domingo

Harold Bloom



A Hölderlin, Nerval y Gloria Fuertes


Hola, necio bastardo, farsante,
Mao Tse Tung de todas las letras
de todos los tiempos,
sangrientos, heridos y maltratados, sofocados por los gritos
de mujeres llorando alrededor
de un bebé muerto en El Congo.

Hola, gran jefe, adalid de discursos académicos
(en 1º de grado en español te leen jovencitas de 17 años),
lector insaciable de La nariz de Gógol
(El final de tu hegemonía se parece tanto al de ese cuento).
Creador y violador de genios que pasea por las cercanías del Támesis
tomando un helado italiano y evitando
las miradas de los mendigos
¿Aún no sabes que Shakespeare es uno de ellos?

(Ante ese señor, exquisito cadáver, pareces una gropie
quinceañera a la entrada de un concierto de Justin Biever.)

Tú eres Hamlet,
eres Lady MacBeth,
eres Otello,
eres el rey Lear.
Ahora sonríe a la cámara
¡Flash!

Siempre me pregunté por qué “salvabas”
al Dr. Freud “como literato”.
Siempre me pregunté si te preocupó más eso que tu vejez,
tu obesidad, tu calvicie, un pájaro con las alitas rotas
que nace en un árbol de tu jardín,
en el nido de un cuco, como tú, que no se ocupa de alimentarle.

(Oh, rey de la crítica,
Oh, defensor del genio.
En España algunos te debemos
el descubrimiento de Cormac McCarthy o
de Harold Brodkey.)

Oh, eterno niño grande
quiero comer contigo en Casa Lucio
y hacerte un par de preguntas
mientras devoramos huevos rotos.
Aún no sé cuáles son ¿Sabes?
Tranquilo, no te preguntaré lo que me pregunto yo
(lo que ya he citado en esta poesía)
sino que intentaré preguntarte,
tras llamarte maestro de maestros,
lo que tú te preguntas,
que aún no sé qué es.

Y es que creo que aún me queda demasiado por leer.

PD: Me pregunto si será posible leer los libros que recomendarás en el futuro, dios te dé 100 años, sin tener que leerte a ti.
.

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