jueves

Una carta de amor a ayer, hoy (Adv. sección: diario de los demás o propio o yo qué sé)

Fueron aquellas largas noches. Yo entraba en un bar, normalmente elegido al azar, por mucho que tuviese algunos favoritos. Procuraba huir y encontraba ello subiéndome mucho el cuello de la camisa y a continuación pidiendo un chupito de bourbon tras otro. Luego solía decirle al barman que odiaba el bourbon. Uno me preguntó ¿Por eso lo pides? Dije que sí.
En otra de las ocasiones vinieron unos jovencitos que, por la manera en que hablaban, parecía que acababan de ver un película de Tarantino de esas que les habían influido lo suficiente. Se dirigieron a mí sin respeto alguno, que es el mismo que, desde que entraron vociferando, yo sentía hacia ellos. Me entró la risa. Siempre me pasa cuando sucede algo así. Una risa tonta que me tira por el suelo y hace que en ocasiones me haya meado encima. ¿Por qué te ríes, loco? Dijo. Yo no podía parar. Finalmente cogí mi vaso sin mirarle y bebí. Debes ser muy duro, dijo. Entonces le miré, antes de que vinieran a tropel sus amigos, y le dije que Nietzsche dijo que los pimientos mejor con cebolla. Se encendió un cigarro (aquellos tiempos en que se podía fumar en los bares). Me di cuenta de que lo hizo poniendo mucho mimo en la chulería de sus movimientos. Luego volví a reír y se marchó. Quién sabe, pero estoy seguro que mi risa me ha evitado verdaderas palizas, por mucho que no suelan dolerme. Recuerdo que pedí otro bourbon, pagué y me marché a casa de la que entonces era mi novia. Estaba tirándose a un tipo, así que me eché a dormirla en el sofá. El tipo tuvo la delicadeza de no despertarme para que le diera un café cuando se marchó. Ni siquiera oí el ruido de la puerta.
Recuerdo mirar el reloj y ver que eran las dos casi en punto cuando mi chica me despertó. Le pregunté quién era el de ayer y si pagó lo suficiente. No se tomó a bien lo que, bajo su faldita, consideró una broma de mal gusto. Me dijo que nunca lo había hecho habiendo esnifado heroína, que era lo más genial de la vida. Le pregunté que si tenía o si se la había llevado el bardo. Me dijo que tenía muy poco. Le dije que me la diera. Pero tú no puedes, dijo. Al revés, le contesté, es lo que más puedo. Otra cosa es que no me vaya a pinchar porque ni sepa. No te la voy a dar, dijo. En ese momento nuestras miradas coincidieron y pensé si sería posible echarla un polvo, por mucho que fuera por pura cortesía (en realidad lo que buscaba, se entiende, es que compartiera conmigo ese poco de jaco). Me dijo que si había escrito (en aquella época yo empezaba una novela finalmente abandonada sobre dos gemelos asesinos). Recuerdo que fue generosa con el café que me hizo y, a continuación, una comida consistente en verduras, una especie de menestra.
Hoy la escribo para decirle que no quiero regresar a esa puta época. Que soy feliz en mi no mundo y mi ilusión con Cecilia. Quiero decirle que lo nuestro era mirar todo el rato al sol hasta quemarnos los ojos que, en nuestras mentes, era, inocentemente, el apagose definitivo del sol. Lo conseguimos digo hoy mientras escribo en el blog notas sobre Cecilia destinadas a un proyecto y una novela sobre un viejo viudo.
Monto en el coche, en la guantera hay discos de los Yes, de Iron Butterfly, de Camarón, de Marcus Miller y de Jon Hendricks. No pongo nada. Estoy en casa de mis padres, en mi seat 600 aparcado en el garaje del patio. Me apetece cantar, por un momento. Pienso en Cecilia y, tras retirarse las nubes, empieza una película de los años veinte. Si ella estuviese aquí... supongo que, al menos, sin duda, hubiera procurado unas palomitas, por mucho que fueran de microondas. Paso la mano por encima de su hombro y me siento el hombre que salió de la lavadora impoluto. Te quiero, le digo. A momentos se me olvida que no está aún aquí.
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