viernes

La vida dulce

Me sumerjo, tras meses de abstinencia, en una nueva botella de Irish (marca You need job) y nado en su busca a la par que mis ojos se van cerrando. Me tumbo y todos mis fantasmas se congregan en torno a mi cuerpo que apenas responde. Sé que quieren congraciarse con mi lado oscuro. Que quieren que sujete por ellos esas estrellas que, hoy, no deja ver el nuboso cielo. Me levanto hasta llegar a la cadena y pongo un disco al azar. No es una mala elección, me dicen. Yo les digo que se vayan a tomar por culo. Cecilia no responde mis llamadas. Unas veces se está solo, otras esa soledad se convierte en un ahogado en las profundidades del alcohol. Miro la botella y observo que todavía queda el culo. La abro y lo bebo a morro. Luego procuro esconderla para que mi familia no la vea. Pienso en que me ha abandonado, a mí, al hombre cuyo esqueleto no existió jamás, cuyos órganos fueron devorados por el oso que representa mi cuerpo en baja forma. Miro el reloj. La 1:59. Me quedo mirando los números hasta que se convierten en un 2:00. Luego tecleo, pero apenas veo las teclas. Es la razón por la que aún me quedo más seguro de que de mis dedos en ellas saldrá algo brillante. Tecleo procurando adoptar la postura de Monk ante el piano. Mi intención ante las teclas, antes de abrir el whiskey, era la de escribir notas acerca de los maravillosos cuentos de Eudora Welty pertenecientes a Las manzanas doradas, por mucho que en mi memoria apenas residan un par. Beso la pantalla, el folio falso que representa world, como besando mi ebriedad, el yo falso que me representa a mí. Escribo: Vivimos en un mundo de representaciones. Trato de describir la realidad como un defecto residente en nuestros sentidos. Luego lo tacho. Me acerco al baño a vomitar. Vomito una fuente de calamares. Qué lástima, al mediodía me supieron tan ricos (por un momento pienso en la posibilidad de recuperarlos del fondo del váter y volver a llevármelos a la boca). Escribo: El amor es la ausencia de infortunio, la desaparición de toda virtud en beneficio de una no-vida. Puedo notar la fiebre que, decididamente, no sé si me ha provocado el whiskey o su ausencia. Noto el ardor de mi frío en la frente. Debo andar por los 38º y, a la par, estornudo. Un virus, quizá, como suele decirse. Bajo a la bodega porque vagamente recuerdo haber escondido otra botella, pero no la encuentro.
Una vez arriba de nuevo, me veo rodeado de libros. Casi me ahogan. Se los regalaría todos a Ella y estoy seguro de que los leería uno a uno. Yo he perdido la capacidad para leer. Escribo como quien desea finalizar un Sudoku. El resto de los pasajeros del metro están a lo suyo, a esas vidas inmundas de las que nada sé y que seguramente sí guardan sentido, al menos en sus propios hogares, porque ellos sí tienen hogar. Regreso a mi pieza, me pongo el pijama, enciendo un cigarro, lo que me lleva a vomitar de nuevo. No me da tiempo a llegar al váter, por lo que después paso una fregona a todo el lavabo. Regreso al ordenata mientras adivino el amanecer en el canto de los pájaros. No obstante, en el ordenador pone que son las 3:00, con lo cuál supongo de dónde proceden esos cantos y ese amanecer. El interior de mi cerebro los proyecta a través de mis nervios, que ven maná en cada destello de imaginado sol. Imagino que abro la jaula de mi loro y me meto dentro. A punto estoy de aplastarlo. Luego compartimos alpiste y pipas. Él me dice que ya es suficiente, que me vaya. Mierda ¿Dónde estará esa bastarda botella de whiskey?
Bajo de nuevo a la bodega. Abro el frigorífico y cojo una tónica marca Hacendado.
Oigo las gotas de lluvia procedentes de afuera. O quizá sea de nuevo una proyección mía. Quizás donde llueve sea dentro de mi cuerpo. De todas maneras, me siento sobrio. Decido escribir un poema titulado Necesaria ebriedad, pero cuando escribo el título desaparece todo el chorreo de imágenes que, por fe, deberían estar guardadas en mi cofre ideístico, del que noto en esta noche un brillo falso. Cierro los ojos para verlo de cerca y observo que alguien ha cambiado las joyas por monedas de chocolate. Papel manchado de mierda, me digo refiriéndome a un tiempo a las monedas y a la representación de un folio que aparece reflejada en la pantalla del ordenador. Cierro los ojos en la silla del ordenador y noto cómo mi conciencia se pierde en una bruma. Por la bruma circulan, con la cara tapada por una soberbia manzana de color verde, los personajes pintados por René Magritte. También aparecen, en ocasiones chocan contra mí, sus panes alados. Qué bonita imagen para representarme un pan con alas. El pan que quiero y que no alcanzo. Todo lo que necesito cuando Cecilia no está. No puedo saber ya si la tecleo a ella o a mi noción de egoísmo. Por fin una barra de pan se posa en mi hombro y le doy caza. Abro los ojos y como con ansia ese mendrugo inexistente. Como sabor obtengo mi afán de necesidad, mi Ella, mi incapacidad, en ocasiones, para la coherencia, el abandono de mi fiebre en el andén del tren de las 4:00. Espero su llamada mientras la imagino dormida. Me invaden celos definitivamente innecesarios. Escribo un whatsapp en el que pongo: Te necesito. Pero a la hora de enviarlo no sé si se lo he enviado a ella o a otra persona. Por un momento el pan casi se me escapa de las manos. Le quito las alas. Si no fueran tan pequeñas, pienso, me las pondría yo. Luego me digo ¿Y para qué las necesito? Y vuelvo a comer del mendrugo mi afán de necesidad. Mañana iré a arreglarme melena y barba para que no me sigan confundiendo, papá y mamá, con un mendigo dentro de un pijama de 60 Eu, si es que puedo levantarme, claro.
La forma de mis sábanas me recuerdan a la cara de Jesús, al que llaman el Cristo. Lloro en un vaso y a continuación bebo mis lágrimas para ayudarme a tragar unas cuantas benzodiacepinas. Mis padres duermen, la calle, a través de la ventana, se ve en paz. Estoy metido en cuatro proyectos y medio y escribo una media de nueve horas al día. Cuando me meto en la cama y me abrigo en posición fetal pienso que creo que mi edipismo arrastra un rastrojo de sangre. Es una sangre que puedo percibir en cada charco cuando salgo a la calle en esta temporada de lluvias tanto dentro como fuera de casa, tanto dentro de la casa como dentro del cuerpo. Me levanto corriendo al váter y vomito de nuevo. Esta vez el vómito lo componen mis sesos. En mi postura arrodillada digo en susurro que he vuelto a ser alguien y doy las gracias a un dios que quién sabe si existe en algún sitio, aparte de en los bancos y los supermercados.
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