lunes

De nuevo Ella (2)


Ella ha echado una sábana blanca y limpia a mi cerebro. En un principio noto su frescor y me invito a dormir ahí. Pero eso es en las ocasiones en las que no la confundo con un fantasma. De esto se deduce que el único fantasma que habita mi mente es yo pensando en ella, una chiquilla que me tendió una sábana cuando las ideas me bullían secando mi cráneo y echando humo a través de cada oreja. Su nombre es Cecilia. A menudo la imagino y salgo con ella a comprar discos y libros. Después, mientras miramos nuestras adquisiciones, nos tomamos un café con churros. A veces ella me lee una poesía para que no me quede dormido. Otras soy yo quien la lee para que coja el sueño. Madrid es mi ciudad, y no existe sin Ella.

Cuando cojo el metro miro caras a ver si la encuentro. Me busco a mí con ella en otras ocasiones. Pero el metro está atestado y, mientras nuevas posibilidades de ser ella suben, antiguas posibilidades de ser ella, bajan. Yo me quedo quieto. Como siempre. Es una manera ya de concebir el mundo lo mío. Pero si la hubiera visto la hubiera reconocido en seguida. Es demasiado tarde cuando recuerdo que ella no va en metro nunca, así que me bajo en la siguiente estación y miro a través de los escaparates de los restaurantes. A veces me confunden con un mendigo y me echan.

Recuerdo jugar a los Lemmings allá por el año 91, cuando ella aún no existía en mi mente. Hoy veo en ellos una representación exacta no sé muy bien si de ella o mía. He de conseguir que el máximo posible de ella o yo llegue a casa dejando varias muertes de nuestros iguales en el camino. Al llegar comienza otro nuevo puzzle. Y es en una especie de puzzle en lo que se convierte nuestra relación algunas veces.

Ambos terminamos pidiendo ayuda a un psiquiatra. Esto es lo que trae comedia a nuestra relación, donde hay mucho de quererse y amarse con todas las fuerzas. Pero ayer la llamé y me dijo que en su vida yo significaba: Nada. Ella en la mía lo significa todo, así que si nos fundiéramos constituiríamos una especie de ying y yang. Quizás esas sean las relaciones, las buenas, pero ni ella ni yo lo sabemos. Y dudo que ella quiera estar con alguien que aporta nada a su vida. Por eso hoy no he parado de dar vueltas a la cama. Así me he dado cuenta que la sábana del principio era a lo que yo estaba agarrado y que un muñequito en mi mente llamado Cecilia tiene el poder contrario que mis medicinas, a las que no sé si amo u odio. Que ella elija, me digo a mí mismo.

Ella toca ciertas teclas en mi mente, a veces con la delicadeza de un Bill Evans, dejando caer cada dedo como una gota de lluvia a principios de octubre, otras con la fuerza de un Ahmad Jamal, una bestia que crea melodías que recogen su propio tornado una vez cerrado el piano. Hoy sólo suena silencio. Amanece y no veo a ningún pájaro posarse sobre mi ventana. Sé que es por el frío. Ni siquiera me había dado cuenta de que eran las últimas 8:29 del año 2012.

Pienso si llamarle, preguntarle cómo ha dormido. Pedirle perdón por ser así, yo. Quiero que sueñe, que en su sueño atraviese ciudades. Suspiro por verle regatear en un zoco. Ella sabe.

Suspiro mucho. Provoco vaho en una ventana en donde la niebla apenas deja ver el edificio de enfrente. A duras penas, como dije, me hago cargo de que se trata del último día del año. ¿Cuánto durará la única relación que he querido para siempre? El tiempo cae como una losa y, si ella se sube sobre la losa, me asfixia, por mucho que yo pueda con el peso de ella y quién sabe si con el de la losa. Pues el tiempo es una ilusión. En realidad pudo ser ayer cuando la conocí. Ayer, penúltimo día del año 2012, abrí una caja de regalos y salió ella y, desde entonces, siempre me acompaña. Viene conmigo donde yo voy más o menos consciente de que mis pies van por donde los lleva Ella. Ceci, mi Ceci linda. Nadie tan mujer sobre esta tierra. En mi cerebro va de un receptor a otro a través de una liana. Cuando sólo de allá me viene su voz hablamos del día, de la compra, de la cocina, del pan. Yo siempre estoy durmiendo, salvo hoy, noche en la que me duele su herida, que es la mía. Todas sus heridas, desde que nacimos, nos pertenecen de alguna manera a pesar de ese “nada” acerca de lo que yo significo en su vida. Escribo yo como si fuera ella, porque es ella lo que soy básicamente. De no existir ese Ella yo tomaría el rumbo de un san Agustín poco hecho para las bibliotecas. Y por mucho que mi habitación venga a ser prácticamente una biblioteca.

El primer día que nos miramos, mucho antes de nacer, nos dijimos que dios había muerto. Aún no sabíamos hablar.
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