viernes

Avalanche



Era verano de 1981 y yo tenía cuatro años y
estaba siendo cuidado por una joven vecina
de mi bloque de la calle Illescas
porque mi abuela había tenido que salir a la compra.
Recuerdo que estábamos en la terraza y se sentó enfrente, a mi lado y
vi un agujerito peludo que la falda no le tapaba.
No llevaba braguitas y yo era
la primera vez que recuerdo ver aquello.
Como estaba a mi alcance, tuve que tocarlo para ver qué verdad era
lo que veían mis dos ojos.
Toqué un poco y la jovencita me dio una pequeña palmada en la mano.
“Eso no se toca” me dijo.
Cinco minutos (aprox.) más tarde mi mano seguía ahí,
poco a poco podía notar cómo esa cosa me arrastraba
hacia el interior de la chica y tuve miedo
de que me tragara.
Entonces saqué el dedo.
La joven cuidadora dijo “chico malo” mientras contemplaba, de perfil,
las uñas violetas de sus dedos.
Eso fue todo, no pasó nada más.

Años más tarde me masturbaba en el baño hasta soltar la lefa manchada de sangre,
llena de lágrimas mi cara que, quizá,
también estaban mezcladas con sangre.
Paraba un rato y seguía.
Los estudios no me iban muy bien y no le gustaba a las chicas
porque me habían salido muchos granos en la cara.
Un día tras otro fueron desapareciendo resultando
en que una de las chicas más guapas del colegio
se enamoró de mi aire de chico inocente, espontáneo, quizá,
algo entrañable,
no pasó nada.
Noté que no sabía hablarle o no podía
y poco más. Luego se enamoró de otro
y, más tarde, volvió a enamorarse de mí
y yo la mandé a tomar por culo, aunque luego me arrepentí,
con el tiempo, y lloré hasta enamorarme de una de mi pueblo
que parecía querer enrollarse conmigo.
No pasó nada.

Entre medias yo follaba con mi primera novia que, a su vez,
se lo hacía con otros dos, por no contar a su gato
del que tb me enamoré.
Bueno… esa y su gato no cuentan. Vuelvo a las otras dos.
Ya no recuerdo sus putos nombres completos pero,
un día,
tuve la genialidad de mezclar sus caras hasta convertirlas en
la cara del Rey Juan Carlos de Borbón.
Yo era la cruz de esa moneda
y el canto de la misma era el amor de la ranura de las máquinas tragaperras
donde hice un poco de dinerejo.
Luego hice viajes, visité playas, me hice aficionado al whiskey irlandés
y lo tomaba en terrazas, en vaso ancho, si es tan amable, con dos piedras de hielo.
Follé un par de esas noches en la playa con una rubia de unos cincuenta años que
se había hecho un lifting y operado las tetas.
Estuvo bien.
Luego se fue sin decir adiós.
Creo que no debió de gustarle que cuando le prometí la luna
introdujera un billete de dos mil pesetas
en su escote.

Recuerdo estar solo, fumando y escuchando en los walkman
esa canción de Leonard Cohen que dice algo así como
“Cuando estoy en este pedestal, tú no me subiste aquí.
Tus leyes no me obligan a arrodillarme, grotesco y desnudo.
Yo mismo soy el pedestal de esta joroba que miras”.


Después volví a casa de mis padres.
Mi abuela me recibió preguntándome que dónde había estado.
A la noche me hizo una cena especial y un eructo salió de mi boca
emulando el perfume de todas aquellas mujeres.
Papá y mamá me dijeron, al llegar del trabajo, que porqué no había llamado.
Callé y bajé la cabeza. Luego nos dimos un abrazo.
Era feliz. Tenía casa y una familia que me quería.
De la alegría, el corazón se me puso del revés y,
al igual que esas bolitas de cristal con una casa en miniatura,
empezó a nevar ahí dentro.

Me acosté con tiritones,
no había de preocuparme por mucho que no pudiera conciliar el sueño
era alegría, recogimiento y un diciembre cualquiera de 1997.
Todo el mundo necesita paz,
sólo hay que saber atarla a ambas aletas de la nariz, estirar
y respirar de ella
mientras una avalancha se queda dormida por ti
y por ti sueña en la llegada
de una avalancha mayor
que la tape

(y así sucesivamente,
hasta que, una vez muy bien enterrado,
te duermes tú
el juego es el siguiente:
Unas veces despiertas y otras no).
.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Los sueños sueños son Prncipito.