viernes

Felicidad otoñal

Mi novia, ese ángel de mis mareas, me dice: Necesitas todo el rato enseñar que la belleza no es sólo la de las amapolas, que la belleza también es dos ratas fornicando dentro de tu cabeza despedazada por la bestia y el horror, y eso te perjudica socialmente. Te amo, Ceci. Mi ángel, mi razón, mi bastón firme y dorado.

A veces al amanecer los días soleados un vencejo o varios se acercan a mi ventana. Abro a pesar del frío e intento darles de comer pero salen despavoridos. Imagino que salen al encuentro de un calor que aquí ya no se encuentra. De esa sociedad de astutos y locos pájaros vengo. De esos trabajos, de esos grandes almacenes donde la ropa está en ocasión de cara a la primavera, que, allí, siempre es la del amor. Despierto en mitad de la noche y me propongo contar mi verdad a un asno. Su inteligencia me mata. Termina él explicándome la vida a mí mientras cocea de nervio y orgullo. Al rato intento dar caza a una mosca cojonera, pero la pierdo de vista y sé que es porque se ha posado en mi cabeza, donde la sensibilidad de mi sucio cabello no llega a notar su presencia. Dirige desde allí mi silencio y procuro respirar, procuro dormir, salir de mi enajenación mediante el agüero de la pesadilla. Dentro de ella cito a Dostoievski de memoria, párrafos enteros. Y a Rilke. De alguna manera, durante el sueño, adornado de ángeles caídos y finalmente muertos, sé que puedo escribir sus obras. Dios viene a verme y me dice qué obra del pasado quiero que desaparezca para escribirla yo. Digo: Mientras agonizo, de William Faulkner y me dice que esa no vale (con lo que queremos a Fulkner en este pueblo), digo: Anna Karenina, digo Primavera sombría. Me dice que finalmente elija entre El perro del hortelano y El rey Lear. Digo, sin dudarlo: El perro del hortelano. Dios acaricia mi cabeza y me dice que jamás cambiaré. A continuación me despierto y desayuno bichos muertos con café. Llamo a mi niña, que se dispone a marchar a su trabajo. Su voz es la del ángel que acaba de despertar del mundo de los astros. Nos queremos, a nuestra manera que, en ocasiones, es extraña, necesitada a mansalva. Le doy las gracias por existir. Le digo que sin ella desaparezco. La pobre tiene tanto estrés a veces, tanto trabajo por hacer. Le digo que me convierta, por favor, en su secretario, que aprenderé el mundo de la diplomacia. Ríe. Cuando colgamos le lanzo una media de doscientos besos. El cielo desaparece mientras paseo por él. La luna vuelve a salir y el silencio encuentra su gobierno. Afuera, el pueblo entero sólo puede oír el sonido de mis teclas. Escribo rápido, apenas dejando actuar a mi pensamiento, a mi cordura. En la pantalla me siento rey en el reino transparente de los caídos, de los locos. Un loco es la boca de una botella vacía cuya libertad reside en el oxígeno, en la invisibilidad de su existente líquido, escribo a continuación. Quiero dormir, pero no puedo y, qué remedio, sigo tecleándole a mi amor, a mi dios, a la marejada que despeja mi cerebro de política y mundo, de mercaderes, de santos, de reyes del mambo. Quiero que mi instrumento sea un piano. Tocar la Gimnopedia nº 1 a la manera de Bill Evans y su trío acompañados por la flauta de Herbie Mann. Llegado un momento despierto entre rosas y dudo de si he muerto, pero estoy vivo. Dios santo, estoy vivo. Tengo a mis padres, también a ella. La luna brilla tanto. En el fondo de esa botella en la que imaginé al loco veo mi salvación, mi destino, la fuente de la vida, la hermosura de todo lo que me rodea. Sus apenas fruncidos labios, en la posición de la media luna, colorean el fondo de la imagen de un rosa natural claro que contrasta con el amarillo de las hojas del suelo en este otoño frío. Me levanto y, a continuación, regreso a mis sueños. Allí berrincho, pero sé que es de una alegría que antes jamás hubiera osado conceder a mi pensamiento.

PD: Gracias papá, gracias mamá.
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