lunes

Fracaso



Es finales de 1996,
el chico está en un manicomio.
Tiene 19 años.
Ahora se dedica a respetar los horarios,
levantarse cuando toca el timbre,
ir al comedor y hacerse con una bandeja.
Los bedeles reparten una magdalena
y cuatro galletas María Fontaneda.
Después se va a su habitación e intenta leer
pero el haloperidol impide que
la conexión con la lectura se produzca.

Antes su oficio era escribir
al llegar de clase.
Escribía una novela al mes
y se la dejaba a sus amigos
que decían que era un genio.
Su primer proyecto literario se llamaba “Fracaso”.
Allí se decía ¿Quién me va a enseñar más de mí mismo,
más de la literatura, más del trabajo, de la vida
que el título de este libro?
Las chicas un poco grunges lo flipaban.
Todavía no había aparecido el haloperidol en su vida.

Es 2004, verano,
el chico está en la ducha llorando.
Al salir seca su pelo y lágrimas,
mira su cuerpo reflejado en el espejo
y se pregunta si le pertenece más lo que tapa el vaho
que lo otro.
Está en su pueblo, Valseca, es la hora del White Horse,
pero ese mediodía decide no ir al bar.
Abre la botica y coge el haloperidol,
echa treinta y cinco gotas en el vaso de agua.
Luego pone la televisión y cierra los ojos
mientras bebe.

Más tarde volvería a escribir una novela al día,
se gastaría la herencia de abuela
en clases de esas de aprender a escribir
sólo para hacerse cargo de que su primer proyecto literario
llamado “Fracaso” no andaba desencaminado.
De nuevas bocas sale la palabra genio referida a él.
El mundo de la literatura le quiere.
Él bebe whisky con esa gente
y luego regresa a su pueblo,
echa gotas de haloperidol en el vaso de agua
y ríe o llora indiferentemente.

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3 comentarios:

Luna Roi dijo...

Ningún éxito como el fracaso, pero el fracaso no es ningún éxito...

Alberto M dijo...

Nunca

Luna Roi dijo...

a veces