miércoles

Un saxo de fondo


Imagino tu cara, tiene en este momento la edad que le pertenece mientras escuchas a un joven preocupado porque se le está empezando a caer el pelo. Quiero ser él. Estar frente a ti ahora mismo. Hablar del llanto de las langostas cuando las echan a cocer vivas.

Mi imperio, ahora mismo, reside en el cenicero que hay al lado del teclado. Echo un vistazo en su interior por si te encuentro, pero el reflejo me devuelve mi imagen y es entonces cuando me pregunto, imaginando que soy tú, de qué va la vida, te digo que, por favor, me sientes en tus rodillas y me lo cuentes todo.

Oigo tu voz diciéndome que fabrico imágenes como gotas de una lluvia ácida. Luego me rindo a tus pies. Te digo la verdad que sé: Todas te pertenecen a ti.

Intento trabajar, pero a veces me despista el incansable ruido de la calle. Pongo más alta la música de la cadena. Suena un saxofón meloso y por un momento me pregunto si se trata de Ben Webster, de Coleman Hawkins, de Ike Quebec. No sé dónde estoy. Definitivamente es un disco más de ahora. Oigo que los coches se paran para dejar paso a una ambulancia. Imagino a los camilleros descubrir el breve cadáver que se oculta tras un manto de color azul turquesa. Un niño está allí parado con los ojos fijos en el logotipo de la cruz roja.

Te llamo, por mucho que sepa que estás ocupada. No puedes cogerlo, pero es un manjar para mí que veas mi llamada, por si te apeteciera devolvérmela. Luego te escribo un whatshapp: A ser posible nuestro amor sobrevivirá a nosotros.
A continuación escribo otro: A veces tengo dudas, me pregunto qué es el sol aparte de helio, qué es el amor aparte de nosotros mirándonos a los ojos durante las noches en vela.
No recibo respuesta.

Te sé postrada, concentrada en el aburrimiento de un nuevo paciente. Te sé amable. Tus nervios son los míos en cualquier día de fiesta. Necesito fiestas, sacarte a bailar entre la multitud, beber un chupito de ginebra y susurrarte al oído que me muero de ganas por hacer el amor contigo delante de toda esta chusma que nos rodea, a lo suyo, atónita, apenas visible, al menos en el Edén al que he ido a parar en ese momento.

Debería controlarme, me imagino explicándote, mi obsesión por la literatura es una losa muy pesada, pero en ella están grabadas las notas de mi réquiem. Para eso escribo. Es lo qie pongo en un nuevo whatsapp. Me alegra recibir como respuesta: Tranquilo Albertito, en dos horas comemos juntos. Un abrazo.

Lloro sin lágrimas. Mi planeta emerge. Los patrulleros desaparecen de mi mente llevándose las señales de stop. Regreso al baile. Sé que me he peinado antes, que me he puesto mi mejor camisa para ti, amor mío. Mi sombra y tu sombra, cuando juntas, representan las oraciones de toda una vida.

Poco a poco me olvido de mis pasados e inacabables vómitos, me olvido de cuando, en mi habitación de los libros, lancé mi reloj casio al espejo en el que estaban grabadas las líneas de Ecce homo, provocando en él un roto donde muchas veces adiviné mi cara. Cruzo las piernas. Me es dulce la espera cuando se trata de ti, aliento, pipa de toda mi paz, brasa de una hoguera plagada de serenidad e incluso de hipnotismo. Tu hogar es el mío... perdóname si me equivoco. Me he equivocado tanto. El dolor viene a mí cuando recuerdo mis equivocaciones. Cuando recuerdo lanzar cantos a los lomos de los perros, cuando me recuerdo sin civilizar aún, por mucho que algunas abuelas de mis amigos de faena me colocasen como ejemplo de estudioso ante sus nietos. Después de eso, mi compañero sacaba la escopetilla y visitábamos, en la noche, los corralones, intentando acertar a todas esas ratas que huían ante la llegada de los pasos, de la luz, del miedo. De día eran los pájaros, que iban a parar al apetito de Mora, una gata algo regordeta, negra con una gran mancha blanca alrededor del cuello. Recuerdo mi mala puntería y una vez en la que corría gritando mientras un amigo mío me perseguía con la escopetilla apuntándome y disparando aire comprimido. Recuerdo clavarle a Diego (él sí tenía buena puntería) un dardo jugando a la diana en la cabeza del sobrao de su primo Julio. Se lo quitó. No salió ni una gota de sangre. Yo pensé que lo había matado. Recuerdo, recuerdo y olvido.

Ahora sólo, de aquello, quedan tus hermosas caderas, el rictus de tu sonrisa imitando su contoneo cuando te pones tacones. Queda mi desgracia y mi cura a mi desgracia. Queda dedicarte toda mi vida y talento, si tuviera. Queda escuchar ese saxofón que cité antes y no saber de dónde procede ni quién lo toca, mientras hago la percusión a base de teclear y teclear pensando en tu mirada y capacidad para comprender cada pequeño matiz, imágenes que, al fin y al cabo, quién sabe si junto con nosotros, termina llevándose una ventolera.
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