miércoles

Das lied von der erde

“Inmensos susurros y toses de vastos
espacios con órgano ceñudo y lleno de domingo
preceden al correteo de la batería, el himno,
y el estrépito de volver a sentarse. Entonces se inicia
el gimoteo de los violines:
pienso en tu cara entre todas esas caras...”
(Philip Larkin. Primeros versos del poema Retransmisión. “Las bodas de Pentecostés” Trad. de Damián Alou).

No puedo conciliar el sueño, así que me levanto, aprovecho para escribir un par de capítulos de mi novela y a continuación leo a la par los dos últimos Bukowskis de Anagrama (Fragmentos de un cuaderno manchado de vino y Ausencia del héroe). Se me ocurre que sus páginas constituyen lo que sería un gran blog, algo gamberrete, de actualidad, por no remontarme, claro, a otra cosa-mariposa, los Ensayos de Montaigne, que no dejo de leer, al menos, durante un día a la semana. Escojo párrafos que a veces ya sé leídos y regreso a ellos como al pan de cada día, recién salido del horno o del frigorífico. También, si pudiera elegir otro libro para lo que es el llamado género blog, escogería, sin duda, otro al que, muy de vez en cuando, también echo buenos vistazos. Me refiero a las columnas de Gilbert K. Chesterton recogidas en Acantilado bajo el título de Correr tras el propio sombrero. Y las crónicas de Roberto Arlt, cómo no, editadas por Fondo de cultura económica argentina, que, además, cuenta con un estupendo prólogo de Ricardo Piglia. Tampoco me olvidaría de los fragmentos de mi idolatrado y recientemente desaparecido Cristóbal Serra y, para un blog de cuentos, me quedaría con Ignacio Aldecoa y Juan Eduardo Zúñiga. Mi idea era citar a más. Es mi manera de vender el tiempo a un diablo que también participa de mis ojos. Sigo esperándola. Ahora está de nuevo en el trabajo. No sé qué vida llevamos juntos. En ocasiones estamos, otras no. Alguien escribió en verso que siempre se está solo, pero que a veces se está más solo. Recuerdo haberla dado un beso al despertar en la noche y luego amanecer solo, como digo, sin haber conciliado el sueño (aunque cabe la posibilidad remota de que sí haya logrado conciliarlo en pequeños períodos que no recuerdo). En cualquier caso lo he intentado. Mi literatura pública fue mi primer paso hacia su brazo. Hoy me insiste en que no regale, en que termine mi novela sobre Marcial Hdez. Le digo que me he estancado en la página 50. Ella me mantiene, salvo mis vicios, que los paga el ministerio de sanidad (me refiero sólo a tabaco), yo me ocupo lo que sé de la casa y, despacito, voy aprendiendo a cocinar. Echo de menos sentarme en mi silla de la cocina, plantar en el hule un libro de Lawrence Ferlinghetti y devorarlo. De cara a estos diarios, precisamente, como un investigador de citas menos buenas. Estos diarios y sus caras, y su cara, cuya protagonista es Cecilia y, quizá también, la imagen literaria, la literatura, yo, que no existo, y mi vanidad, que existe a la par que yo. Abro las Memorias de debajo de Leonora Carrington y, un cigarro después, lo abandono como a un perro rabioso. Quisiera escribir uno de esos maravillosos cuentos, pienso por un momento. Luego me digo para qué. La llamo. Está en consulta, me dice. Le lanzo un beso y le digo cariño, ella dice simplemente “Adiós”. Doy un puñetazo en la mesa. Luego paso la fregona por los lavabos. Una vez muy cerca del espejo puedo ver en mi cara un surco enorme de acné. Quiero meterme dentro de él y desaparecer. Ya no te quiero, digo en alto, y sé que se lo estoy diciendo a mi existencia. Luego me corrijo. Intento coger al vuelo a una mosca para abrazarle y darle cariño pensando en Ella. Tiene mucho trabajo. Hoy iba derecha a la huelga y le han obligado a hacer servicios mínimos. Imagino a mi pequeña con un altavoz dirigiendo el paso de la gente de la calle, sus oídos. Muchos paran y dicen: Esto es lo que esperamos de los médicos jóvenes. Ella lleva su bata de especialista. Está tan bonita. Acaricio su pelo imaginado en la felpa que hay junto a la cama. En la cadena suena La canción de la tierra de Gustav Mahler. Recuerdo mi niñez en el pueblo, gobernando el Edén desde los hombros de mi abuelo. Medias altas y una bolsa de pipas, el sol de verano y la inmensa alegría de no pertenecer a una familia rota, a la familia que tengo ahora, que me han robado mis estancias en el pueblo con la naturalidad que se murió abuelo, de cáncer de pulmón, a la edad de 62 años. Junto a él daba paseos hasta el campo de fútbol. Recuerdo que en aquel entonces las porterías estaban hechas de madera y el larguero de ambas hacía una uve. Recuerdo mi primera imagen de la muerte encontrada en un gato atropellado en el camino durante uno de esos paseos. Se ha dormido, le dije a mi abuelo, que me dijo que sí. Recuerdo la sangre mezclada con la arena que había salido de su boca. La canción de la tierra está en repeat all. Leonard Bernstein dirigiendo a la filarmónica de Viena. Aún no sé qué preparar para comer. Seguramente me haga un bocadillo. Recuerdo haber comprado salchichón en el Eroski. Sostengo que la idea de un blog es estupenda. Mientras las entradas antiguas desaparecen de la vista de la pantalla parecen hacerte, al fin, libre de su autoría, de tu responsabilidad de padre mientras su existencia se pierde en los buscadores. Cecilia, mientras, es mi madre, mi esposa, mi hija y yo. La espero. Mi oficio consiste en eso: en esperarla. Me gustaría dar con las teclas para que no existiera un momento de nuestras vidas en que no supiéramos darnos felicidad el uno al otro. Pienso en el vino de Oporto. Observo las estrellas pequeñas que lucen más allá de la fuerza del sol. Son las 10:53. No sé si he dormido. El ordenador me dice el día, la hora y el mes en el que estoy. Es mi salvación, y también mi perdición. Imagino la posibilidad de unos pies en la tierra. Ella los tiene. Me habla, cuando estamos juntos, de estrategia. Yo le hablo de libertad. Ella es estratega y libre. Yo no existo. Le dije que creo que un semáforo participa de manera crucial en los destinos de la gente. Le dije que no creo en el destino. Le dije que sólo creo en ella. Intenté darle un beso en la frente, pero estaba tan cansada. Le dije que me alegraría tanto que pudiéramos cenar en un japonés. Y añadí: por tomar unos sakes. Ella ha llorado levemente. Le he dado en mi abrazo todo el calor que sé, pero no he podido frenarle. He acariciado su cara, lamido sus lágrimas. Ya es otro día, aunque para mí sigue siendo el mismo. Busco mi cofre abierto y reluciente en mis tristes palabras. Encuentro mi hogar en su cara, en su cara y en La canción de la tierra de un Gustav Mahler que regresaba a su hogar, aclamado tras el desahucio, dispuesto para el trabajo que acierta a ver el sol, cuando no tapado por la sangre de algunos primeros difuntos que llegarían tras su llegada a Berlín, en viejos y asesinos tiempos, cargados de papeles y maletas, bombardeos y gritos. En esos tiempos se mezclaría la ópera en un búnker, a la par que el jazz americano de los años 30. Hoy la España que deseo está en huelga. Hoy los jóvenes españoles que saben qué hacer con sus vidas aprenden alemán.
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