martes

Innocent when you dream

Mi vida es una margarita a la que voy deshojando de pétalos que no se acaban jamás. Hablo con Ella y me permito cometer un ligero error. Me dice que no todo va a ser literatura. Por un momento pienso que no entiende que si mi vida es eso es sólo debido a ella. El “juego”: convertirme en algo con sentido para la vida pero, sobre todo, para ella, que es mi vida. Entiendo su lucha, su coherencia al tocar temas de actualidad, su rebeldía ante un sistema tocado por la varita de un dios perdido. Amo todo eso en ella porque quiero la vida y pasa por comprender sus nociones que reconozco no poder abarcar en su conjunto precisamente porque la vida no lo es todo, así como tampoco pueden justificar mis teorías una antigua tesis que hice sobre la figura de Engels, perdida en el tiempo y en mi estupidez juvenil, de la que ella está a salvo, a dios gracias.
Me siento en la cama y doy gracias al pez que nada dentro de mi cabeza. Es rojo, con una línea gris que le llega desde el medio de los ojos hasta la cola. La pecera la pago yo. Duermo y me veo leproso como la pared de mi habitación del barrio. Mi piel se cae y en ella encuentro pequeños yoes que avanzan desde el suelo hasta habitar el teclado donde escriben todo lo que sale de la memoria del citado pez. Yo me estrujo la cara. La moldeo. La cambio. En el espejo no encuentro nada más que barro. El hijo de dios viene a verme, como siempre, en moto. Me dice que me va a curar, pero yo sólo creo en ella. El espejo del baño es un acuario de sangre cuando despierto, y ella aún no ha venido. Deshojo de nuevo la margarita del principio. Mis palabras ante cada pétalo caído son: Existo / no existo (o, lo que es lo mismo: Ella / no ella). Sólo Cecilia tiene la respuesta. Sólo ella es mi religión. Realiza preguntas utópicas al universo y a cambio recibe una paz que, en su mejor versión (si es que tuviera una menos buena) me transmite. La espero. Sólo quiero ponerle una sonrisa y decirle que pronto llegarán las navidades. El tiempo es una mecha que finalmente encuentra su goma 2. ¿De qué otra cosa están hechas nuestras vidas? ¿De qué otra materia están hechos nuestros sueños?

Despierto de nuevo. No recuerdo nada. Quizás estaba a punto de besarla, pero quién sabe. Me preparo una tortilla francesa y pienso en sus dos caras. En una veo a Artaud y en otra a Genet. Bato poesía. Finalmente la tortilla sale espesa y, mientras la como, sé que tengo que escribir algo para cuando por fin llegue ella. Cuando llevo la tortilla a la mitad la llamo, pero es imposible contactar. Mañana a la tarde hará huelga y estará conmigo, al fin. Podré hablarle de mi creencia en esos corazones dibujados con un palo en la arena mojada por las olas de la playa. En la belleza surgida de su desaparición al subir un poco la marea. Preguntarle si sabe cuántos de esos corazones viven en los océanos del mundo. Abrazarla. Sentirla. Obtener en sus respuestas la dicha de ser demasiado humano (yo, que me acabo de levantar en el desierto, que me siento un electrodoméstico en medio de una duna inamovible).

Me lanzo de nuevo al tecleado. Me digo que es a lo que me debo y lo hago sobre aquellos pensamientos sobre Artaud y Genet que cruzaron por mi mente mientras buscaba la sal. Los escribo como las dos caras de una misma moneda, o una misma tortilla. Escribo que el precio de la moneda, su esencia básica de bronce, es la poesía. Escribo que si metes esa moneda en una máquina tragaperras obtienes como premio una flor rota. Escribo mi intención de escribir el Van Gogh (el suicidado por la sociedad) de Artaud en la lectura que de él hizo André Breton. Escribo el cuerpo sin órganos (ayudado por la irremediablemente espesa publicación que de ello hizo Slavoj Zizék) y el enemigo declarado que son ambos, en traje (color rosado, según El diario de un ladrón, por el que María Teresa Gallego Urrutia recibió el premio a la mejor traducción del año pasado) de prisión, bien en camisa de fuerza. Escribo sobre mi creencia en la bendita inocencia destrozada de Santa María de las flores. Después me preparo un cigarro de liar y vuelvo a marcar el número de mi amor inigualable, incomparable, único, aquel que tiene mucho más mérito que mi llegada a la vida. No hay cobertura. Enciendo el cigarro cuyo humo sale de mi boca dibujando el contorno de sus caderas, la uve de sus piernas, el ángel de su mirada, si posible. Le escribo un whatsapp en el que le digo que la quiero, por si llega a recibirlo. Le escribo uno nuevo en el que cito el Ómnibus de Edward Lear aparecido en Traducciones / perversiones de Leopoldo María Panero (muy bien editado por Visor en Edición de Túa Blesa): “Hubo una vez una joven cuya historia / Fue para todos un misterio; / Sentose en una cuneta / (Nadie supo nunca en cuál) / Componiendo allí un tratado sobre su enigmática historia”. Cierro el whatsapp diciéndole: Eso somos nosotros, existencia mía. Espero de nuevo. Quiero salir con ella a recorrer los pasos del día anterior mientras damos abrazos a los árboles y cálidas bienvenidas a los pájaros que se posan sobre su mano. A continuación nos parece que viene a cuento cantar a coro el estribillo de Henry Lee, cual Nick Cave y Pj Harvey. Nos sentamos en una terraza. Hablamos de la inexistencia del frío, de la eterna infancia de las ardillas y las teclas de órgano de iglesia que son sus dos dientes. Por un momento me veo regresar a la vida, a ella, a las letras, a la calidez de los platos de sopa que preparaba mi abuela durante mi infancia y a los que me era permitido echar un chorrito de vino para que se enfriase y embadurnarlos de migas de pan. Rezo a abuela. La veo joven en su vejez, como viva aún, explicándome la sabiduría del caído, el gracejo de las cartas que se escribían antes los enamorados. Me abrazo al cuello de un pavo real inventado en una almohadilla del sofá del salón. Procuro reavivar mi gratitud a mis padres por darme la vida y, consecuentemente, acercarme a ella. Cierro los ojos y no sé si recuperaré el sueño del resto de los días siguientes. Pero mi intención es hacerlo.
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