sábado

Una cuestión de fe

A Charly, mi loro, por recitarme poemas al oído cuando me encuentro solo en la cocina.


"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que 
hay en  nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, 
congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos." (J. G. Ballard)

Creo en un dios verdadero que llora sangre al tiempo que se atiborra de grasa en el McDonalds que hace esquina con Atocha. Al salir del establecimiento se aprieta bien la bufanda durante los inviernos y pide un cigarro a cualquier desconocido. Cuando llega a casa se quita los zapatos y pone la televisión y, mientras la ve, se queda dormido en el sofá. ¿Qué otra cosa puede soñar más que yo, una persona más de este raro mundo, creo en él?

Creo en la dosis adecuada de un tratamiento capaz de curar todas las enfermedades, al menos durante un tiempo. Creo en la curación del alma a través del sexo. Sí, creo en el alma: Es una experiencia psicológica. Creo en la coherencia y sinceridad de los abrazos de mis compañeros en las instituciones psiquiátricas en que he residido y en los truenos que, a menudo, martirizan mi cabeza con su estruendo en mitad de las noches en vela, mucho antes de que el primer despertador del mundo suene en la casa de algún anestesista.

Creo en la música que hacen los gatos cuando rebuscan en los cubos de basura. Creo en la sabiduría de muchos analfabetos y en la ignorancia disfrazada de solemnidad que usan los idiotas que pueblan el mundo, e incluso en ocasiones, tienen poder sobre su prensa. Creo en la perfección arquitectónica de los hormigueros que pisé cuando tenía tres años. Creo en las enfermedades venéreas como un motivo perfecto para una unión pura entre dos personas. Creo en la burocracia como sentido dolor del planeta Tierra.

Creo en la verdad del trilero que fabrica falsos relojes de arena. Siempre que puedo paso por su tienda y pregunto precios. Al final nos ponemos a regatear por mucho que él sepa, al igual que yo, que finalmente no me voy a llevar nada. Así hacemos todas las mañanas que abro la puerta de su tienda. Él lo sabe y yo lo sé. Y sabemos que, por mucho que sepamos, no sabemos nada. Creo en el poder que tienen sobre la mente las palabras finito e infinito, caos y orden. Creo en la adolescencia eterna de los beatniks, incluida la del viejo William Lee. Creo en la eternidad de la estatua de Rimbaud destrozada por los alemanes a su paso por Charleville. Creo en el poder de la chamana María Sabina para calmar la sed de los malos espíritus mediante algunas tomas de ayahuasca y rezos.

Creo en la pertinencia del tiempo para joder un día perfecto de playa. Me quedo en la arena, en la que también creo, y observo cómo se endurece al igual que yo mientras la lluvia va fabricando eso en ella. Miro al cielo. Observo un relámpago y rezo al dios del principio, al que imagino comiendo sin cesar empleando la gula de todo el primer mundo. Creo en un sexto sentido capaz de reorganizar el orden de los otros cinco y ofreciendo a cambio ver la vida con distintos ojos y apenas saber diferenciarla de la muerte. Creo en la inteligencia influida por un estado alterado de conciencia. Creo en esa belleza que provoca la pérdida de todas las creencias surgidas de la televisión y la radio, los whatsapps y Facebook. Creo en la santidad del cartón de vino barato del mendigo y en los lametones que le da su perro. Creo en la tranquila chulería de la vida molecular.

Creo en Cecilia y en su exótica belleza de nínfula convulsa. Una vez me dijo que me quería. Yo le dije que yo también a ella. Luego me dijo que tendría que trabajar. Le dije que no creía en el trabajo. Pero trabajé, porque creía en ella. Y también en que nos queríamos. Creo y me hace creer en la salvedad de su rota infancia mientras nos lanzamos besos por teléfono. Creo en la destreza que tiene para acariciar mis sentidos con un solo suspiro. Creo en la potencia del amor para construir y deshacer mundos. Creo en nuestro eterno son de paz. Sí. Su lucha me hace creer en la mía. Creemos en la fuerza de un solo de Charlie Parker (en las noches que paraba por el Mintons) para frenar la fabricación de una bomba atómica.

Creo en la maldita inocencia de las arrugadas manos del negro Billy mientras recoge el algodón con el que se fabrican las famosas camisetas en las que pone: Estoy orgulloso de mi club de fútbol. Creo en una patera, atestada de futuros dueños de una sábana, que consigue llegar a tierra firme. Creo en la peligrosidad del éxtasis y en el exceso de alcohol como un antidepresivo que refuerza la pena. Creo en la elección del enemigo idóneo, aquel capaz de crear como consecuencia una revivificación del ingenio. Aunque no crea en el ingenio más allá de para crear chistes en las comuniones y las bodas.

Creo en la belleza nefasta de las gasolineras antiguas donde aún hay caballeros que te ponen la gasolina y te dicen que cuando le digas que pare, para. Luego entro en el burdel de pacotilla de al lado y una mujer entrada en años me dice que si he ido a parar allí por el frío, para quitármelo. Le digo que no creo en el frío. Y es verdad. Vuelvo al coche y pago al hombre de la gorra, en quien no creo. Creo en que Mary Poppins existe y vive en algún pueblo cerca del mío. Confío en conocerla algún día y hablarle de mi absoluta admiración por lo que hizo con aquellos dos niños traviesos. Creo en la denostada labor de los segunderos de los relojes, aunque no creo en los relojes.

Creo en el trabajo en el que antes de Ella no creía y en el aburrimiento de las humeantes chimeneas de las fábricas. Creo en atribuir una edad e incluso un nombre a los esqueletos expuestos en las vitrinas de algunos museos. Creo en el uso discreto (consecuente) de los opiáceos. Creo que no les vendrían nada mal pequeños chutes de jaco a algunos de nuestros representantes políticos mientras confío, mediante oraciones, en su abandono de las drogas psiquedélicas. Creo en el señor K. de la novela de Kafka como el presidente del gobierno perfecto para cualquier paraíso fiscal.

Creo en papá y en mamá. Ellos me hicieron, me mimaron y aún no se han muerto. No creo en su muerte y, si algún día lo hago, posiblemente llore un río por el que podrían circular sapos perfectamente y cazar, alegres, las moscas que habitan dentro de mi dolido cráneo. Creo en los moteles de una noche con el neón roto a pedradas por sus descontentos clientes.

Creo en la rabia del ser humano. Creo en lavarse los dientes antes de sacarlos. Creo en el domeño de esperma para mejorar la eyaculación del día siguiente. Creo en el sonido de las sirenas de las ambulancias como recordatorio del impulso que tiene el azar sobre nuestras leves vidas mientras pasamos las hojas de un periódico y degustamos un té verde en una terraza.

Creo en la felicidad contenida en el tallo de las flores muertas. Creo en los dibujos en los que aparecen Adán y Eva con ombligo. Creo en la progresión bendita de los agujeros negros. Creo en la larga vida de la poesía mala.

Creo en que cualquier ser humano es capaz de captar la belleza de una cosa, por mucho que, quizá, salga corriendo y dando gritos que se pierden en el eco de las montañas en cuyas piedras hay dibujadas formas a las que algunos locos ofrecen sentido e incluso vida. Creo en la imaginación cultivada desde niño para derrocar la tocable soberanía de cualquier dictador. Creo en el discurso de los esquizofrénicos, en la batuta de la mente para fabricar luciérnagas que ofrezcan luz a la ciénaga en la que normalmente procuramos sobrevivir a secas.

Creo que me sobra fe. Una noche alguien me pidió un cigarro y lo saqué. Cuando me dio las gracias me fijé en él y vi que era dios. Está muy desmejorado y debe andar su peso cerca de los 200 kilos. Le dije que si se acordaba de mí. Me dijo que, por supuesto, sí, siempre y, aunque lo dijo arrastrando las palabras, le creí. Luego desaparecí, busqué el número del autobús, que estaba en la dársena adecuada del intercambiador de Príncipe Pío. Me monté y sonreí. Chico, te sobra fe, pensé. Y me sacudí las manos de tiña cósmica con una sonrisa puesta en los labios y quién sabe si en los ojos. Creo en el niño que fui y que, hoy, moldea mi cerebro como si de un juego de plastilina se tratase. (Él es mi amigo, aunque admito que me cuesta mucho creer en los amigos.)

PD: En ocasiones no tengo más remedio que desvelar que no soy esquizofrénico realmente por mucho que el ministerio de sanidad me pague lo suficiente para algún que otro cartón de tabaco. En ocasiones he de admitir que me conformo con mi serenidad, diligencia, equilibrio e incluso sensatez. También creo en eso. (Gracias por recordármelo, corazón mío.)
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4 comentarios:

. dijo...

Aquí estás genial, Alberto. Enhorabuena por tu amor.

Alberto M dijo...

Otro blog, Javi?

rubiodemarzo dijo...

Salud por los loros, y que vivan las etiquetas "sapos de mí"

Alberto M dijo...

Ratona!