lunes

De nuevo Ella


En principio necesito pensar, creo. La primera vez que vi un cielo despejado fue de niño. Poco después jugué en la tierra. Hacía laberintos ayudado por agua y metía dentro a vivir clics de playmobil. Esta noche me encuentro a la guardia de una de esas puertas. Apenas tengo movilidad. Busco en la noche verla, pues ella hace que me sepa humano, con mis victorias y errores, gravísimos errores que podrían conducirle a otro laberinto. Afuera dios tiene tres años. Me miro desde lo alto concediéndome los ojos primeros y el cielo claro se encuentra lejos de esta estación. Hoy soy yo. Procuro encontrar una fotografía suya en mi mente. Ahí está ella grabada. Sus ojos desconciertan cualquier cámara fotográfica, desafían cualquier flash. Una línea y la luz, que parece salir de un mundo de cavernas cuyos habitantes, heridos, aún avanzan hacia la vida dentro de ella, que es, hoy, a lo único que sé llamar vida, a Ella, mientras invento cafés y cigarros que me hacen compañía.

Una vez localizada cualquier imagen suya yo adquiero una pose con un cuchillo japonés en la que hago como que me corto el pene, pero no llego a cortarlo. Lo coloco en la yugular. Hago una nueva fotografía. Me ha gustado especialmente eso del último libro de Alberto Olmos. Finalmente lo guardo y de nuevo le doy al flash. Mi cara es la de un auténtico idiota. Ese auténtico idiota que piensa en Ella todo el rato.

Los idiotas no tenemos problemas de clase ni políticos. Cuando no hay para un pan mejor compramos un pan peor. Y seguimos viviendo esta Navidad compuesta por ella y un tenedor que apenas usamos. Eso somos los idiotas. Los que creemos en el amor y terminamos metiéndonos a curas aún sin tener especial fe en el evangelio. Claro, no hay mejor cura que uno así. El resto de curas o monjes son iluminados (Recuérdese Él de Luis Buñuel) cuando no pornógrafos.

Al principio yo entendí el amor como un juego interesante para las criadas. Hoy soy el amor y, sin embargo, sólo siento el vacío de no dar lo suficiente para que el amor se convierta en un dúo de felicidad, y siguen necesitándose dos personas para un abrazo.

Ella aparece, desaparece en su aparición y toda mi conversación es una flor caída en una huella que ha dejado su paso por mis palabras.

Mis palabras no tienen un fin. Sólo encuentran redención en Ella. Yo no soy bueno, quizá sea el peor de todos los hombres. Soy alguien metido en una casa, que ni siquiera se lava las putas legañas. Cada día duermo indiferentemente ocho horas o dieciocho. Cuando me levanto la llamo y allí encuentro la vida y la muerte queriéndose un poco o, al menos, aceptándose. Me hace pensar en los geranios que hay expuestos en una casita antes de llegar a la plaza de mi pueblo. Sus dos habitantes murieron. Me querían. Sabían que yo había llegado a esa casa cada verano a hacer el bien. Me enseñaban sus medicamentos y yo les decía en qué consistían.

Mi pueblo murió y supongo que esos geranios, como Ella, siguen ahí, aunque formen parte de un recuerdo o de algo que ha resurgido sin saber muy bien por qué.

Hacer literatura no es suficiente. Procuro vomitarla, pero la medicación que tomo no me lo permite. Y yo no puedo saber si sin vomitarla es literatura o no. Necesito el cuchillo japonés, crear la herida y que las letras queden volcadas sobre un papel escribiendo la carta por la que he decidido dejar la vida. La palabra Ella me vale. Eso es todo lo que quería decir.

Quién que lea este blog no sabe quién es Cecilia, pues he de decir que me quedo muy corto, que a veces no sé hacerla feliz, aun cuando mi felicidad es sostenida por la suya.

Llevamos vidas tan diferentes. A veces parece que es ella la que responde en el espejo cuando voy a quitarme cuatro pelos de barba mal puestos. Hablo con ella empleando la ceremonia que empleo cuando hablo con Dios. Digo ¿Y ahora qué? Y no obtengo respuesta, lo cual quiere decir que la respuesta se encuentra dentro de mí. Acaricio mi agujero de la cabeza y me ilusiono con nuevas visitas, luego marco su teléfono y le pregunto cómo ha dormido.

Pongo el Open Sesame de Freddie Hubbard y espero a la segunda canción. Entonces me reconozco en la habitación. Comprendo que de alguna manera estoy aquí sin ella y todo lo que me produce eso es tristeza, la que decía el tango… No me acuerdo cómo decía el tango.

Es como quien a Ella le llama Yo y obtiene como respuesta a su pobre cuerpo (mi pobre cuerpo), pasado diez kilos y con un poco de rechoncho. Ella es la belleza ¿Qué es el yo? Alguien que perteneció al grupo de la gente que se hablaba, que se cruzaba por la calle, que intercambiaba opiniones aunque fuera acerca del tiempo. Alguien que encontraba el amor en la cercanía del exterminio propio.

Ella no ha venido a salvarme y me ha salvado. Ahora veo, digo mientras me caigo por las escaleras.

Pero ahí no se acaba todo. Quizá algún día ella se encuentre allí abajo y me mire y yo sepa. Quizá el día en que esos laberintos de arena para clics de playmobil huyan de mi cabeza y allí se encuentre un solo aire, ese aire que es ella respirando mientras sigo encontrando en su voz todas las voces.
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