viernes

Oh Danny boy






Aún recuerdo la timidez con la que, a veces,
bateabas. La gorra no evitaba que el sol te diera
en los ojos. Pero había un par de gallos muy buenos
en nuestro equipo y, las veces en que ganábamos,
nos dejaban beber sidra.
Joder, corrían buenos tiempos en Valseca.
Hoy, tanto tú como yo, colega
estamos podridos.

Te recuerdo regodeándote en la lectura de
“Thanksgiving prayer” de William S. Burroughs
mientras visionabas una y otra vez la caída
de las Torres gemelas.
La risa podía oírse desde el séptimo.

Yo bebía una cerveza tras otra a tu lado.
Buscaba quedarme dormido ahí mismo, en el sofá,
para que tú tuvieras que despertarme
con esa ternura tuya que enterramos cada día
a eso de las dos de la tarde
mientras un grupo de gaiteros toca su estúpida canción.

Yo sé en qué consiste tu santidad, pues
soy ese joven a quien sacaste los ojos una noche
tras golpearme con una porra.
Desde entonces te ocupaste de cuidarme.
Me ayudabas a cruzar la carretera,
a no equivocarme de parada en el metro
a acertar con la llave en la cerradura.
Me acercabas, a un gesto mío, a la fuente
del jardín cuando tenía sed.

Sabes, supongo, que
dentro de mi oscuridad,
por encima de los nidos de los cuervos,
existe un colchón de felpa
donde sentar a tu corazón
y enviarle, cada día, juguetes nuevos.

PD: Lo que quiero decir es que
aún hoy, sospecho, después de tanto tiempo,
no nos es desconocido nuestro amor.

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