sábado

Oda a mi psiquiatra

Al llegar a la consulta no había nadie allí,
cogí una revista de decoración y me senté.
Mi cita era para las siete y eran las siete y cinco.
Simplemente no conseguía encontrar aparcamiento.
Unos minutos después un hombre, ataviado
con una máscara antigás,
abrió la puerta del despacho
y me dijo que me pondría un cero
si no entraba cuanto antes.
Así que entré.
Perdona la mascarilla, dijo,
es por los microbios.

Hubo unos momentos de silencio
en los que él organizaba hojas.
Antes de preguntarme por mi nombre recuerdo que
me preguntó: ¿Comunista o facha?
Yo dije que no lo sabía.
¿Entonces anoto ambos? Dijo.
Vale, dije.
No se preocupe, me explicó, es muy corriente.
Bien, dije.

A continuación me preguntó si había
tenido una infancia feliz.
Respondí que nunca me había faltado de nada.
Él se puso a garabatear en su cuaderno.
Después me preguntó qué tal le había salido el dibujo.
No está mal, dije.
Me informó que estaba aprendiendo de Picasso.
Medio minuto más tarde me enseñó las fotos de la boda de su hija.
¿A que está guapa? Me preguntó.
Me explicó que, en el banquete, de entrantes comieron
langostinos, paté de oca
y jamón de pata negra.
Fue pasando fotos hasta llegar a una
en la que un hombre vestido de cuero
era sodomizado por dos hombres a la vez.
Me dijo que eso no tenía nada que ver con la boda,
que era un paciente en el que estaba trabajando.
Cogió la foto y la metió en el bolsillo de su chaquetilla.

¿Puedo fumar? Pregunté.
Me dijo que me traería un cenicero enseguida.
Mientras fue a buscar el cenicero me fijé en sus diplomas
hasta llegar a una foto de él sonriendo acompañado de Batman.
Al llegar me dijo que ese murciélago le había salvado la vida.
Sí, dije. Los superhéroes están para eso,
recuerdo haber pensado.
Él colocó el cenicero en la mesa y yo volví a tomar asiento.
Me dijo que se llamaba Jose, pero que podía llamarle Pepe o Pepillo.
Yo dije que me llamaba Alberto.

¿Has visto OVNIS alguna vez, Alberto? Me preguntó.
Dije que no.
Muy bien, me dijo, eso es que no eres esquizofrénico.
Luego me preguntó por la televisión y la radio.
Le dije que me gustaba escuchar el fútbol.
¿Pero no has escuchado nunca voces que te indujeran
a asesinar a tu familia? Me preguntó.
La verdad es que no, dije.
Me dijo que iba progresando.
Luego me dijo que si me sentía observado a menudo.
No, dije.
Muy bien, me dijo, va a sacar usted una buena nota.
Le pregunté si esto era un examen.
Sí, claro ¿Qué creía que era? Me riñó.
No lo sé. Creí que tendría que contarle los
motivos de mi visita, le dije.

En ese momento se puso a llorar
cada vez más fuertemente.
Llegó incluso a asomarse al balcón y cruzarlo
amenazando con que se iba a tirar.
Le dije que no lo hiciera.
Tardé el resto de mi tiempo en consulta en convencerle.
Al final se serenó y entró
y me cobró la consulta
de todas maneras
después de abrazarse a mí y decirme
que ya no existían pacientes como yo.
.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi principito lindo