lunes

Perversiones y belleza (Symphony nº 3 op. 90 de Brahms)

Estoy en mi cuarto de los libros, con la luz apagada (apenas se ve el capullo del cigarro), escucho recostado la sinfonía nº 3 de Brahms mientras veo, en la carretera, a través de una ventana, a una niña andrajosa que no debe superar los 14 años. Se sube la falda, se baja las bragas y echa su chorrito. A continuación consigo ver una rata acercarse a probar del amarillento líquido. Apenas una farola blanca les alumbra. No veo la luna por ninguna parte. A continuación observo cómo, con un dedo, la niña empieza a girar su chochito. Después acierta a coger la rata, que no se le escapa a la muy viciosa. La pone en posición con tal de acercarse el rabito, que gira nervioso mientras la rata procura escaparse. Podría pasar un coche, pienso. Enciendo otro cigarro. La sinfonía nº 3 de Brahms acaba. Vuelvo a ponerla pero, antes, bajo a por una cerveza sin alcohol. A mi regreso doy al play y vuelvo a mirar por la ventana. La niña ahora está hablando con un viejo, en la misma posición que antes y aún con la rata en la mano. El viejo le da un billete y, a continuación, la niña se mete la parte trasera de la rata por el coño, despacio, sin prisa. En la cadena, recuerdo de vez en cuando, suena la 3º sinfonía de Brahms.
Doy sorbos a la lata y observo el momento en el que el viejo se saca la pichurra que admito no poder acertar a ver desde mi posición. La niña se saca la rata y la deja en libertad. Entonces empieza a lamerle los huevos al viejo. Yo estoy tranquilo. La situación no me provoca ni risa ni pena. Yo sólo oigo cómo de la cadena sale la 3º sinfonía de Brahms ¿Existe mayor belleza? Enciendo cigarros, doy algún que otro sorbo a mi cerveza sin alcohol. El viejo a continuación agarra la cabeza de la niña y le mete entera, o me parece que entera, la polla en su pequeña boca. Puedo ver cómo mueve el culo mientras la sostiene unas veces del pelo, otras del cuello. La niña vuelve a mear. Esta vez, admito, casi ponerme cachondo. Finalmente, me digo, todo está en orden. Estoy en mi habitación de los libros, rodeado de Shakespeare, de Dante, de Hölderlin, de Hegel, de Homero, de Tucídides, de Pascal, de Dostoievski, de Faulkner, de Gógol, de Kavafis, de James Joyce... La música vuelve a pararse. Insisto en la misma sinfonía. Qué belleza, me digo, mientras doy el último sorbo que le queda a la lata. Miro de nuevo a través de la ventana. El viejo le soba el coño a la niña, le dice algo mientras. A continuación la niña, forzada, o al menos eso creo, se quita las bragas y las pone en la boca del viejo, que inmediatamente eleva su cabeza hacia el cielo, tanto que la gorra se le cae descubriendo una coronilla inmensa. Me concentro de nuevo en la sinfonía nº 3 de Brahms. Estoy a gusto dentro de mi pijama. A ratos tengo erecciones debido a lo que percibo abajo, en la noche, a la luz de una triste farola. El viejo eleva a la niña con los brazos, luego la tira hacia atrás en el suelo. Veo cómo saca otro billete de su cartera, lo arruga y lo pone en la boca de la niña. Él sigue sin su gorra y con las bragas de ella puestas en la boca. Enciendo el quinto cigarro. Madre mía, me digo, todo se acabará con el cáncer de pulmón, incluida la sinfonía nº 3 de Brahms. Bajo a por otra cerveza sin alcohol. Al subir miro de nuevo el panorama. El chaquetón del viejo me quita toda visibilidad pero le está dando fuerte por detrás. Veo cómo la niña abre muy grande la boca, quizá grita, aunque no puedo oír nada. La sangre termina por salir. Por un momento pienso que jamás en la vida se me ha ocurrido llamar a la policía o a la guardia municipal. Miro el reloj. Son las tres y media de la madrugada. Pongo de nuevo la 3º sinfonía de Brahms y abro la lata de cerveza sin alcohol mientras acomodo mis piernas en la silla que reside al lado de en la que estoy sentado. En la mañana recuerdo haber abierto los poemas humanos de Vallejo y leído: Un albañil cae del andamio, muere y ya no almuerza / ¿Innovar luego el tropo, la metáfora?
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