viernes

Burger king cerebral


Vengo del baño de cagar un Henry Moore. He pensado si endurecerlo y venderlo, pues todo el mundo reconoce un Henry Moore y quiere uno para su jardín. Al final no lo he hecho. Me he lavado no sin antes felicitarme a mí mismo, bendecir los alimentos, el intestino… todo eso. Yo estaba comiendo patatas con kétchup en un Burger King y enfrente estaba ella. Me dijo que si quería probar el nuevo pollo del Burger y dije que sí. Oh, me pareces tan tierno -dijo- por favor, no tengas miedo a acercarte. Me senté a su lado y se quitó su sombrero. Jamás había visto una mujer con tanta presencia. Todo en ella era delicadeza. Sus manos estaban preparadas para coser cualquier matojo desgarrado de piel y hacer tocar pianos. Las notas de esos pianos salían de su boca con cada pregunta:

-          ¿A qué te dedicas?

-          ¿Cómo te llamas?

-          ¿Por qué te da vergüenza no tener dinero?

Todo eso.

Dije que era una persona normal a la que raras veces alguien veía y, por ende, trataba. Había huido y ahora vivía de la mendicidad. Le dije que a veces cantaba en el metro. Me preguntó qué cantaba y me atreví a cantarle el bolero Luz de luna. Ella dijo que era más o menos horrible, lo que aún me hacía, a sus ojos, más encantador. Sonreí. Le dije que también me sabía El andariego. Me dijo que con la primera era suficiente y sacó su monedero. Dijo que compartiría con ella unas alitas de pollo del Burger. No pude reprimir la pregunta ¿Y qué hace usted en un Burger? Usted podría estar cenando en una buena mesa de ristorante o japonés o brasileño o ruso o… Me dijo que en ninguno de esos sitios podía ver la vida, que, hoy, por ejemplo, me había descubierto a mí. Sonreí y fui a la barra a por unas alitas. Tenía hambre.

Cuando regresé con la bandeja ella estaba retocándose el maquillaje con un espejito. Le dije que hacía muchas cosas de este mundo y le pregunté por qué tenía que simular que vivía en él. Todos lo hacemos, dijo. Me preguntó a qué me dedicaba en mi “otra vida”. Le dije que fui escritor, pero que no me habían publicado, que fracasé. Me preguntó si era de los buenos o de los malos y le dije que el mundo estaba lleno de escritores buenos. Me gustaría leerte, me dijo, y a continuación me concedió la primera alita. Lloré. Ella me tendió un pañuelo blanco con estampados grises. Me dijo que me lo quedara. Así la recordaría. Usted es un ángel, dije. Rió. Lo digo en serio, seguí, para mí un ángel es alguien que observa una situación y la cambia. Sólo eso. Una vez yo mismo tenía un ramo de flores en la mano y se lo di a una vieja. Sé que no es lo mismo, dije. ¿Para quién eran? Eran para una chica, pero tardaba en aparecer. Al final se las di a una señora vieja. Quería pagármelas. Le dije que era un regalo. Yo no soy un gran ángel ¿Sabe? Es la diferencia entre usted y yo. A continuación me dijo que lo que más ilusión le haría sería que le metiese los huesos de mi alita en el coño. ¿No lo has hecho nunca? Dijo al observar la estupefacción en mi cara. Le dije que tuve una novia una vez, que… dijo ¿A qué esperas? Lo que menos me interesa es eso ahora ¿o no lo notas? Me metí bajo su falda y seguí instrucciones. Me dijo que podía oler el menú cuanto quisiese y que insertara hasta el fondo los huesitos. Luego me levanté y continuamos hablando de nuestras vidas. ¿Quién crees ahora que es el ángel, tú o yo? Me preguntó. Era una forma de hablar lo de antes, dije. Si bajas la cabeza un poco, dijo, podrás ver cómo me estoy frotando con ese huesito que hace poco rebañabas en tu boca. Admito, dije, que es algo precioso esto. No era capaz de recordar la última vez que había venido a mí la fragancia de un coño caliente. Le aseguré que, durante mi época, tuve varios amigos literarios que pondrían ahí el punto final de la historia independientemente si la literatura les dio algo de dinero o no, pero que yo jamás lo haría, así que le pregunté si veía probable invitarme a follar con ella esta noche. Me dijo que era muy lanzado y le dije que sólo era una licencia literaria. Le hizo gracia.

Luego le dije que con el efecto provocado por mi chiste muchos otros literatos pondrían el punto final, convirtiendo el relato en una especie de broma, tampoco yo era de esos. Le dije que tenía la polla… A continuación le conté que mi polla pasaba una época de pasotismo, pero que… Me dijo que me callara y que me la sacase y ella la miraría por debajo de nuestra mesa, y así hice. Me dijo que era una polla joven que daban ganas de besar. Le dije que si no era mucho pedir que me invitase a una cocacola. No, hombre, dijo, para algo soy un ángel esta noche, aunque quiero que, cuando vengas, me enseñes otra vez tu cosita, dijo mientras echaba mano al monedero. Al traer la cocacola no me anduve con mojigaterías y le puse la polla en la cara delante de todo el mundo. Le hizo mucha gracia ¿Qué haces? Me preguntó. No sé, dije, a lo mejor sólo estaba intentando convencerme de que usted existía realmente. ¿A qué se dedica? Me dijo que era profesora de universidad. Biología, añadió. Luego me dijo que le encantaría que le echase un poco de mostaza en el coño y me la comiese. Lo hice, no sin antes beberme media cocacola de un sorbo. Cuando terminé vi que una pareja nos miraba sonriendo. Me gustaría estar más limpio, le dije, me da no sé qué hacerla quedar… lo haces estupendamente, Alberto, me dijo. ¿Te atreves a hacer lo mismo con el kétchup y la mayonesa? Entonces dije que mi polla necesitaba sus mimos, que, por favor, me dejase follarla. Dijo que antes pasase la prueba del kétchup y la mayonesa. Y lo hice. La pareja nos miraba y aplaudía. ¿Quieres que les diga algo? No, me dijo ella. ¿Sabes? Me ha encantado saborear todo lo que no había en tu coño de estos mejunjes, tu coño real. Me dijo que mis palabras eran dignas de un caballero. Le dije que si quería que ahora le cantase el Andariego. Me dijo que ahora debía marcharse, que había sido un placer, que disculpase no poder acostarse conmigo esta noche. ¿Y mañana? Dije. No, mañana tampoco, dijo.

La verdad es que no me ha pasado nada así nunca, pero estaba muy preocupado, ciertamente exaltado al levantarme de la cama, como si le debiese un relato a alguien. Me he fumado cuatro cigarrillos y tomado efectivamente una cocacola. Pienso en Ella. Ella es la flor que cojo cada día cuando me levanto a eso de las cinco de la tarde. La telefoneo y me dice Aló Aló y yo siento que he dado un primer paso para encontrarme en el paraíso. El paraíso puede ser perfectamente un Burger King, en eso no he exagerado. El bar del sueño que me atemorizó estaba construido bajo un pozo y sólo podía comunicarme a través de gritos. La camarera me llevó a un reservado donde tenía un hijo de unos tres meses y, mientras le daba la teta, me enseñaba el conejo. Yo bebía mi whisky y al final pagaba. Tampoco tiene mucho de particular.

Entonces yo era un hombre de negocios. No necesitaba inventar historias todo el rato. Al levantarme me he hecho las preguntas que me hace mi amor, me he preguntado los motivos por los que no está conmigo. Me he recostado en la silla del ordenador y he empezado a teclear probables respuestas, aunque he terminado yéndome por las ramas. Luego me he dicho que jamás volvería a irme por las ramas. Afrontaría hasta morir y todo ese rollo. Lo que quiero decir es que existe un prisma que permite ver ciertos colores y juntarlos en un todo blanco. Ella ha venido de esa mezcla y eso hace que yo duerma. Y también que yo no pueda dormir.
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