lunes

Jumping Jack Flash (diario de un chavalín)

Habíamos llegado a Santiago sobre las once de la mañana. No se veía mucho que hacer excepto conocer a los colegas de Fran (mi compañero de andaduras por aquella época, hoy padre de tres niños residente en Florencia). Al llegar al piso donde compartiríamos cama, birras y algún que otro peta me saludaron calurosamente. Mi aspecto era el de un Ecce Homo, pelo abultado que, al tiempo, me tapaba un tercio de cara (el tercio que no me tapaban las barbas ni las gafas de sol, que empecé a no usar, a ser posible jamás, tras ese viaje). Pregunté si tenían priva y me dijeron que quedaba algo de orujo y toda la cerveza que quisiera. Qué coño, recuerdo decir, un orujo sería estupendo. Eran tres tipos la mar de majos de cuyos nombres no me acuerdo. Uno me pasó un porro. Dije que iba algo colocado del coche, que gracias, que luego. Me senté y casi me duermo, pero abrí los ojos y además de una buena copa de orujo tenía un café solo. Te lo puse solo, no sabía cómo te gustaba. Genial, tío, respondí. Y me eché azúcar. Fran me había presentado como dibujante, poeta y novelista, así que me preguntaron sobre qué iba mi obra y les dije que estaba haciendo una novela que, básicamente, iba de unos tarados que secuestraban bebés para ahogarlos y aliñarlos luego con vino blanco, hojas de romero, pimienta y todo eso y comérselos. Joder, dijo uno. Es una mierda, dije, pero he metido algo de historia. Sale, seguí, Mao Tsé Tung de vez en cuando y, cuando no sabe qué hacer con el pueblo, agarra un crucifijo y reza. A continuación se bebe una copita de vino español junto con una buena loncha de jamón exportado de Huelva. Es que, continué, en esa época le iba España a Mao Tsé Tung y quiere gobernarla y tal. No creo que triunfe. Dentro de poco la acabo. No sé. Quizá no me haya salido muy lineal. Sólo tecleo, me justifiqué, porque cuando lo hago me creo dios, si no pasaría de historias. La poesía la hago para ir a recitales y mirar después si puedo tirarme a alguna tía que viva sola. Los tíos eran amables que te cagas. Después de darles mi charla se pusieron a hablar sobre las expectativas que tenían del concierto y no sé qué. Uno de ellos notó que me bebí el orujo casi de un trago y rió. Tenías que ser colega de Fran, dijo. Me gustaban porque no me juzgaban para nada y así fue los tres días que permanecí allí. Dije que no creyera que intentaba alguna machada, pero que tenía la laringe dormida. Era sólo eso, añadí. Le dije que, sin embargo, sí había notado cierto cloc no recuerdo si en el cerebro o en el estómago. Al poco Fran y yo nos despedimos. Me dijo que fuéramos al casco antiguo, que me iba a enseñar unos garitos. Recuerdo que me costó levantarme, pero qué carajo. Aquellos sí que eran tiempos de energía pura y dura, alterados por alcohol y drogas, pero enérgicos como qué sé yo.

Bebimos cerveza y, poco después, nos encontramos a la tía de Fran y a su novio finlandés. Esos sí que eran jipis de verdad y no yo, que sólo aspiraba a ser un híbrido entre la Creedence y Frank Zappa, al menos en apariencia, algo más bajito también, he de aclarar. Hicimos buenas migas. Vaya si las hicimos. Comimos por 600 pesetas en un sitio la mar de elegante (mejillones al vapor como no los he vuelto a probar en mi vida), y luego un licor café. O dos. Probablemente tres. Primero chupito, luego en vaso ancho. Aquello me enganchó que lo flipas. Fran me dijo que si me apetecía pillar un ajo. Yo lo maduré. Luego le dije que él sabía de mis problemas mentales (los de por aquel entonces, me refiero)... que... le dije que lo pensaría y que si él quería para él que pillase. Me dijo que yo tenía razón y que era una tontería, que se le había pirado la lengua. Para entonces su tía y el novio de ella (que no entendía ni papa de español) ya se habían marchado, pero quedamos para luego el concierto. Monte do gozo (creo que a las 21:00, teloneros: Los suaves, creo).
En Lugo (de donde procede el grueso de la familia de Fran) una amiga suya que me flipó me había estado media hora hablando de Boris Vian. Yo, por aquel entonces, no había leído nada de él aún, aunque me sonaba. Le dije a Fran que si conocía por allí alguna librería y me dijo que esas estaban más por las afueras, cerca de la casa donde nos habíamos instalado. Yo quería devorar toda la obra del tal Boris Vian y, al tiempo, se me ponía dura pensando en la amiga de Fran (no es que no intentara ligármela, quizá anduve algo tímido, sí, definitivamente). Hay polvos donde caben muchas pajas, le dije a Fran. Y pilló a qué me refería. Le había estado dando el coñazo en el coche con la paisana.
Se hizo la tarde a medida que yo me pasé al ron y Fran, Fran no recuerdo a qué se pasó. El maldito ron, con el tiempo se convertiría en uno de los licores que más aborrecería, pero entonces (verano de 1998) lo bebía bien con cocacola, bien con unas gotitas de agua.
Nos encontramos con la tía y su finlandés, que fumaba porros como un auténtico cabronazo. Llevaban una buena y nosotros estábamos contentos porque por fin íbamos a ver a los Rolling. Tampoco es que nosotros fuéramos muy serenos. Entonces, no recuerdo muy bien cuándo llegó el momento, nos pusimos a andar, como buenos samaritanos, hacia el Monte do Gozo. El concierto, dijo alguien, ya debía haber empezado. Les dije que yo tuve una piba con la que íbamos a ir a verlos a Málaga, pero que caí enfermo y le di las entradas a mi madre para que las vendiera. Tenía en casa todos los putos discos de los Rolling (y, aunque actualmente no a la vista, los sigo teniendo, rarezas incluidas, como un total de sesenta y algún vinilo que otro).
Me flipó cuando la tía de Fran se bajó las bragas en medio de la procesión de gente y se puso a mear. Yo me descojonaba mientras hablaba un popurrí de ruso y mongol con el novio, que siempre iba pedo de cáñamo, absolutamente toda su puta vida. Se le veía en la camisa. Admito que bajé un poco la cabeza con intención de adivinarle el coñito. Dios mío, si había algo que allí sobraba eran coñitos. Me preguntaba, no obstante, si iba lo suficiente pedo y a ratos me venía como respuesta que demasiado. Y lo que quedaba.
Al entrar en el recinto requisaron la petaca a la tía de Fran. Nosotros pasamos como si tal cosa y, mientras los Suaves, creo que eran los Suaves, terminaban, vimos que no había sitio. Pero había chiringuito (justo en la parte más alejada del escenario). Sin dudarlo nos pedimos unas copas (qué tiempos aquellos y no ahora, encima tampoco eran excesivamente caras). Ni siquiera nos dimos cuenta de la entrada de los Rolling. Hubo un estruendo de fuegos artificiales y ruido a cargo de los asistentes, pero nosotros estábamos hablando de algunos pequeños tomos sobre la interpretación de los sueños del Dr. Freud. De los casos que recordábamos. Había para dar y tomar. Luego le dije que en la clase a la que iba de electiva me pusieron como examen una sola foto a comentar. Se trataba de la puerta de la consulta de Freud. Le dije que rellené el folio y la hijaputa me puso un ocho (hoy no, pero en aquel entonces yo estaba convencido de que merecía la matrícula). Fran creía en mi talento. Me dijo que yo era un provocador y la cagaba. Y tenía razón. Pedimos otra tanda mientras a lo lejos unos enanos Rolling Stones arrancaban con... no recuerdo con qué canción arrancaron por mucho que me suene Jumping Jack Flash. Allí estábamos ambos, tomándola frente a la gloria natural del apóstol Santiago y la soberbia de los Rolling, la sociedad del espectáculo y todo eso, dispuestos, o bien a comernos el mundo, o bien a bebernos la vida. Le dije a Fran que los paletos que había allí no se sabían que existía un escenario pequeño donde cantaban, para los que -como nosotros- habíamos llegado más tarde, tres o cuatro canciones y nos fuimos hacia allá con los vasos, en primerísima fila.
Y llegaron. Y tocaron Route 66 y Midnight Rumbler y Like a Rolling Stone mientras yo procuraba llamar la atención de Ronnie Wood (cosa que no conseguí) y Fran intentaba liarse lo que le quedaba de hachís (que se le cayó al suelo). Mientras, un fundamentalista empezó a empujarme diciendo que le iba a quitar la capa a Mick Jagger porque Mick Jagger era dios. Mira, le dije al chalao, te comprendo, pero deja de empujarme o se la voy a quitar yo y te la voy a meter por el culo. Hizo como que no me oía hasta que le agarré de la pechera y le solté: Lárgate de aquí, puto cocainómano. Entonces Fran se coscó e intentó separarme. Me di cuenta de que el tipo buscaba algo por el suelo y pensé que sería algo para atizarme, entonces le solté una patada en el culo que, más que nada, resultó un empujón de patio de colegio. No hubo más problema. Y el tipo pasaba, en parte, de mis advertencias de tío duro. Esto es lo que le está haciendo la farlopa a la juventud. Luego pensé que me sacaba tres cuerpos y quizá algunos años, ya de camino al chiringuito. Mientras nos dirigíamos al ron con cocacola y lo que fuera que bebiese Fran oíamos que los Rolling empezaban Simpathy for the devil en el escenario grande. Habían llegado antes que nosotros esos hijos de puta. Bebimos. Caímos. Volvimos a beber. Teníamos hasta ganas de que terminase el puto concierto y ni rastro de la tía de Fran y su novio. Tras un largo rato sin hablar, mientras me caía, le dije a Fran: Hoy deberíamos echar un polvo. Él, que estaba más o menos tan muerto como yo, estalló en una risotada y dijo: Luego vamos.
Cuando el grupo de enanitos desapareció me jugué 5.000 ptas con él a que volvían a salir otra vez a tocar exactamente: Satisfaction. En realidad él se lo quiso jugar conmigo (y yo tenía la ventaja de haber leído en el periódico una crónica sobre el repertorio que habían hecho en Londres poco antes). Le gané las 5.000 y nos las gastamos en priva por ahí. Antes de eso el autobús que llevaba al centro tardaba en salir y yo, que no podía aguantar la vejiga, me la saqué y meé. Un niñato me regañó y le dije que procurara contentar a la chica que le acompañaba o me ocuparía yo. Que terminaría y, en vez de subirme la bragueta, se la metería por la puta boca para que se callase -y mirándola: aunque estoy seguro de que tú debes de ser de las que te la muerden, eh ratoncita). El pibe, no le faltaba razón, iba a venir a por mí que, reconozco, en ese momento, no tener ni media ostia. Luego me gritaron de otros asientos hasta que la cosa se sofocó. Mis palabras me produjeron auténtico miedo, joder. Pero luego se pasó e hice que todo el autobús cantara: Viva nuestro conductor. Estuvo bien. No ligamos. Tampoco recordamos demasiado a partir de ahí (yo al menos). Recuerdo que llegamos a la casa y los colegas dormían. Le dije a Fran que un café estaría de puta madre tras salir de vomitar del baño. Hay que hacerlo, me dijo. Joder. Eso sí que era una putada. Nosotros habíamos nacido para beberlo pero ¿Para hacerlo? Nos acostamos sin tomar el café. Nos dijimos buenas noches mientras nos descojonábamos de nosotros mismos o de algo parecido: nosotros mismo aquella puta noche. Luego nos dormimos cada uno para su lado. (El mañana sería otro día. Y lo fue, creo).
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