viernes

La vida dulce (3)

Es la hora de dormir y olvidar (mientras se duerme no se ama), pero mi frío es tan profundo, mis ganas de morir son avalanchas que no llegan al suelo. Las drogas que he ingerido revolotean en el interior de mente y estómago provocándome paz a la vez que un estado nervioso que no se contenta con su contraria ración. Mi amor ha desaparecido. Mi corazón late al ritmo de un Réquiem. Mi preocupación es la de alguien que ve cómo dos tuertos procuran como negocio sus ojos ciegos. Son yo, que no soy. Al menos en esta noche no soy. Mi hígado es una esponja acabada y llena de pelambre. Mi páncreas es un limón podrido que descansa en una nevera en la que sólo habita él. Una buena representación de mi cocina. De mi cadena se deja escuchar la suite para piano de juguete de John Cage. Mi cuerpo son esas notas y también el silencio que habita entre una y otra. Mi imagen de Ceci ha salido volando en una escoba hecha de espinas de rosal. No sé si va a volver. Mi imaginación es una bañera llena de sangre. Unos días después me he cortado allá las venas y mi cadáver exhibe una sonrisa malévola mientras mi madre llora al contemplarlo todo. Mi loro Charly también llora, desde su jaula de espigas. Quiero abrirla, mostrarle que volar no es ningún pecado, sino tan sólo su naturaleza, remota hoy, casera, parlanchina, amistosa.

He abandonado a mis amigos, pienso. He abandonado a mis amigos y ella no está. ¿Será esto el berrinche de una noche? Mi intuición, quizás negada, me dice que no. Imagino el psiquiátrico perfecto. Sus paredes son de cristal y la gente que pasa por allí puede vernos a todos los pacientes paseando en pijama al ritmo que fabrica la medicación que nos han asignado a cada uno.

Me gustaría que hubiera un solo huevo en la nevera para enseñárselo a Charly, mi loro. Me gustaría explicarle el por qué de este mundo necio, díscolo, cuya embarcación soñada se llama libertad de pensamiento. Le digo que el capitán les engañó a todos, que la flota no se sostiene cuando el mástil de la vela cae con toda su fuerza, partiendo por la mitad a la tripulación. El capitán ríe en su camerino mientras se deshace el mundo de los sueños. Y cierro mi parrafada diciéndole que en eso nos parecemos él y yo. A continuación miro el techo, que merece una buena pasada de pintura blanca y le digo al dios que hay colgado de la lámpara que quiero ser yo quien le haga el amor cada día de nuestras vidas. Veo que junto con el barco también se ha partido la tierra dejándonos a ella en un abismo y a mí en otro. Sé que me quieres, digo con escasa convicción. La grieta cada vez se hace más grande y llega un momento en el que no podemos oírnos. Ese momento es hoy, la noche en que, de nuevo, me suicidé. Tú eres mi vida, grito a sus lejanos oídos e intento leer sus labios, pero están demasiado lejos para verlos bien, más aún para descifrar su movimiento igual de lejano. Por suerte sé un secreto: La muerte no existe. Sólo existe la de los demás. Tras recordarlo vuelvo a casa, a la casa que es mi pijama eterno y, una vez metido dentro, sé que no he salido de él, por miedo, en momento alguno, no sé los meses que hace. Miedo, desolación, ruina. Me proyecto en una estatua de arena a la que el viento se le ha llevado su perfecta cabeza. Ángeles caídos danzan a mi alrededor. Sajo mi hipotálamo y lo dejo ahí mientras me alejo del corro. Sigo mi camino hacia la nada, hacia el vacío que ya tengo y que es nada, al igual que la esquizofrenia. Un momento de dolido ocio desembocado en la pérdida de temperatura. Tan sólo existen tus cinco sentidos metidos en el horno donde las cosas bellas terminan por escaparse y tú te quedas dentro, ves cómo echan la llave y cedes a la catatonía. Entonces viene un doctor y te pregunta a qué día estamos. Tú tratas de recordar cuánto tiempo hace que compraste el abono transporte y de qué mes era. Luego dice: Nos vamos. Y tú comprendes que has perdido el norte mientras te colocan una camisa de fuerza y te suben a una ambulancia. Pero ya viví todo eso, yo era demasiado joven y peludo, flaco como un triste fideo extraviado de la olla. Si lees esto: Pienso en ti, quien quiera que seas. Muero por ti, quien quiera que seas. Sufro.
Ha llegado el crepúsculo y veo cómo un borrador de pizarra gira en torno a las estatuas en los museos que no visité. 
Padezco, a mi triste pesar, la falta de noticia. Sólo quiero continuar despierto. Ofrecer verdad a este grado adquirido de locura.
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