viernes

La senda del héroe

He llegado a Madrid y la escribo un whatsapp: Ya he llegado. El AVE Madrid-Valencia es la mano izquierda de dios. Tú resides en la derecha con el ramo de flores que quiero regalarte cada día.
Nada más llegar a casa me he acostado, pero antes he escondido los libros de Deleuze de cara a la visita que he recibido hoy por parte de mis editores, a los que han dado permiso para salir del psiquiátrico en que residen para hacer la visita a su autor de culto (yo).
Han llegado sobre las doce de la mañana. Inmediatamente pienso sobre la posibilidad de que se queden a comer y está a punto de darme algo. Les digo que si quieren un café, pero insisten en que ellos sólo toman whisky. Les digo que mis padres tiraron todos los licores por el retrete. Y es la verdad. Que si quieren un vinito bajo a la bodega. Dicen que por favor. Una vez que vuelvo a subir, les abro una botella de vino de los que guarda mi padre. Cuando ya no tiene remedio uno de ellos (el jefazo) mira la etiqueta de la botella y lee “1978, Gran Reserva”. En ese momento pienso que habré de deshacerme del casco antes de que llegue mi padre para no despertar en él ganas de asesinarme. A cambio de mi regalo me dicen que soy el mejor anfitrión que he conocido y, una vez repartidos los vasos (de chupito), procedemos a hablar de mi obra, es decir, del negocio disfrazado de colegueo que hay en juego.
Antes el jefazo de la editorial (Cognoscible Cristo de la cabra ed.) advierte: El jefe de nuestra distribuidora se pegó ayer un tiro en la sién. No pudo superar la muerte de su canario.
Realmente esta vida es triste, se me ocurre, y procedo yo también a echarme un chupito de ese vino tan extraordinario.
La mano derecha del jefazo, que escribe críticas en La codorniz, ataca la oscuridad de mi obra. Dice que nadie la entenderá. Inmediatamente establezco un paralelismo entre el Nadja de Breton y El innombrable de Beckett. Me explico ante su acusación citando de memoria Nadja: Eso es lo que ocurre con esas sensaciones electivas cuya propia dosis de incomunicabilidad constituye una fuente de placeres sin igual. Y continúo: Al margen del relato que he expuesto ante ustedes –anuncio que sigo con el Nadja de Breton- no tengo más intención que contar los episodios más determinantes de mi vida tal y como puedo concebirla al margen de su estructura orgánica. Me refiero a en la medida en que depende de los azares, del más o menos insignificante, en que, oponiéndose a la interpretación tópica que pueda ocurrírseme para entenderla y, añado, incluso, comprenderla, me introduce en el prohibido mundo de las repentinas proximidades. No es un mundo realmente prohibido, añado. Y paso a El innombrable, que en mi memoria se encuentra más fresco, en referencia a la obra que defiendo, mi yo novelístico, diarístico, lo que sea: He aquí, y señalo el manuscrito, a uno que no es como yo no sabré nunca dejar de ser. Y continúo: Sólo yo soy hombre y todo lo demás es divino. Beckett dixit, añado, y les explico: de eso trata la voz, que es la novela. A continuación cito a Umbral en Un ser de lejanías: Soy un vendedor de estilo.
Tras terminar mi larga cita de citas, probablemente desestructurada en mi memoria, observo cómo la mano derecha del jefe anota en su Moleskine, seguramente para su próxima crítica en La codorniz. Vaya mundo. Inmediatamente se ponen a hablar del Real Madrid. Pues Alberto es del Atleti, dice el tercer habitante, que me introdujo en esa editorial y al que podría considerar mi agente de cara a ellos, aunque mejormente amigo (lo que implica que no va a sacar ninguna tajada del asunto ¿No tendrá suficiente el muy mamarracho con la priva?). Les digo que tengo aceitunas negras. ¿Son buenas? Dice el jefazo. Las mejores, digo, como si volviese a defender mi manuscrito. Las echo en un plato y, mientras echo mano a una, me acuerdo del ojo izquierdo de Cecilia. Mastico despacio imaginando que saboreo el lado oculto de la luna o, quizá, su sombra. Voy a estar unos días sin verla sólo por la visita de estos subnormales. Bueno, dice el crítico, no es que me parezca excesivamente oscura la novela pero, quizá el postmodernismo... Interrumpo: postmodernismo, postmodernismo, ya Plutarco inuguró el postmodernismo hace muchos siglos con Las vidas paralelas (hasta hoy sólo le conocía de Facebook, es decir, de nada). No atiendo el final de su discurso. Pienso en Cecilia mientras las aceitunas se acaban. Luego el jefe se levanta y dice: Sólo tenemos permiso del “centro de salud” hasta las dos y media (suspiro hacia adentro al comprobar que no se quedarán a comer y dibujo una sonrisa amistosa). Les doy la mano a todos. Cuando finalmente se han marchado, escribo un whatsapp a Cecilia: Me arrepiento de haberte dejado sola estos días. Los de la editorial ya se han ido. Menuda mierda.
Me responde: Lo importante es que tú estés bien.
Mi siguiente mensaje tiene un punto de broma: Ya sabes. Sigo la senda del héroe.
Ella no responde con un diplomático “ja, ja”. Me dice que descanse y que, como siempre, me esperará.
La envío un beso y abro el paquete de tabaco. Advierto que sólo queda un cigarro.
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