sábado

LMP

“Ya Freud decía que el delirio, lejos de ser una enfermedad, es un proceso que trata de devolvernos la razón” (Leopoldo María Panero, en Aviso a los civilizados)


Recuerdo un silencio ritual
en la caseta de la feria
a la que me acerqué.
Allí estabas tú.
Te dije ¿Qué tal, Leopoldo?
Tú me miraste y dijiste, gritando,
No conocerme.
Ya, dije yo.
Enseguida una de tus cuidadoras,
esos ángeles custodios del alma
cuando no se encuentra en parte alguna,
dijo: Ay mi niño, deja que te limpie las babas
para que te encuentres guapo.
Y estrenó un kleenex sobre la sombra de tus labios.
Me produjo tanta ternura que quise abrazar
la situación. Invitar a la señora a un
san Francisco y sentarme en tus rodillas
de penoso Rey Melchor.
Ofrecerte una Pepsi, acercarme a tu oído
y cantarte entre susurros:
“¿Quién llenara de primavera el seis de enero
y bajará la luna para que juguemos?”.

No te dije que tus amigos ahora eran mis amigos (algunos)
Y me lo habían contado todo.
Sé, por ejemplo, que un día Felicidad Blanc
Colocó un huevo en la mesa de la cocina
Y tú dijiste: Ubú, y echaste a correr.

Muchos años después mi amigo el escritor
te llevaba al aeropuerto.
Él sacó un paquete de tabaco y te ofreció.
Tú dijiste que llevabas los tuyos y
sacaste una pitillera que,
al abrirla,
echaba para atrás del olor a mierda.
Liabas cigarros con tabaco y excremento,
seguramente influido por Deleuze - Lacan - Freud
porque decías que curaban la esquizofrenia.

La vez que entraste en una pastelería
en busca de una chocolatina
y no te atendieron
(porque apestabas).
Llamaste a mamá desde una cabina entonces
y le dijiste que necesitabas ropa nueva.

Y qué decir de aquella novia francesa que,
atraída por tu arrolladora imagen de chico lleno de
pasiva energía e inteligencia en El desencanto de Chávarri,
se ofreció a darte cobijo en su casa
a orillas del Sena.
A los tres días estaba destrozada y es que, Leopoldo,
fuiste muy malo.
Otro amigo mío se puso al otro lado de la línea y
tu novia le dijo que llevabas tres días
meando en cada rincón de la casa
con la intención de purificarla.

Te veo recogido en una habitación destartalada,
en la postura de Edipo dentro de una frase de Artaud
que bien podría ser: “Si se pudiera pasar detrás del muro,
qué desgarramiento veríamos, qué carnicería de venas.
Un amontonamiento de cadáveres vaciados.”

Quiero pensar que tú,
aquella tarde de verano
en que me acerqué a ti
eras la verdad de un cielo claro, al tiempo, que la verdad
de esa gente que te miraba sin acercarse
como si fueras un artista del hambre.
Permite que te vea como la promesa del helado
que me tomé a continuación,
tras coger un libro tuyo recopilatorio
que ya tenía por separado,
y decirle al encargado de la caseta
que consiguiera un “Con cariño” tuyo, mi amor,
mi niño grandote,
mi poeta.
.

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