viernes

Ficciones masturbatorias y otros sueños

Me he despertado algo sobresaltado, apenas con el corazón buyendo mil cristales rotos dirigiéndose al cerebro al compás de un diapasón enfermo. Creo que me quedo corto. He mirado el reloj y comprobado que sólo he dormido una hora cuando yo hubiera firmado que se trataban de seis u ocho. En el tiempo que los nombrados cristales rotos se clavaban en los sesos apenas he notado el daño, o no más que la información suficiente para obligarme a encender un pitillo. Así que he buscado en la oscuridad mechero y paquete dando con ellos en la mesilla, abierto, cogido uno, llevado a la boca y luego encendiéndolo, aún teniendo por regla la prohibición de fumar en mi pieza, que antes fue la de mi abuela. Como tampoco hay cenicero yo echaba la ceniza a uno inventado y podía oír la levedad del pínfano silbando en el aire hasta emitir un apenas audible cloc en el parqué. Mientras el cigarrillo se consumía he recreado el sueño que terminó por despabilarme. No era gran cosa, aunque trataba sobre ella, lo que lo convierte en mucho, como tantas veces. En la noche habíamos planeado Jamaica para el posible destino de un viaje. Recuerdo seguir hablando con ella hasta que empezamos ambos a dar de cabezadas y colgamos. El sueño, contado lo resumido que fue, es el siguiente: Chica y chico enamorados van en una especie de cayuco guiados por un rastafari. Rastafari quiere que le demos dinero y ropa y me niego. Rastafari se enfada y amenaza con el remo. Yo me pongo chulo. Rastafari golpea a mi chica en la cabeza y mi chica cae a las aguas del Pacífico. Chico (yo) se lanza en su ayuda (momento que he aprovechado en la cama para encender, en la oscuridad, otro cigarro -vaya, los mismos que enciendo mientras tecleo esto. La concejalía de cultura de mi pueblo, pienso, debería pagarme los cigarros que gasto mientras escribo, que no son pocos-). Continuación: Chica cae inconsciente hacia el fondo a una velocidad cuatro veces mayor (y los sueños, sueños son) de la que el chico es capaz de avanzar poniendo toda su fuerza. Finalmente chico no puede hacer nada. Chica se precipita hacia la inmensidad mientras él no sólo la pierde de vista, sino que, empieza a notar, el oxígeno le falta. El instinto de supervivencia le hace regresar a la superficie. Yo (chico) consigo nadar los kilómetros que hay hasta la orilla. Al llegar a los metros finales apenas me dejo llevar por las olas hasta ser lanzado a tierra firme, adonde llego inconsciente. Una chica me hace el boca a boca y finalmente despierto (aún dentro del sueño). Entonces compruebo que se trata de mi amor, ahogada en la inmensidad del océano hace un tiempo que no podría calcular de primera mano. No sólo eso. Tiene distinta ropa. Le digo que qué hace aquí y me dice que tenía que salvarme. Lleva las ropas de Jane la de Tarzán. A continuación me da un plátano y despierto y, tras echar tres cigarros cuya ceniza he lanzado al suelo como diciéndole al mundo de mi chulería enfermiza, noto mi erección. Procedo a pensar en la chica, que se encuentra lejos y a tocarme con rabia y ambas manos. Me la sigo pelando mientras noto que me duelen las manos. En mi cabeza está ella: Hemos dormido juntos pero ella no quiere sexo así que le pregunto si puedo masturbarme tocándola. Me dice que sí, pero que sin pasarme. Lo hago, vaya si lo hago. Digo cosas de amor en alto. Toco sus pezones a través del sujetador, pero ella me quita la mano. No sé si lo hace porque le molesta de veras o para ponerme más bruto. Le digo que la quiero. Le digo que me pegue y sigo dándole con fuerza a la zambomba. Luego ella dice que ha de ir al baño. Le ruego que mée en mi boca y accede. Primero hago gárgaras hasta finalmente beberme toda su meada, que me sabe a las almas de los dioses. En ese momento empiezo a notar cómo mis manos dejan de responder. La eyaculación funciona de la siguiente manera: La sensación es la de una daga removiéndose en mi uretra. Finalmente miro a ver si en lugar de lefa es sangre lo que tengo. Doy gracias a dios mientras sigo diciendo cosas bellas a mi niña. Enciendo otro cigarro. Son las seis de la mañana. Por un momento me dan ganas de llorar, cosa que finalmente no hago. No puedo saber por qué. Voy al servicio y me lavo las manos. Me miro al espejo. Mi cara sigue siendo la de siempre. Me digo que debería ponerme a escribir, pero ante la página no sale gran cosa que tenga que ver con la novela que voy preparando. Decido escribir lo sucedido tal cuál. En un principio pongo por título 9 / XI / 2012. Luego lo cambio. Quiero hablar con ella, quiero darle un beso suave en la nuca, acariciar su pelo resuelto en la cáscara de un membrillo dorado por el sol de mayo. Pero no está. No está. Eso es todo.
.

No hay comentarios: