domingo

Heaven, I´m in heaven (2)

En ocasiones descubro que todo, absolutamente toda nuestra historia, permanece en mi cabeza con todos sus estados anímicos, empatías y tiempos. Recuerdo la primera vez que me sentiste cerca. La primera vez que me dijiste que me querías. Que harías los movimientos que hiciesen falta para tenerme. Porque yo era especial. Hoy abro el frigorífico de mi mente y echo mano a ver si se ha congelado una de esas cucarachas que meto a menudo por si puedo llevármela a la boca. Son una delicia. Ahora que sin ti sólo hay una bañera de haloperidol al día. El resto de lo que pasa ante mis narices son los demás, a cuyo reino vacío mi vacuidad provocada me tiene prohibida la entrada.

En las relaciones de estima con uno mismo basadas en la pareja, uno puede llegar a saberse culpable de un delito no cometido, el que crece en la cabeza de la otra persona. Yo soy tu cabeza al tiempo que la mía es la tuya y ello nos ha traído desiertos donde las alucinaciones perviven constantemente en el oasis inexistente donde nos besamos enteros el uno al otro. Las dunas se sustituyen por sus iguales y tu cabeza y la mía se arrastran por ese desierto buscando flores que regalar al otro.

Pero vuelves a mi cabeza en un hotel de cualquier parte del mundo, separada de mí, follando con dos corazones, el tuyo y el mío, a un transeúnte que te pareció atractivo. En mi corazón, abrazado al tuyo, hay un pájaro que llora, mientras en el tuyo, todas sus crías aprenden a piar contentas de ver el mundo a través de tus ojos, reflejados en uno de los muchos asesinos de nuestro eterno amor por el otro.

Yo permanezco en la cocina a altas horas, procurando concentrarme en el programa de Stephen Hawking o en una de mis lecturas (esas sempiternas lecturas de las que te hice interminables listas) y me encuentro ante la imposibilidad de que mi cerebro reaccione. De que mi atención sea una. Los neurolépticos no ayudan mucho. Mientras uno duerme miles de fines del mundo, con sus fugaces luces derrotadas capaces de alumbrar una pesadilla, le acompañan. Eso que llaman vida es un sustitutivo de ti. Hoy que, como siempre, no estás, prendo otro cigarro después de pesarme. Soy la comida de cualquier persona que cruce el umbral de mi casa.

Doy la alarma como si me fueran a robar a mí. Quiero pertenecer a este mundo en que hablo con un animal a solas mientras, a través de la ventana, veo niños jugando, pisando esas destartaladas hojas que ya han invadido, a esta altura del año, los suelos donde hay árboles. Todo es perfecto. El dolor imita esa perfección. Cuando vuelva a su lugar y convierta su cáscara en un polluelo amarillo al que enseñar de nuevo a volar encontraré un nuevo camino. He rezado porque sea el camino hacia una muerte en sus brazos, por mucho que no sean ningunos, a esas alturas, los que me sostengan. Al igual que en la muerte del día de hoy. Al igual que en la del día de mañana. 21 grs, según aquella peli cuyo título era el mismo, de verdad absoluta, de cielo en llamas.
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2 comentarios:

Ly Rubio dijo...

Amigo del alma, que decir? me he quedado suspendida en algún sitio, a donde me llevo tu remembranza y deseos de perpetuar ese amor que sientes por ella, pero a la vez ese sin sabor que te deja el no sentirte seguro de mucho, esos 21 grs pesan ahora mucho mas que hace siglos en tu alma... La quieres y darías hasta esas cucarachas que guardas para llevarte a la boca cuando las palabras sobran...

Alberto M dijo...

Lo daría todo por ella, Ly, es cierto. Y también por perder mi inseguridad. Un abrazo, amiga