miércoles

Idiot prayer

Soy feliz sentado en el porche a la espera de la primavera. Me echo por encima un albornoz y contemplo a los insectos que vienen hacia mí e intentan, en vano, traspasar mi piel a la altura de mis desnudos tobillos. En otra época lo conseguían, cuando yo tomaba drogas alucinógenas, es decir, drogas de verdad, a la par, por supuesto, que los opiáceos. El pasado sábado tomé cocaína después de unos tres años sin probarla (y antes de esos tres años otros dos o tres). Siempre me ha parecido una droga para maricones que, nomás, te hace sentir así como más eufórico. Mi rechazo total convino al tiempo que descubrí que la empatía se veía muy disminuida en virtud de un jolgorio o envalentonamiento que no me interesaba lo más mínimo. La tela de araña que había junto a la lámpara de la casa del pueblo no desaparecía a no ser que uno pasase un paño. No sé si me explico. Esto sólo lo digo por si entran en mi blog algunos presumidos, gente como con la que estoy algunas veces. Ya no digo por ahí que tengo un blog. Mientras estoy sentado en un ladrillo del porche en contacto con los insectos a la espera de la primavera veo a mi blog como una migaja que he situado entre el tiempo y el espacio, por mucho que se encuentre en la red, invisible para mis amigos los insectos e intocable para mí. Representa sólo que tenga o no ganas de escribir. Contar lo que sucede con la casa, con Dios y el resto de enfermos mentales que la habitamos, incluidas mis salidas, últimamente poco habituales. Es mejor la ficción. Mi relación conmigo acá únicamente me proyecta de cara a la nada que, ya dije, es la red. Contar los pasos de uno mismo es algo parecido a hacer de cura, y la mayoría de los que he conocido no me han interesado demasiado.
Escribo poco porque no sé qué contarme. Si quisiera contarle algo al mundo hablaría de la rosa (como Juan Ramón). En muchas entradas hay de eso mientras mi ideal de vivir en permanente contacto con los locos ha desaparecido rotundamente hace tiempo. Me quedaré aquí, en albornoz, con mi pobre pensión para cigarrillos y alguna manzana. Sólo cuando necesitaba alcohol todos los días mi vida se iba por el desagüe, yo veía en mi vómito una especie de camino a seguir. Esto es cierto. Una borrachera invalidaba la del día anterior y los días se iban casando unos con otros en la parodia de un vaso ancho con hielos. Al menos me duchaba para ir al supermercado. Es otra manera de verlo.
Ya he dicho que no tengo amigos. Odio a esos apestosos que me recuerdan todo el rato que no puedo beber. Sí puedo si quiero. Que se metan con lo suyo. Además de todo eso tengo mi libido bajo control. No necesito mucho en mi vida, ni siquiera mendigar. Ella cierra los ojos. Se me había olvidado de que la había llamado para que viniese a tomar un café conmigo. Le confieso que mi polla se encuentra a muchos kilómetros de este porche, así, como quien fuera a cortar el hielo, o el fuego, según se mire. Ya sabe que, cuando me percato de una situación, suelto una incoherencia y, la verdad, siempre que acepta un café en mi casa, lo hace para llevarse música o libros. He terminado Bella del señor, le digo. Hay un capítulo que me recuerda a las naderías que escribo. Solal, el protagonista masculino y cuyo nombre se remonta a la primera novela de Albert Cohen, escrita muchos años antes, se encuentra caminando por París. No hace nada, tan sólo camina, alrededor suyo tampoco ocurre demasiado, sólo cosas “típicas de la ciudad”. Puede hacer cualquier cosa porque, entre otras cosas, es rico, pero no hace nada, anda, se sienta, alguna vez se toma algo en una cafetería u hojea algún periódico... bien, pues así, le digo. Como no dice nada le informo que sucede en el último cuarto del libro, que es un tocho. Por fin dice algo así como ¿Y qué pasa, que me lo recomiendas? No, no. Insisto. Bueno, o sí, digo. ¿Qué más da? Dice que se tiene que ir a yoga. No entiendo de veras por qué va y le digo que no creo que haya mayor yoga que permanecer aquí. Mientras se levanta me dice que por qué tiro la colilla al suelo teniendo un cenicero al lado. Es para que jueguen los bichos, además mañana viene la asistenta.
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martes

Bajo la mesa del pollo y con una edificante cara de subnormal

El día en que me descubrí a mí mismo debajo de la mesa sobre la que iba a comerme un pollo asado observando el aterrizaje de las tórtolas al lado de las migas que mi yo sentado dejaba caer al suelo de la terraza colindante me vi cara de 18 años, acaba de superar el acné juvenil y me drogaba a menudo y me acostaba con una chica que no recuerdo en absoluto en hostales de mierda que pagaba ella (con tarjeta) me saludé como si tal cosa acto seguido de atarme el mantel al cuello y observar si cada cubierto estaba colocado en su correspondiente sitio. Poco después de ese estar bajo una mesa yo perdería la cabeza y fácilmente hubiera sido una leyenda (de hecho lo fui) si mi muerte hubiese venido de verdad y no sólo como una invención de gente que solía regodearse ante otros de mi amistad. Que yo sepa nunca he tenido amigos. Poco después, equipados con neceseres del programa Los libros de la 2 de TVE, llenarían mi casa de cámaras ocultas. Juancho Armas-Marcelo, ese escritor de mierda, me lo diría en el Hotel Kafka de mierda y yo le diría que ya lo sabía. Al parecer a él lo que le llamó la atención de mí videado hacía más de diez años era la obsesiva manera que tenía de masturbarme. En el año 2011 perdí la libido debido a unas medicinas venidas de la granja de desintoxicación (alcohol) y pude librarme de ello. Desde entonces hasta ahora, que abandoné mi relación con droga y alcohol, pasé a desentenderme del pasado. Los niños venían y se agarraban de mi dedo para cruzar la calle. Decían: gracias señor. Yo caminaba solo por Madrid. El resto era mi pensión mensual y leer. Eso soy ahora. Pedí vinagre para el pollo y procedí a comerlo. Me gusta salir a comer de menú una vez cada dos semanas, a veces lo hago acompañado, pero en esta no era el caso. Enfrente mío había unos albañiles a la izquierda y una pareja cuarentona a la derecha. Demasiadas voces en ese restaurante. Como mis problemas con el alcohol ya habían acabado definitivamente le dije al barman que me trajera un whisky con hielo, que me daba igual la marca. Empecé a escribir compulsivamente a la edad de 16 años. Entre mis obras está la vida del psiquiatra que atiende a Holden Caulfield en El guardián entre el centeno. Me ofrecieron un par de premios literarios que rechacé para no tener que seguir comiendo pollas durante el resto de mi vida escribiendo, porque era algo que tampoco iba a dejar de hacer por las buenas. Hace poco un amigo, en su entusiasmo heavy metal, me digo "pero si tú ya eres Samuel Beckett ¿Para qué vas a escribir?". Joder, yo leo a Lope como todo el mundo, le dije. Yo leo a Lope, ese es el santo y seña de nosotros, los escritores de la nada. Me llamaban genio, al igual que en mi etapa de dibujante, cuando era estudiante de la nada en la facultad de bellas artes de la universidad complutense. Tomaba (y aún sigo) química bloqueadora de los neurorreceptores. Difícilmente podía dibujar lo que veía bien fuera dentro o afuera de mi propia cabeza absorta bajo la mesa del restaurante con terraza. He sido homenajeado varias veces como artista y existe una persona en Mountain View, California, que ha leído cada maldita entrada de este diario (que supera las 400) al igual que otro desconocido, demasiado torpe, que quiere existir en mi mente como bulto. Mis padres leen mis entradas, también en las que asesino mujeres (en alguna mientras la horca hace su efecto meto mis dedos, definidos como grasientos, en su cosita y cosas por el estilo mientras permanezco atento al momento en que la vida abandona sus pobres cuerpos). No son cosas que no haría en la vida real si dejase, como en tiempos, decidir a mi esquizofrenia. Saco la cabeza a menudo a la superficie para hacer alguna broma, como quien sale a fumar un cigarro en horario de oficina, la mezclo con el payaso y con el niño, con el genio y con los inexistentes amigos del genio, promotores todos de su figura de hombre amenazada por un niño armado mascando un chicle que también es ese hombre. Todo torpezas, viajes, confusión. Bajo la mesa hay un hormiguero que tapo con el culo del vaso (ya vacío). Pido otro whisky. Es para celebrar que estoy curado. Tampoco puedo quejarme de las sesiones de alcohólicos anónimos. Allí me invadía la paz de Dios. Dios es bueno con la gente que juega a redimirse, pero redimirse es injusto para con la propia persona, para con la idea. A nivel individual es lo que extraje de mi lectura del Manifiesto comunista. Hice un trabajo sobre ello a la edad en que aparezco bajo la mesa, pero aquellos profesores de sociología eran todos una panda de engreídos. También leí a Hitler (aburrido), El Leviatán de Hobbes y alguna cosa más. Creía que mi inteligencia asimilaría con el tiempo esas ideas de administración y gobierno sobre las que el mundo giraba, pero nada de eso sucedió. Me desbordó mi imaginación de nuevo. Para quien no lo sepa es un barco hecho de papel que naufraga una y otra vez contra el mismo islote. El islote es una negativa a la experiencia y finalmente te ves recluido, imposibilitado para leer La montaña mágica (por poner un ejemplo de la época) en un parque de atracciones donde te han recluido para mejora de tu salud mental. La cobaya en la que te conviertes empieza a tragar las migajas de las tórtolas de principio de este texto y no ves más allá de alguien que está enfrente procurando que memorices unas cuantas reglas. Quedaba agarrarse a algún nervio remoto y escribir. Nada de eso se aprende en el exterior. Una vez escrito lo que sea se lo tiendes al recién adolescente de debajo de la mesa e interpreta. Tú no. Tú estás sobre el escenario, decidiendo si recaer o no en la travesura que, a buen seguro, crece en su cabeza extendiéndose como una gangrena sobre las idas y venidas de esos amigos que, en alguna ocasión, te han llamado para decirte lo siento por la muerte de tu abuela, la mujer de tu vida.
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viernes

Going home

A veces me siento enfrente de la ventana e imagino que pasan aviones que viajan hacia insospechados destinos, las caras de los pasajeros se me aglutinan en la traquea y no sé distinguir una de otra en la hora en que las azafatas reparten los utensilios para la comida. Será un viaje largo. Algunas veces estoy yo dentro del avión. Viajo hacia Morelia (México) con un libro en la mano (la biografía de Beckett escrita por Klaus Birkenhauer y traducida al español por Federico Latorre) que he comprado para regalar a cualquier ser inventado que vaya a esperarme. En el cartel que sujetará mi anfitrión fantasma, al lado de mi nombre, mal escrito, se leerá “Se aceptan propinas”. Anochece y la sábana preñada de azúcar sobre la vitrocerámica sustituye esa visión por la de unas crías de pájaro durmiendo. Han anidado en el jardín de mi casa y, las veces en que no imagino aviones en esa sucia ventana del tejado, les visito en lo que llega la madre que, en un principio, huye de mi manera de irme y así dejarles crecer en este aeropuerto de churruscados Ícaros comestibles. Soy bueno y hago los recados de la casa. En la panadería digo los buenos días y me atienden muy bien. En los días festivos de las grandes recepciones oigo el llanto de las langostas mientras se cuecen, pero hago como que no y, en lo que ese chirrío de llanto ultimísimo genera un tren descarrilado en mis imaginaciones, me abstraigo hablando con la novia de un primo venido de Grecia y que ha aprendido a decir Fresa tierna con perfecto acento segoviano. El cochinillo ya sangra sobre los platos de la mesa del salón y un invitado cuyo nombre no conozco y cuya cara ya se me ha olvidado bendice los alimentos. En un acto de ligera provocación echo mano del queso antes de terminado el pertinente rezo. Es de cabra. Poco después un tío lejano mío reparte el vino (cosecha del 96) en los anchos vasos. Vuelvo a la habitación, mi cuerpo está troceado en la maleta que usaré para mi viaje a Morelia, a saber aún cuando. Me gusta mirar esos trozos visitar comisarías, hacer preguntas sobre la consecución del pasaporte. Tras esas visiones toco los trozos para oír cómo crujen. Apenas noto dolor porque mi cabeza se encuentra viviendo en un tiempo pasado, remoto, rodeado de las tumbas de mis desaparecidos compañeros de camino. En Morelia (México) la vida es idílica y el clima maravilloso. La gente apenas se suicida allí (para eso ya está Austria, como se sabe, por ejemplo). Desde el avión veo el pequeño trozo que es España y disparo últimas balas sobre seres queridos que aún viven y crecen en la misma inocencia y viento que las crías de pájaro que habitan en el jardín de mi casa. Aprenden a cantar canciones que yo nunca conoceré. Abriré la biografía de Beckett que en realidad me he regalado a mí para mi viaje y leeré por encima en lo que llega el primer whisky en vaso de plástico a 5´50 eu. No olvidar: Chicles de nicotina. Atrás, agarrado en toda su forma por barro, queda un corazón aún latiendo, revoloteando de orgullo sobre la ponzoñosa charca, pues he tenido que inventarme un corazón nuevo. Compulsar el carné de identidad a mi llegada a la embajada tres días después. Comprar una pistola. Mi lista de cosas por hacer roza el ciento y pico mil. Ahora, por favor, dejar de pensar en eso. Concentrarse por ejemplo en alguna muchacha del avión o el libro o la película que saquen en las pantallas. Estaré mirándome, como hace un rato mis trozos dentro de una maleta, con harapientas ropas, aunque perfumado, sosteniendo un tercer whisky en vaso de plástico y chupando la boquilla de un plástico de mentol. El amor es muy agradecido. En el portátil llevo íntegra mi obra literaria (escribir, no escribir, escribir, no escribir. Esta margarita tiene cuarenta y pico mil pétalos). En ella residen a la manera de una composición de Juan Gris mis venas, que son un camino que desemboca en el océano que habrá abajo. En el trozo llamado España se queda mi borgiana biblioteca repleta de colecciones de música negra, son mi regreso, junto con Charly, mi loro, que no hablará y a saber si vive aún. Yo he prometido trabajar a mi llegada... en algo. Mientras, la novia de mi desconocido primo griego, vestida toda ella de felpa, me aborda en el pasillo de la mansión Masa y me pregunta en inglés cómo se dice felación en castellano. Imagino. Claro que... yo no estoy aquí. Y en una pared cerca de la casa leo "Mi domicilio exacto son los sueños".
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