lunes

De nuevo Ella (3)


Hubo una vez en que pasaron por mi vida muchos licores y mujeres que en ese momento pasaban por allí. Dios se había convertido en una especie de risa tonta y fuerte y, a través de la bocaza que la provocaba, se metía ella para limpiar el mundo en mis adentros.

Mi cuerpo es la cueva de un oso. Los oseznos nacieron muertos. Su padre y madre, que era mi cuerpo, los trató como yo a él y ahí estaban sus cadáveres, deshechos entre los órganos del ajado cuerpo de viejo.

Cecilia les hizo el boca a boca y mi vida fue adquiriendo sentido cuidándoles a ellos que, poco a poco, gracias a ella, se restablecían, y también en cuidarla a ella, cosa que no sé si he sabido hacer muy bien, pero que hago lo mejor que sé.

A veces estamos todos en la cueva. Yo soy la mamá y el papá, al igual que Cecilia. Los oseznos quieren que cocine ella. Nos suele valer con unos huevos fritos y una ensalada. Yo le digo a Cecilia que todo lo que puede ver le pertenece mientras la sangre que corre forma ríos donde damos alguna que otra brazada. Los oseznos están bien. El planeta vive dentro de una sartén.

Tanta vida, tanto degradarse, para al final verlo todo así de sencillo. Ambos junto con los oseznos dentro de mi cuerpo de viejo, celebrando que algún día ni siquiera nos dejarán vivir aquí.

Según cae la noche (la noche dentro de la noche, pues dentro de mi cuerpo siempre es de noche) se empieza a notar el frío. Todos juntos nos metemos en lo hondo de la cama y yo despierto en vela en una noche en la que no he pegado ojo. La llamo, pero debe de estar durmiendo. Ni siquiera miro la hora. Sé que es tarde. O pronto. Según se mire. Es el último día del año y yo sólo quiero teclear para encontrarle un hogar cuando despierte. Después apaga el ordenador y el hogar desaparece, pero yo necesito que se deje adormilar en ese pajar de letras que he preparado para ella.

Estamos tan lejos. Y tan cerca.

Yo recorro lo imposible en el filo de sus impermeables caderas, donde me hablan los santos. Necesito vodka y he de conformarme con una vida entera de sobriedad. Hoy me arreglaré por ser el último día del año y saldré a tomar uno. Reiré sin risa de los trajeados y veré en ellos un pasado lleno de monstruos. Sólo tienes que hacerles un gesto con la mano para que vengan. Y en ellos seré yo lejos de esa vida idílica con Cecilia y los oseznos. Probablemente me meta en alguna pelea, pero parece poco probable que beba lo suficiente, y ellos no me van a tocar.

La llamo para liberarme de mí llorando. Ella me dice adiós. Cojo ese adiós entre mis manos y le pregunto por qué toda la noche. Yo ya sé por qué, pero quiero que me siga hablando, el adiós.

No tengo muchos más vasos que romper y mi pijama está impoluto. Enciendo otro cigarro. En las figuras del humo nos veo fornicando, por dios, fornicando. Qué lejos suena eso. Sé feliz, le digo al espejo, porque sueño que es ella quien me mira desde allí.

Sé feliz pero, ay, llévame contigo. Eso cantan hoy los grajos en el norte.
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