viernes

Enajenación y regreso

 (En la fotografía figuro yo con aproximadamente 22 años posando con camisa de fuerza)


Recuerdo a mi primera novia, una tal Laura. Así creo que se llamaba. Yo iba a la facultad de sociología por la tarde y ella se quedaba sola en casa durante las mañanas. Recuerdo que cogía el autobús temprano y lograba presentarme en aquel pueblo suyo hora y media después. Tenía un gato negro gordo como un Buda que entraba en su habitación mientras penetraba a aquella zorra hasta desgarrarla, cosa que conseguía a menudo. Con otros no me pasa, decía ella. Yo, en cambio, no estaba con nadie más. Le pillé bien el truco a la cosa del follar, a la cosa de matar, a cualquier cosa. Recuerdo que una vez nos fuimos de marcha a Leganés y vimos un coche al que habían roto el cristal para llevarse la radio. Entramos y nos lo montamos allí entrada la madrugada, con el morbo añadido de que apareciera el dueño del coche. A menudo me la tocaba en las manifestaciones a las que asistíamos en pro de los derechos humanos. A menudo metía la mano en mi bragueta, frente a la multitud, y me masturbaba. Otras veces era yo el que le apañaba el coño. Era horrible. Todo horripilante y vomitivo. Recuerdo pasar un sábado tarde en su habitación mientras leíamos a la par a Guy de Maupassant, de quien ella tenía un tomo gordo de cuentos. Después huí. A menudo sentía frío en la noche. A menudo me encontraba esperando autobuses en paradas imposibles, autobuses que, en pleno domingo de cerrado invierno, no llegaban hasta las nueve de la mañana. Mientras fumaba hasta que me acababa el paquete y daba tiritones. Después ella me llamó llorando, pidiéndome que volviera. Dije que no.
Fue más tarde cuando invadieron mi casa de cámaras ocultas, chips y cosas así, muy apropiadas para alguien que había habitado habitaciones de psiquiátricos con anterioridad y sido declarado esquizofrénico por pensar en el prisma de dios, en el hijo, en el espíritu santo y, probablemente, en la relación que esto tenía con el once del atlético de Madrid en el año del doblete. Yo no podía dormir. Desde el chalet de al lado mis amigos me llamaban puta y yo procuraba concentrarme en la información de los entonces escasos libros que poblaban mi estantería y entre los que, recuerdo, se encontraba “Psicoterapia con LSD” de Stanislav Grof. Cuatro días después la velocidad de mi pensamiento era al menos cuatro veces superior a la velocidad de la luz. Fueron varios los que querían meterme decenas de gotas de hadol (haloperidol) a la fuerza, con sus reguladores de efectos secundarios aparte (benzodiacepinas). No bebí de ningún vaso y procuraba, mediante gestos, la exigencia de una lata de refresco cerrada, pues no iba a beber nada abierto por unas manos que no fueran las mías. Me agarraban con fuerza y procuraban abrir la boca mientras finalmente yo tiraba las pastillas (que bien podían ser de distintos colores y tamaños) de su mano hasta convertir la alfombra en un jardín con todo tipo de flores. Volvían a cogerlas y a repetir el procedimiento hasta que me rendí. Los espectadores que me veían a través de las cámaras en el adosado adjunto pedían mi suicidio a gritos. Decían: gallinaza. Al entrar la primera de las pastillas en mi boca imaginé que me encontraba con un amor verdadero en el velero de una botella de anís. La misma de la que salía sonido de cante en las navidades en que mi familia era extensa, en aquellas en que yo podía decir que tenía el apoyo de una gran familia que me quería. Entonces una lágrima cayó de mi ojo izquierdo. Acto seguido bebí la tila donde habían echado las gotitas y poco después mis neurorreceptores se fueron apagando. Noté cómo esas luces azules se fundían y las neuronas no encontraban en ellas un faro donde depositar la información. Morí un poco. Con el tiempo recuerdo, perdono y le digo a Cecilia que, gracias a ella, he vuelto a creer en mí, quiero decir, en la vida.
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