martes

Intervista (sobre la basura, mundillo literario conocido)

Mi amigo Roberto Salas me propuso ayer participar en unos vídeos sobre escritores, “a ser posible vivos”, que, junto con una especie de colectivo, está juntando en una web. Le dije que sería un honor participar, pero que en breve he de salir de viaje y que aún no sé para cuándo será mi regreso ni, la verdad, me apetece calcularlo. Mientras tanto, se me ha ocurrido preparar un escrito que represente mi presentación en la página, por si yo no pudiera llevarla a cabo. Así que le pasaré el enlace a mi colega si definitivamente me sale algo decoroso, o indecoroso. La verdad que aún no tengo clara la postura en la que colocarme. Así que, como plantea Castaneda en Relatos de poder, el cuarto libro de la tetralogía que nos hizo soñar a algunos durante una adolescencia en la que las pesadillas invadían nuestra dicha aún por realizar, me propongo a lanzarme a ese vacío que, como sostiene el maestro: no existe en una existencia donde ese vacío y su supuesto no-estar son la vida misma en comunión con el mundo. Ahí voy:

Me llamo Alberto. Nací en el hospital clínico de san Carlos. Me crié entre Valseca (provincias) y el barrio de Aluche en Madrid. Tuve una buena infancia. Viví con mis abuelos hasta su muerte, y también con mis padres. Mi familia fue grande, hasta que el cuento se deshizo y el peso cayó sobre mí bajo la forma de distintas enfermedades, entre ellas una esquizofrenia que no padezco. He escrito panfletos de tono, digamos entre comillas, revolucionario, en los que no creo, pero menos aún en una coherente distribución de ellos. Fui borracho por influencia de mis mayores, amigos en quienes, durante lo que duró mi borrachismo, creí. Todo antes de salir a ostias con ellos. En realidad me estoy refiriendo a cabezas visibles (mafias verdes) del mundillo literario madrileño, quienes me abandonaron cuando dejé de servir para levantar sus pretenciosos negocios cuyos eslóganes eran: Escuela de ideas, Recuperar el placer de la lectura y chuminadas por el estilo, en las que, si acaso, puede llegar a creer algún adolescente burgués que se ha tragado a un utopista que había metido su madre en el plato de sopa.
Todas esas aventuras, entre las que destacaría participaciones cruciales para proyectos editoriales que se venden en librerías de toda España y donde no sale mi nombre. Tampoco, en relación con lo que me importa, me está de más anunciar que me pagaban en negro un sueldo que, con suerte me daba para el transporte público, y eso incluía comerme marrones y humillaciones que, según creo hoy, día en que me he hecho un poquito más mayor y quizás ya no merezca el título (tantas veces ofrecido -por otros, claro está, entre los que se encuentran egregios de nuestra lengua- tras la palabra genio, en la que sólo creo cuando la pronuncia mi niña, de “joven promesa literaria”). Añadir sobre la inmundicia literaria que recayó sobre mí: Rechacé un renombrado premio literario a nivel peninsular por considerarlo de una moralidad baja (en cierto momento tuve ocasión de comentarle mi “heroicidad” a Raúl del Pozo, quien me dijo al respecto, con buen ánimo: Tú eres el niño Jesús. Antes de ello un editor de pacotilla me propuso editar un libro de cuentos por encargo. Tardé un par de meses en hacerlo. Cuando lo hubo leído me dijo que lo publicaría si quitaba de en medio mi “cuento de Navidad”, que pronto publicaré en este blog. Como mi intuición, mientras me comía un bocadillo de anchoas con tomate, me aseguró de que su posición real era la de darse importancia le dije que se metiera el resto de relatos por el culo, a pesar de estar en juego, por ese proyecto, quinientos eu (muy necesitados para mí en ese entonces) que, por otro lado, a saber si ese malqueda me hubiera pagado. Nuestra amistad, a pesar de todo, continuó. Prescindí de ella en defensa del tipo que me ofrecería un año o dos más tarde el premio (del que él era jurado). Luego lo aceptaría otro buen amigo mío (el pacto incluía, como en los buenos negocios, que el 70% del dinero obtenido por el galardón fuese para quien lo ofrecía). Lo digo a pesar de que creo firmemente en el talento de mi amigo, el que aceptó el premio, y que terminó plagiando mi vida, al menos en aquel círculo. Yo finalmente, a diferencia de con el editor, salí a ostiones (pelea de patio de colegio) con el jefe (enchufado del poeta Juan Carlos Suñén, de quien hoy no dudo de su honestidad, aunque malograda tristemente por su aficción al alcohol; añadir que a diferencia de otros: tiene talento para la poesía y, dios santo, para la crítica, mucho, y lo sigue usando, a veces regalando) a quien había defendido posturalmente de cara al editor de pacotilla, y no volví (con la salvedad de un día, completamente borracho, en el que me pidieron, por las buenas, que me marchase. Y lo hice). Debería haber hablado de otra cosa. Ahora sólo tengo la tentación de enviar este texto a la papelera de reciclaje. Al fin y al cabo la equivocación de participar en todo aquello fue elección mía, por tanto: Mea culpa. En realidad debería hablar de esto:
Todo ha redundado en mi felicidad. Imagino danzas en las que rodeo mis huesos, mi chica me quiere, mi única adicción seria es el tabaco, creo en el amor de algunas piedras y adoro la naturaleza (que no veo por la televisión) y creo en la vida, mis personas, la sobriedad y mi equilibrio casi constante. Me rodeo de gente que sabe más que yo, amo mucho y como de pm. Respecto a la literatura añadir que he sido traducido por un colaborador de la UNESCO en París de cara al ministerio de cultura francés, donde me ha costado algo de esfuerzo sacar guapa a la gente del mundillo literario del que he hablado, cosa que he hecho, quizá porque, muy en el fondo, tengo mucho de sentimental, de idiota. Aunque quizá eso no sirva tampoco para nada. Vanidad y vanidades. Antes le doy un abrazo a mi chica, la más hermosa del mundo, y me bebo una sin.
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