viernes

Amén



“Marcábamos el campo: cuatro chaquetas para / los cuatro postes de las porterías, /
eso era todo…”
(Seamus Heaney).

 


Recuerdo la nave de Jesusete y David;
un día su padre sacó tres ratas muertas y nos las dio para que jugásemos.
Yo fui el especialista en cirugía.
Cogí un palito lo suficientemente afilado y,
...
tras cortar las tres cabezas,
les dije a Jesusete y David que la cosa,
de momento,
Iba bien.

“No lo hagas” Repetían ambos hermanos, mis primos.
Metí el palito a modo de bisturí hasta descubrir
de qué estaban hechos esos juguetes.
El hedor comenzó y los hermanos, mis primos, continuaban
dando grititos.
Les dije que, por favor, se callaran, que lo importante venía ahora.

El sol en verano es lento y continuaba aprox. en el mismo lugar del principio
como un foco sostenido por un enfermero de lo más tranqui
mientras yo troceaba una víscera cualquiera y
David o Jesusete me decían que era un asqueroso.
Les dije que devolvería a la vida a las ratas sí o sí.
Durante mi operación, ante las miradas inquietas y algo temerosas de mis primitos,
cayeron algunas inocentes gotas.
David dijo que fuéramos a mi casa a jugar al scalextric.
Yo dije: No.

Mientras sostenía el podrido corazón o hígado o lo que fuera
de una de las ratas, pudimos ver un conato de arco iris.
¿Véis? dije, van a resucitar.
Jesusete me dijo que lo que estaba haciendo no podía estar bien.
Me detuve a mirar a ambos hermanos, estaban nerviosos que te cagas.
Yo tenía seis años, Jesusete cinco y David cuatro.

El alma de las ratas no apareció por ninguna parte.
Cuando nos cansamos se las dimos a su padre, troceadas,
para que diera de comer a los gatos.
Hoy ellos están casados con hermosas damitas,
tienen casas con piscina,
Quads, canchas de baloncesto, coches de lujo,
trabajos estables y algún que otro negocio.

Yo permanezco solo, buscando, si cabe (que siempre cabe),
una soledad mayor y, luego, otra más mayor.
Durante una época fui el borracho del pueblo, pero
mejoré y me hice abstemio
y casi apenas volví a salir de casa.

De vez en cuando, para recordar mi edad, salgo a hurtadillas,
un par de noches al mes,
a los corralones, con la intención de cazar alguna rata,
pero siempre huyen despavoridas al oír el sonido del portón
y nunca he sabido usar bien la escopetilla.
Me han castigado.
No sé quién ha sido,
si los dioses, si las ratas… si la vida, si la luna, si la muerte.

A veces monto el scalextric, cojo el mando y doy vueltas al
mismo cochecito rojo de ayer, de hoy, de cada puto día de mi ociosa y triste vida
y rezo, pero no a dios, sino a los hombres.
La oración empieza y termina al pronunciar la palabra:
"Amén".
 
 
(Ilustración de la entrada: La última cena, de Carlos Vico)
 
.

No hay comentarios: