viernes

La vida dulce (2)

Tras ingerir unas cuantas grageas de buscapina regreso a la paz y termino buscando la dosis de amor necesaria, ese inmenso relajo que acaricia las costillas, en los mimos que le hago a mi loro que, tímido, saca la cabecita por la rendija de la comida. Sus pupilas se vuelven diminutas mientras yo sigo acariciando y, puedo notar, se me cae la baba. Pienso en permanecer la noche entera acariciándolo. Después me preparo un café solo y echo una cucharada bien cargada de azúcar en un vaso alto (a lo americano). Enciendo la televisión y puedo notar cierta mansedumbre al agarrar el mando (ni un solo atisbo de tembleque). Debe de estar durmiendo, me digo. ¿De dónde vienen estos infundados celos? Es más ¿De dónde procede mi yo celoso? Observo los jarrones vacíos de la cocina entendiendo la respuesta que ofrecen. Vuelvo a pensar en los panes con alas de Magritte. No sólo me representan a mí. En este momento representan al mundo entero y, sobre todo, a los inalcanzables sueños de las cinco de la madrugada. Mi oficio es seguir despierto, mi oficio es seguir tecleando qué soy mientras la espero. Mi oficio es una fábrica cuya música que sale de sus máquinas no tiene sueño y, caso de tenerlo, con nada soñaría. El papel de los diarios está calentito al salir y yo, aquí, en una viñeta sin bocadillos del fabuloso tebeo “Jimmy Corrigan, The smartest kid on Earth”. En la siguiente viñeta de mi cabeza sale una nube: ¿Estás preparado para el siguiente vómito? Dice.
Sigo leyendo los diarios de Tolstoi que, como los grandes diarios, no se terminan jamás. En ese saco meto los de Leon Bloy, Kafka, Musil y Gombrowicz.
En el frigorífico hay paella de anteayer. Saco todo lo que ha sobrado y, sobre el tupperware, vacío el zumo de medio limón para después rellenarlo de cebolla caramelizada. Como. Mi loro me mira, o quizá mira el tupperware. Tardo, según el reloj de la cocina, 4 minutos en comérmelo todo. Después me subo a la báscula. Todo está bien, me digo. Abro una lata de tónica marca Hacendado y la bebo de un trago. Enciendo cinco pitillos a la vez y los doy caladas por turnos mientras tecleo. Me concentro en ella y minutos más tarde me viene a la cabeza el extracto de un cuento de Sam Shepard: Ella había tomado un afrodisíaco muy potente. Su compañero, que es el conductor, sale a tomar el aire en una gasolinera que encuentra en mitad de una especie de desierto. A su vuelta se la encuentra desangrada a través de la vagina mientras su cadáver permanece sentado en el cambio de marchas.
En vez de buscapina esta vez me echo agua y la acompaño con veinte gotas de haloperidol más sus benzodiacepinas, que uso como reguladoras de posibles efectos secundarios. Hoy me desperté a las once de la noche y me negué a sujetar las estrellas, todas y cada una compuestas por el brillo residente en sus negros ojos, negras aceitunas expuestas al flash de una cámara, al sol del verano, a la vida dulce en cuyo cuerpo de cristal me muero por residir a la manera de un gusano en una botella de mezcal.
Mi cuerpo es intercambiable, me digo. Y, al tiempo, no sé a qué mundo pertenezco. Ayer, durante la manifestación, las manos de los desconocidos se unían a la vez que sus gritos. Cada energía pasaba a ser la del otro. Dentro de cada estómago la felicidad hervía. Y uno quería imaginar la imagen de los poderosos con las piernas temblando. Uno era capaz de creer esa utopía. Pero hoy es hoy. Y ella no da señales de vida.
Vuelvo a acariciar la cabezuela de mi loro y siento su placer en mí, lo intento. Intento amodorrarme y encontrar en ese desajuste de la atención la paz contenida en los verdes del paraíso de El jardín de las delicias de El Bosco. Pero no es posible.
Se me ocurre meterme en la cama y matarme a pajas, pero no me apetece. Paso otra página de los diarios de Tolstoi. Río con alguna de sus ocurrencias, de sus persistentes dudas acerca de lo humano, de su manera de retratarlas y, consecuentemente, retratarse.
Huyo al Edén. Ella no está. Quizá el mundo entero me espere allí, junto con ella. Rezo a la máquina de discos de un bar que nunca he visitado. Elijo una canción de los Chichos. Voy a tener que emborracharme, sí, de nuevo.
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