lunes

Highway Chile




Nunca les mostré mi arte,
mi cosa, mi enfermedad.
Todo era bajar al sótano,
pegarle un poco al saco y tocar y cantar,
una vez tras otra,
Highway Chile
hasta que las luces se apagaban y yo
comprendía que era la hora de perderme en el camino.

Tenía 17 años
y una vida que quemar.
Encendí mi pipa
y me senté en el sofá.
A través del humo veía la figura
de mi amor de entonces, que me hablaba
no recuerdo
de si su abandono o del mío.

Fui a la cocina y saludé a mi pájaro.
Luego abrí el cajón de los cuchillos japoneses
y me puse uno de los filos en
la boca del ombligo.
Respiré y una gotita de sangre me dijo que
era hora de dejar de jugar,
de convertirse en alguien.

Recuerdo pedirle 300 pesetas a mi abuela
cuando regresó de la compra
y permitirme una merienda en el McDonalds.
Allí había una pareja con cascos de moto.
Se besaban de vez en cuando entre risitas,
luego yo, mi Burger, mis patatas, mi kétchup, mi mostaza
chorreando por entre mis manos blancas.
Joder, era yo el jodido rey de la puta noche
ese noviembre en el que apenas recuerdo
mi cara de agradecimiento
tapada por una maraña de pelos.
 
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