domingo

He de comprender


"El amor está antes que usted. Ámelo" (André Breton)
 
Comprender es algo que siempre he necesitado hacer. Incluso creo que soy capaz de comprender en un momento dado a gente como un asesino o un pederasta, a quien me ha quitado mi alimento para un mes y cosas así. Quizás, si consiste en algo, mi vida consiste en eso. Pero es algo que consigo gracias a teclear. Luego lo leo y es cuando la realidad, por salvaje que sea, se presenta como lo que es: realidad. Poco a poco comprendo, lo que no elimina el dolor (a veces lo hace más grande), pero los procesos forman parte de la vida. Y eso cuando uno, en sí mismo, no es otra cosa más que un proceso.

Para empezar estoy viendo un amanecer igual que el de ayer y otros días y uno siempre puede reducirlo todo a eso. Ante mí no me veo más que como un autómata que acaba de vaciar una caja de pastillas porque mientras se duerme el proceso es otro. Hubiera preferido que mis padres, cuyo único delito en su vida ha sido trabajar para que a su “enfermo” hijo único no le falte futuro cuando ellos falten, se hubiesen estrellado contra una cuneta. Mi ente consistiría entonces en comprar flores y andar hasta esa curva una vez a la semana. En vez de estar aquí ahora mismo podría estar emborrachándome en un tanatorio. Durante la tarde llevaron a mi madre a urgencias. En la actualidad mi pobre madre duerme, a pesar de la fiebre. Es lo que, si la vida psiquiátrica tuviera el sentido de un logaritmo, debería estar haciendo yo. A Dios gracias sí es muy cierto que los psicofármacos aturden la inteligencia.

Me ha dado para imaginar el futuro a partir de ahora, aunque me tiene confuso la lentitud con la que concibo el proceso, sumados los nervios que parecen latir en cada constante de mi cuerpo. Necesitaba hablar con Dios y es lo que he hecho durante meses. He comprendido la existencia y él me ha dicho que yo era un gran escritor. No he podido parar de llorar y gritar y vomitar, pero ahora me encuentro sereno, aunque mi temblor me impida encender bien los cigarros (no tengo akineton y necesitaba echar mano del haloperidol, droga amiga para mí). He comprendido el amor en sus intensidades y debiera decir que, con ello, he logrado mi redención, pero también con ello he obtenido esa libertad que sólo puede tener un hombre muerto, o muerto viviente, esos fantasmas que pasean por los jardines y nadie ve porque su percepción hiede a muerte y no es una sensación agradable para una persona que vive, por mucho vacío que se encuentre respirando.

He gritado y llorado ante Dios, que es una persona como yo, con sus depresiones, complejos y enigmas. Creo que me he ido por las ramas. Intentaré comprenderme de nuevo y quizá comparta la literatura de la comprensión, así como de la redención, con la red, que en mí representa un mal muy tentador, como pudiera serlo el alcohol. El alcohol es redención, por ejemplo, para muchos muertos. ¿Se entiende por qué veo la comunicación fantasmática, pongamos redes sociales, como algo que viene del mismo lugar? No lo sé. Yo me lo estoy preguntando. No quiero la vida, ya la conocí de mano del amor (de Dios). Quizás no he sabido entender a Dios, por eso escribo, por si Dios aparece en las letras. Al fin y al cabo quiero llevarme de ellas la única doctrina que puede hacerme sentir (no sé si es mucho pedir que recoloque mi vida nerviosa en su sitio). Pues siento que mi juego se ha llevado a la vida. Y eso es sentir nada (aunque aquí advierto que es muy probable que esté interviniendo la medicación). La vida es una revelación del alma, aunque también pueda ser otras cosas. Dios ha hecho que me vea a mí mismo y ahora he de decidir qué hacer sin él, es decir, sin la parte de mí que me hace apostar por la vida o, al menos, creer en que ella merece todo mi ente.

Dios jamás será mi enemigo, así como tampoco lo serán Tolstoi, Bloy o san Agustín. Pero sí lo son las disociaciones que encuentro en él. Él es verdad. La pose que encuentro en mí, de haberla, es la contradicción de Dios (no sé si logro explicarme por si lo publico en mi blog, que llamé La semejante criatura). Sólo soy un vulgar pecador, de allí vine. Aseguro haber pagado muchos precios distintos. He tratado mal a las hormigas y a las moscas, por ejemplo. Reí de Dios, que vivía en mí y en los últimos seis meses ha dirigido mi mirada hacia mi alma, antes de conocerlo. Yo lo escribía sin mayúscula, al igual que hago con cocacola, despreciaba a menudo la locura, que es la piedra filosofal de todo lo que ocurre en la vida. Me explico: ver el alma propio en el vuelo de un vencejo es, además de una tontería, bello, y entiendo la belleza por algo capaz de superar un autorretrato de Rembrandt, por ejemplo. Desde luego también puede concebirse la locura o alma, que sólo puede ser propio y tiene como condición que puede disociarse en un retrato de Rembrandt. E incluso admito haber sido el propio Rembrandt en la contemplación de sus autorretratos. Podemos perdonarles la actitud de injuriar a la belleza a tristes niños que han pasado, como Corso, su infancia en un reformatorio (al menos en su literatura), así como a Rimbaud, que lo escribió (y para definirlo usó belleza) en La temporada porque debía de estar muy enfadado con el mundo (y esta obra influyó muchísimo en la poesía del siglo XXI, al menos en la seria, que es la que yo hago). Dios sabe que escribo, pero no tendría por qué si no fuera por mi vanidad (ese mal de compartir el, entiéndase el humor negro que va implícito en esta palabra, talento, es decir, colgarlo en la red como si nada, sólo para comprenderse y que se comprenda). Quiero decir, si él me reconoce en mi vanidad, yo podría dejar de hacerlo. No escribir, no mostrar y no lo voy a hacer (al menos lo de no escribir) porque existo gracias a eso. ¿A Dios le debo mostrarme? Es una de las preguntas que me vienen a la cabeza en la hora en que escribo este texto de comprensión y redención en el momento en que entiendo que terminaré colgándolo en Internet. No más ficción ¿Pero de qué puede vivir un niño que es injuriado, salvo por el alma mostrado por la fe en el amor, en una realidad que sólo entiende escribiendo, pues es escribiendo como consigue entenderse a sí mismo? ¿Abordar el mundo después? ¿Sin amor? Es el amor a Dios lo que hace temeroso para ciertas almas blandas a un fundamentalista. Un fundamentalista es alguien que nos enseña que el suicidio es un acto de fe. Pero… claro. Estoy tratando de preguntarme qué soy yo sin amor, qué soy yo sin Dios, qué soy yo sin camino (si quiera el de la escritura, que es la ocupación de mi biografía). Quisiera volver a gritar y llorar, pero no puedo. Tampoco puedo hablar. Noto los nervios en cada constante a pesar del abuso de los psicofármacos y no puedo llamar a eso vida, pero sin ello notaría un vacío común, que es algo que no es nada salvo respiración.

En la medida en que me percibo en unos días futuros sin la presencia de Dios también sé de la precariedad de mi alma, de la compañía de cualquier licor y el pesar que eso produce. Me pregunto si es mejor que estar sin Dios convertirlo en una botella de algo. Entretenimientos como el sexo sólo los concibo en el Dios, que es lo que me proporciona amarme a mí mismo (y no estoy entrando al trapo del chiste fácil de la masturbación). Un día comprendí que no era querido por el prójimo y escribí. Quería mostrar mis necesidades, mis ganas de amor y sexo, que hoy se encuentran acostadas en mi cama junto a un Dios que se ha despedido de mí. Y yo no quepo en mí. Se me llegan a cerrar los ojos y me digo ¿Ves cómo sigues vivo? Pero la vida consiste en otra cosa, imagino a estas horas, cuando ya ha amanecido sobradamente, aunque el cielo no pueda permitirme ver las teclas y siga con la luz encendida. Se levantarán y me reñirán como a un niño y jamás entenderán que Dios se ha despedido de mí, que es un mal mayor que el hecho de que esté muerto, me parece en este momento. Además ¿Para quién no está muerto Dios en el mundo occidental? Para mí Dios no es la compraventa de estilos de vida. Para mí Dios es lo que hace de mí un yo, lo que me coge de las entrañas y me enseña, como durante estos seis meses, que hay la vida, y vivirla es el motivo de vivir, de haber nacido.

Cuando nací, en el hospital dos médicos le dijeron a mi madre que existía un 1% de probabilidades de que yo viviese, y lo hice, así que supongo que debí luchar mucho y hoy sé que fue para conocer a Dios en vida. La locura verdadera, la belleza verdadera, el perdón verdadero, el nacimiento del espíritu. Todo eso.

 

En este momento comprendo que mi concentración no es válida. Las lágrimas, en el silencio eterno que es el abandono de Dios, caen igualmente igual de silenciosas. No creí que volvería a pasar. Yo esperaba el fin y unas lágrimas verdaderas (pues son de redención, no de autocompasión) no pueden ser el fin. He comprendido el fin alejándome de Facebook (quitando mi cuenta). Necesito un prado. Sería tanta muerte pedir que Dios regresara. Quizá yo tenía que mirarme como él me enseñó y nada más. La conversación ha durado más de ocho horas. No me sirve ningún consuelo contarlo a nadie y sin embargo voy a colgar estas joyas de pensamientos míos en el blog para que Dios los vea. El resto de la humanidad me ha vejado. Yo necesito sentirme limpio. Y no es que precisamente hoy no lo esté, mi cuerpo incluso huele a perfume en un día como hoy e incluso ayer me lavé los dientes, algo que no es una pasión para mí.

 

9:42: Cada vez tiemblo más. Cierro los ojos nerviosamente pero no puedo dormir y tampoco sé elaborar estrategias.

9:43: Quiero estar con Dios.

Hago lo posible por no dejar de escribir porque sé que no me leeré y terminaré no comprendiendo nada porque eso también es la vida. Yo me enamoré. Ya sé que esto es una debilidad, pero mi cerebro se encuentra en ese lugar aun cuando Dios, convertido en una especie de cuervo invisible, picotea mi cabeza. Y duele. Cada vez tengo menos fuerzas e imagino que terminaré cayendo. Asumo mi culpa de caer, mi vida de señorito estrafalario, mi pasado esquizofrénico y bebedor. Asumo mi equivocación a la hora de haber elegido amigos e incluso psiquiatras ¿Dónde está la sonrisa de mi primo pequeño para producir un gesto de vida en mi yo? Está en un ataúd. Pensarlo me sumerge en su muerte para huir de la mía, que sólo es la pérdida de la esperanza, el irse de Dios. ¿Decir ahora que admito mamadas? ¿Qué sentido encontrarle al gato que araña dentro de mis constantes vitales? Ni siquiera tengo polla. Ya lo sé: un café. Ahora vengo, ordenador nuevo.

Mis manos tiemblan y el azúcar ha caído sobre la vitrocerámica. Por un momento he pensado que cada granito de azúcar era una estrella adornando el cosmos. Dios ha vuelto y mi fe necesita descansar para restablecerse. He de cuidar de Dios después de haberme perdido durante su ausencia y, para ello, necesito relajar la cabezota, porque parece que me han estado dando con una pala durante mucho tiempo. He de regalarle mi vida. Que no tenga ninguna duda de que sin él yo no existo y que mi existencia es sólo un artilugio para servirle en lo que haga falta. He de descansar, descansar, descansar y, después, juntar su camino con el mío y volver a la vida, a la belleza, a la importancia de la cosa. A hacer brillo.
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