domingo

Lavarse la cara en el año 2005

No sé si ya conté en estos diarios el de Esto es un chaval (yo) que entra en un bar, bebe un par de vodkas y empieza a notar que el estómago le da vueltas, a continuación visita el baño y se cierra con pestillo. Tras toser un par de veces con la cara metida en el inodoro empieza a vomitar personitas bien vestidas, muy similares a las sombras desesperadas que dibujaba Kafka en un principio, casi inmediatamente convertidas en esos intrigantes personajes con traje, sombrero y paraguas de Magritte, ingrávidos en medio de una ciudad en la que llueve. Tras tirar de la cadena se empezaron a oír socorros. Después el chaval (yo) se lavó cara y manos, deshizo el pestillo y salió de nuevo al bar donde se encontraba. Creo que no lo había contado, o al menos no había continuado la historia. El chico se sienta en el lugar que hasta entonces había ocupado y pide otro vodka con hielo. Me estoy quitando del alcohol, informa al camarero, que apenas mueve la cabeza en un breve atisbo de un sí. Bueno, piensa el joven, podría haberme ahorrado la explicación, pero supongo que me gusta hablar por hablar. Durante el transcurso del vodka acompaña la tarde con cigarrillos. Es una historia que puede remontarse a 2005, cuando aún se podía fumar en los bares. Enciende uno tras otro. Durante un periodo resuelto en un par de nuevos vodkas y aproximadamente siete cigarrillos, una mano le toca por la espalda. Es una persona que le sonríe. Al cabo de unos segundos responde que efectivamente sí se acuerda de él. Es un antiguo compañero del colegio que le pregunta qué hace. En realidad ambos se lo preguntan. Durante el periodo de un nuevo vodka con hielo, nuestro amigo (yo, lo que probablemente podría excluir el “nos”) y su antiguo compañero hablan de esto y lo otro, de este, aquel y del de más allá hasta que la conversación parece regresar por momentos a puntos donde no hay nada que escarbar. Entonces el chico del vodka le dice a su compañero que trata de dejar de beber e iniciar una nueva vida, que ha conocido a un loco que dice que quiere publicar toda su obra en Siruela o Seix Barral y que eso le puede reportar beneficios. Tose. Le dice a su compañero que antes de que llegara había vomitado a personitas en el váter. Su compañero se ríe. Parece justificada una insensatez así en la imagen que guarda de él. Y durante, pongamos un minuto y medio, la conversación cesa. El compañero de nuestro amigo bebe cerveza y también fuma, pero de liar. Creo que no beberé más, dice nuestro amigo (o vuestro amigo, mejormente). Cóbrame las cañas también, le dice al camarero. Lo siento, dice a su acompañante, me estoy quedando dormido y debo coger un autobús que tarda mucho en llevarme hasta mi casa. Su compañero le dice que va a ir a un concierto de unos amigos suyos cerca del bar donde en ese momento se encuentran, y de paso le dice si quiere tomar un café. Creo que estoy pedo, dice el chico. A continuación inicia un monólogo sobre unos textos de Samuel Beckett que asegura acabar de leer, en este caso referidos a Proust y a Rilke. Aseguraba no estar de acuerdo con Beckett y que no atinaba tampoco a llevarle la contraria. Aunque probablemente los hizo para eso, dijo. Acto seguido se refiere a tres de los versos relacionados a la crítica sobre Rilke, que parte de inicio con los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, la cuál, a su manera de ver en ese instante, es la obra meridiana de Rilke, sobre -dice- la que podrían brincar todas las demás suyas. Los versos (hoy reunidos en Disjecta, Arena libros, 2009) son, cito con el libro delante:

Mit meinem Reifen
Reift
Dein Reich

(Con mi maduración
madura
tu reino).

Aporta las palabras de Beckett recogidas en el ensayo acerca del asunto y dice: Si no hay obra pequeña, tampoco Dios es menor. A continuación eructa y después dice que Johnny Cash es cien mil veces mejor que Bob Dylan.
Sí que vas un poco pedo, sí. Le dice su compañero. A lo que el chico responde: Imagina así cada puto día. Y mientras pone el dinero en la cuenta, hace venir al camarero para que le ponga otro vodka y agregue el precio. Cuando se vuelve a dirigir a su amigo ve que este se encuentra al margen de él, que le llama para decirle que lo de Proust, aquello de Beckett, en cierto modo es muy lúcido y seguramente inspirador para “chusma” como Derrida. Sí, asiente el compañero con intención de despedirse. Antes agradece el encuentro y las cervezas. Nuestro héroe entonces le dice que se vaya a tomar por culo y que siempre ha sido un cabrón. Su compañero sale riendo por la puerta del bar con un gesto de hasta pronto. No volverían a encontrarse hasta años después, en la era facebook, donde no han intercambiado ninguna palabra el uno con el otro. Dice en voz alta algo así como qué cuernos el mundo de la cultura, llamando la atención del camarero, que enseguida retorna a lo suyo. Aún queda medio vaso de vodka cuando decide regresar a los servicios. Tras echar el pestillo se enciende un cigarro para ayudarse a vomitar de nuevo. Esta vez puede ver, ni sorprendido ni su contrario, que lo que sale de su boca son flores. Antes de tirar de la cadena coge una y nota, para luego postergar una breve desilusión, que es artificial. Tras deshacerse de lo que guarda para sí esa imagen y haber tirado de la cadena y haberse lavado la cara compulsivamente, su mente ya habita la parada del autobús donde deberá llegar en metro, la ciudad y sus contornos que, debido a la cogorza, están sin definir. Cuenta las estaciones que ha de recorrer con los dedos de ambas manos y luego ve su cara en el espejo. Es la cara de un triunfador en el mundo de la literatura madrileña, de la literatura española.
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lunes

De entre mis ejemplares suicidios

Me cuesta entrar en algunas cabezas últimamente, trocear el pensamiento que ha marchitado la flor de esta tarde. Quizá el error proviene, como no podía ser de otro modo, de mi modalidad inconsciente, que se regresa a abrir las puertas de mi esquizofrenia paranoide, que creía enterrada hace la friolera de doce años y que tantas escupidas obras ha dado a la humanidad de nombre España, tanto dibujísticamente como escritos, cartas a un Dios que, es sabido, sólo habla con la etnia bubi, el único idioma que conoce. La esquizofrenia la vivo en un 19 de marzo sentada a mi lado diciéndome al oído las palabras que no quiere que aparezcan en este texto. Simplemente puedo perder el control, pierdo el mando... y luego lo busco entre los monstruos. Leo el nuevo libro de mi amigo M. sentado en la cocina, cada dos páginas tiendo tres pipas (mojadas de haloperidol) a Charly, mi loro. Él, el pobre, también tiene, como yo, esquizofrenia paranoide. Hemos de tratárnosla el uno al otro. Mi amigo M. el escritor del libro que estoy leyendo al tiempo que Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, a quien no conocí, no tiene esquizofrenia paranoide, y se limita a mezclar flores con putas en sus escritos. Yo, mientras leo, asesino ambas modalidades de un mismo avatar en una red social cualquiera como facebook, que es donde doy lecciones magistrales de cómo perder la cabeza en la era de las redes sociales. Recuerdo la era del pan de molde, mi generación. La filosofía de Lévinas. Un muñeco diminuto, es Deleuze abriendo la boca, mis lágrimas la esquivan. Encuentro sorprendentes anotaciones mías en el libro que escribió junto con Guattari “Kafka. Por una literatura menor”. No tienen ningún sentido en este año. No las voy a reproducir. Si las reprodujera pasarían a tener sentido y, hoy, prefiero masticar irracionalidades. Algo irracional es un bidón de mostaza a la entrada de un circo, creo. Yo he visto uno, cuando me llevaban a circos. Ha sido mi cumpleaños y lo hemos pasado muy bien. He recibido visitas de amigos artistas que me han regalado libros que he ido colocando encima de los que adornan la estantería principal. He cumplido 35 años en el cuerpo de un niño de tres días y medio, en la hora de la siesta de un viejo con olor a caramelo de menta. Cada lunes visito los jardines y saco sugus de la gabardina para dárselos a los niños de los toboganes. Es una sencilla provocación. Después de eso me desabrocho la gabardina y enseño mi desnudez a las madres, que llaman a la policía, que me ha detenido ocho veces, aunque siempre sin cargos. Amo a mi pueblo. Veo crecer las rosas en el jardín de mi vecino. No he plantado marihuana este año, ni opio. La noche es una amiga que abriga mi cabeza con una bolsa que me produce asfixia para, a cambio, no se posen moscas sobre mi cara. Las moscas son también, como M. sabe, monstruos irracionales. M. es un escritor al que no le va nada mal en el mundo editorial español. A veces comemos juntos y una vez le dije que yo a su libro (me había dejado el manuscrito previamente) lo llamaría Moscas irracionales. A M. le gustan mis ideas aunque, debido a su insobornable sabiduría, las deshecha por vivir en otro tiempo, seguramente futuro. M. es de tomar café caliente con una gota de leche fría y sin azúcar, y así es como le gustan a M. todas las cosas de la vida, igual que el café caliente, con una gota de leche fría y sin azúcar. Yo no, yo el café lo tomo de muy distintas maneras desde que nací hasta hoy, que en realidad ha sido el transcurso de una pobre siesta. Un sueño, al igual que la vida persiguiendo un plato de arroz con tomate. Un sueño cargado de futuro, bondad y, sobre todo, paciencia. Allí juego con mis niños, que son yo en la edad en que las fronteras del tú y el yo aún permanecen indefinidas, nos lanzamos a la tierra y rebozamos en la hierba. Mamá es la capital del mundo, de su mano nos perdemos en otra capital, y esa capital es la única que nos pertenece, el yo fragmentado, augusto en su infinidad de posibilidades, convertido en bienes, males y comida para peces. La pecera, con el tiempo, hay que pagarla. Es una ocupación diaria, al igual que rezarle a las velas que rodean las fotos de los desaparecidos. Sobre el único barco posible, naufragado hace años en la marea de las imaginaciones, puedo descifrar el epitafio de Keats y hacerlo mío mientras me ahogo «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». Después no hago nada en particular, regreso a abrir el libro de M. luego de sentarme de nuevo. En esta cocina caben todos los relojes del universo, parados sobre la mampara. Charly, mi amigo, también náufrago, cuenta los segundos entre página y pipa.
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martes

Casi un machote

Cansado de soportar las meadas en mi cama de los gatos de mamá, que en verdad eran los de todo el vecindario, metí dos camisetas, mudas y un pantalón en una mochila y fui hasta la casa de mi padre. Me abrió una negra con apenas la lencería puesta bajo una bata semiabierta. Yo dije: Hola, soy Alberto, esta es la casa de mi padre. Me miró de arriba abajo y después rió. Olía a porro. Pasa, dijo. Y luego gritó: Papaíto ¿Estás visible? Mira quién viene a verte. Papá salió del cuarto de baño colocándose un albornoz: Por un momento creía que era ese puto poli, dijo. Hola papá. Quiero vivir contigo, dije. No pasa nada, hijo, lo único los maricones, tienes que tener cuidado con los maricones en este barrio. Después me miró fijamente y dijo: Ya sé lo que vamos a hacer, vamos a servirnos un coñac y, mientras lo tomamos mi niño y yo, tú, Lupita o como coño te llames, nos haces unas mamadas. Va en serio, coño. Gritó papá. Mi hijo tiene que saber de qué va la vida, y la vida va exactamente de esto. Anda -continuó- pásame unas caladas de ese porro. Este coñac es especial, hijito, me dijo, y luego: quítate los pantalones, que esta niña la chupa de vicio. Mejor no, dije. ¿Es que quieres que te los baje yo? Ven, negra, pon cachondo a mi hijo y, de paso, me la tocas a mí otro poco. O espera, se me ocurre algo mejor... Cogió el teléfono y desapareció por el pasillo. Yo miraba a esa mujer de reojo. Me dijo que su papá era bueno con ella, aunque le gustaba dárselas de escandaloso. Yo le dije que tenía sueño. Me preguntó si estudiaba, y yo dije que sí. Muy bien -dijo- eso es lo que no debes dejar de hacer. Después me acarició la cara. ¿Cuántos años tienes? Dijo. 15, dije. Su mano iba bajando por mi torso de pelele. Aguanté la respiración. No sabía cómo saldría de aquella y, por otro lado, tampoco quería salir, aunque, para ello, hubiera preferido que mi padre no estuviese. Fue cuando mi padre volvió del pasillo con su copa de coñac en la mano -la mía reposaba intacta encima de la mesa- y dijo que estaba todo arreglado, pero que siguiéramos en lo nuestro. Mató el coñac de un sorbo y dijo: en veinte minutos está aquí toda la tropa.

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¿Dónde metemos al escarabajo? Dijo un grupo de tres negros nada más entrar por la puerta. El escarabajo era un cuerpo envuelto en muchas bolsas de basura. Aquí atrás, mañana os lo entierro, dijo papá. Joder, nena, estás buenísima. Dijo el último en entrar refiriéndose a la chica. Poco después vinieron más chicas. Había mucho humo en todo el salón. Finalmente, intuí que nadie me prestaba atención y cogí el vaso de coñac que mi padre me sirvió al llegar y me lo bebí de un trago, como había hecho él. Entonces vino una de las putas y me dijo que si yo no era demasiado joven. Voy a hacer 16, dije. Y le dije que estaba muy buena. Se rió. Esta casa es de mi padre, le dije. ¿Por qué eres puta? Niño -me dijo- ¿Y a ti qué coño te importa? Un tipo del este se sentó al lado mío y me dijo que pasara de las mujeres. Luego sacó una bolsa y dijo que era caballito loco. Entonces un manotazo casi le quita la cara de su lugar. Mi padre le dijo que no me enseñara esa cosas, le sentó mal, dijo que lo bueno era... quedó pensativo. Luego me mostró la otra mano, que estaba llena de esperma, y dijo: de esta pasta es de lo que estás hecho tú, chaval. Mi chaval ¿Te acuerdas cuando eras un niño y yo te llevaba al fútbol a ver al atleti? Pero ya no eres un niño. Tómate un coñac con tu padre, voy por las copas. Ah, y me lavaré la mano, dijo riéndose. Desde que lo dejó con mamá mi padre se había convertido en una persona entrañable.

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Dos horas después estábamos solos mi padre y yo y él insistía en abrir otra botella de coñac. Minutos antes les había largado a todos con una pistola en la mano y gritando que se había acabado la puta fiesta. Me dijo que le perdonase si se le iba la olla, pero que era por el crack, una sustancia horripilante que te crea nubarrones chocándose entre sí dentro del cerebro. Yo ya había oído hablar del crack. Los porros en cambio son buenos, dijo, vamos a fumarnos uno. Mi banga es la mejor del barrio, dijo mientras se echaba mano al bolsillo del albornoz. Ah mierda, dijo, se la pasé toda al idiota de Benjamín. Acuérdate de esto, es bueno compartir, pero nunca des más de un 30% de lo que tienes. A mí, ya te digo, entre las putas y el crack, hoy se me ha ido la olla. ¿Eso que han traído los negros era un cadáver, papá? ¿Alguien muerto? Claro, dijo, pero un hijoputa que está bien así como está. ¿Tienes hambre? Ellos los traen. Yo si son hombres los entierro o... bueno, si tengo apetito, los meto al horno y, pasados diez minutos, me los como. Son mejor que los pasteles que hacía tu madre si los sabes condimentar. Enumeró: sesos, hígado, algún que otro trocito de pulmón churruscado con extra de puré de manzana encima ¿Qué me dices? ¿Voy por la sierra? Le miré a los ojos. Me miró a los ojos. Había tanto amor en aquel saloncito. ¿Eh, estás pedo? Me dijo. Un poco, dije. Qué carajo, voy a prepararte una buena cena, dijo. Y desapareció escaleras abajo. A mí se me cerraban los ojines.

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domingo

Un yonqui

 Nos han sacado del sanatorio esta mañana y hemos comprendido, mirando un escaparate, los cuatro a un tiempo, que éramos de mentira. Mamá, papá, mi hijo y yo, miramos un mismo traje en el que meternos un día, cuando ya no necesitemos taparnos con nada. Mi hijo ha dicho a abuelo: Tengo frío. Mi padre no tiene lengua y ha señalado el escaparate. Mi madre le ha dicho que el traje es bonito. Y luego ha dicho que es porque es rojo y con botones amarillos. Nos hemos cogido y apretado las manos los cuatro, y mi padre ha decidido con la lengua que no tiene que somos los cuatro un mismo órgano vital con forma de huevo del que puede salir un buitre o una paloma en cualquier momento y echarse a volar sobre el cielo del sanatorio. No es “no han hecho nada por nosotros”, es “hicimos por ellos hasta que la digestión se produjo” Es “el cuerpo hace su función”. Nos dieron el alta, acuerda mi niño. Le digo que puede llamarse como quiera, como le dé la gana, porque él, a diferencia de nosotros tres, es fuerte. No es “la abuela lo considera un hijo suyo” es “mi madre acepta mi inexistente culpa como una doblez de la existente suya”. No obstante, ambos aceptamos que la culpa, existente y actuante, es de los hombres que nos han sacado del sanatorio. Han sido amables. El cinismo cultivado con paciencia produce este tipo de histeria, dice la lengua de papá desde el sanatorio, y añade: La histeria la produce una máquina que no se estropea nunca. Sólo las cosas buenas las producen trastos que perecen. Miramos el escaparate. Es por la mañana y hay más luz afuera que dentro de la tienda en la que hay el traje rojo con los botones amarillos. Regaño a mi hijo, le digo que ese traje no es un juguete, aunque sabe que estoy equivocado tanto en regañarle como en que no sea un juguete. Comienza a llover sensiblemente, pero de nuevo con las manos nos apretamos los cuatro y ya no nos mojamos. Le digo a papá que le voy a regalar una lengua nueva cuando tenga dinero, pero él me dice que lo primero es que no dejemos de apretarnos las manos. Mamá, debido a su inocencia, dice preferir que nos caigan gotas y mojemos en los charcos e incluso con barro y ganar dinero en las antiguas farmacias para invertir en la voz de papá. Mi hijo conoce bien la diferencia entre voz y lengua y acuerda que lo que duele no es la voz sino la lengua. Mi padre, como compensación por su insobornable sabiduría, le da un sugus. De nuevo, nos apretamos las manos y, llegado un momento, las nubes desaparecen y sale el sol; no un sol espléndido, pero sí probablemente el mejor al que podíamos aspirar, visiblemente dañados por la ausencia de luz solar durante tanto tiempo. Madre se enfada con el aspecto que dice tener, aún produciéndola su enfado un aspecto menos saludable. Mi hijo sonríe para abajo, y separando las manos, primero la señala a ella, después a su abuelo, después a mí y después nos da las gracias por mostrarnos humildes como una pequeña tragedia no escrita, pero que él escribirá cuando sea mayor y nos recuerde. Somos un órgano seriamente dañado que se extingue mientras separa la otra mano y, dejándonos mirando aquel escaparate, se disgrega finalmente de nosotros, cruza la esquina y procede a entrar en la tienda. Paga el traje con mi tarjeta de crédito y asume mi identidad enseñando el carné de su abuelo. Mamá, papá y yo nos quedamos mirando desde la calle cómo se lleva el traje rojo con botones amarillos. Lo vemos salir con él puesto, pero sabemos que está perdido y que seguramente convenga en refugiarse en la casa donde convivíamos el órgano completo bien con un principio o con un deseo que, acordamos la lengua de padre y yo, son una misma cosa. Madre prefiere llamarlo vida. Padre, debido a su coqueteo con la producción, quisiera reunir, en este momento, todos esos conceptos en el de proceso, pero no tiene fuerzas dice, para decirlo, y añade: Está empezando a llover de nuevo. Sí, digo yo. Es verdad, - dice mamá - y, además, hace mucho frío. Tampoco tenemos manos ya. Sabemos que están todas metidas en el bolsillo del traje rojo, junto con las de mi pequeño que, llegará a casa y, quizá, coma algo antes de acostarse bien tapadito y soñar con nosotros.
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viernes

Guateques de la memoria

Terminado el libro-film Las últimas palabras de Dutch Schultz, de William Burroughs, aún sobre la mesa, al lado del cenicero mientras suena el Chet Baker in Milan. No tengo sueño, una mosca ha venido y la he permitido que me diga los motivos de su visita, la cuál no esperaba hasta más entrada la primavera. (Probablemente ahora me dé por coger de una vez Los detectives salvajes. Lo tengo a dos pasos, pero supongo que dos pasos en este momento es una idea que he de considerar). En la correspondiente hilera de libros hay muchos anagramas (Michon, Bukowski, Banville, Modiano, Capote, Carver, Bernhard, Hunter S. Thomson, Harold Brodkey...). Bebo cerveza sin alcohol mientras escucho los ronquidos de mi padre. Mi tranquilidad es absoluta mientras mis planes de volar hacia México se esfuman a la velocidad que un pínfano de cigarro cae al suelo. Mujeres, chicas traviesas, que te recuerdan una vieja canción de una cuna mecida por la mano del viento de marzo, que es donde de veras terminas metiendo todo tu cuerpo, apretada la cabeza sobre una almohada llena de humedad que contiene un par de sueños ya obtenidos en un pasado reciente. Enciendo otro cigarro y hago una pausa en el escrito para sacar con la cam una foto de mi polla, a la cuál observo resplandeciente en esta noche de marzo cualquiera, un simple jueves de fútbol europeo y alguna que otra llamada desesperada (mujeres de mierda, putas). A veces he dicho que soy el asesino y he colgado. Finalmente reparé en que no debo alargar los números de la factura y fue entonces cuando me decidí a leer, tras verme un par de partidos (aproximadamente unos 14 cigarros). Hace relativamente un mes tenía a una puta top model filipina sentada encima mía dejándose hacer, pagaba sus mojitos en lo que metía un par de dedos en su braguita y reparaba en sus manos, que parecían las de Nosferatu cuando agarraba el vaso para acercarse a la boca la pajita. Me dejaba tocar muy a regañadientes por esas manos. Su mini la llevaba a ras de coño, que estaba adornado por una pelambrera al rape. Cuando se acordaba de que ella era alguien se levantaba y yo tenía que dejar de hacer, entonces chapurreábamos unas cuantas frases en inglés que yo no entendía, aunque igualmente no hubiera entendido a esa furcia si hubiese sabido español. O algo más que: Amorrrr, cómprame zapatos, amorrrr. No la compré zapatos. Mojitos y punto. Un día la invité a pizza. Y un día me dio plantón. No respondí a su disculpa por e-mail. Y eso fue todo. Yo en adelante querría huir a México, casarme quizá... bueno, aún estoy a tiempo de hacerlo. Una seria duda sería qué libros llevarme. He de reconocer que Chet Baker en el concierto de Milán (ni puta del año ahora) está bastante inspirado. Yo no, tecleo a la velocidad de un saltimbanqui y mi cara guarda el mismo falsete que la suya. Es una cara que no quiere dormirse. Me pasa mucho. Posiblemente soy un alma descarriada (Amélie, sálvame). Es sólo una intuición, el efecto de ahora, regulado con una moderada dosis de haloperidol, es como si tu vida hubiera pasado demasiado deprisa y sólo unos pocos momentos prevalecieran en el presente mostrándose a cámara lenta. Veo a la puta de la filipina en el día en que me dejó plantado no estando en su lugar. Y también veo otras cosas. A la llegada a casa del hospital donde mi abuela falleció de un infarto hace cinco años, fui incapaz de subir las escaleras que conducen hacia mi cuarto, eché mano de un Rexer, que siempre me ha surtido mucho efecto de cara a coger un sueño largo, y me tumbé en el sillón del comedor. La droga hizo su efecto y me dormí rápido. Durante el sueño pude ver cómo las manos de mi abuela cogían mi cabeza poniéndola en vilo, para a continuación traspasarla líquidamente a través de mi cráneo y empezar a notar yo cómo se calmaban todos mis centros nerviosos, respondiendo con una elevada carga eléctrica. Me levanté el primero para encaminarme hacia el tanatorio, me duché, vestí y la gente comentó de mi entereza, de la que, en principio, dudaban, ya que era la mujer con la que había compartido toda mi vida. Incluso en el entierro no recuerdo dar importancia a las voces de dos chavales que dijeron respecto a mí exactamente: ¿Te imaginas vivir como ese, sin sentimientos? Ni siquiera les miré. Me la inflaba. Recuerdo estar con ella sentados uno en cada sillón compartiendo telenovela. En aquella época yo había cedido a la ausencia de la palabra y apenas hablaba, me limitaba a llorar frente a los acontecimientos de la telenovela de turno, frente a esos dramas de ciegos que encuentran el amor y viejas brujas que echan veneno en su café. Eran finales de los años 90 y mi vida había finalizado, en mi nicho apenas había flores, todas ellas secas, pero, en fin, la vida siguió. Asistí en pijama y sin lavar a la facultad de bellas artes de Madrid, tampoco me afeitaba, como ahora, casi nunca. Bebía mucha cerveza. Tampoco tardó tanto tiempo en llegar la alegría. A veces me pillaba estando y otras, otras yo no estaba. Como la puta filipina a mediados de febrero. Aunque yo no pedí disculpas. Por mucho que me esté refiriendo a la alegría, motor de la vida y única ocupación noble a la que puede uno aspirar en el día a día, como han recordado, por ejemplo, Stevenson, Kafka o Keats. Tengo suerte, recibo respuestas, a pesar de no haber mandado ningún e-mail. Son todas primaverales. Y dentro de una semana hago 35 años (habrá guateque). Finalmente, vivo. Incluso libre. ¿Quién lo diría? Ni en la peor de mis pesadillas lo hubiera imaginado.
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