viernes

Oh, pobre Alberto Masa


No puedo decir que esté orgulloso de lo que he sido en esta vida, pero tampoco de lo que hubiera podido ser. Me aprisiono la mente con el resto de posibilidades y, en breve, me taladraré la cabeza. Ya saben, humor inglés.
Ella no está. La he buscado en cada rincón de mi cerebro, pero no he encontrado pistas. A continuación le he escrito un whatsapp: No tengo manera de quitarme el dolor de cabeza. Sé q no es bueno tomar más de 1 aspirina. Mi padre ha apagado la luz estando yo dentro y me ha dicho maricón. Ayer me dijiste q yo era un chantajista emocional y he estado pensando mucho en ello. Por favor, no me hagas demasiado caso y perdóname si t digo q t quiero.
Al cenar me he encontrado mejor. Sé que ella está en una reunión importante para su trabajo. Al menos tengo el estómago lleno, me he dicho, y luego, de puro placer, he eructado mirando la luz del techo de la cocina. Es circular, de color blanco, como una luna llena, pero no brilla tanto. La luna, en las noches, me ciega y he de apretar mucho los ojos, fuerte, hasta que empiezan a ver por dentro de mi cuerpo. Oh, pobre Alberto Masa. Aquellos que saben mis heroicidades se acercan a ofrecerme su respeto o, lo que es lo mismo, a mirar de qué pie flaqueo. Mis mejores amigos se restriegan las manos al verme de pie delante de la horca. Oh, pobre Alberto Masa. No he bebido. Ellos lo saben. El hijoputa merece un par de ostias bien dadas. Lo malo es que no le duelen y tiene tanta facilidad para entrar en el alcohol como para salir de él. Hoy está en pijama, encerrado en casa. Oh, pobre Alberto Masa. Sus padres quieren llevarle de nuevo al psiquiatra. Este le dirá si sigue en contacto con esa chica, Cecilia. Él dirá que sí y, a continuación, el psiquiatra tratará de convencerle de que Cecilia sólo vive en su cabeza. Oh, pobre Alberto Masa. Él ríe por dentro mientras abrimos su ataúd para saborear esos huesos de chocolate al tiempo que cantamos su canción favorita, cuyo estribillo dice: Oh, pobre Alberto Masa.

Consigo, a las tantas, hablar con Cecilia. Le digo: Ceci, no te preocupes por mí. Hay que ser fuerte. Tú eres fuerte, añado. Enseñémonos un par de trucos. Es tan enorme, tan dulce. Oh, amiga de lo humano, de la bestia, de la rosa...

Miro el monedero. Calculo una velada tranquila con su par de chupitos de bourbon afrutado made in Canadá. Le digo que hace una noche tan hermosa. Le beso y le pido que me bese. Mis creadores, mientras, cantan esa canción cuyo estribillo dice: Oh, pobre Alberto Masa. Yo me encuentro con ella en La bodeguita de en medio (es el año 2018 y todos los McDonalds han sido cambiados por sucursales de La bodeguita de en medio, aquí, en las afueras). Es verano y Madrid fue inundado por una charca. Tras esquivar al sapo que todo lo puede nos bañamos en el mar de Lavapiés. Nos queremos.

Oh, pobre Alberto Masa. Quizá si hubiera sido taxista o algo por el estilo llegaría a casa por las noches y su padre le vería como un triunfador. Sería querido por su familia y volverían a ser celebrados sus chistes en facebook. Cantan ellos. Yo le pido algo a mi madre para el dolor de cabeza, que me ha vuelto. Ella, en su inocencia santísima, me pone un martillo en la mano.
Oh, pobre Alberto Masa.

PD: la ficción es ficción y los post, post son. Ceci, perdona mis eternas bromas, cariño. Como siempre, me salvas día a día y, como siempre, te quiero muchísimo.
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