martes

Castles made of sand

 (A falta de la fotografía en la que aparece el ojo izquierdo de mi chica, la foto elegida para el post ha terminado siendo la del funeral de Hendrix)

Dibujo la curvatura de tu ojo izquierdo sobre la mesa, con el índice, mientras no hago nada. El día pasa e insisto con el dibujado de la curvatura. Si estuviese provisto de un bolígrafo ya hubiera llenado 30 folios en una original obra de expresionismo abstracto. Sea lo que sea es la curva de una carretera que he de recorrer hasta mi muerte, a ser posible a su lado.
El accidente de Pollock, artista paleto, borracho, triste y legendario, viene a mi mente. Una de las dos chicas con las que iba al salir de aquel tugurio en el que se pusieron de alcohol hasta las cejas sale con vida del accidente, abre la puerta trasera, pide auxilio y allí estoy yo parado, observando la breve muerte del arte norteamericano, que pasaría a dejarse enredar por otro asunto. Para aquel entonces ya habían estallado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. También las presencio (al ritmo de El cisne de Saint Saents). Mi corazón se para a momentos y ella ha desaparecido. Inicio un nuevo dibujado de la curvatura de su ojo. Ella no está para observar el movimiento perfecto que, esta vez sí, atina a dar mi muñeca. Dejo la marca con la uña sobre el hule, que desaparecerá como yo, como ella, como nuestra colección de jazz, como tantas otras cosas.
Nos imagino disfrutando del movimiento hippy en la Isla de Wight. Puedo ver cómo, 17 días antes de su muerte, Jimi Hendrix se encuentra entre bastidores con Miles Davis y llegan a un acuerdo para realizar el proyecto del que ya habían hablado. Luego veo la foto de Miles en el entierro del otro. Va acompañado de dos jóvenes muy atractivas. La impresión que dejaría en sus memorias (de las que es co-autor Quincy Troupe, autor también de la quizá más pretenciosa Miles y yo) es que el cura ni siquiera conocía quién era el genial guitarrista, ese lobo flaco de la guitarra al que habían traicionado la mezcla de alcohol con anfetaminas. Ese hombre energía, bruma morada, sol naciente. Luego Miles piensa que va a dejar de comprarse la ropa en la tienda donde solía comprarla Hendrix. Dice: Qué pena, un joven tan lleno de talento, de genio. Cecilia y yo estamos ahí también, por un momento. Luego ella vuelve a su trabajo de doctora, yo a mis teclas, a mi paga extra, a mi café con leche y cucharada y media de azúcar acompañado de un par de buenos cigarros.
Recibo una llamada telefónica. Es ella. Me alegra oírla. Me pregunta si he avanzado mi nuevo proyecto. No le digo que he dedicado toda la mañana (desde las siete de la madrugada) a dibujar con el dedo la curvatura de su ojo en el hule de la mesa de la cocina. Le digo que no estoy inspirado. Me dice que lo esté. Y tiene razón. Le pregunto a ella qué tal va el día y dice que con cierto nerviosismo. Nos enviamos un beso. Colgamos. Echo mano de los cuentos completos de Roberto Arlt que, junto con sus artículos (incluso añadiría el resto de su obra), suelen servir para abrir mi apetito delante del capítulo X, página en blanco. Enseguida me decido a que mi protagonista hable sobre un gato ciego. La ceguera del gato está tan llena de luz como la aceituna rellena de miel que mora en el ojo de Cecilia. Abandono el teclado y me pongo un coñac seco. Me digo que va a ser un gran día, que seré el escritor que quiero ser, que faltan cuatro horas para que ella llegue y comprobaré que aquí estoy yo, que soy más serio y, al tiempo, más alegre que yo mismo. Visito el espejo del cuarto de baño y simulo una mueca de felicidad inmensa mientras imprimo un capítulo decididamente lastimero, que tampoco ayuda para nada a la arquitectura de la novela. Irá a la basura y yo seguiré sonriendo, pensando en que Ella llegue de una vez para salvarme, para matarme, para hacerme el amor y la paz.
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