lunes

Mis profesoras de lengua

No sé si me recordáis, viejitas mías.
Yo era aquel chico tímido con granos
que se sentaba en el pupitre más alejado
de la pizarra donde exponíais la lección.
Aún me acuerdo de todos sus putos nombres:
Lope de Vega, Calderón de la Barca y, por supuesto, Cervantes,
entre otros…

La mayoría del tiempo yo acomodaba mi silla
contra la pared que daba a otro aula
(donde exponíais lo mismo
con las mismas palabras)
y dormía y soñaba con tiempos mejores
en donde yo era una especie de héroe
un poco parecido a esos hermanos horteras o lo que sean
que, aún hoy, ocupan su lugar en el vacío que
dejó el Madrid Rock de Gran vía
con una botella de cocacola en la mano
ya haga sol o truene.

Os amo aún, puedo notarlo, sentirlo
viejas solteronas casadas con Jorge Manrique y
esas putas coplas dedicadas a la muerte de su padre.
Yo quería acompañaros a Chiky,
Comer un sándwich mixto con vosotras
y hablar de amor.

Si ahora mismo metéis, a través de mi carne,
vuestra mano en mi corazón
podréis palpar al menos una docena
de larvas cegadas por el sol de diciembre.
También ellas os aman, como yo.
También ellas aprendieron de vosotras
que eran ese espejo donde, de vez en cuando,
bien para peinarse, bien para despeinarse
se miraba Holden Caulfied
en el libro en el que, gracias a vosotras, hijas y madres mías
descubrí que uno también podía sentarse dentro de un libro
y ver la vida pasar,
con sus coches, sus mercados, sus putas, sus jardines, su gente importante…
Todo eso.

Recuerdo vuestra piel reseca
y a mí mismo esperando a que el resto de la clase saliera
para poder llorar ante vuestra mesa
porque no me habíais aprobado.
Es verdad que había veces en las que no ponía bien las tildes,
Teníais toda la razón.

Hoy me he acordado de todas vosotras,
una por una.
Me he preguntado dónde estaréis,
lo mucho que me gustaría invitaros a un helado
y pasear por el Retiro de vuestra mano.
Pero me he dado cuenta que eso es imposible
mientras una lágrima silenciosa ha caído
desde la sima de mi ojo derecho.

He comprendido que estáis muertas,
que en vuestras tumbas no hay flores.
He buscado vuestros epitafios en la Antología de Spoon River
sin encontrarlos,
y he pretendido arreglar el recuerdo de vuestras gafas
sobre la mesa del salón, ante cualquier clásico
de nuestra literatura con mayúsculas,
vosotras y sus tapas ajadas por el tiempo
con esta basura de poema
en el que no salen vuestros nombres (benditos) y
que nunca leeréis.
.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido Alberto, esos dos hermanos horteras de los que hablas son colegas y hace años que no beben más que coca-cola, y bastante más horteras me parecen otras cosas que ellos... tu amiga Patxi...