martes

Un cuento de navidad

   Si lo piensas; luego no existe pero, como sabes, puedes volver a pensarlo de nuevo para que vuelva a no existir y, cuantas más veces no existe, más vuelve y se parece a una niña en la silla de un columpio que, cuando al final se para, pisa el suelo y no puede sujetar las piernas porque es una anciana a la que se le ha olvidado andar y que ha llegado hasta allí porque, cuando movía hacia delante, abría mucho la boca y le entraba el suficiente suministro de aire fresco. Algo así es lo que me ocurre con el propósito del cuento. Siempre he querido hacer uno, aunque no sepa por qué. Así como tampoco sepa la respuesta a que esté dándole a la niña con ello, sentada sobre el columpio, un primer empujón. A veces es mi hijita. Otras, cualquier otra niña o una sobrina. Aunque a veces es un niño, pero no mi hijo, sino un niño cabrón cualquiera.
 Con todas estas cosas quiero decir que los días pasan, a pesar de todo. O no quiero decirlo aunque lo diga ahora. Tengo un amigo que, al ser místico, no entiende nada de esto, aunque no lo diga, pero la causa de no decirlo, también he de decir, se debe únicamente a que se trata de un amigo místico.


 Tuve en un día, hace tanto tiempo que no puedo recordarlo aunque se lo jure una y otra vez a mi hijita del columpio, un ratón muerto cogido entre los brazos y, recuerdo, quité el pellejo con una punta y lo abrí con las manos, porque era un regalo. La niña se entera a medias de mi historia y de mi regalo porque sólo me oye cuando la sillita del columpio se me acerca para que vuelva a empujarla. Así que creo que me entiende sólo las mitades de las frases hasta los puntos y seguidos y, cuando hay un punto y aparte, no oye nada de nada porque, al hacer yo la pausa, ella también la hace, porque me quiere, aunque luego vuelve y yo he retomado una historia diferente, aunque sea la misma y ella lo sepa pero, con fortuna, oirá, aunque contadas de otra manera, al ser otras historias, las otras mitades de esas otras historias que son la misma que la anterior.

 Le dije que abrí el regalo y que dentro había caramelos pero que, al ser de menta, no me gustaban; porque los caramelos de menta siempre han sido cosa de gente vieja.
 Le dije que aquel día, antes de llegar a casa, me monté en un columpio y me comí mi regalo que, aunque era un reloj bañado en plata, sabía a sugus amarillo. Y desde entonces, cuando pasa el tiempo, cago baños de plata.
Le dije que abrí el regalo y salió un conejo que se llamaba Dasbid y me contó un chiste que no me gustó y, entonces, decidí envolverlo de nuevo con muchas ansias durante días enteros; tantas que, en un viso, al rehacerlo, el ratón que lo envolvía recuperó la vida y se fue a vivir a una ciudad que le gustaba, y entonces me quedé sin mi regalo que, al irse, mostró que era un regalo que sabía que no era un regalo, al menos para mí, aunque yo lo dejara marchar con cara de tonto y algo imbécil.
 Le dije que abrí el regalo y era un montón de sangre putrefacta, también, que olía mal, a asco, y que salió un bicho que es lo que creo que es una larva desde entonces. Le dije también que no temiera; que era malo.
 (Luego rectifiqué acerca de las palabras probablemente malsonantes e imágenes desagradables de la última de las historias y, a la venida de la sillita, mencioné la similitud del interior del ratoncito con las amígdalas y expliqué sobre las cuales que son referidas a “aquellas que da la amiga”, al igual que hice lo propio con “asco”, que limité a llamar “cosa”, así algo que huele a cosa puede ser cualquier olor, pensé y de seguida concluí en “larva” pues no era aquello, le dije a la venida de su oído, cosa distinta y no necesariamente olorosa a “lavar” y expliqué “como mamá la ropa”. Ella es muy lista y entiende “para que no huela mal”. “Ropa” me llevó a dar, debido al estado de nuestro atuendo, otro sentido a su palabra y convertirla en “proa”. Esto gustó a la niñita, que entiende de todo ello y gusta de competir en nuestros juegos de las sopas de letras que mamá sirve, de haberlos, cuando los hay, los jueves de mañana; le gustaba, repito, ante la situación que ella vivía en el columpio, aquello de la proa, pues debía ser el mismo columpio a su vez un barco en el cual ella permanecía oyendo las historias de papa en la popa a su gran capitanita, mientras ella se distanciaba a la proa -hacia delante la silla-, a conquistar todos los mares posibles y que cupieran en un empujoncito cualquiera o varios). 

 Cuando por fin bajó del columpio ya no era la mujer vieja que no tenía manera de sujetar las piernas, sino que era una anciana muy sabia que conocía de mis trastornos e historia del mundo y me enseñaba los misterios de la respiración tántrica. Estoy seguro de que se debe a ello que siga vivo, aquí, aunque no coma más que hojas secas y cuente chistes como aquel del que va una niña que, sentada en un columpio que iba y venía de aquí para allí surcando el aire, se le acercó un ratón a darle un regalo y se puso a abrirlo con las dos manos justo cuando tocaba el empujón siguiente.
 Dasbid me lo ha contado, y también que no se lo diga a nadie. Esta tarde vino y se puso serio, más de lo habitual. Me ha dicho que sólo cuenta chistes sin gracia porque de pequeño le comió un ratón y no le dio tiempo a aprender otros que fueran mejores.

 Fui, hace tiempo, alguien que daba empujones en los columpios, a mi hijita y otros niños, incluidos malos. También fui alguien que quería escribir un cuento, y también fui la persona que sigue viva gracias a las hojas secas de las que me nutro aquí, dentro del interior de un ratón muerto que está, el pobre, esperando que alguien lo vuelva a confundir con un regalo.
 (A veces como ahora, en cambio, sólo soy alguien que escucha los chistes que Dasbid aprendió antes de poder aprender los que le hubiera gustado poder contarme. He pensado, aunque luego no exista, que soy una especie de psicólogo suyo. Incluso hago que anoto lo que me cuenta, le diagnostico traumas y firmo recetas de medicaciones cuyos nombres me invento, las cuales, le digo, son para recuperar la vitalidad.
 También he pensado que soy mi hijita en el columpio y Dasbid es mi padre empujando la sillita por primera vez. Claro que lo he pensado. Mucho.)
 Ella ha venido muy arregladita porque es fiesta y me ha preguntado si hay algo que sea más mentira que un ratón muerto sentado en un columpio. Le he dicho que sí, aunque tampoco sepa por qué, ni tampoco de dónde ha podido sacar una jovencita cualquiera o joven, sobrina, hijo o animal de siete o dieciséis años, una cosa de tan poco sentido en general, y tampoco común para nada, desde luego.
 Le he dado un caramelo que no le gustaba porque era de eucalipto, y me dijo que a ella le gustaban más los sugus amarillos. También añadió que no le gustaba la historia de la anciana aunque fuera sabia y que ella no iba a ser anciana, pero tampoco vieja ni nada seguramente nunca, al no serlo ahora, en este momento, tampoco y sobre todo. Luego insistió en los sugus. Pero no tengo, -dije- porque me los comí todos mientras pensaba en escribir un cuento de pequeño. Me preguntó de qué era el cuento, si de navidad o de gente desnuda, de gusanos o de qué otra cosa, pero no le respondí. Y luego he mirado el reloj que estuvo bañado en plata, el que cuando tengo hambre suena. Era más tarde que todos los anteriores días. Al decírselo a la pequeña para que nos fuéramos a casa y, en el caso de que fuera jueves de mañana, comiéramos sopa de letras, me ha dicho que todo absolutamente eso, es como Dasbid y como mamá, o sea, que no existe, que es mentira, -y añade- antes quizá no, pero ahora sí y seguro. Aunque los cuentos sí que existen, porque son bonitos, -dice- algunos.
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