sábado

Valseca, Youkali y Ella

Los días siguen pasando y ella está en mi cabeza removiendo cosas, aún. Pienso en el coyote muerto a palos del poema de Sebald. Pienso en mí bajo una manta, preso de un pijama a rayas azules y miel. Pienso en ti. A veces me caigo de cabeza al suelo (mármol) desde tu hombro de giganta, vuelvo a levantarme y sigues ahí. Rezo para que sigas ahí. Quiero que nuestras imaginaciones canten, rotas y al unísono, el bolero Bésame mucho mientras jugamos, presos de las tres en raya, en una prisión llena de ratas a las que dar de comer nuestra propia carne.
 
Mira cómo la sangre sale si cierro muy fuerte los párpados. Es tan bello ¿Verdad? Es estar sin tu abrazo. Necesito oír un sí de tu boca cada milésima de segundo porque si no no puedo sostener mi cuerpo. Mi cuerpo es como una de esas cabañas que nos hacíamos los pequeños hasta que los mayores la destrozaban. Entonces se repetía la operación. Procurábamos dar con un sitio alejado de los malos en los que, pocos años más tarde, por seguir la tradición, nos convertiríamos. Joderíamos con orgullo las cabañas de los pequeños una vez que habíamos comprendido que nos habíamos convertido en los mayores. Eso es mi cuerpo: Una cabaña que va de un sitio a otro, tras ser destrozada por la tradición. Tú eres mi sopor, la antorcha que, aun encendiéndose sólo para sí misma, encuentra en mi penumbra la mano que la guía por restos de cabañas. No están muy lejos. Valseca está atestada de ellas. Palo sobre palo. Madera sobre madera. Cuando el miedo viene a mí desplazo fuerte la antorcha que eres y desaparece. Tengo miedo de que se apague, pero nada dura eternamente, ni siquiera esta oscuridad.
 
Sigo tecleándote y mantengo en secreto mi ilusión de niño consistente en que salgas de la pantalla y, por fin, me abraces. Sigo escribiendo lo que deseo. No me invento nada. Me apetece contarte que en mi niñez asistía a las procesiones de Valseca con una vela cuya cera dejaba caer en la palma de mi mano, como hacíamos todos los chicos, y la sensación que experimentaba con la primera gota ha sido tu llegada. El resto eran monaguillos cargados de farolas y cetros, Cristos de cartón piedra gigantes que te miraban desde su pedestal y te preguntaban lo de todos los años. También había gente descalza fustigándose la espalda con los nudos de una cuerda deshilachada en los bordes. El momento más top de la procesión era cuando entrábamos en la ermita y, a la luz de cada vela y cada farolillo, cantábamos (se sigue haciendo) Madre dolorosa, dolorosa madre. La dediqué un libro. Parece mentira. Entonces tú no habías aparecido en mi vida y yo dedicaba libros a la Virgen santa de los mayores de mi pueblo. La canción duraba unos doce minutos. Se podía sentir el calor de esa ermita abandonada durante el resto del año. La gente, la canción, los rezos, los ausentes. Era como estar acompañado de ti. Eso era. Imagina que estamos delante de un helado en una terraza mirando el Sena… no sé, creo que se queda muy corto. Ayer hablé contigo y todas esas velas y farolillos se apagaron, lamenté tu enfermedad. El hecho de que me dijeras que había algo en nosotros que no funcionaba. Yo soy tú, no sé si me explico. No sé si es mejor que me calle.
 
Al día siguiente de la procesión los jóvenes de Valseca nos íbamos a las eras y construíamos con cuatro jerséis las porterías. Daba igual que lloviera o hiciera sol. Daba igual todo. El balón no conocía lo que era irse fuera salvo cuando traspasaba la imaginada línea de alguna de esas porterías. Jugábamos todos mezclados, los mayores y los pequeños, todos los que, alguna vez en nuestras vidas, habíamos ayudado a hacer y también a destruir cabañas. Éramos hermanos. Hoy todo el mundo tiene sus trabajos y casas, algunas de lujo. Sólo queda un bar en el pueblo. Cada año llega la noticia de, al menos, dos nuevas muertes o tres. ¿Qué significa eso? Algo habrá de significar. Dime tú la respuesta y la seguiré a pie juntillas. Convertiré mi vida en tu voz. Me da igual cuál de esas voces tuyas sea la que llegue hasta mi oído. Yo diré que sí.
 
En el bar del pueblo siempre echan la partida los mismos jubilados. Ya no hay juventud en mi pueblo. Valseca era el Youkali de Weill que hoy eres tú. Escucho esas canciones interpretadas por Lotte Lenya y te veo, entre las bambalinas de un teatro que sólo existe en mi mente, y te digo, entre susurros, que vengas conmigo. Porque todo lo demás no existe. Quiero decir: tú puedes matarme, yo te dejo. En Valseca dirán “¿Os acordáis del chico la Ciriaca? Se ha muerto” “Con lo joven que era”. Después seguirán con su musete. En cierto modo ya he muerto. Contigo veo esa cabaña en ruinas revolverse entre ellas y encontrar en ese movimiento vida. Quizás eso sea todo.
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