lunes

Love will tears us apart

Me pongo a escribir nada más regresar del váter. Esta vez he cagado un Piet Mondrian con marco y todo (por cierto, muy sobrio el marco, he pensado, lo suficientemente adecuado para la obra que ha salido esta vez de mi ano). He pensado si llevarlo a la casa de subastas por si saco algún dinerejo para tomar un té en la plaza, además la dueña es amiga mía, pero finalmente he abandonado la idea al considerar que queda a demasiados pasos de la casa desde donde escribo esto.

El sábado visité las zonas que me gustan del foro e imaginé que Cecilia estaba conmigo mientras bebía una media de dos cervezas sin alcohol por hora. Éramos los únicos clientes del bar que estaban usando la terraza porque viene haciendo un frío de demonios, pero lo que sea con tal de echar un cigarro de vez en cuando. Por cierto, hace un cuarto de hora me quedaban tres. He mirado la hora y comprobado que hasta dentro de tres horas no abrirían el estanco y como, he pensado, no sé racionalizar, he encendido los tres cigarros (que, como ya habrán calculado, daban a uno por hora) y me los he fumado a la vez mientras tomaba el último café de la noche. Eso es todo. Ahora voy a la conversación con Cecilia, a los puntos de la conversación, a sobre qué hemos hablado, a lo importante, a lo siguiente:

-    De dónde procede el silencio de algunos pájaros.
-    ¿De qué lugar de su cabezuela procede la confianza de las golondrinas que se posan en tu mano? La he preguntado. ¿De dios? Ha dicho ella, que no cree en dios, aunque sí me ha confesado verlo en el paño que usa para llevar la bandeja el camarero (un progre) que viene a servirnos. Qué casualidad, he dicho yo.
-    De nuestra admiración por la gente que habla de haber sido abducida por ovnis con la facilidad que otros hablan de fútbol, de las nuevas leyes del gobierno o del último modelito que se han comprado.
-    De las oraciones que desciframos en los ronroneos de los mininos.
-   De nuestra obligación de acariciar a cada tejón muerto que vemos en una cuneta y rezar por la salvación de su alma el resto del viaje.
-    De que tenemos que ver juntos la trilogía de Batman de Christopher Nolan.
-   De la soledad que padecieron las dentaduras metidas en agua de nuestros abuelos, ya desaparecidos, durante las noches.
-    De la elegancia de las gacelas y la belleza consistente en un tigre desgarrando la yugular de una de ellas hasta que su corazón deja de latir y su vida molecular regresa a la tierra donde nació todo su árbol genealógico haciendo, quizá, crecer alguna flor.
-    De los ciegos que se compran una bicicleta con intención de usarla.
-    De que no soy esquizofrénico realmente. (Sobre esto hemos discutido un poco, pero he terminado concediéndole toda la razón).
-    De que no necesito los neurolépticos para vivir (bis)
-    De que cuando ella desaparezca mi musa volverá a ser el alcohol. (discusión).
-    De la frágil belleza del cuello de los cisnes.
-    De los ojos de trastornados de los encantadores de serpientes.
-    De la sordera sabia de las cobras.
-   Del himno de Ugarit y su capacidad para conducirnos al reino de los sueños, así como al nacimiento de Nefertiti y a la tristeza actual de Siria.
-    De la estúpida muerte de W. G. Sebald y de que le tengo que regalar Austerlitz, su más celebrada obra y también la que menos entiendo, para ver si a ella le pilla el asunto.
-    De nuestro queridísimo Vonnegut como máximo gurú del humanismo en la historia de la literatura norteamericana y de que, cuando lo termine, me va a prestar el inencontrable Hocus Pocus.
-    Del perfume embriagador de los bebés que nacen muertos.
-    De las bombillas por las que, de vez en cuando, gira una mosca durante toda su existencia y de que, a veces, coincide su muerte con el apagado de la bombilla.
-    De que no nos gusta la marca Chanel ni la ropa cara.
-   De que, por mucho que lo niegue, siempre será la mujer más bella del mundo, quizás junto a mi madre y mi tía Pepa.
-    Del atractivo del cuerpo ajado de Gandhi y sus sarpullidos.
-    Del derecho de los ratones a encontrar la nevera de la casa en que residen a escondidas y su astucia inédita.
-    De los conejos encerrados en jaulas más pequeñas que ellos.
-    Del dolor indiferente que reside en las sirenas de algunas ambulancias.
-   De la miga de pan que lleva en la boca la mamá de las bebés golondrinas. Quizá en algo parecido consiste nuestro amor, le he dicho. Me ha dicho que posiblemente.
-    De la laboriosidad de los sombreros de paja de los agricultores.
-    De nuestra concepción del prisma de dios, al que concedemos la bella forma de una colmena.
-  De que hace poco escribí un artículo sobre Cristóbal Serra, uno de los más raros y geniales escritores españoles de todos los tiempos, una hora antes de enterarme de su muerte.
-    De que el único éxito que he conseguido y trato de seguir consiguiendo en esta vida es ella y sólo ella.
-   De la pintura llamada taoísta como una bendición tramada por el casi existente aroma de las flores artificiales.
-    De aquello del Tractatus de Wittgenstein sobre sólo hablar de lo que se conoce.
-    De la casi absoluta brevedad del minuto de silencio anterior a los partidos de fútbol.
-    De la constatable maldición de los taxistas que han leído a Pushkin.
-   Del óxido de los arados antiguos que llevan más de cuarenta años abandonados en la misma era sin cambiar de posición.
-    De que mi loro, Charly, maneja un humor ocurrente, a veces negrísimo.
-    De los besos en el parque que se dan algunos ancianos.
-    De que nos gusta el funk.
-    De las maravillosas carcomas que se alimentan de los asientos de muchas iglesias.
-    De nuestro convencimiento acerca de la inigualable vanidad de los camaleones.

Luego ella marchó. Yo pedí otra cerveza sin alcohol y volví a imaginarla en el asiento de plástico de al lado, pero esta vez no hablamos, nos dedicamos sólo a mirarnos a los ojos. Bonita, dije. Yo también te quiero, dijo ella. Yo respondo que las sirenas de hoy en día cantan, entre susurros que parecieran chirridos, la canción Love will tear us apart de Joy Division y que el Ulises del siglo XXI es cualquier perro abandonado de la calle, por no decir cualquier mecánico o electricista o ebanista cansado de su trabajo. Ella lo sabe y calla. Sonreímos y le reconozco, ahora que leo que mi encuentro con ella fue imaginario (aunque ambos sepamos que no, en el fondo) que antes jamás volvía la mirada hacia lo escrito. Hoy y ayer retoco con la voracidad de alguien que ha perdido la cordura. Antes de dar las gracias a la gracia de crear, doy las gracias a la reparación que provoca el sueño. Ahora toca comer un par de huesos de pollo. Mojaré pan hasta que mi paladar se convierta en un hada. Un desayuno estupendo, sí señor.
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