequeño. Mis tías se peleaban por ser la que me cuidara. A veces sus duelos eran a sartén, otras a cuchillo. Cuenta la leyenda que llegaron a comprar machetes y afilarlos cada día. Solían salir heridas y yo a veces las reconocía solamente por el brillo granate de sus rasguños. A cambio me dormía escuchando la canción de una de ellas, entre los brazos, en ocasiones con cortes profundos, de la otra. Reconozco una leve aproximación al humor en esa descripción, pero todo lo que sale de aquellas lejanías trasluce dolor en mi memoria. Hoy no sería capaz, como entonces, de reconocerlas. Mi enfermedad, supongo, les ahuyentó por completo, si no lo había hecho antes mi palabra, en los momentos en que estaba preñada de rabia, al igual que mi cara, apenas reconocible entre tanto grano que, sin embargo, al contrario de lo que yo pensaba, fue desapareciendo hasta no ser nada, dejando una cara que, la verdad, nunca he sabido qué ha sido. Del vómito de ayer recuerdo trozos de tortilla pegados a la barba en el momento en que dejaba de ladrarle al inodoro y me veía, con un jabón en la mano derecha, en el espejo del baño. Logré descansar bien y he pensado en los barcos naufragados por las calles de Madrid en la mañana, mientras pelaba cables. Ni un solo atisbo de los tripulantes. El resultado de sus piernas avanzando a la velocidad del rayo de la proa a la popa, en la inmensidad del cuerpo del delito, sólo era yo y mi adolescencia vencida, sobre la que había raíces de flores que nunca llegaron a ver tierra. Un psiquiatra se leía mis memorias y cuando me preguntaba por qué esto o lo otro yo le decía que amaba a una chica y que la había maltratado, supongo que lo decía por decir algo. Nunca he tenido un amor. Las putas me han llevado de un sitio para otro y sus chulos también, entra en este discurso la palabrería de los movimientos literarios madrileños y sus templos de moda, que cambian cada dos por tres. Pasada la hora que indica la llegada de la madrugada leo en Lédo Ivo (“Plenilunio”) “En la pila bautismal / un hombre es tan real / como una palada de cal / ... / Como una lágrima vertida / durante un funeral / o un plátano” y, antes, “Soy tan sólo dos labios / que se abren en la noche / herida por el viento”.
Mi escasa inteligencia no me da para más y, cerca de mi mente, oigo romperse un vaso. No sé aún si encontraré el sueño. Pero es, definitivamente, el lugar donde residen esos tesoros milenarios, cargados por barcos que no iban a ninguna parte más allá de su certero naufragio.
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martes

Bésame mucho

Me presenté en la editorial a la hora en punto. Antes estuve haciendo tiempo en una terraza. Recuerdo que pedí una sin alcohol y me pusieron como pincho una generosa ración de paella. Mientras separaba algunas cáscaras me fijé en tres jóvenes que había sentados enfrente mía hablando italiano en alto, dos chicos y una chica, los tres altos y chulos. Alternaba todo eso con echar vistazos al reloj. Era octubre y yo vivía en un antro de Madrid. Era feliz o eso me creía. Poco antes de ese día, un viernes noche, llegué demasiado borracho al búnker y tropecé con una pieza salida del parqué, cayendo como en un KO de cabeza en el pasillo y abriéndome una brecha en la frente. Entré en el baño y me lavé. Al día siguiente tenía motas de sangre seca en la frente, pero la herida ya parecía cerrada. Después de lavarme de nuevo y tras comprobar que este se trataba de un sábado normal con una resaca normal decidí coger la botella de Ken Lough que tenía a la mitad encima del armario y, tras darme una ducha y vestirme, bajé a la calle para destinarla en el sitio de los vidrios. Mientras iba en el ascensor recordé haber besado en los labios a la, seguramente, muchacha más fea de uno de los bares entre los que me encontré y, también seguramente, de todos en los que estuve. En cualquier caso fue un alivio que no hubiese aparecido en mi cama ese día. Un día estupendo, salvando los recuerdos borrosos de la noche anterior, entre los que, aparte del affaire no correspondido con una especie en extinción de un insecto de la familia de los orangutanes, también me había metido en alguna pelea y salido derrotado de un simple empujón que me llevó a tirar la mesa de uno de los bares, aunque no me dolió. Lo de la brecha en cambio fue un pinchazo directo al cerebro y antes de lo narrado anteriormente estuve un tiempo aferrado al frío suelo como si eso me curase del dolor no ya de la brecha solamente, sino del dolor en general. Cuando llamé a la puerta de la editorial (Lengua de trapo) me abrió Fernando, que estaba solo, y enseguida me regaló un libro que no llegué a terminar, pero que no pintaba mal. Luego bajamos a una cafetería a hablar de unos cuentos que le había pasado y me felicitó de entrada, exagerando, porque mi manuscrito era el primero o algo así que le habían pasado en el que no había que retocar ni una coma. Tras decir esto de inmediato intuí la negativa de publicarlo. Se trataba esta vez de unos cuentos, como ya he dicho. Mientras hablamos tomamos cafés a los que me invitó él (yo, por mi parte, recuerdo darle cigarros porque se le habían olvidado o algo así). Me estuvo contando teorías. Eran todas locas, como no podía ser de otra manera. En juego entraban la imagen literaria, Beckett y no recuerdo muy bien qué más. Le dije que me hubiera gustado trabajar con él. Él me dijo que identificaba demasiado los textos con mi historia personal y recuerdo preguntarle que de qué se podía hablar si no era desde ahí, aparte le invité a pensar si acaso podía evitar compartir que estaban llenos de fantasía y, por ejemplo, crimen, entre otras cosas similares que tenían que ver con los géneros (cosa que parecía apropiada en aquella época para pertenecer al catálogo de Lengua). Cuando lo dije sentí de inmediato la necesidad de disculparme, pero no lo hice. Quizá sea lo más sensato que me ha dicho nunca un editor sobre algo mío. Nos despedimos con la cosa de vernos en otra ocasión, pero la vida sola hace lo que quiere con cada uno y, la verdad, mis pasos no han vuelto a meterse por allí. Recuerdo darle las gracias por el café y la charla y desaparecer camino de otra editorial (Península) donde Desirée me regaló un libro de un amigo común, o al menos así era por aquel entonces. También lo tengo a medias. Cuando regresaba a mi destartalada cueva donde al menos había cama, armario (aunque desvencijado), computadora y libros pregunté cuánto a algunas putas del Este seleccionadas al azar. Me quedé con la segunda porque la primera me pareció una auténtica zampabollos y, antes de proceder donde tenían instalado el chullo, nos hicimos carantoñas. Pagué. La puta se llevó el dinero y volvió en seguida. Le dije que el mundo era una basura y no me refería precisamente a que no estuviese erecto. Al final conseguí una erección bastante pobre y moví esfínter. Intenté morderle una teta, pero no se dejó. A cambio me preguntó qué me pasaba seguramente porque había detectado alguna lágrima cayendo por mi cara. Me senté y le dije que mi polla era una mierda. No, dijo, tu polla es buena. Recuerdo que casi me entran ganas de reír. Me dijo que probáramos en la postura del perrito pero le dije que me iba a vestir ya, que había estado bien, mentí. Me dijo que no estuviera triste. No lo dijo exactamente con esas palabras. No puedo recordar exactamente lo que dijo, pero sí fue algo así. Le dije que la vida me sonreía, y era completamente cierto. Como no había gastado mi tiempo, la prisa se mantenía acostada boca arriba en la cama con el coño rapado al aire. Le di un besito ahí y le dije suerte y le llamé por su nombre. Cuando ella ya se estaba lavando la cosa para otro yo ya salía por la puerta que me llevaba a otra puerta y otra hasta poder respirar de nuevo el olor de la libertad. Y entonces sí lloré como una mamarracha y me duró hasta llegar a la cueva. Una vez allí me puse el bolero Noches de ronda interpretado por Nat Cole mientras aprovechaba a echar unos cigarros en la cama y me dedicaba a recordar a mis muertos, casi todos santos y entre las cosas que había perdido surgió la anécdota del joven Art Pepper (Junior) que, en una ocasión, se encontraba haciendo ruido mientras sorbía de un tazón de sopa. Su abuela estaba convencida de que un día sería famoso y le solía decir: En la vida vas a relacionarte con personas distinguidas, y por eso te conviene tener buenos modales. Cuentan que una de las veces en que se lo dijo, el joven Pepper contestó: ¡Voy a ser un músico tan famoso que dará igual si tengo modales o no!
Encendí otro cigarro antes de mirar un mamotreto que debía estudiar para una porquería de clase. Terminaría optando por la opción “trabajo” consistente como resultado inventarme una entrevista con Fedro inspirada (nótese el eufemismo de plagiada) en la que ya había realizado del propio Fedro Manganelli en su maravilloso libro A y B (que la maestra no iba a conocer ni de puta coña), aparte mis desordenadísimos conocimientos sobre Platón, El banquete, claro, aunque eché mano de La caverna, reconozco, por chulería. Recuerdo haberlo entregado pero ya había desaparecido de esa vida cuando les tocaba devolvérmelo y hoy en día estoy en el porche de casa de mis padres, sea la hora que sea, unas veces con un café, otras con una cerveza, brindando conmigo mismo por algunas cosas sin importancia, quizá por todas esas que no he hecho en mi vida. Idioteces en realidad como la pregunta ¿Me habré enamorado? Y la respuesta: seguramente jamás. Qué coño, y es cierto. Tampoco es que sienta un especial orgullo ni nada que se le parezca.
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sábado

Una caligrafía absolutamente brillante

 "Sé que hay algo horrible relacionado con la vanidad en el narrador de este texto" (El autor en Fb)


Recuerdo entrar en la casa en un avanzado estado de descomposición. Podía oír cómo la grasa de mi cuerpo se derretía desprendiendo olor a azufre mientras cerraba la puerta. Ella me invitaba a entrar desde el cuarto de baño. Yo pregunté si iba a tardar mucho. Me dijo que echase el cerrojo porque el pestillo no funcionaba. Me senté en el sillón rojo desvencijado por los gatos que me rodeaban como si en mí oliesen comida. Encima de la mesa del sofá, aparte de gatos, había revistas de salud y ciencia que me hicieron recordar la consulta de un dentista, un libro de Theodore Sturgeon publicado por Minotauro que me llamó la atención porque tenía la sensación de haberlo tenido entre mis manos antes y folios manchados de café en cuya cabecera se leía Notas sobre Hegel y Maneras de asumir una poética. No me decanté por ninguna lectura dado que consideraba suficiente el espectáculo de los gatos. Representaban todo lo que yo quería para mí en ese momento y, ya he dicho, también yo representaba para ellos algo parecido. Me contagiaron sus ronroneos, así como sus bostezos y no dudé en cerrar los ojos. Al rato oí unas llaves en la puerta de entrada y pasé de estar tumbado a sentarme en un movimiento del que apenas tuve información. Soy la compañera de Ángela, dijo, Sonia. Hola, dije, soy Alberto, estoy esperando a que salga del baño. ¿No tienes muy buen aspecto no, Alberto? Lo sé, en realidad mis padres son multimillonarios, pero hace tiempo que no aparezco por casa y llevo mucho sin cambiarme. ¿Tienes hambre? No, dije. Luego la tal Sonia se perdió por el pasillo, simplemente oí cómo una puerta se abría y se cerraba representando lo que la tal Sonia había significado en mi vida aquella mañana. No diría que no a un café, pensé en respuesta a la pregunta de si tenía hambre, ya perteneciente al pasado más remoto que yo, entre todos aquellos gatos, era capaz de imaginar. Cuando Ángela salió del baño yo dije: Sé que mi aspecto es horrible, pero mi mente no es mucho mejor ¿Sabes?

Tardó otro rato más en vestirse y luego salimos a la calle a dar un paseo. En mi imaginación los gatos que habíamos dejado en la casa en compañía de Sonia nos perseguían debido a mi olor, que Ángela no terminaba de rechazar. Al fin y al cabo era ella la que quería recabar información acerca de mí. Ya en un café le dije que efectivamente era yo un experimento humano y me referí a las miradas de la gente que pasaba al lado nuestro como prueba. Yo oía cómo la curvatura de mi espalda iba cediendo y la artritis de mis manos apenas acertaba a agarrarse a la mesa del café para permanecer en postura. A continuación me levanté la camisa y Ángela pudo ver un moratón a la altura del hígado supurando crema de champiñones. Me parece que si no me levanto a la barra no nos van a atender, dijo Ángela. A mí pídeme lo que sea, le dije. ¿Cocacola? No, dije, mejor un zumo de algo.

A su vuelta, ya con el refrigerio, me habló sobre las cartas recibidas a mi nombre y la tristeza que según ella le había inspirado leerlas. Le dije que si su hermano quería publicarlas no era asunto mío, que por mí podía hacerlo si es que es lo que quería. Entonces ella consideró un elogio decirme que todo aquello era como si un artista del hambre del cuento de Kafka hubiese notado que su jaula estaba abierta y hubiese salido a la plaza desapareciendo finalmente por una de sus salidas. Según ella las cartas que yo le había escrito constituían todo lo que habría de conformar la jaula vacía. Los curiosos transeúntes echarían mano de cada carta allí expuesta, dijo y se encontrarían que cada una iba dirigida a otra persona, entonces ni siquiera seguirían leyendo, la volverían a dejar en su lugar o incluso harían una bolita con ella y se la tragarían. Le dije que me encantaba que se fuese por las ramas cada vez que salía el tema y dimos un sorbo a nuestras respectivas bebidas. Esa herida que tienes necesita agua oxigenada, dijo al dejar su taza de té y a mí, aún no puedo saber por qué, me entró la risa tonta. Le conté lo que sucedió después de mi operación de estómago. Le dije que mientras dormía perdí el pulso y que no dejaban de entrar nuevas enfermeras en la habitación con tubos y cosas así supuestamente para reanimarme, le dije que sentían poco respeto hacia mi noción de paraíso. Luego le dije que había habido épocas, como efectivamente daban fe algunas de las cartas, en que yo había tenido interés por las mujeres e incluso momentos en mi vida en que mi idea de sexo no me dejaba tranquilo y terminaba recurriendo a la botica, pero que hoy todo ello constituía un recuerdo del pasado. No, no me interesa el sexo, concluí. Después del hospital una de las chicas con las que pasé un rato me dio a esnifar heroína y lo comprendí todo. Eso, junto a una almohada, era lo que yo quería para el resto de mi vida. Díselo a tu hermano si lo publica, dije, El resto de mi vida es un buen título para todo eso, El resto de mi vida o lo que él quiera. Ella no estaba de acuerdo, dijo. Prefería el nombre: Cartas (2007 / 2011). Vale, dije.
Poco después me preguntó ¿Por qué empezamos a escribirnos?
Porque nos aburríamos, respondí.

Insistió en acercarme en coche hasta la casa de mis padres y no me negué. Cuando mi madre nos abrió, Ángela dijo que era probable que yo necesitara ayuda médica (creo que evitó aposta decir divina). Mi madre nos hizo pasar y estuvo un rato sin decir nada, como diez minutos, observándonos. Luego me miró y dijo que no sabía dónde estaba mi padre, dio las gracias a Ángela por llevarme (añadió: No pude tener más hijos ¿sabes?) y nos preguntó si queríamos comer algo, que podía hacer un huevo frito y tenía pescado de hace dos días. En su tono de voz yo intuí que muy probablemente a todos nos quedaba muy poco tiempo de vida, salvo a Ángela, quizá. Lo dije mientras cenábamos y ellas me miraron como si no hubiera dicho nada. Realmente no sé por qué yo había veces en que decía cosas así, al igual que el fenómeno que se había dado entre Ángela y yo de recibir cartas, no tenía ni idea de por qué llegaban a pasar cosas así. Cuando levanté la cabeza noté que mi madre estaba ausente seguramente en sus rezos. Ángela tendría que irse y eso era una noticia horripilante. Dije que los médicos eran basura y no sé qué más. Por favor, cállate y come, dijo mamá, como si de repente hubiese despertado en algún lugar a veinte millas de la cocina en donde nos encontrábamos.
Recuerdo que Ángela, que poco después efectivamente se levantó para marcharse, dijo que yo había conseguido escribir un gran libro y que su hermano nos lo iba a publicar, que yo era un gran escritor y que el libro que iba a salir sería recordado durante bastante tiempo.
Un hombre no debería ser recordado, pensé, acordándome de Pascal y recuerdo sonreír a Ángela al decirle que acabase el plato, a lo que añadí: ya verás cómo mañana es un día maravilloso.
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