lunes

La oscuridad clara del sótano y sus recurrentes flashbacks

Bajo al sótano. Es una forma de vivir, bajar al sótano. Te quedas allí, en la clara oscuridad sostenida por la rendija que da al garaje y te preguntas por la eternidad. Si consiste en un pestañeo o no. Al rato Cecilia vuelve a mi mente. Está sentada en su despacho. Su jefe le habla. Yo espero y, mientras, o bien estoy en el sótano o bien estoy tecleando. También es una forma de vivir, el teclear, sólo que quizá menos pura, menos hedonista también, que entregarse a la oscuridad repleta de telarañas del sótano, a la posibilidad de ratas entre los cartones, cerca de las botellas de vino sin etiqueta (así es, las lavaron para quitarles el moho, así que es una sorpresa cuando abrimos una por Nochebuena y ha habido veces en que hemos detectado un Vega Sicilia por el olor una vez abierto para compartir con aquellos que nos han arreglado la chimenea por un precio excesivo y seguramente menor que el del vino que degustan). La cocina es otro estilo de vida que se reduce a leer y hablar con Charly, el loro, preparar café y fumar como en un reclamo. Una vez hecho el café me preparo una taza y subo a teclearle a ella, para cuando llegue: Tienes en el pecho como una rosa que, a veces, tiembla de frío. Pongo mis manos entre medias de tus senos y trato de cogerla con la suavidad con la que se coge a una cría de cuervo, abrigarla con mis manos y devolverla, templada y tranquila, a su lugar natural, donde todas las mariposas y abejas de tu cuerpo paran a libar un poco, mientras yo te doy el dulce beso de las siete de la tarde. Es un beso anochecido, que reclama un flash en el sótano y su, a esas horas, total oscuridad a veces profanada por el abierto del frigorífico de cara a coger un par de cocacolas, una para ti y otra para mí, mientras me cuentas tu día, del que está compuesto parte de mi vida visceral, parte de mi sueño en vela. Procuro concentrarme, aclarar la violencia de mi yo. A veces te acaricio el pelo y me respondes. Juego a desenredártelo. Juego a buscar tu boca, aunque no quisiera, y lo haga, interrumpir tu relato. Yo, cuando hemos acabado de sobarnos, caso de que no acabemos en la camita, te muestro la carta del día (que a veces son cinco o seis) y tú valoras el resultado. A veces me dices que soy un genio. Otras que me olvide de los desastres de mi vida y que exponga a quien soy ahora: Alguien alejado de enfermedades mentales que vive de su equilibrio, también alejado del alcohol, de las putas, de la playstation. Le digo que mi vida es ella y nos besamos de nuevo. Saboreo el cielo de su boca con la lengua provocándole cosquillas en el paladar y noto cómo me dejo llevar hasta tocar la corriente del río, aquella donde los osos polares procuran dar caza a los pececitos. Sonreímos. Queda mucho día por delante aunque nos hayan dado las ocho. Le digo que por un whisky no pasa nada y llegamos al acuerdo de un par de carajillos, que a ambos nos encantan. La botellas de whisky que hay guardadas responden a la marca Chivas, que son las que a ella le regalan sus superiores. Le digo que recuerdo beber unas cuantas de esas en mi pueblo, mientras ponía los dientes largos a mis invitados para ver películas muy desconocidas para ellos (les chifló David Lynch, les gustó Sam Peckinpah; también recuerdo que cuando provocaban cierto tedio en mí les ponía una de Angelopoulos o Kiarostami -para que se jodiesen-). Eran los veranos de una Valseca perdida, que nace en estos días por medio de recuerdos incompletos, inoportunos como flashbacks de ácido que, sin embargo, comparto con Ella y el teclado. Recuerdo un día llegar el último a la presentación de mis dibujos. La gente me aclamó y los elogios del alcalde resultaban a un tiempo de justicia como excesivos. La gente se lo tomó todo al pie de la letra y a continuación me otorgaron la palabra. Recuerdo pensar que no había amor, pero que qué más se podía pedir. Levanté los brazos con una sonrisa y mostré mi incredibilidad (que, quizás, era fingida) y mi gratitud que, esta sí, supe tan cierta como efímera. Los aplausos formaban una banda ruidosa pero llena de elegancia. Yo también aplaudí. En este momento lo hace mi cabeza, mientras la espero en la oscuridad del sótano, tomando un carajillo que, a buen seguro, llegado el momento de cada día, compartiré, entre palabras de cariño y otros mimos, con Ella. 
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