miércoles

Oda a un amor antiguo

Por las tardes,
al subir del pozo
me fijo en el horizonte.
Allí veo médulas rotas,
porciones de corazón tapadas
por algunas nubes
que me llevan de la mano
a una infancia donde yo comía
algodón de azúcar
en la noria del parque Arias Navarro,
en Aluche.

Es en la mañana cuando,
tras encender la televisión,
recuerdo nuestro enterrado amor
y me digo que tal vez fuera mejor así.
Tú me amabas y sabías que yo te amaba.
Hubiera podido con todos los demás.
Los hubiera despellejado con una sola palabra.
Pero elegí tu pellejo de entre todos para hacer,
del día siguiente,
una corona que se acomodara a mis greñas
de bastardo sutil, prontamente tocado
por la enfermedad y el delirio.

En las noches te veo con un traje de novia.
Quizás, tras haber follado contigo mil doscientas veces,
me hubiera cansado y estrellado el coche
contra un camión de cemento
y, mis ojos, antes de cerrarse
hubieran mirado a los tuyos
antes de cerrarse
y ahí hubiera acabado todo.

Hice bien en no besarte,
en acomodarme en un pellejo de la muerte,
esconderme en sus rincones de luz vaga,
alimentarme de su emoción de niña triste y sabelotodo
y salir a la calle sólo para comprar
pan, leche y tabaco.

Hice bien en tapar nuestro amor
con hojas secas de cada otoño venidero
y hacer como si la cosa no fuera conmigo
las veces en que pasaba por allí y descubría
que el viento no podía con el grueso
de la compartida tumba de un amor casi olvidado.

Por las tardes,
al subir del pozo,
antes de llegar arriba,
era tu laringe lo que atravesaba.
Lamía el muro y el sabor del frío ladrillo
era también nuestro deseo apagado.
Al subir a la cima, el sol brillaba sobre mí y,
antes de mirar al horizonte,
yo rezaba porque tú estuvieras viva,
feliz, alegre en alguna parte
de este nuevo mundo
cuyo aliento huele a formaldehido,
follando cada día con fieras
y yendo de la mano de tus amigos y amigas
en los días siguientes
a recoger margaritas por ser primavera.

En tu rostro siempre era primavera.
Yo, cuando lo miraba, no podía evitar
morirme de vergüenza.
Yo sabía que tú me querías, tú sabías que yo te amaba.
Eras el cofre que, al abrirlo,
empieza a despedir una luz que recuerdas haber visto
la primera vez que abriste los ojos
y una serie de personas te daba la bienvenida al mundo.
Tus ojos me daban la bienvenida al mundo
en cada puto recreo.
Recuerdo que empecé a beber soles y sombras al llegar
a casa.

Ahora allí no hay nadie.

En mi locura estabas tú,
cuando yo ya no tenía llave,
descolocando los discos que yo había cambiado
previamente de lugar.

Sé que no puedo volver,
que siempre habrá una palabra de odio
en los bordes de tu boca,
una garganta ardiendo
antes de soltar el grito
en el que quepo.
Allí me recuesto ahora
procurando quedarme dormido
una noche más
en la que no te sueño.

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